Capitalismo digital: “El problema es el capitalismo, no la tecnología”

Análisis de las relaciones de poder que impulsan o subyacen a los procesos de cambio tecnológico, relaciones de las que dependen sus consecuencias sociales.

 

Los cambios tecnológicos vienen siempre acompañados de narrativas que pretenden conferir a los mismos un determinado sentido. Aunque existen narrativas negativas (distopías), predominan las interpretaciones optimistas (tecnoutopías). Estos discursos tecnoutópicos, cuya función es esencialmente legitimadora, ocultan las relaciones de poder que impulsan o subyacen a los procesos de cambio tecnológico, relaciones de las que dependen sus consecuencias sociales. En la actualidad, asociados a la denominada “cuarta revolución industrial” basada en la digitalización generalizada de procesos y productos, vivimos un rebrote de estos discursos. En este artículo analizamos su contenido y cuestionamos sus pretensiones legitimadoras.

 

Imanol Zubero. Universidad del País Vasco.

 

  1. ¿Otra vez la revolución tecnológica?

La década de los Setenta fue pródiga en diagnósticos que señalaban la relevancia de una serie de desarrollos tecnológicos y tendencias económicas -manifestados entonces fundamentalmente en Estados Unidos- en base a los cuales se argumentaba que las sociedades industriales avanzadas estaban experimentando una transformación social fundamental, equivalente en escala e importancia a la transición hacia la sociedad industrial durante los siglos XVIII y XIX.

Las más diversas denominaciones empezaron entonces a utilizarse para referirse a esa nueva sociedad: sociedad activa, sociedad de servicios, sociedad del conocimiento, sociedad tecnotrónica, sociedad interconectada, sociedad telemática, sociedad del ocio, sociedad poscapitalista, sociedad interactiva, sociedad multimedia, sociedad digital, sociedad postindustrial. Probablemente la denominación que más éxito haya tenido sea la de sociedad de la información. Algunas de estas denominaciones han llegado hasta nuestros días.

En general, la mayoría de estas investigaciones partían de considerar las nuevas tecnologías de la información como “tecnologías abiertas por excelencia, sean cuales sean las pesadeces económicas, sociales y culturales”, con lo que también la evolución de la vida cotidiana estaría abierta a una pluralidad de futuros. Futuro abierto cargado de optimismo, hasta llegar a concebir toda una saga de utopías postindustriales según las cuales de la mano de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación surgiría la esperada liberación humana en forma de productividad y abundancia material, fluidez comunicativa y autorrealización personal.

Algunos llegaban más lejos en la consideración del carácter revolucionario de las transformaciones que estaban experimentando los países más desarrollados. El divulgador por excelencia de la nueva sociedad, Alvin Toffler lo expresaba así:

” Ha llegado a ser un tópico el decir que estamos viviendo “una segunda revolución industrial”. Con esta frase, se pretende describir la rapidez y la profundidad del cambio a nuestro alrededor. Pero, además de ser vulgar, puede inducir a error. Pues lo que está ocurriendo ahora es, con toda probabilidad, más grande, más profundo y más importante que la revolución industrial. En realidad, un creciente grupo de opinión, digno de confianza, afirma que el momento actual representa nada menos que el segundo hito crucial de la historia humana, sólo comparable, en magnitud, a la primera gran interrupción de la continuidad histórica: el paso de la barbarie a la civilización.”

Desde un planteamiento más equilibrado y empíricamente fundado, unos años más tarde Piore y Sabel formulaban su tesis de la segunda ruptura industrial. Según estos autores, la historia industrial de occidente se habría caracterizado por la confrontación de dos modelos de producción: una producción artesanal mecanizada, flexible, basada en maquinaria polivalente, con trabajadores cualificados, vinculada a su entorno social y estructurada desde relaciones de cooperación en el seno de las empresas; y una producción en serie, basada en maquinaria que sustituya las cualificaciones humanas, desvinculada de su entorno social y estructurada desde relaciones de competencia en el seno de las empresas. La primera ruptura industrial, ya puede intuirse, se correspondería con la (Ia) Revolución industrial del siglo XIX, al final de la cual la producción artesanal (y el mundo social en el que se imbricaba) fue sustituida por la producción industrializada bajo relaciones sociales capitalistas. En el marco de los debates sobre el fin del fordismo , la especialización flexible sería la característica del proceso de trabajo desde mediados de los ochenta. Frente a la rigidez de los procesos de trabajo característicos de la producción en masa, las nuevas tecnologías de la información abren “la era de la competencia por la calidad, la era de los productos especificados y de la fabricación por lotes” . Piore y Sabel se mostraban así de esperanzados:

