LA HISTORIA EN CENTESIMUS ANNUS

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centesimus-annusLA HISTORIA EN CENTESIMUS ANNUS (CA)

Rafael Ma Sanz de Diego, SJ

 

Es reciente el interés por la historia cuando se aborda la Doctrina Social de la Iglesia1. Los Manuales clásicos no dedicaban casi nunca un capítulo a su devenir histórico2. Más tarde, en la dé­cada final del siglo XX, se despertó la conciencia de que la historia es un elemento esencial de la DSI.

Fue Juan Pablo II quien especialmente hizo hincapié en el carácter histórico de la DSI. Al ser profesor de Ética Social antes de ser Papa, conocía muy bien la enseñanza social de la Iglesia, como mostró en varias ocasiones4. Era, por tanto, consciente —y así lo expresó en SRS 3— de que la DSI “está sometida a las necesarias y oportunas adaptaciones sugeridas por la variación de las condicio­nes históricas, así como por el constante flujo de los acontecimientos en que se mueve la vida de los hombres y de las sociedades”. No se trataba de una novedad. Muy poco antes, la Segunda Instruc­ción sobre la TL dejó sentado que la DSI está siempre abierta a las cuestiones nuevas que pueden presentarse y distinguía por eso entre principios siempre válidos y afirmaciones contingentes, que responden a situaciones muy distintas entre si5. Con menos énfasis pero con la misma verdad lo había expresado antes Pío XI y, sobre todo, Juan XXIII, que hizo célebre la expresión “signos de los tiempos”, como muestra de su empeño en relacionar a la DSI con la historia, que recogió el Conci­lio6, muestra fehaciente, en opinión del P. Carlos Soria, OP, de su acertada síntesis entre “visión ética y realismo histórico”7. Pablo VI expresó también con claridad lo contingente de algunas ense­ñanzas sociales de la Iglesia, especialmente en Octogésima Adveniens, donde señaló con nitidez que eran muy distintas las situaciones en que cada grupo cristiano se encontraba inmerso de grado o por fuerza, siendo por eso distintas sus obligaciones y tareas (OA 3-4). Lo repitió al final del documen­to: “En las situaciones concretas, y habida cuenta de las solidaridades que cada uno vive, es necesa­rio reconocer una legítima variedad de opciones posibles. Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes” (OA 50). Ambos textos, aunque referidos a un tiempo concreto y único para todos (1971), dejan ver que el Papa pensaba también en la historia de cada individuo y de cada grupo: a eso me parece que se refiere la alusión a “las solidaridades que cada uno vive”.

En las últimas síntesis oficiales de la DSI se ha atendido de forma variada a su historia y a su entronque con la historia del mundo y de la sociedad. Las Orientaciones para el estudio y enseñan­za de la Doctrina Social de la Iglesia en la formación de los sacerdotes, publicadas por la Congre­gación para la Educación Católica (30-12-1988) reconocen en la DSI “una dimensión histórica” (6), que explicita ampliamente en la Parte II, números 14-28. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, elaborado por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, dedica los números 87-104 a unos “Apuntes históricos”, escasos pero suficientes para lo que pretende el libro8.

Juan Pablo II, especialmente en SRS y CA, se ocupó de la dimensión histórica de la DSI. A su última encíclica social dedico estas páginas desde esta perspectiva. Daré dos pasos sucesivos: el en­cuadre de la encíclica en su contexto histórico y el uso y lectura que hace de la historia en ella.

 

CONTEXTO HISTÓRICO DE CA

Como toda encíclica, también CA se publicó en un contexto histórico concreto. Que podemos calificar de novedoso, aunque no en exclusiva. Frente al “Nihil novum sub sole” y al pesimismo de Job que ve la historia como repetición del pasado, otras voces afirman que la historia nunca se repi­te y no es tan cierto el dicho ciceroniano que la llama “magistra vitae”. Al margen de esta discusión, inacabable, es claro que la década inmediatamente anterior a la publicación de CA, fue pródiga en novedades. En 1987, al comienzo de SRS, tras descubrir su propósito de “en la recta final de los ochenta (…) trazar las líneas maestras del mundo actual”, Juan Pablo II afirmaba:

El tiempo —lo sabemos bien— tiene siempre la misma cadencia; hoy, sin embargo, se tiene la impresión de que está sometido a un movimiento de continua aceleración, en razón sobre todo de la multiplicación y com­plejidad de los fenómenos que nos toca vivir. En consecuencia, la configuración del mundo, en el curso de los úl­timos veinte años, aun manteniendo algunas constantes fundamentales, ha sufrido notables cambios y presenta aspectos totalmente nuevos9.

Sin duda una de las novedades era la propia figura del “Papa que vino del Este”, que por eso tenía experiencia directa del mundo capitalista y del comunista. Sus predecesores conocían por ex­periencia directa el “Primer mundo”, pero su conocimiento del “Segundo” era indirecto, a base de informes y conversaciones con personas que vivían en él. Karol Wojtila había vivido en ambos mundos y esta vivencia aparece numerosas veces en su magisterio social, especialmente cuando habla del comunismo con conocimiento directo de su realidad.

Junto a esta indudable novedad, existían novedades en el mundo. Las puedo sistematizar en torno a tres apartados: cambios en los “cuatro mundos”, cambios en la Iglesia y cambios supranacionales y supraeclesiales.

1.- Cambios en los “cuatro mundos”

Me basaré amplia, aunque no exclusivamente, en el análisis de buena parte de la década ante­rior a CA que hace el mismo Juan Pablo II en SRS. Pertenecía ya al lenguaje universal la existencia de tres mundos: el “primero” estaba entonces constituido por Europa Occidental, América del Norte y Japón, las zonas industrializadas y democráticas en mayor o menos grado; el “segundo” engloba­ba a la URSS y a los países comunistas y el “tercero”, a los que inicialmente se llamaron, en Bandung, “países no alineados”, que tenían también otra característica: su pobreza y menor grado de desarrollo10.

En SRS Juan Pablo II aludió, por vez primera en la DSI, a un “cuarto mundo”11, explicando que se refería con esta expresión a bolsas de pobreza en medio de países ricos: emigrantes, parados, sin techo y marginados de todo tipo. Este grupo, unido a los otros, hacían temer al Papa que la uni­dad del género humano estaba seriamente comprometida (SRS, 14), hecho ante el que la Iglesia no podía permanecer indiferente.

