Pensamiento social y economía ética con Francisco

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Uno de los frutos y regalos que nos están donando el Papa Francisco es la profundidad de su enseñanza social, que se incluye en la conocida como Doctrina Social de la Iglesia (DSI), por ejemplo, en el campo económico. El Papa Francisco continua y profundiza todo este legado de la DSI, este fecundo magisterio de los Papas, Obispos y de todo el Pueblo de Dios sobre estas cuestiones sociales y económica. Tal como muestra en “Evangelii Gaudium” (EG), en particular con su capítulo IV, o en “Laudato SI” (LS), su primera encíclica social. El Papa Francisco expone dichas cuestiones socioeconómicas desde el amor/caridad, misericordia y justicia liberadora con los pobres de la tierra (LS 159, 228-231). Nos muestra la entraña de la economía, que es la ética y la antropología, cuyo sentido es el servicio de la satisfacción de las necesidades vitales de las personas, el desarrollo humano, liberador e integral de los pueblos (EG 202-208). Con el sustento (sustentabilidad o sostenibilidad) y cuidado de la casa común que es el planeta, una ecología integral. Se trata de una espiritualidad, comunión y justicia en el nivel personal (ecología mental), en las relaciones con los otros y con los pobres (ecología social), con la naturaleza o hábitat (ecología ambiental) y con Dios (ecología espiritual o trascendente).

Una economía bioética y biopolítica que promociona la vida en todas sus dimensiones o fases (LS 115-122), en especial la del ser humano- desde su inicio con la concepción hasta el final de la vida-, la dignidad de las personas, el bien común y la justicia con los pobres; frente la cultura del descarte y de la muerte, contra la desigualdad, inequidad e injusticia social-global y destrucción ecológica. Es una economía de comunión, popular y solidaria. Enraizada en la religiosidad y espiritualidad, en las creencias, valores e ideales de los pueblos con su protagonismo en la promoción, emancipación y liberación integral de toda dominación, opresión e injusticia. Una economía social y cooperativa donde las personas, los trabajadores y los pueblos con los pobres protagonizan y co-gestionan la vida, marcha y destino de los procesos sociales, económicos, del trabajo y de la empresa. Con la socialización y co-propiedad de los medios de producción, de la empresa u otras instituciones económicas que son dinamizadas y apropiadas de forma personal, social y comunitaria por los trabajadores, por la sociedad civil y los pueblos.

El cooperativismo con esta economía social, de comunión solidaria y del bien común, posibilita que la empresa, el trabajo o cualquier actividad económica sea entendida y establecida como comunidad humana. Con unas relaciones personales y de alteridad en la solidaridad, humanizadoras y fraternas. Todo ello da lugar a una auténtica ética de la empresa, a una verdadera responsabilidad social corporativa. Este humanismo ético, solidario, espiritual e integral, como nos transmite la DSI o (de forma similar) el personalismo comunitario y el pensamiento latinoamericano, nos presenta unos valores y principios que son claves para una economía ética. Como es el destino universal de los bienes, derecho primero, que tiene la prioridad sobre la propiedad que es un derecho secundario y que sólo es legítima, moral si asegura esta justa distribución de los bienes (LS 93). El derecho a la propiedad sólo es aceptable y ético si cumple con este carácter social, inherente a toda propiedad, en la socialización, equidad y destino común de los bienes para toda la humanidad. De lo contrario, es legítimo, necesario y moral toda expropiación, que tenga esta finalidad del reparto justo de los bienes para los pobres de la tierra. A los empobrecidos del mundo se le impide el derecho de posesión de bienes y de propiedad que, en justicia, hay que restituirles con la clave del cuidado de la vida de las personas, de los pobres y de esa casa común que es el planeta.

La economía debe promover la civilización del trabajo y de la pobreza, frente a la del capital y de la riqueza. Con el principio de que el trabajo, la vida y dignidad de la persona y de todo trabajador, está antes que el capital. La vida digna del trabajador, con un trabajo decente, está por encima del capital, del beneficio y del mercado que debe asegurar los derechos del empleo. Como es un salario digno, unas condiciones laborares justa y un trabajo humanizador (LS 124-129). La economía, el capital y mercado, por su entraña ética, están al servicio de la creación y reparto justo del empleo, de la liberación de las necesidades y promoción de las capacidades de las personas, de los trabajadores y pueblos. La civilización de la riqueza debe dejar paso a la civilización de la pobreza y del amor (social, civil), la caridad política. Esto es, la fraternidad y solidaridad en el compartir, en la comunión de vida, de bienes y luchas por la justicia con los pobres de la tierra que es lo que nos va humanizando, dando la felicidad y el sentido de la vida, nos abre a la trascendencia, al encuentro y comunión con Dios.