La especialización flexible […] permite albergar esperanzas de que mejorarán a largo plazo las condiciones de trabajo […]. La extrema división del trabajo de la producción en serie hace rutinario el trabajo y, por lo tanto, lo trivializa hasta tal punto que a menudo degrada a las personas que lo realizan. En cambio, la especialización flexible se basa en la colaboración. Y los frecuentes cambios en el proceso de producción priman las cualificaciones artesanales. Así pues, aumenta la participación intelectual del obrero en el proceso de trabajo y reaviva su papel. Por otra parte, la producción artesanal depende de la solidaridad y del sentido comunitario. Dadas estas condiciones de trabajo de la producción artesanal, existen argumentos para preferirla a la producción en serie, independientemente del lugar que se asigne a los sindicatos dentro del sistema (p. 397).”

Surgen aquí cuestiones muy interesantes que no podemos desarrollar: la supuesta incompatibilidad entre especialización flexible y actividad sindical, pero también la del sentido comunitario de la producción flexible (antecedente de la actual “economía colaborativa”). En todo caso, sabemos bien lo que ha ocurrido en estas tres décadas transcurridas desde que Piore y Sabel publicaron su libro: dicho de manera abrupta, la prometida flexibilidad se ha traducido en precariedad generalizada (o al menos, generalizable), y el nuevo artesano tecnológico y recualificado se ha transmutado.

Pero nada de esto parece importar: no aprendemos.  Dos décadas después de la prognosis fallida de Piore y Sabel, el profesor de la Escuela de Administración y Dirección de Empresas Sloan, del Instituto de Tecnología de Massachusetts, Thomas W. Malone, publica el libro The Future of Work, en el que anuncia el (enésimo) advenimiento de una nueva época revolucionaria en la que, gracias a las tecnologías de la información, los trabajadores serán capaces de “tomar sus propias decisiones” en el seno de organizaciones productivas denominadas de muchas maneras (“auto-organizadas, autogestionadas, empoderadas, emergentes, democráticas, participativas, centradas en las personas, enjambre,  peer-to-peer”),  aunque él  prefiere  denominarlas, simplemente, “descentralizadas” . Más recientemente, The Economist publicaba un informe especial en el que se sostenía que la digitalización nos sitúa ante una “tercera revolución industrial” . Y en los últimos tiempos se ha extendido la idea de que estamos afrontando una “cuarta revolución industrial” , popularizada y universalmente extendida con la marca de “industria 4.0”.

¿Por qué antes se hablaba de tercera revolución industrial y ahora de una cuarta? Es lo de menos. Lo importante es proyectar la idea de que estamos en los albores de un cambio radical (e inevitable) al que sólo cabe adaptarse, es decir, renunciar a ejercer cualquier forma de regulación o control colectivo.

 

  1. El discurso dominante: lo que oculta y lo que muestra

Vamos a las fuentes emisoras, o a una de las más autorizadas: Klaus Schwab, fundador y director general del Foro Económico Mundial: el de Davos, sí. Primera cuestión: ¿por qué hablar de “cuarta” revolución? La primera revolución industrial fue la de la máquina de vapor, la producción mecanizada, el ferrocarril, entre 1760 y 1840; la siguiente, desarrollada durante la segunda mitad del XIX y primer cuarto del siglo XX, es la de la electricidad, la cadena de montaje y la producción en masa; la tercera revolución, iniciada en la década de los 60, es la de la microelectrónica, los semiconductores, el ordenador, la informática personal e internet. Y ahora estaríamos “en los albores de una cuarta revolución industrial”, basada en la “revolución digital” y caracterizada “por un internet más ubicuo y móvil, por sensores más pequeños y potentes que son cada vez más baratos, y por la inteligencia artificial y el aprendizaje de la máquina”, por “máquinas y sistemas inteligentes y conectados” (el denominado internet de las cosas), pero también por avances en el campo de la secuencia-don genética, la nanotecnologia o la computación cuántica. Lo que permitiría hablar de revolución sería “la fusión de estas tecnologías y su interacción a través de los dominios físicos, digitales y biológicos”.