En la misma encíclica, al hablar del “tercer mundo” el Papa aludía al abismo, cada vez ma­yor, entre el Norte y el Sur. Era también un análisis novedoso de la realidad. Con frecuencia se hablaba del enfrentamiento Este-Oeste. En SRS 20-22 el Papa, al analizar el enfrentamiento entre ambos bloques, hacía ver que éste estaba entre las causas del abismo entre Norte y Sur. El mismo análisis lo habían realizado los obispos españoles meses antes. Razonablemente el Papa conocía el documento de la Conferencia Episcopal Española, uno de los muchos que diferentes episcopados, quizá inspirados por más altas instancias, habían dedicado al tema de la paz, aunque no sea posible probar una influencia directa de él en SRS12. Concretaba su convicción de que este abismo se haría insalvable si no se introducían reformas drásticas y aludía a dos indicadores: el comercio interna­cional y la deuda externa13. Junto a esta realidad, SRS alude a la demografía, creciente en el tercer mundo, a diferencia del primero, y a su camino —difícil y desigual, pero entonces real— hacia la democracia. Dedica también su atención a otros colectivos de marginados: los refugiados, las mino­rías étnicas o de género, las víctimas de las sequías y de las hambrunas, realidades todas de este ter­cer mundo.

Al referirse al “segundo mundo”, aun antes de la caída del muro de Berlín, detectaba ya que el marxismo dejaba de ser una amenaza ideológica y que la “perestroika” permitía esperar tiempos de paz que, superado el periodo de la “guerra fría”, alejasen el peligro de la guerra total (SRS 20). Al margen de esto, buena parte de la descripción que la encíclica hace del mundo comunista queda venturosamente obsoleta en menos de dos años, cuando el marxismo se hundió en Europa, un cam­bio al que dedicará páginas en CA y del que me ocuparé más tarde.

La encíclica y otros documentos papales cercanos en el tiempo se hacen eco, pensando en el “primer mundo”, de los problemas derivados de la crisis del petróleo y su superación económica parcial, de sus efectos en la crisis de valores posterior, de los progresos y peligros del avance tecno­lógico y de la tentación de irresponsabilidad, de cerrarse en sí mismo en un aislamiento creciente y egoísta. No teme recordar, aunque sea menos popular, la obligación de algunas naciones de ejercer su liderazgo para bien de todos (SRS 23)14

2.- Cambios en la Iglesia

La sociedad cambió aceleradamente en el década de los 80. Lo hizo también la Iglesia, en parte como respuesta al cambio social y en parte por impulso del propio Juan Pablo II. Con breve­dad también, pues se trata de realidades conocidas y vividas, recojo estos cambios.

La segunda parte de la década de los 60 fue testigo de los esfuerzos de muchos sectores de la Iglesia por aplicar el Vaticano II. Era su obligación y no es un secreto que se enfrentaron en esta ta­rea dos corrientes que hace poco Benedicto XVI calificó como continuidad por un lado y disconti­nuidad y ruptura por otro15. Este enfrentamiento amargó buena parte de los días de Pablo VI. Junto a datos conocidos como la alusión al “humo de Satanás” que se había introducido en la Iglesia o su empeño en afirmar la fe de la Iglesia en su “Credo del Pueblo de Dios”, es especialmente expresivo un párrafo de su testamento o “Meditación sobre la muerte”, que evidencia cómo se sintió impoten­te para reorientar a la Iglesia postconciliar:

Llega la hora. Desde hace algún tiempo tengo el presentimiento de ello. Más aún que el agotamiento físi­co, pronto a ceder en cualquier momento, el drama de mis responsabilidades parece sugerir como solución pro­videncial mi éxodo de este mundo, a fin de que la Providencia pueda manifestarse y llevar a la Iglesia a mejores destinos. Sí, la Providencia tiene muchos modos de intervenir en el juego formidable de las circunstancias, que cercan mi pequeñez: pero el de mi llamada a la otra vida parece obvio, para que me sustituya otro más fuerte y no vinculado a las presentes dificultades. Servus inutilis sum (Soy un siervo inútil). Ambulate dum lucem habetis (Caminad mientras tenéis luz, Jn 12,35).

Fue sin duda uno de los cometidos que se impuso Juan Pablo II el de reconducir el postconci­lio. No es éste el momento de abordar esta cuestión y cada biógrafo del Papa Wojtyla presenta su punto de vista16. Basta recordar que este empeño hizo de sus años pontificios una etapa distinta.

Se puede concretar en tres aspectos, no únicos, pero sí importantes:

  • La crisis de la Acción Católica. Iniciada en los años postconciliares y especialmente fuerte en los países latinos (España, Francia, Italia), supuso un cambio de acento. No sólo por el final de un modelo de or­ganización del apostolado seglar, sino por la sustitución parcial de esta fuerza eclesial por los movi­mientos emergentes a los que Papa otorgó su confianza17.
  • La relación con la Teología de la Liberación. Nacida al calor de GS y PP, acabó planteando a la DSI tres retos que Juan Pablo II no dudó en afrontar: la validez de la DSI, a la que se acusaba de falta de ga­rra, la postura ante los sistemas políticos y económicos, por su evidente inclinación hacia soluciones de izquierda y la posibilidad de utilizar la violencia18. Las numerosas intervenciones del Papa Wojtyla en esta controversia las recordaré al hablar de CA.

  • La nueva evangelización fue otra de las notas novedosas del pontificado de Juan Pablo II. Como parte de ésta se contempla a la DSI, a la que prestó una atención mayor que las de sus predecesores19 y tam­bién mucho de lo relacionado con el Jubileo del año 2000.

Es indudable que entre 1978 y 2005 soplaron vientos nuevos para la Iglesia. Pero hubo tam­bién otros cambios, supraeclesiales y supranacionales.

3.- Cambios supraeclesiales y supranacionales

Algunos son posteriores a CA, pero se encuadran dentro de una sociedad y una Iglesia en cambio. También esquemáticamente consigno algunos:

  • Las Conferencias para la Seguridad y Cooperación en Europa, desde Helsinki (1975) hasta Madrid (1983-1985), Viena (1989), París (1991), Budapest (1994) —a partir de entonces se denomina Organi­zación para la seguridad y cooperación en Europa— con evidente influjo en el desarme y la paz. En es­te ambiente tienen lugar las Conferencias de desarme, la prolongación indefinida, en 1995, del Tratado de no proliferación de las armas nucleares de 1968 y los acuerdos entre Estados Unidos y la URSS, SALT I (Strategic Arms Limitation Talks) de 1972 y SALT II (1979), que no llegó a ser ratificado por el Senado norteamericano20. Un dato nuevo es que en las dos guerras de Irak y en la de Afganistán, por primera vez no se han enfrentado las dos superpotencias mundiales.
  • El hundimiento del marxismo en Europa (1989), del que nos ocuparemos más adelante, pero que tuvo como consecuencia la ampliación de la OTAN y la disolución del Pacto de Varsovia.
  • La nueva configuración de la Unión Europea, con la unión de las dos Alemanias y las sucesivas am­pliaciones hasta llegar a los actuales 25 miembros.
  • Los movimientos ecologistas, pacifistas y feministas, anteriores al pontificado de Juan Pablo II pero in­tensificados durante él.
  • Por último, aunque no por eso menos importantes —last but not least— los cambios supraeclesiales: las Conferencias de Basilea (1989), Seúl (1990) y Graz (1997); los acercamientos ecuménicos, especial­mente el Acuerdo sobre la Justificación entre la Federación Luterana Mundial y la Iglesia Católica (1999), el diálogo interreligioso, expresado simbólicamente en la Jornada de Oración por la paz de Asís (24-1-2002).

