Niños invisibles, familias inexistentes

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Mons Jorge Eduardo Lozano

Algunas noticias nos conmueven desde las entrañas. Hace un par de días, durante la Semana Social,evento eclesial organizado por la Comisión Episcopal de Pastoral Social y el obispado de Mar del Plata, uno de los panelistas invitados muy entristecido nos compartió su dolor y el de un barrio muy pobre. En pocos días murieron siete personas de manera absurda. Seis de ellos eran niños y niñas. A ellos debemos sumar a otros dos que días antes en Pilar fallecieron por las mismas causas.

El 11 de junio Mía, Zoe, Elunei y Luana y durante la madrugada murieron en el incendio de su casilla. Pese al esfuerzo de los vecinos no pudieron salvarlas. Es que en ese barrio hacía muchos días que estaban sin energía eléctrica, y por tanto sin agua… ni para beber, ni para lavar, ni para higienizarse, ni para apagar un incendio, claro. Ante esta situación de grave precariedad era cantado que se asistía a la antesala de otra tragedia. Como alguien se preguntaba, si repetimos lo mismo, ¿por qué esperar resultados distintos?

Y así fue. El 22 de junio en otro incendio apenas a 100 metros de distancia del anterior, repitiendo carencias y desamparos, murieron Daniel Armando de 41 años y su sobrino Daniel Braian de 14; después falleció otro sobrino de 17 años, Alexis. Brandon, hermano de Daniel y Alexis, al cierre de esta columna continúa internado. Algunos dirigentes sociales ya lo habían advertido y denunciado, pero no fueron escuchados. Ante la indiferencia y la desidia de la Sociedad y el Estado algunos vieron una película por adelantado, y nadie quiso visualizar el final. A veces por desconfianza o suposición de tremendismo no se hace caso a las voces de alerta. Si el mensaje incomoda, se cuestiona al mensajero y listo. Dale que va.

Si un niño hubiera muerto en un incendio en alguna casa, en una Escuela o un Club, del centro de la Ciudad de Buenos Aires todas las cámaras de canales de televisión, las radios, los diarios nos hubieran tenido en vilo varios días buscando responsables y exigiendo ¡Justicia!, como corresponde. Pero parece que la vida y la muerte cuentan y son merecedoras de la atención de la sociedad según el barrio, el color de la piel, la situación económica del entorno. Alguna vez, hice referencia en otro texto a la discriminación desde la cuna. Duele mucho decirlo, pero los hechos hablan por sí solos. El barrio ACUBA de Villa Caraza en Lanús aparentemente no es noticia. Allí viven niños invisibles de familias inexistentes. No hacen falta, no es necesario mirarlas. La vida de muchos pibes se nos escurre de las manos sin que se hagan cargo de cuidarlos aquellos a quienes corresponde. Un barrio con 10 años de existencia, 10 años de promesas incumplidas, 10 años de ninguneo, 10 años de indolencia, indiferencia, inoperancia.

Hoy es el fuego y la falta de energía eléctrica, ayer fue el paco, mañana la violencia, el hambre, siempre la pobreza y la exclusión. ¿Son vidas de descarte? ¿Es cierto que debe haber igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos? ¿O debemos cambiar la Constitución Nacional y borrarnos de los Pactos Internacionales a los que hemos suscripto? La indolencia es cómplice de la impunidad y atrae a la muerte.

Mons. Jorge Eduardo Lozano es Arzobispo de San Juan de Cuyo y

Presidente de la Pastoral Social del Episcopado de Argentina

Publicado el