La visión del hombre según la Doctrina Social de la Iglesia

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Jaen-humanidad.jpg321523465LA PERSONA HUMANA ENTRE VOCACIÓN Y ALIENACIÓN

E. Mons Giampaolo CREPALDI

Secretario del Pontifico Consejo “Justitia et Pax”

 

 

Visión del hombre y transcendencia.

El tema que debo tratar me impone que haga inmediatamente una aclaración. La Doctrina Social de la Iglesia no tiene una visión del hombre que le sea propia ya que no es una filosofía o una ideología. La visión del hombre según la doctrina social es la misma visión del hombre que tiene nuestra fe en Jesucristo, la visión revelada por Dios Padre en su Hijo Jesús encarnado, muerto y resucitado y enseñada y profesada por la Iglesia, con la asistencia del Espíritu Santo, a través de los senderos de la historia,

Este año se celebra el 40 aniversario de la encíclica PP (1967) de Pablo VI. En esta encíclica se afirma que a la Iglesia le interesa todo el hombre y todos los hombres (PP, 42). La amplitud de estos dos adjetivos –“todo y todos”- extrae su comprensión interna de la amplitud del proyecto de Dios sobre la humanidad, por una parte dirigido hacia todas las dimensiones de lo humano, ya que la encarnación no ha sido aparente sino real, y, por otra parte, dirigido hacia cada uno de los hombre, unidos inseparablemente a Cristo por su muerte y resurrección. Esta es la visión del hombre y, de la doctrina social: no una visión intelectualista o académica sino la visión de la vida en Cristo. No una visión abstracta sino la del hombre concreto. No una visión parcial, sino abierta a la totalidad de lo eterno. El hombre es considerado en el horizonte de la salvación cristiana. Afirma el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: “La salvación que, por iniciativa de Dios Padre, se ofrece en Jesucristo y se actualiza y difunde por obra del Espíritu Santo, es salvación para todos los hombres y de todo el hombre: es salvación universal e integral. Concierne a la persona humana en todas sus dimensiones: personal y social, espiritual y corpórea, histórica y trascendente” (n. 38). En este horizonte salvífico el hombre encuentra la propia dignidad transcendente y también, tras la caída del pecado (Cfr. CA, 25; Compendio, 115-119), la gracia y la fuerza para vencer sus debilidades. Un hombre que puede dar mucho, pero que también que debe ser ayudado mucho. Un hombre ligado a sus hermanos por un destino común, pero también tentado por involuciones egoístas.

El hecho de que la visión de la Doctrina Social de la Iglesia consiga toda su importancia por la visión cristiana del hombre, implica tres consecuencias importantes para la doctrina social misma, que quiero recordar brevemente aquí.

a) la primera es que todo el corpus de la doctrina social tiene una profunda unidad, que podemos llamar antropológica. Hay una única visión del hombre, presente en todos los documentos del magisterio social como una conexión que las conecta todas de manera unitaria. Entre los aspectos de la doctrina social que no cambian está, sin duda, la antropología teológica y filosófica. Si alguien quisiera negar la unidad orgánica –incluso en las variantes históricas- de todo el corpus de las enseñanzas pontificas, se encontraría en dificultad ante la evidente unidad de la visión de la persona humana[i]. La doctrina social, afirmaba Juan Pablo II, está “al servicio de cada persona, conocida y amada en la plenitud de su vocación” (CA, 59).

b) la segunda es que tal visión antropológica, de fe y de razón a la vez, une a la doctrina social con toda la vida de la comunidad eclesial, en todos sus aspectos. La visión del hombre que ésta profesa, decíamos, es la misma que profesa la Iglesia. No es posible, pues, separar la doctrina social de la vida de la Iglesia, donde se llega, de múltiples manera a dicha visión del hombre con lo cual quiero decir que la antropología cristiana expresada por la Doctrina Social de la Iglesia llama a la tarea a la fe bíblica, a la espiritualidad cristiana, a la liturgia y a la profundidad de las virtudes teologales. La visión cristiana no es sólo una visión intelectualista de la persona humana, porque la Iglesia no es una escuela filosófica y la doctrina social en consecuencia, no es solamente una ética social. El hombre es el camino de la Iglesia, ha afirmado muchas veces Juan Pablo II, de toda la Iglesia que en el hombre ha encontrado y encuentra a su Dios y que se ha hecho hombre.