Es innegable que la sociedad y las iglesias que viven en ella han cambiado en los últimos años del siglo XX. Al comienzo de su última década, en 1991, aparece CA, conmemoración obliga­da del centenario de RN y de la misma DSI, pero con horizonte más amplio. A esto me refiero aho­ra.

LA LECTURA DE LA HISTORIA QUE HACE CA

Por muchos motivos CA fue esperada con interés y comentada ampliamente21. Al comentario a la encíclica se sumaron comentarios e historias de la DSI, ya que se celebraba también su centenario.

Pero, como ya he adelantado, la encíclica es bastante más que una conmemoración obligada de RN. CA no es un mero recuerdo del pasado. Al comienzo y al final declara expresamente que es una apertura al futuro (3 y 62).

“Las cosas nuevas” ocurridas tras RN

Con un juego de palabras y conceptos que entraba dentro del pensamiento y de la actitud de Juan Pablo II, interpreta las dos primeras palabras del original latino de la encíclica de León XIII, que constituyen su título, en un sentido positivo que no aparece en el original. Las “cosas nuevas” a las que alude el Papa Pecci en 1891 se traducen habitualmente en castellano como “prurito revolucionario”23, muy de acuerdo con una mentalidad muy extendida en la España coetánea: se jugaba con el término “novedad” para señalar su equivalencia fonética con “no verdad”. En CA, sin em­bargo, “las cosas nuevas” tienen un significado claramente positivo. El Papa es consciente de que «las cosas nuevas» que el León XIII tenía ante sí, no eran ni mucho menos positivas todas ellas (CA 5). Pero quiere tener una mirada pretendidamente positiva hacia la historia transcurrida.

Para acercarse a estas “cosas nuevas” sucedidas tras RN, Juan Pablo II invita a hacer una re­lectura de RN. Para ello, añade:

La solicitud pastoral me ha movido además a proponer “el análisis de algunos acontecimientos de la his­toria reciente”. Es superfluo subrayar que la consideración atenta del curso de los acontecimientos para discernir las nuevas exigencias de la evangelización, forma parte del deber de los pastores. Tal examen, sin embargo, no pretende dar juicios definitivos, ya que de por sí no atañe al ámbito específico del magisterio (CA 3).

Este análisis, tan claramente expresado y tan bien delimitado, me ha movido para escribir es­tas líneas. No es la única vez que Juan Pablo II se introducía en este campo. Además de atender, como sus predecesores —lo señalé al comienzo de estas páginas— a los tiempos en que vivía de una forma general, se había embarcado también en un análisis histórico semejante en SRS, al menos en dos momentos: al dibujar el “Panorama del mundo contemporáneo” (números 11-26) y al propo­ner (números 35-40) “una lectura teológica de los problemas modernos” que había especificado an­tes, interpretándolos en clave religiosa y moral con las categorías de “pecado” y “conversión”. Era entonces consciente de que un análisis así no era el habitual, pero defendía su derecho a proponerlo dado que los problemas que existían tenían una vertiente moral.

Entre los acontecimientos que evoca en CA tienen importancia especial tres: el mismo plan­teamiento del problema social y las soluciones que se ofrecieron, las etapas de guerras en Europa entre 1914 y 1945 y la etapa posterior, la “guerra fría” hasta la víspera de la caída del muro de Ber­lín, de la que la encíclica se ocupa detenidamente y dejo para el apartado siguiente.

El planteamiento del problema social.

Son conocidos los párrafos en que describe el contexto al que responde RN:

A finales del siglo pasado, la Iglesia se encontró ante un proceso histórico, presente ya desde hace tiempo, pero que alcanzaba entonces su punto álgido. Factor determinante de tal proceso lo constituyó un conjunto de cambios radicales ocurridos en el campo político, económico y social, e incluso en el ámbito científico y técnico, aparte el múltiple influjo de las ideologías dominantes. Resultado de estos cambios había sido, en el campo político, una “nueva concepción de la sociedad, del Estado” y, como consecuencia, “de la autoridad”. Una sociedad tradicional se iba extinguiendo, mientras comenzaba a formarse otra cargada con la esperanza de nuevas liberta­des, pero al mismo tiempo con los peligros de nuevas formas de injusticia y de esclavitud.

En el campo económico, donde confluían los descubrimientos científicos y sus aplicaciones, se había lle­gado progresivamente a nuevas estructuras en la producción de bienes de consumo. Había aparecido una “nueva forma de propiedad”, el capital, y una “nueva forma de trabajo”, el trabajo asalariado, caracterizado por gravosos ritmos de producción, sin la debida consideración para con el sexo, la edad o la situación familiar, y determinado únicamente por la eficiencia con vistas al incremento de los beneficios.

El trabajo se convertía de este modo en mercancía, que podía comprarse y venderse libremente en el mer­cado y cuyo precio era regulado por la ley de la oferta y de la demanda, sin tener en cuenta el mínimo vital nece­sario para el sustento de la persona y de su familia. Además, el trabajador ni siquiera tenía la seguridad de llegar a vender la “propia mercancía”, al estar continuamente amenazado por el desempleo, el cual, a falta de previsión social, significaba el espectro de la muerte por hambre.

Consecuencia de esta transformación era “la división de la sociedad en dos clases separadas por un abis­mo profundo”.

