Amos sin rostro

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no se puede comprender el mundo contemporáneo sin recurrir a la categoría del poder, en particular en la economía y en las finanzas

Está claro que no se puede comprender el mundo contemporáneo sin recurrir a la categoría del poder, en particular en la economía y en las finanzas.

(Extracto del libro poder y dinero. La justicia social según Bergoglio. Michele Zanzucchi. 2018)

Dice la Laudato si’: «Los poderes económicos siguen justificando el sistema mundial actual, en el que prevalecen una especulación y una búsqueda de la rentabilidad financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y sobre el entorno. Así se manifiesta que la degradación del entorno y la degradación humana y ética están íntimamente conectadas» (LS56).

El tema de las rentas se ha de afrontar seriamente. Tener una renta significa no trabajar, sino vivir solo del capital acumulado. Si quien está desempleado no tiene la dignidad que viene del trabajo, tampoco la tiene quien vive de las rentas. La «financiarización» de la economía no ha eliminado los conflictos entre quienes detentan el poder y quienes no lo tienen; simplemente ha cambiado de lugar el conflicto: de la dialéctica beneficios-salarios a la dialéctica beneficios-rentas.

En el siglo xx, el pensamiento marxista sostenía que el gran conflicto social se establecía entre el capital y el trabajo; el enfrentamiento sucedía en la repartición entre beneficios y salarios, y se comprendía fácilmente que los capitalistas ejercían un poder sobre los asalariados. Dicha filosofía del poder marxista tenía esta sustentación: para comprender el mundo, hay que mirar al conflicto de clase dentro de la fábrica.

Hoy hablar así es una especie de herejía, porque la opinión general considera que la empresa es un cuerpo, como sucedía en el corporativismo, que el empresario está de parte de los trabajadores, que todos los trabajadores forman un equipo, con toda la retórica neocorporativista bien conocida hoy.

En realidad, los conflictos de las fábricas no han desaparecido: el conflicto existe -y de qué manera-, pero ha pasado del frente salarios-beneficios al frente rentas-salarios. El conflicto hoy está entre quienes poseen rentas y no trabajan y quienes deben trabajar para producir un rendimiento. No solo los trabajadores, sino también los empresarios se ven abrumados por la lógica de las rentas.

El poder de las rentas, a pesar de estar muy difundido, es invisible. ¿Quién conoce a estos rentistas? Fondos de pensiones internacionales, hedge fund o fondos de cobertura, fondos soberanos rinden a sus poseedores decenas de miles de millones al año, y mientras tanto no hay dinero para curar y dar trabajo a los pobres, y no se ve a quién pertenecen estos fondos, quién es su amo.

Es precisamente la invisibilidad la que sostiene este poder y lo hace más poderoso aún, lo que lleva a las finanzas a condicionar duramente la política. Por poner un ejemplo, el mercado de las armas está en manos de poderes invisibles que condicionan el poder político lo que lleva incluso a desencadenar nuevas guerras que sirven de «mercado» para misiles, bombas y toda clase de armamento.

Cuesta entender quién es el amo de este tipo de comercio, porque los propietarios son relativamente pocos, aunque sean miles y estén dispersos por el mundo; en muchos casos institucionales, ocultos en los entresijos de la especulación bancaria, sin un rostro humano, sino solo jurídico y digital. Lo que sí hay es un administrador con nombre y apellidos que gestiona estos fondos, pero, por definición, él mismo es precario y ordena algo informe, no material, anónimo, siguiendo la estrategia de un poder mucho más cínico respecto al personalizado de antes.

Hasta los años ochenta, si el trabajador no estaba de acuerdo con el propietario, llegaba quizá a oponérsele incluso físicamente, porque el patrón era bien identificable y visible, y se podían enumerar sus responsabilidades y sus intereses directos en la conducción de la empresa. Hoy eso ya no es posible, porque los que mandan son entes anónimos abstractos que no pueden asumir en primera persona compromisos sociales precisos. Porque la responsabilidad es propia de las personas, no de entidades abstractas, de sociedades dispersas en paraísos fiscales e infiernos de derechos.

El tema de la renta, de la especulación, de las finanzas opacas, toca muy directamente el tema del poder. Análisis recientes dicen que en los últimos cincuenta años, la rentabilidad de las rentas ha superado a la del trabajo y la de los beneficios de fábrica: es decir, los empresarios han pasado cada vez más de invertir en la empresa a invertir en las finanzas.

Pero no hay que olvidar que, desde siglo xix, cada vez que la inversión financiera ha rendido más que la industrial o agrícola, los países han conocido a la larga un fuerte declive. Así se explica también la crisis financiera que comenzó en 2007-2008 y cuyas consecuencias siguen pesando a día de hoy en mucha gente: se está imponiendo la renta del capital invertido en la empresa, no los beneficios que produce la empresa.