c) la tercera es que ningún elemento de la praxis de los cristianos en la sociedad puede prescindir de esta visión de la persona humana. Esto vale para el trabajo, tema de discusión y profundización de este encuentro. ¿Qué significa esto? Significa que los problemas del trabajo nunca son sólo problemas del trabajo, como los problemas económicos no son jamás sólo problemas económicos. También son, ante todo, problemas del hombre. León XIII pedía para los obreros el derecho al descanso festivo para cumplir sus deberes religiosos. Era una exigencia relacionada con el hombre y no directamente con el trabajo sino que llevaba consigo importantes consecuencias positivas también en el campo de las cuestiones del trabajo. También es así hoy. No se crea que los problemas morales o espirituales son “otros” distintos a los del trabajo. El problema del trabajo es el hombre que trabaja (Cfr. LE, 6), y el hombre que traba no es sólo trabajador. Es un hombre en todas sus dimensiones. Comenzando por las espirituales y religiosas. Todas estas están conectadas estructuralmente con el trabajo. Todo lo que he dicho significa ante todo que la antropología cristiana demanda una visión holística[ii] de los problemas sociales centrados en la persona, de los que representa la síntesis. Significa también que en el examen de los problemas se le asigna una prioridad a las necesidades espirituales y no-materiales. El punto de vista transcendente, el tener siempre presente la vocación ultraterrena de la persona humana, ayuda e incluso es indispensable también para plantear adecuadamente la vida en esta tierra. Pablo VI escribía en PP que “no hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto, en el reconocimiento de una vocación, que da la idea verdadera de la vida humana. Lejos de ser la norma última de los valores, el hombre no se realiza a sí mismo si no es superándose” (PP, 42). La palabra “vocación”, presente en esta cita de PP representa un aspecto fundamental de la visión cristiana de la persona humana. Sobre esa debemos detener nuestra consideración ahora.

Vocación y alienación del hombre.

León XIII afirmaba “que no existe verdadera solución para la ‘cuestión social’ fuera del Evangelio” (CA, 5). Eso no significa que el Evangelio contenga soluciones empíricas y técnicas de las cuestiones sociales, como ha dicho muchas veces el magisterio; lo que significa es que cerrando la referencia a Dios, por decirlo con Benedicto XVI “las cuentas no cuadran. Las cuentas sobre el hombre, sin Dios, no cuadran; y las cuentas sobre el mundo, sobre todo el universo, sin él no cuadran”[iii]. No cuadran porque el hombre es vocación y cuando se le hace callar a dicha llamada el hombre se aliena. Pero qué pretendemos decir afirmando que el hombre es vocación?

Juan Pablo II ha escrito que “en la respuesta a la llamada de Dios, implícita en el ser de las cosas, es donde el hombre se hace consciente de su trascendente dignidad. Todo hombre ha de dar esta respuesta, en la que consiste el culmen de su Humanidad y que ningún mecanismo social o sujeto colectivo puede sustituir” (CA, 13). La identidad no es algo que podamos darnos nosotros solos, ni como individuos ni como pueblos. La identidad personal nace siempre de una llamada, de una vocación. El amor nos constituye y nos hace descubrir nuestro valor: si no somos buscados ni amados ¿cómo podremos pensar ser algo y valer algo? Nuestro mismo ser representa para nosotros una llamada: no nos lo hemos dado solos. No hemos decidido nosotros ni ser, ni qué tipo de hombre ser. Lo mismo puede decirse para los pueblos y las culturas: “el punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume ante el misterio más grande: el misterio de Dios” (CA, 24). Ya que existe una naturaleza humana que transciende a las culturas y las convoca llamándolas, las culturas pueden constituirse y dialogar entre ellas en la verdad.

Pero la llamada de las llamadas es la de Dios. Dios nos llama amándonos porque Dios es amor[iv]: con la creación –“mi embrión tus ojos lo veían” (Sal 139, 16)- y con su encarnación, muerte y resurrección en Jesucristo. Es respondiendo a esta llamada, afirma Juan Pablo II, como se constituyen las personas y las comunidades. De esta respuesta nace también la toma de responsabilidad, porque no se trata de la vocación de lo Irracional sino de la Verdad y del bien. De aquí nacen la subjetividad, el protagonismo, la participación. Sin Dios no hay responsabilidad ante el bien y el mal (CA, 13) y el hombre cae víctima de mecanismos ciegos. Hoy, cuando la técnica pone en nuestras manos posibilidades inauditas, la carencia de responsabilidad debida al alejamiento de Dios de la esfera pública suscita muchas preocupaciones[v].

La vocación –la llamada-, por tanto, constituye a la persona humana. Ésta se expresa en diversos niveles o planos. El ser es una llamada, el orden presente en el ser es una llamada, el ser personal, o sea, nuestra naturaleza de seres humanos, es una llamada; nuestra identidad sexual de hombre y mujer es una llamada porque no hay otra manera de ser persona humana si no es como hombre y como mujer; la familia y la comunidad en la que hemos crecido son llamada; el trabajo es una llamada. Todo lo que es, es puesto en nuestras manos como una tarea. Todo lo que es exige ser perfeccionado según su orden propio. Nuestra libertad se nutre de esta vocación y se ejerce de forma verdaderamente humana cuando se le responde, no cuando se le niega. El hombre es vocación y respuesta; es libertad en la verdad. Si todo es llamada, preguntémonos ¿por qué lo es? ¿Cuál es el fundamento último de la vocación? Tal fundamento es Dios. Sin Dios no existe vocación.