Soy consciente de la longitud de la cita, incluso incompleta. Pero creo que es más claro el tex­to papal que un resumen algo más breve. En estos párrafos y en los siguientes destacan a mi modo de ver cuatro aspectos:

  • La descripción exacta de un fenómeno complejo. Se han hecho muchas descripciones de lo ocurrido en aquellos años. Ésta recoge prácticamente en su totalidad todas las vertientes: lo que supuso la revolu­ción industrial tras la aplicación a los modos de producción de una energía distinta de la humana, la máquina de vapor inicial; la creación de nuevas formas de propiedad y trabajo que, conservando los an­tiguos nombres, encubrían realidades nuevas; la simultaneidad de este proceso con el cambio político del Antiguo al Nuevo Régimen; la división de la sociedad en dos clases separadas24.
  • El análisis clarividente de las soluciones que se ofrecían. En párrafos posteriores (CA 12) hace notar que lo que RN denunció no sólo era moralmente malo, sino que además los años siguientes revelaron su injusticia. Por un lado la solución liberal, “la solución política entonces dominante”, fiaba todo a la li­bertad sin correcciones (CA 5). Por otro, el socialismo, como ya auguraba León XIII, ofrecía un reme­dio peor que el mal existente. El Papa, que había detectado la insufrible situación de los trabajadores, captaba a la vez lo perjudicial de la solución socialista, cuando el socialismo no contaba aún con medios para llegar a cabo su programa. La historia posterior de los regímenes socialistas ha mostrado hasta que punto fue perspicaz y rápido el diagnóstico de León XIII (CA 12).
  • Lo equilibrado y justo de la solución leoniana. Comentando RN, Juan Pablo II hace notar que la solu­ción ofrecida por la DSI se basa en el respeto a la persona humana y sus derechos —porque es absolu­tamente falso afirmar que la Iglesia no se ha ocupado de los Derechos Humanos hasta Juan XXIII, y CA lo prueba indirectamente al mencionar los derechos del trabajador que defiende RN (6-9, 15-17)— y a una concepción atinada de sus relaciones entre el Estado y los ciudadanos. Juan Pablo II hace así un análisis en profundidad de las afirmaciones de León XIII subrayando su apoyo al ser humano.
  • La motivación, el engarce y el fruto del magisterio social de León XIII. En este conflicto que oponía como lobos a hombres contra hombres entró el Papa en virtud de su ministerio apostólico (CA 5) y tam­bién de su concepción del ser humano y su libertad (CA 17). Ya lo había hecho anteriormente en el campo de la política (RN 1) y Juan Pablo II subraya la conexión de ambas enseñanzas leonianas, la po­lítica y la social (CA 17)25. Indica además que las reformas sociales que fueron corrigiendo al liberalis­mo en distintos países tuvieron su origen, además de en la lucha del Movimiento Obrero, en la acción social de católicos que se inspiraron en RN y quisieron llevarla a cabo26.

Las Guerras Mundiales

A la concepción de la libertad humana defendida por León XIII se opuso otra que “la aparta de la obediencia de la verdad y por tanto también del deber de respetar los derechos de los demás hombres”. Citando Libertaspraestantissimum Juan Pablo II la describe así: “El contenido de la libertad se transforma entonces en amor propio, con desprecio de Dios y del prójimo; amor que con­duce al afianzamiento ilimitado del propio interés y que no se deja limitar por ninguna obligación de justicia” (CA 17).

El diagnóstico que hace del período 1918-1945 es nítido y recoge la opinión más extendida entre los historiadores:

Fueron guerras originadas por el militarismo, por el nacionalismo exasperado, por las formas de totalitarismo relacionado con ellas, así como por guerras derivadas de la lucha de clases, de guerras civiles e ideologías. Sin la terrible carga de odio y rencor, acumulada a causa de tantas injusticias bien sea a nivel interna­cional o bien sea dentro de cada Estado, no hubieran sido posibles guerras de tanta crueldad, en las que se invir­tieron las energías de grandes naciones; en las que no se dudó ante la violación de los derechos humanos más sa­grados; en las que fue planificado y llevado a cabo el exterminio de pueblos y grupos sociales enteros. Recorda­mos aquí singularmente al pueblo hebreo, cuyo terrible destino se ha convertido en símbolo de las aberraciones adonde puede llegar el hombre cuando se vuelve contra Dios (CA 17).

Una vez más Juan Pablo II ve confirmadas en la historia las enseñanzas de la DSI. Por su ex­periencia anterior al pontificado tiene presente en varios momentos de la encíclica otras consecuen­cias de esta misma actitud, plasmada en el militarismo y el ateísmo. Une la lucha de clases al milita­rismo y subraya el ateísmo como base de la antropología socialista (CA 13-14). Mientras la DSI tiene en cuenta los derechos humanos y lleva a una justa visión de la sociedad, el socialismo ha ne­gado históricamente la “subjetividad” del individuo y de la sociedad.

La “Guerra fría”

Sin utilizar este nombre, CA dedica varios números a describir y analizar la historia mundial desde 1945 hasta 1989, que será el hito que ocupe el capítulo III. Reconociendo que desde el final de la II Guerra Mundial han callado las armas en el continente europeo —cuando se escribe CA aún no había surgido el conflicto en la antigua Yugoslavia— recuerda que no se ha llegado a “la supera­ción de las causas de la guerra y la auténtica reconciliación entre los pueblos” (CA 18). En breves pinceladas va a describir a continuación cómo ha sido la historia universal en estos 44 años:

  • No ha habido paz en Europa. “La mitad del continente cae bajo el dominio de la dictadura comunista, mientras la otra mitad se organiza para defenderse contra tal peligro. Muchos pueblos pierden el poder de autogobernarse, encerrados en los confines opresores de un imperio, mientras se trata de destruir su memoria histórica y la raíz secular de su cultura. Como consecuencia de esta división violenta, masas enormes de hombres son obligadas a abandonar su tierra y deportadas forzosamente” (CA 18). Habla evidentemente desde su propia experiencia.
  • Denuncia la división mundial en dos bloques y sus consecuencias. En SRS describió el mundo dividido en bloques. Añade ahora varios factores más: la carrera de armamentos, también denunciada en SRS, la ideología, “perversión de la auténtica filosofía”, que considera inevitable una próxima guerra y conduce a prepararla, y las consecuencias negativas para el Tercer Mundo de esta división en bloques (CA 18).
  • Las guerras civiles y el terrorismo, alentados a veces desde el poder mientras los esfuerzos por la paz encuentran dificultades. Mientras en SRS 20 declaraba que la amenaza de guerra total, aun sin desapa­recer, era más lejana, en CA 18 expresa sus temores: “La guerra puede terminar, sin vencedores ni ven­cidos, en un suicidio de la Humanidad; por lo cual hay que repudiar la lógica que conduce a ella, la idea de que la lucha por la destrucción del adversario, la contradicción y la guerra misma sean los factores de progreso y avance de la historia. Cuando se comprende la necesidad de este rechazo, deben entrar for­zosamente en crisis tanto la lógica de la “guerra total” como la de la “lucha de clases”.
  • Diversas respuestas a una paz precaria e injusta. De nuevo habla su experiencia: “el dato que se ofrece a la vista es la extensión del totalitarismo comunista a más de la mitad de Europa y a gran parte del mundo. La guerra, que tendría que haber devuelto la libertad y haber restaurado el derecho de las gen­tes, se concluye sin haber conseguido estos fines; más aún, se concluyen en un modo abiertamente con­tradictorio para muchos pueblos, especialmente para aquellos que más habían sufrido” (CA 19).

