«No importa ser muchos para cambiar las cosas»

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La cultura del encuentro

Papa Francisco, Meditación matutina, Domus Sanctae Marthae, 13-9- 2016

En un campo tan técnico y difícil como el de la economía, no hay que olvidar que Dios está con los suyos «hasta el fin del mundo» (Mt28, 18), si permanecemos en la verdad y en la caridad.

Dios se relaciona cada día con sus amigos, si quieren darle audiencia en su corazón, y los invita a tratar con sus hermanos, aun cuando parezcan enemigos, cuando se ocultan bajo apariencias que dan miedo.

La «cultura del encuentro» -contraria a la «cultura del descarte»— es el único modo de hacer avanzar a la familia humana: una cultura que vive en el horizonte de la trascendencia, que aprecia la diversidad y mira al futuro.

Por eso hay que trabajar por esa «cultura del encuentro» con sencillez, siguiendo el ejemplo de Jesús: no solo viendo sino mirando, no solo oyendo sino escuchando, no solo cruzándose con las personas sino deteniéndose con ellas, no solo diciendo «¡qué lástima, pobre gente!», sino teniendo compasión, hasta acercarse al hermano, tocarlo y decirle: «No llores», y darle al menos una gota de vida.

No importa ser muchos para cambiar las cosas. De hecho, con frecuencia las multitudes no cambian nada, sino que van pasivamente a remolque de los poderosos.

No es necesario acumular poder para hacer que las cosas cambien.

No es preciso ser muchos para cambiar la vida de la ciudad o de la región, y quizá incluso de la humanidad entera.

Jesús dijo: «Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se la salará? No sirve sino para ser arrojada y pisada por los hombres» (Mt15, 13). Basta con que la sal y la levadura no se desvirtúen para así poder salar y fermentar toda la masa. Lo mismo sucede con los auténticos cristianos, con los hombres de buena voluntad, los justos.

Entonces, la gran tarea pendiente es no perder el «principio activo» que anima a los hombres de buena voluntad: la sal no realiza su función por aumentar la cantidad; al contrario, demasiada sal hace que la masa resulte incomestible.

La sal da sabor preservando la calidad de la masa, su «alma», podríamos decir.

Siempre que personas, partidos, movimientos, pueblos e incluso Iglesias han pensado en salvarse a sí mismos y al mundo creciendo en número, han producido estructuras de poder, han ocupado espacios pero han olvidado el tiempo breve de los pobres.

Se puede salvar nuestra economía y nuestra política siendo sencillamente sal y levadura, lo cual es un trabajo difícil, porque el paso del tiempo puede volver insípida la sal e ineficaz la levadura.

¿Qué hacer para no perder el «principio activo» de la cohesión, la compartición y la comunión, que es lo que sustenta una economía verdaderamente humana?

Una imagen campesina de tiempos pasados puede resultar útil: cuando no había neveras, para conservar la levadura madre del pan se le daba al vecino un poco de la masa fermentada; y cuando había que hacer nuevamente pan, se recibía gratuitamente un puñado de masa fermentada de la persona a la que se le había dado o de otra que a su vez la había recibido de alguien. Esta es la reciprocidad: la comunión no es solo partición de bienes, sino también multiplicación de estos, creación de un pan nuevo, de bienes nuevos, de «Nuevo Bien», con mayúsculas.

Análogamente, el «principio vivo» del Evangelio, el amor, solo es fecundo, generador, si se da, porque el amor ama. Si uno lo guarda celosamente solo para él, se marchita y muere.

También el Evangelio puede enmohecerse en las casas de los cristianos. Es la lección de Jesús: «El que ama su vida, la pierde, y quien odia su vida en este mundo la conservará para la vida eterna» (Jn 12, 25).

Para tener vida en abundancia hay que aprender a dar. El dinero no salva -sino que condena- si no va acompañado por la entrega de la persona.

La economía de hoy, los pobres, los jóvenes, necesitan ante todo fraternidad respetuosa y humilde, ganas de vivir, y solo después, dinero.