El hombre sin vocación es el hombre alienado. Releamos lo que escribía Juan Pablo II en CA: “se aliena el hombre que rechaza trascen­derse a sí mismo y vivir la experiencia de la autodonación y de la formación de una auténtica comunidad humana, orientada a su destino último que es Dios. Está alienada una sociedad que, en sus formas de organización social, de producción y consumo, hace más difícil la realización de esta donación y la formación de esa solidaridad interhumana” (CA, 41; Tb.: Compendio, 116).En este bellísimo pasaje está toda la importancia de la vocación para el hombre y para la sociedad. Está toda la importancia de Dios. La vocación sin transcendencia es imposible, porque el hombre no se llama a sí mismo; él es llamado. Todos los grandes filósofos, en el fondo, han entendido la referencia a Dios a partir del mundo como el reconocimiento que sin una llamada, el mundo permanece privado de sentido. En este caso hay que explicar, como ha subrayado Benedicto XVI. Cómo del no-sentido jamás –por azar o por necesidad- han nacido el sentido y la inteligencia humana. Todas las así llamadas “pruebas de la existencia de Dios”, de distinta naturaleza y orientación metodológica, parten de un sentido presente en el mundo y llegan a alcanzar un Sentido originario de quien ha venido a una llamada. En el principio era el Verbo, la Palabra, la Llamada. Ahora bien, la Llamada introduce en el mundo la gratuidad y la donación. El hombre que rechaza la llamada, el famoso “necio” que no cree en Dios a quien se refiere el salmista, no consigue descubrir en la vida un sentido, sino sólo azar o necesidad y no sabe por qué debe dar ni si debe dar gratuitamente a los demás. Por azar o por necesidad no es suficiente, Sin donación ni gratuidad no hay “solidaridad interhumana” y la sociedad de los hombres se enrosca sobre sí misma. La alienación es la tentación del hombre para vivir la libertad sin la verdad. Es el intento desesperado de poder se uno mismo sin una vocación.

La persona humana y el trabajo.

Puesto que este Encuentro se centra en el tema del trabajo, no quiero terminar sin una llamada a esta importante dimensión de la persona humana. Les invito a releer la encíclica Laborem Exercens de Juan Pablo II sobre el trabajo humano como una encíclica sobre la vocación del hombre y, dentro de este ámbito más amplio, como una vocación al trabajo. Es significativa la conexión entre la cita de Centesimus Annus sobre la alienación y la vocación al trabajo expresada en Laborem Exercens. Como es sabido, Karl Marx hacía depender la alienación humana de la alienación sobre el trabajo, que también nacía después la alienación religiosa, o sea, Dios como alienación. Juan Pablo II, en cambio, como ya hemos observado, hace depender la alienación del hombre de la separación de Dios. El ateísmo es alienación. En el célebre número 41 de Centesimus Annus él trastoca los papeles y afirma que si el hombre está alienado por Dios, el sentido auténtico de su existencia se oscurece y, dentro de esto, también se oscurece el sentido del trabajo. Entonces acontece que el hombre también se aliena en el trabajo –“cuando se organiza de manera tal que “maximaliza” solamente sus frutos y ganancias y no se preocupa de que el trabajador, mediante el propio trabajo, se realice como hombre” (CA, 41)- pero no tanto por el trabajo cuanto porque el verdadero sentido de trabajar se ha perdido y el hombre no ha respondido a una llamada. Laborem Exercens, en efecto, habla del trabajo como actus personae y, refiriéndose al capítulo I de Gaudium et Spes, inserta el trabajo dentro de la vocación del hombre llamado por Dios (Cf. LE, 6).

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[i] Cfr. CREPALDI, Giampaolo – FONTANA, Stefano. La dimensione interdisciplinare della Doctrina sociale della Chiesa. “Uno studio sul magistero”. Ed. Cantagalli. Siena, 2006. 238 pp. Pp. 55-56. Trad. española: La dimensión interdisciplinar de la doctrina social de la Iglesia. “Un estudio sobre el Magisterio”. Ed. Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC). México D.F., 2006. 134 pp.

[ii] NdT.: El holismo afirma la prioridad, ontológica y axiológica, de la colectividad, del todo social frente a las partes, frente a los individuos.

[iii] BENEDICTO XVI, Homilía en la explanada de Islinger Feld (Ratisbona, 12 septiembre 2006). [http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2006/documents/hf_ben-xvi_hom_20060912_regensburg_sp.html.].

[iv] BENEDICTO XVI. Toda la encíclica puede leerse como el anuncio y la acogida gozosa de una llamada.

[v] Cfr. BENEDICTO XVI. L’Europa di Benedecto XVI nella crisi delle culture. Ed. Cantagallli. Siena, 2005, pág. 50.

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