Ante esta realidad se han desarrollado en el mundo tres tipos de respuesta:

La instauración de la democracia y de los mecanismos del mercado libre aunque con un cierto control que asegure el destino universal de los bienes y la previsión social. Todo esto ha creado riqueza y aleja el peligro del comunismo.

Oponiéndose también al marxismo, otros regímenes apelan a la “seguridad nacional”-, con el riesgo de destruir también la libertad y los derechos humanos.

 Otra forma de querer derrotar al marxismo es la “sociedad del bienestar o del consumo”. Aun cuando hace patente el fracaso económico y social del marxismo, “al negar su existencia autó­noma y su valor a la moral y al derecho, así como a la cultura y a la religión, coincide con el marxismo en el reducir totalmente al hombre a la esfera de lo económico y a la satisfacción de las necesidades materiales”.

Mirando al Tercer Mundo reconoce después (CA 20) que la descolonización ha realizado la indepen­dencia política de varios países, pero no su autonomía económica. Despenden de países extranjeros y carecen de equipos profesionales, políticos y económicos competentes. Surge por eso una amalgama de tendencias socialistas, que unen “legítimas exigencias de liberación nacional, formas de nacionalismo y hasta de militarismo, principios sacados de antiguas tradiciones populares, en sintonía a veces con la doctrina social cristiana, y conceptos del marxismo-leninismo”.

Finalmente dirige su mirada a la ONU, promotora indudable de los Derechos Humanos, de la que, a la vez, reconoce que no ha “logrado hasta ahora poner en pie instrumentos eficaces para la solución de los conflictos internacionales como alternativa a la guerra, lo cual parece ser el problema más urgente que la comunidad internacional debe aún resolver” (CA 21).

De nuevo la mirada a la historia reciente se convierte en una concreción de ese “mirar alrede­dor” a “las cosas nuevas” que nos rodean y en las que nos hallamos inmersos (CA 3), que lleva a cabo la encíclica. Una mirada que es, pienso, substancialmente completa.

El año 1989

Era de esperar, era obligada, una mirada a este año, en el que se produjo el derrumbamiento no sólo del muro de Berlín, sino del comunismo en Europa. No se trató sólo de la caída de uno o va­rios regímenes, suceso habitual en la historia de los pueblos. Ni tampoco sólo de que la gran super- potencia interesada en ello, la URSS, no pudiera frenarlo. Es que, sobre todo, no hubo oposición ideológica. Unos Partidos Comunistas oficialmente omnipresentes y una clase intelectual aparente­mente fiel y convencida, no opusieron ninguna resistencia a un movimiento popular mayoritaria- mente incruento, si exceptuamos el caso de Rumania.

Juan Pablo II dedica a este suceso todo un capítulo de CA. Comienza haciendo notar que el proceso ocurrido en Europa Central y Oriental no es el único. A lo largo de la década anterior caye­ron regímenes dictatoriales y opresores en varios Países de América Latina, África y Asia, dando paso, aunque con dificultades, a formas políticas más justas y participativas. En estos procesos ha intervenido con fuerza la Iglesia, comprometida a favor de los Derechos Humanos (CA 22).

Pero el derrumbe del comunismo en Europa ha sido decisivo. Por eso y porque le resultaba muy cercano personalmente, el Papa polaco lo analizó con detención. Es cierto que cuando apareció CA había pasado sólo año y medio de la caída del muro de Berlín. No había una distancia que per­mitiese un análisis totalmente sereno. Pero ya antes F. Fukuyama había diagnosticado el fin de la historia27. El Papa se detiene en su análisis en tres aspectos: las causas, el modo y las consecuencias de la caída del marxismo.

  • Las causas. Es original el planteamiento de CA. La mayoría de los analistas subrayaban la incapacidad económica de la URSS para aceptar el reto de EE. UU, la Iniciativa de Defensa Estratégica, popular­mente conocida como “La Guerra de las Galaxias”. Sin negarlo Juan Pablo II habla de tres causas más complejas (CA 23-24):

o La violación, por parte de los regímenes marxistas de los Derechos Humanos. Con verdad re­cuerda que todo tuvo origen en su Polonia natal, donde los ciudadanos desautorizaron la ideo­logía que pretendía ser su voz. Las autoridades eran conscientes que si permitían la libre expre­sión de la voluntad popular aceptando un sindicato al margen del Partido Comunista se cuar­tearía el sistema. Fue así.

o La ineficiencia económica del sistema marxista, nacida de la restricción de la propiedad y en definitiva de la libertad.

o El vacío espiritual creado por el ateísmo, que negaba lo esencial del ser humano y de la cultu­ra al suprimir la pregunta sobre Dios.

  • El modo. Con orgullo no disimulado y con frases rotundas CA describe la vía pacífica (en casi todos los casos) por la que se superó el comunismo: la no violencia activa inspirada en el evangelio, que ya era en sí misma un desmentido de la teoría marxista: “Mientras el marxismo consideraba que, únicamente lle­vando hasta el extremo las contradicciones sociales, era posible darles solución por medio del choque violento, en cambio las luchas que han conducido a la caída del marxismo insisten tenazmente en inten­tar todas las vías de la negociación, del diálogo, del testimonio de la verdad, apelando a la conciencia del adversario y tratando de despertar en éste el sentido de la común dignidad humana”. Y añade con la emoción que presta a su pluma las añoranzas de tantos años de opresión: “Parecía como si el orden eu­ropeo, surgido de la segunda guerra mundial y consagrado por los “Acuerdos de Yalta”, ya no pudiese ser alterado más que por otra guerra. Y sin embargo ha sido superado por el compromiso no violento de hombres que, resistiéndose siempre a ceder al poder de la fuerza, han sabido encontrar, una y otra vez, formas eficaces para dar testimonio de la verdad. Esta actitud ha desarmado al adversario, ya que la vio­lencia tiene siempre necesidad de justificarse con la mentira y de asumir, aunque sea falsamente, el as­pecto de la defensa de un derecho de respuesta a una amenaza ajena” (CA 23). Líneas después remacha la idea, central para él: “Los acontecimientos del año 1989 ofrecen un ejemplo de éxito de la voluntad de negociación y del espíritu evangélico contra un adversario decidido a no dejarse condicionar por principios morales: son una amonestación para cuantos, en nombre del realismo político, quieren elimi­nar del ruedo de la política el derecho y la moral. Ciertamente la lucha que ha desembocado en los cambios de 1989 ha exigido lucidez, moderación, sufrimientos y sacrificios; en cierto sentido ha nacido de la oración y hubiera sido impensable sin una ilimitada confianza en Dios, Señor de la Historia, que tiene en sus manos el corazón de los hombres. Uniendo el propio sufrimiento por la verdad y por la li­bertad al de Cristo en la cruz es así como el hombre puede hacer el milagro de la paz y ponerse en con­diciones de acertar con el sendero a veces estrecho entre la mezquindad que cede al mal y la violencia que, creyendo ilusoriamente combatirlo, lo agrava” (CA 25).

