HELDER CAMARA

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(Entrevista realizada en 1968)

En Recife, la «patria de los pobres», para regir los destinos pastorales de estas poblaciones, Pablo VI colocó hace cuatro años (1964) como arzobispo a uno de los grandes profetas del tercer mundo: monseñor Helder Cámara.

Al llegar aquí, mi primer deseo ha sido entrevistar a don Hel­der —así le llaman familiarmente sus sacerdotes y sus fieles (…). Hace unos meses, don Helder abandonó su palacio e instaló su residencia en una casa humilde de la periferia para vivir pobre­mente con los pobres de su diócesis.

El arzobispo me recibe y me abraza. Le explico el objeto de mi visita a Recife.

—Don Helder, ¿me quiere hablar de sus experiencias pastora­les con los pobres?

—Casi todo se reduce, por el momento, solamente a deseos de hacer algo. Como pastor de la diócesis, estoy obligado a amar a todos; pero mis preferencias aquí tienen que ser principalmente para los pobres y mi mirada se centra antes que nada en la pobre­za vergonzosa para evitar que ésta degenere en miseria. La po­breza puede ser, y a veces debe ser, un don generosamente acep­tado y ofrecido al Padre. La miseria, en cambio, resulta envilece­dora y repelente. Cancela la imagen de Dios en nuestros herma­nos y viola el derecho y el deber que tiene el hombre de desarro­llarse hasta su perfección integral. Me preocupo especialmente de los que viven en los «mocambos» (así se llaman en Recife los ba­rrios más pobres, donde miles y miles de personas moran en con­diciones infrahumanas, desnutridos y abandonados en casas de madera y paja), de los niños que no tienen nada y de todos los que sufren en su cuerpo o en su alma, sean pobres o ricos… No se trata sólo de generosidad o asistencia social. Aquí existe una mi­seria espectacular, ante la cual no tenemos el derecho de perma­necer indiferentes. Muchas veces la única cosa que se puede ha­cer es prestar una ayuda inmediata; para esto he puesto en fun­ciones el «banco de la Providencia»… Pero el problema es muy complejo e inquietante. Por eso, la solución no puede limitarse a pequeñas reformas. Tampoco podemos confundir la bella e indis­pensable noción del orden, objeto de todo progreso humano, con las caricaturas del mismo, responsables de que sigan en pie es­tructuras que de ninguna manera han de ser conservadas… Mi mayor esfuerzo en el sentido social consiste en ayudar a las ma­sas para que se conviertan en pueblo. Yo temo mucho a las ma­sas desorganizadas porque fácilmente son presa de los vientos que soplan; por eso deseo y procuro la organización y la eleva­ción de las masas, y para este fin he puesto en marcha la Opera­ción Esperanza, que con su trabajo lento y difícil, comenzará a dar resultado dentro de algunos años…

Defender el orden. Yo os pregunto: ¿qué significa el orden? Quiero denunciar una vez más ese orden establecido contra un desorden estratificado. Por ejemplo, en un país como el mío, de cada cien familias, ni siquiera sesenta tienen el salario míni­mo básico vital. Y ni aun el salario mínimo permite vivir. Mi pri­mera observación es, pues, desconfiad de esta idea del orden. El orden que se ha establecido entre nosotros es sinónimo de desor­den estratificado.

Tened el coraje de reexaminar a fondo los conceptos de pro­piedad. En nombre de la propiedad se cometen grandes atrocida­des en nuestro país. Protección de la propiedad…, incluso existe un movimiento que se llama «tradiciones – familia – propiedad». Ayudadme a demostrar que como dice la «Populorum Progressio» la propiedad no es para nadie un derecho absoluto e inalienable. Ayudadme a demostrar que cuando alguien tiene más de lo que necesita para vivir no tiene ningún derecho a guardárselo cuando existen otros que ni siquiera tienen lo necesario. Ayudadme, pues, sobre todo, a decir que la tierra es de todos y no sólo de los ricos.

Existe una violencia establecida en América Latina: atención cuando oigáis hablar de las violencias, pues, es necesario pregun­tar: ¿de qué violencia se habla: de esa violencia que puede estallar motivada por el hambre de los oprimidos o se habla de la violen­cia establecida por los opresores contra los oprimidos? Existe, re­pito, una violencia establecida. Y os digo que uno de los mayores esfuerzos de mi vida consiste en orientar la impaciencia de nues­tros jóvenes, porque la juventud es más generosa y llega a dudar de la sinceridad de los grandes posesores y de los gobiernos, y se encamina hacia una radicalización y hacia la violencia.

Os pido, pues, que me oigáis. Vamos a comenzar a trabajar en Brasil, y en toda América Latina si Dios quiere, para lograr una verdadera presión moral liberadora. No os escandalicéis, lle­garemos a una presión moral liberadora; es la única manera de evitar la violencia armada y este estado general de desesperación.

Si se hace un movimiento de no-violencia tranquilo, pacífico, dul­ce, no llegaremos a nada. La forma quizá de evitar la violencia armada sea organizar una presión moral liberadora. No nos inte­resan las mini-reformas, no resolveremos nada. Necesitamos un verdadero y profundo cambio de estructuras. Y es cierto que para llegar a ese cambio de las estructuras deberemos comenzar por el cambio de las estructuras mentales. Esta es la conversión de que nos habla el Evangelio.

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