Se trata de “crecer hacia abajo”, del decrecimiento en una vida sobria y austera en la pobreza solidaria, la pobreza evangélica de Jesús y su iglesia pobre con los pobres. Iglesia en salida hacia las periferias. Para irnos liberando de los ídolos e idolatría de la riqueza-ser rico, del poseer y del tener (LS 93-95). El ser, en la vida de solidaridad, está por encima de tener, con esta entrega de la vida, de los bienes y del compromiso con las causas de la justicia con los pobres. Para una liberación integral del egoísmo, del individualismo posesivo e insolidario, del consumismo y hedonismo. Con los falsos dioses del poder, de la propiedad y de la riqueza-ser rico que deshumanizan y sacrifican a las víctimas de la historia, a los pobres de la tierra. De esta forma, la economía y el mercado deben servir al desarrollo humano, social y a una ecología integral, con una globalización de la solidaridad, de la paz y de la justicia socio-ambiental. Una mundialización de la fraternidad solidaria, frente a la globalización del capital, de la guerra y de la competitividad con su destrucción ecológica.

Una globalización en donde la economía y el mercado estén controlados por la ética-política (LS 189-198). Esto es, por la regulación y gestión de la sociedad civil, de los pueblos y estados que están conformados por esta democracia ciudadana, ética y cosmopolita al servicio del bien común. Con un comercio justo, unas relaciones e intercambios en el trabajo, productos y precios desde la equidad e igualdad con los más pobres. Una economía real y finanzas-banca ética, que sirva a la inversión para la generación de la empresa con responsabilidad corporativa y el empleo de calidad, del desarrollo social, humano y ecología integral. Con créditos y préstamos éticos, justos y sociales que respondan a las necesidades de las familias, de las mujeres y los más pobres; frente a la usura y especulación comercial, financiera y bancaria con sus créditos e intereses usureros, abusivos e injustos, con la especulación ilícita e inmoral en la bolsa, acciones, fondos de pensión e inversión. Se ha impuesto una especie de economía de casino-financiero global que especula con todo, hasta con los alimentos generado el hambre en el mundo, una economía ficticia, basura e irreal que generan las crisis y arruina a la gente (LS 109-114).

La economía y una sociedad con mercado está al servicio del estado social de derecho-s que, en su comunidad política, está basado en los pilares de la solidaridad y justicia social. Con un trabajo digno y un sistema fiscal justo que, como previsión o seguridad social, re-distribuye los bienes cumpliendo con la justicia general y distributiva. En donde contribuyan más los que más tienen, las herencias y sucesiones, los patrimonios más altos y el capital, las sociedades y empresas como las multinacionales o la banca con sus operaciones-transacciones financieras. Poniendo fin a los inmorales paraísos fiscales, fraudes tributarios y demás estafas-delitos fiscales que no contribuyen al bien común, lo que niega este estado social de derechos. Este trabajo decente y sistema fiscal justo, que constituyen las bases del estado social, hace posible las políticas públicas y servicios sociales que aseguran los derechos humanos, la calidad de vida. Como son la universalidad y calidad de la educación y cultura, la salud y sanidad con los tratamientos farmacéuticos, la vivienda, el agua, luz, energía, transporte u otros equipamiento e infraestructura, los servicios específicos a la infancia, mujeres, mayores y personas con diversidad funcional.

Todo lo anterior, al igual que hizo con el comunismo colectivista o colectivismo, es criticado y denunciado por la DSI con los Papas como Francisco, que deslegitiman a la actual y dominante economía que mata (EG 53-58). Con su cultura del descarte y globalización de la indiferencia, con su dictadura del mercado/capital y fetichismo del dinero, la idolatría de la riqueza-ser rico y del tener. Tal como es la ideología del (neo-)liberalismo economicista con el sistema del capitalismo que niega la justicia e igualdad, va en contra de la solidaridad y falsea la libertad. Por su individualismo posesivo, propietario e insolidario. La DSI y los Papas como Francisco nos muestran que cuando se niega esta justicia socioeconómica, los derechos humanos y el desarrollo humano e integral, que es la primera violencia estructural y terrorismo de base, se crea el caldo de cultivo de las violencias, de los terrorismos y guerras (EG 59-69). Conflictos bélicos y guerras que, en esta línea, son un negocio con su industria de las armas, un verdadero mercado de muerte. Terminamos reconociendo la fecundidad y vida de todo este pensamiento social, DSI y economía ética, que debemos seguir enseñando e impulsando en el servicio de la fe y de la justicia con los pobres de la tierra, en la praxis ética, liberadora y espiritual.

 

* Agustín Ortega

(Trabajador Social y Doctor en Ciencias Sociales, Experto Universitario en Moral,

Es profesor e investigador de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador)

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