  • Las consecuencias. El hundimiento del marxismo fue un fenómeno europeo. Pero entraña consecuen­cias que van más allá del viejo continente. Son tres:

o La primera es el encuentro entra la Iglesia y el Movimiento Obrero. Históricamente éste se alimentó de los ideales marxistas. Pero ha comprobado que estos han fracasado, mientras que la DSI ha contribuido a su liberación y a la del mundo28. A propósito de esto aclara su postura ante la Teología de la Liberación. Mientras habla del compromiso imposible entre marxismo y cristianismo, aboga por una Teología de la Liberación integral (CA 26).

o La segunda concierne a los pueblos de Europa antaño sometidos al marxismo. Tras tanta injus­ticia comienza ahora para ellos una nueva etapa. Es de desear que el odio y la revancha no su­cedan a la dictadura —y desgraciadamente el miedo del Papa era acertado— y que los Países europeos sobre todo ayuden a la reconstrucción material de estos países, sin olvidar las necesi­dades del Tercer Mundo. El Papa pensaba que, al suprimirse las partidas antes dedicadas a la confrontación Este-Oeste, sería posible incrementar esta ayuda (CA 27-28).

 o Una última consecuencia se refiere al concepto de desarrollo, que no puede ser exclusivamente material. Al contrario, hay que insistir en los derechos de la conciencia, negados por el marxis­mo. Y esto, recalcaba el Papa, es importante ahora desde tres puntos de vista: para evitar que resurjan ideales totalitarios, para que no se limite el progreso a los bienes materiales y para evi­tar los riesgos de un fundamentalismo religioso (CA 29).

Terminaba su exposición con un alegato, básico para la DSI y especialmente querido para él: “No es posible ningún progreso auténtico sin el respeto del derecho natural y originario a conocer la ver­dad y vivir según la misma. A este derecho va unido, para su ejercicio y profundización, el derecho a descubrir y acoger libremente a Jesucristo, que es el verdadero bien del hombre” (CA 29).

 

La historia ¿maestra de la vida?

No es CA el único documento de la DSI que se refiere a la historia. Es más, todos tienen un contexto propio en el que nacen y deben responder a los problemas, preguntas y necesidades de este tiempo. Ya recordaba al principio que prácticamente todos los Papas que han aportado algo al cor­pus de la DSI han atendido al mundo en que vivían, como era su obligación.

Con todo parece claro —es lo que he pretendido hacer ver con estas páginas— que Juan Pa­blo II ha tenido un interés especial en mirar a la historia y aprender de ella, en considerar a la histo­ria humana como un elemento indispensable de su enseñanza social. No sólo en CA, donde se po­dría pensar que los acontecimientos de 1989 “le daban la razón”, llevaban a la práctica sus ideales de muchos años. Antes de que se produjeran, a comienzos de SRS, en un párrafo en el que concen­tra conceptos teológicos muy densos a propósito de la DSI, destaca el valor del factor histórico en ella:

Quizá por eso adelantó la conmemoración de RN, que debería ser el 15 de mayo, al 1 de mayo, fecha simbólica para el movimiento obrero.

“La Iglesia, en la plenitud de la Palabra revelada por Jesucristo y mediante la asistencia del Espíritu Santo (cf. Jn. 14, 16.26; 16, 13-15), lee los hechos según se desenvuelven en el curso de la historia” (SRS 1).

Lo que anunció entonces y realizó en parte en esa encíclica lo hizo más extensamente en CA, su último documento social. Posiblemente esta huella será recorrida también en el futuro.

En Deus caritas est (25-1-2006), Benedicto XVI, distinto sin duda en su estilo y en su expe­riencia vital a su predecesor, hace también incursiones más que circunstanciales en la historia:

  • Al hablar de la caridad como tarea de la Iglesia (20-24). No sólo la califica de área esencial de la actuación de los seguidores de Jesús, junto con el nuncio de la Palabra y la administración de los sacramen­tos, sino, además, entra en algunos hechos históricos que van desde el retrato de las comunidades primi­tivas que hacen los Hechos de los Apóstoles y a la elección de los diáconos para la atención a los nece­sitados. Cita también los testimonios de Justino, Tertuliano e Ignacio de Antioquia en los primeros siglos y, más tarde, las huellas de las Diakonías tanto en Oriente como en Occidente. Acude incluso al ejemplo de Juliano el Apóstata. Escandalizado por la crueldad del emperador Constancio, que se tenía por gran cristiano, quiso restaurar el paganismo tradicional, pero reformándolo, añadiéndole una acción caritativa imitada de la Iglesia
  • Al recordar la percepción de la Iglesia de los problemas sociales y los distintos documentos de la DSI (26-27). Reconociendo que los representantes de la Iglesia descubrieron lentamente —como la misma sociedad— la situación distinta que creaba la industrialización, reivindica la aportación novedosa de Monseñor Ketteler y otros sacerdotes y laicos, estimuladores y estimulados por la reflexión de León XIII y los Papas siguientes, que han ido creando la Doctrina Social de la Iglesia.
  • Finalmente, al enumerar a algunos santos que llevaron a la práctica los ideales cristianos, presididos por María (40-42). Menciona nominalmente a San Martín de Tours, San Antonio Abad, a los creadores de iniciativas de promoción humana y formación cristiana, destinadas especialmente a los pobres, de las que se han hecho cargo muchos institutos religiosos a lo largo de la historia del cristianismo. Entre estos promotores, cita a santos como Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Juan de Dios, Camili de Lelis, Vicdente de Paúl, Luisa de Marillac, José B. Cottolengo, Juan Bosco, Luis Orione y Teresa de Calcuta, “por citar sólo algunos nombres”.

Para ser un escrito relativamente breve y orientado a otros fines, es llamativo que dedique proporcionalmente tantas páginas a estos hechos de la historia, además de los que dedica a la histo­ria del pensamiento humano. Se puede matizar el dicho ciceroniano que hace a la historia maestra de la vida. Pero nadie dudará de que la Iglesia debe mirar a la historia para orientar en la vida y que la mirada a la historia ilumina nuestras convicciones. Juan Pablo II lo hizo especialmente en CA. Sus análisis fueron con frecuencia originales y nuevos. Muchos nacían de su experiencia vivida. Y han sido aceptados mayoritariamente.

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NOTAS A PIE DE  PAGINA

1En adelante DSI. Utilizaré además las siglas habituales para designar los documentos de la Doctrina Social de la Iglesia: RN: Rerum Novarum (León XIII, 15-5-1891); QA: Quadragesimo Anno (Pío XI, 15-5-1931); MM: Ma- ter et Magistra (Juan XXIII, 15-5-1961); PT: Pacem in terris (Juan XXIII, , 11-4-1963); GS: Gaudium et Spes (Vaticano II, 7-12-1965); PP: Populorum Progressio (Pablo VI, 26-3- 1967); OA: Octogesima Adveniens (Pa­blo VI, 15-5-1971); EN: Evangelii Nuntiandi (Pablo VI, 8-12-1975); LE: Laborem Exercens (Juan Pablo II, 14­ 1981); SRS: Sollicitudo Rei Socialis (Juan Pablo II, 30-12-1987); CA: Centesimus Annus, (Juan Pablo II, 1-5­1991). DCE, Deus caritas est, (Benedicto XVI, 25-12-2005).TL significa Teología de la Liberación.

2 Así por ejemplo los textos clásicos de UTZ (Ética Social, Herder, 1961), VAN GESTEL (La Doctrina Social de la Iglesia, Herder, 1963), BIGO (La Doctrine Sociale de l’Église, PUF, 1965), IBÁÑEZ LANGLOIS (Doctrina Social de la Iglesia, EUNSA, 1987, CHABOT (La Doctrine social de l’Église, PUF, 1989), CALVEZ (La ense­ñanza social de la Iglesia, Herder, 1991, edición francesa en 1989), por citar sólo algunas más conocidas. Algu­nos dedican al asunto unas breves páginas pero la mayoría no lo hace. En el ámbito español, además de la Anto­logía de P. GALINDO, hubo dos obras clásicas: Doctrina Social de la Iglesia, llevada a cabo por la Comisión Episcopal de Pastoral Social, (Rialp, 1963) y Curso de Doctrina Social Católica, de los Profesores del Instituto León XIII (BAC, 1967), que tampoco de detienen en la historia de la DSI.

3 A. A. CUADRÓN (Coord), BAC, 1993. El capítulo primero es un estudio amplio de la historia de la DSI.

4 Meses antes de su elección como Papa respondió por escrito a muchas preguntas sobre la DSI. La entrevista apa­reció años más tarde en V. POSSENTI, Oltre l’iluminismo. “Il messaggio sociale cristiano”, Ed. Paoline. Cisine- llo Balsamo (Milano) 1992, pp. 239-262. Se recoge entre los artículos que se integran en el CD-ROM que acom­paña a DEPARTAMENTO DE PENSAMIENTO SOCIAL CRISTIANO, Una nueva voz para nuestra época (PP 47), Madrid, Universidad Pontificia Comillas, 22001. Su participación en una de las comisiones que prepara­ron GS se recoge en R. GONZÁLEZ MORALEJO, El Vaticano II en taquigrafía. La historia de la “Gaudium et Spes”, Madrid, BAC, Colección Estudios y Ensayos, 2000, 224 pp. Sus intervenciones rezumaban conocimiento de la DSI y originalidad en su interpretación y aplicación.

5 Libertatis Conscientia 72. Esta afirmación no sólo no resta credibilidad a la DSI, sino la refuerza. En el texto que acabamos de citar de SRS 3 el Papa afirmaba que por esta doble condición —lo permanente y lo contingente— de sus enseñanzas, la DSI era perennemente válida: “continuidad y renovación son una prueba de la perenne va­lidez de la enseñanza de la Iglesia”.

6 QA 99 hacía notar que los cuarenta años transcurridos desde RN hacían precisa una renovación de sus enseñan­zas. MM 50 lo dice igualmente con claridad, al mencionar las características de su tiempo, que ha especificado en los números anteriores y que quiere iluminar con su encíclica. También PT atendió especialmente a los “signos de los tiempos”. En “Actualidad de la encíclica Pacem in Terris”, notas 13-14, hago notar el origen evangéli­co de la expresión, su utilización por el Vaticano II y antes por Juan XXIII en la Constitución Apostólica Huma- nae Salutis (25-12-1961) con la que convocó el Concilio y al final de las cuatro primeras partes de PT. Pese a ello en la versión oficial latina se evita este concepto. Aduzco también el estudio de las diferentes versiones — latina, italiana, francesa y española— respecto a la traducción de esta expresión: CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Los Derechos Humanos, una defensa permanente. Simposio de Doctrina Social de la Iglesia en el XL aniversario de Pacem in terris, Madrid, Edice, 2004, p. 45. GS 4 habla de “signos de la época” (signa tempo- rum) desde la convicción de que la humanidad está viviendo tiempos nuevos y de que la Iglesia debe estudiarlos. Relaciones de los seres humanos y de las comunidades políticas con la comunidad mundial: Seminarium 1 (1983) 88-100.

En Razón y Fe 1283-1284 (septiembre-octubre 2005) 139-148, El “Compendio de la Doctrina Social de la Igle­sia”, hice notar que una síntesis se parece más a una foto fija que a un vídeo y refleja por eso menos la evolución de la DSI ya que su interés primordial es aclarar su postura ante los diferentes temas sin detenerse tanto en el camino que ha llevado hasta allí. Con todo, los números indicados recogen algo de su evolución.

SRS 4. De acuerdo con una vivencia muy querida para él, este periodo de tiempo, en la vigilia del tercer milenio cristiano era, en cierto modo para todos los hombres, como un nuevo adviento.

10 SRS 14 reconocía que estas expresiones, que no pretenden obviamente clasificar de manera satisfactoria a todos los países, son muy significativas. Pero añadía que, por encima de su valor más o menos objetivo, esconde sin lugar a duda un contenido moral, frente al cual la Iglesia, que es “sacramento o signo e instrumento… de la uni­dad de todo el género humano”, no puede permanecer indiferente.

12 SRS 14, 16, 17. En la nota 31, correspondiente al n° 14 se especifica: “La expresión «Cuarto Mundo» se emplea no sólo circunstancialmente para los llamados Países menos avanzados (PMA), sino también y sobre todo para las zonas de grande o extrema pobreza de los Países de media o alta renta.”

El análisis de los obispos españoles está en Constructores de la paz (20-2-1986) 9. 12-13. Este documento, en el Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal, se unió a otros dos, vecinos en el tiempo, Testigos del Dios vivo (28­6-1985) y Los católicos en la vida pública (22-4-1986). Constructores de la paz se unió también a los documen­tos de muchas conferencias episcopales sobre el mismo asunto: las estudia I. CAMACHO, Doctrina Social de la Iglesia. Una aproximación histórica, p. 571-572, notas 1-2

Pablo VI en PP 56ss denunciaba lo primero, haciendo notar que las ayudas a los países pobres no tendrían efecto si las estructuras del comercio internacional no cambiaban. Los países ricos producen tecnología (cara) y com­pran materias primas y productos agrícolas, baratos. Los países pobres, por el contrario, exportan productos agrí­colas y materias primas mientras deben importar tecnología. Es claro que, mientras no se modifique o corrija este esquema, los ricos serán cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres.

14Cronológicamente estaba cerca el momento en que Juan Pablo II iba a empezar a abordar la cuestión de la inje­rencia humanitaria. Lo hizo a partir de 1992. Cf. J. HEVIA SIERRA, La injerencia humanitaria en situaciones de crisis, Córdoba, 2001 y mi estudio “Derecho a la rebelión e injerencia humanitaria. ¿Concreciones de la gue­rra justa?” en F. RIVAS REBAQUE y R. Ma SANZ DE DIEGO (eds.), Iglesia de la Historia, Iglesia de la fe. Homenaje a Juan María Laboa Gallego, Madrid, Universidad Pontificia Comillas, 2005, 579-611.

15Discurso a la Curia Romana, 22-12-2005.

16Entre muchas, señalo algunas biografías de Juan Pablo II aparecidas en castellano de la última década de su vida: T. SZULC, El Papa Juan Pablo II. La biografía, Martínez Roca, 1995; P. M. LAMET, Hombre y Papa, Espasa, 1995; G. WEIGEL, Biografía de Juan Pablo II. Testigo de esperanza, Plaza y Janés, 1999; S. MARTÍN, Juan Pablo II. El Papa de la esperanza, Temas de hoy, 2002; D. DEL RIO, Karol Wojtyla. Historia de Juan Pablo II, San Pablo, 2004; G. ZIZOLA, La otra cara de Wojtyla, Tirant lo Blanch, 2005.

17Como hito significativo, tampoco único, recuerdo el encuentro de Pentecostés de 1998 en Roma. Más en general, cf. J. DOIG KLINGE, Juan Pablo IIy los movimientos eclesiales, Lima, Editora Latina, 1998.

18Con más detención los explico en Veinticinco —y cienaños de Doctrina Social de la Iglesia: Razón y Fe 1.103-4 (1990) 178-180. Abordan más detenidamente la relación entre DSI y TL J. C. SCANNONE, Teología de19

20la Liberación y Doctrina Social de la Iglesia, Madrid, Cristiandad, 1987; R. ANTONCICH, Los cristianos ante la injusticia. Hacia una relectura de la doctrina social de la Iglesia, Bogotá, Ed. Grupo Social, 1980; ID., Teo­logía de la Liberación y Doctrina Social de la Iglesia en I. ELLACURIA-J. SOBRINO, Mysterium Liberationis (2 tomos), Madrid, Trotta, 1990, T. I, 145-168 y J. B. LIBANIO, Doctrina Social de la Iglesia y Teología de la Liberación en VV. AA., Doctrina Social de la Iglesia y lucha por la justicia, Madrid, Ed. HOAC, 1991, 111­128. Entre los numerosos títulos que se ocuparon, en castellano y durante la década de los 70, de la “Teología de la revolución” o “de la violencia”, recuerdo: P. DABEZIES y A. DUMAS, Teología de la violencia (1970) y L. GUILLOU y otros, Evangelio y revolución (1970), J. W. DOUGLAS, La cruz de la violencia: una teología de la revolución y de la paz (1974); J. COMBLIN, Teología de la revolución: teoría (1973) y Teología de la práctica de la revolución (1979); E. MASINA, J. Ma DÍEZ ALEGRÍA y E. CHIVACCI, Revolución, Teología, Magiste­rio y mundo moderno (1972).

Por la cantidad de documentos y por su orientación. Su pontificado venía después de OA que, en sus números 4 y 50 citados más arriba, parecía que certificaba el final de la DSI como enseñanza universal. Brevemente en DEPARTAMENTO DE PENSAMIENTO SOCIAL CRISTIANO, Una nueva voz para nuestra época (PP 47), Madrid, Universidad Pontificia Comillas, 22001, 13-19.

  1. A. PASTOR RIDRUEJO, Curso de Derecho Internacional Público y Organizaciones Internacionales. Ma­drid, Tecnos, 92003, 617-618.

El Servicio de Documentación de Iglesia viva, n° 29 recoge parte de los primeros comentarios. Recojo aquí al­gunos otros: R. Ma SANZ DE DIEGO, ¿Hacia dónde va CA?: Razón y Fe 1112 (1991) 579-590; J. VELARDE y otros, Acerca de CA, Espasa-Calpe, Austral, 1991; VV. AA., Cien años de Doctrina Social: De la RN a la CA: Corintios XIII 62-64 (1992); VV. AA., “Tened en cuenta lo noble, lo justo, lo bueno”. Comentarios y texto de CA, Edicep, 1991; VV. AA., Comentarios a CA, Acción Social Empresarial, 1992; VV. AA. Conmemoración del centenario de la encíclica RN, Madrid, ACNDP, 1992; VV. AA., Estudios sobre la encíclica “Centesimus An- nus”, AEDOS, Unión Editorial, 1993; I. CAMACHO, Libertad humana y organización del Estado en CA: Re­vista de Fomento Social 57 (2002) 277-301; ID., El pensamiento social de Juan Pablo II. Líneas básicas de sus tres encíclicas sociales: Revista de Fomento Social 60 (2005) 189-218, sobre CA 202-218.

22En el último artículo citado en la nota anterior, pp. 204-205. Se basa literalmente en CA 3 aunque son suyas las concreciones.

En francés se traduce como “La soif d’innovations”; en inglés, “the spirit of revolutionary change” ; en italiano, “L’ardente brama di novitá”; en portugués, «a sede de inovagoe

25El cuadro presentado por el Papa se podría ampliar aún prolongándolo en el tiempo. Así se hace en DE­PARTAMENTO DE PENSAMIENTO SOCIAL CRISTIANO, Una nueva voz para nuestra época (PP 47), 3-5. Y en J. M. DÍAZ SÁNCHEZ, El Papa león XIII, un maestro previsor y el Cardenal Ángel Herrera, un seguidor eficaz”, Lección inaugural del curso 2003-1004, Universidad Pontificia de Salamanca, 16-18.M. DÍAZ SÁNCHEZ, ib., 38-66 sitúa la enseñanza de RN en el marco de la vida y el magisterio de León XIII. En España, en concreto, las “leyes sociales” no pudieron ser efecto directo de las presiones del Movimiento Obrero, inicialmente minoritario y con nula representación parlamentaria. El primer diputado del PSOE fue Pa­blo Iglesias en 1911, cuando ya se habían aprobado las primeras leyes sociales, que desglosé en R. Ma SANZ DE DIEGO, Pensamiento Social Cristiano I, Madrid, Universidad Pontificia Comillas, 91998, 135.

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