¿Cuáles serán sus impactos sobre el empleo? La cuestión del trabajo ha sido siempre terreno abonado para la especulación, la mayoría de las veces con muy poco fundamento. En la actualidad, el imaginario de los “robots” ha dejado expedito el campo de las elucubraciones más descabelladas, como las del inversor de capital riesgo Steve Jurvetson, quien sostiene que dentro de 500 años la automatización eliminará más del 90% de los puestos de trabajo, atreviéndose a firmar idioteces como esta: “A largo plazo, dentro de 500 años, todos se dedicarán de algún modo a la información o el entretenimiento. Nadie en todo el planeta se ganará la vida con una labor física repetitiva. No habrá agricultores, no habrá gente que se dedique a la fabricación. Me resulta impensable que el porvenir de la gente se consiga de ese modo. La gente podría hacerlo por afición; podrías tener un huerto orgánico en el jardín porque te encanta. Dentro de 500 años no sé si ni siquiera el 10% de las personas tendrán un empleo en el sentido de cobrar un sueldo por desempeñar una profesión” . A ver quién se lo recuerda dentro de cinco siglos…

Abierta de par en par la puerta de la prospectiva, surgen también las propuestas de visionarios futurólogos como Thomas Frey, director ejecutivo del DaVinci Institute, que afirma que para el año 2030, más de 2.000 millones de empleos habrán desaparecido al tiempo que surgirán nuevas industrias y nuevos puestos de trabajo más acordes a las demandas futuras, entre las que cita algunas relativamente familiares -experto en logística, hacker ético (seguridad en la red), actuario (análisis de riesgos para las compañías de seguros, bancos o gobiernos), epidemiólogo, diseñador y programador de páginas web o químico de alimentos-, junto a otras tan esotéricas como “managers de contención del miedo”, “optimizadores de biodesechos”, “guardianes de la privacidad”, “optimizado-res del tráfico de drones”, “chefs de impresión de comida 3D” o “arquitectos de realidad aumentada” . ¿Ciencia ficción para hooligans del libremercado? Algo de eso hay, sin duda. Eso, y toneladas (o mejor, terabytes) de “solucionismo tecnológico”: la creencia en que cualquier problema humano tendrá siempre una solución técnica, incluso aquellos provocados por la propia tecnología.

También en España criamos este tipo de expertas y expertos: como Bas y Guilló, que reivindican la formación para el “empleo líquido”; o Silvia Leal, asesora de la Comisión Europea en competencias digitales, que escribe sobre las “Once profesiones nuevas que van a dar mucho que hablar”; o como César Molinas, que en una entrevista sostenía que “en el futuro no habrá

paro, ni empleo”. “Los trabajos que no tengan un componente de creatividad -afirmaba- van a desaparecer, porque los puede hacer una máquina. En unos años no habrá taxistas sino coches autónomos. Tampoco habrá analistas de crédito. Y cada uno tendrá que gestionar su propia cartera de ocupaciones”. Para adaptarnos a este nuevo entorno laboral Molinas propone… ¿qué? Pues sí, cambiar el sistema educativo, un sistema en el que “no ha metido a sus hijos, que han estudiado en el extranjero”. Algo al alcance de cualquiera como es sabido: ¡hay que ser malos padres para no hacer lo mismo y seguir mandando a nuestras hijas e hijos a estudiar en los centros públicos! “En el futuro mucha de la gente ocupada se parecerá más a mí que a sus padres: estar aquí, estar allá e irse reinventando”. Publicada la entrevista el 1 de mayo, cuando la entrevistadora le pregunta: “Por cierto, ¿a usted el 1 de Mayo qué le dice?”, su respuesta es: “Je, je, je… Es el día de la madre, ¿no?”.

Si nos fijamos en trabajos más serios, según un reciente estudio de la OCDE España sería uno de los países con un mayor porcentaje de puestos de trabajo susceptibles de ser sustituidos mediante su robotización o automatización: un 12%23. Otro estudio anterior, publicado en 2013 por los investigadores de la Universidad de Oxford Cari Benedikt Frey y Michael A. Osborne, señala que el 47% de los actuales empleos existentes en Estados Unidos estarían en riesgo debido a la alta probabilidad de que sean automatizados en un futuro muy próximo. Según un informe presentado por el Foro Económico en Davos en 2016, la digitalización de la industria supondrá la desaparición de 7,1 millones de empleos en todo el mundo para 2020 (por el impacto de tecnologías como el internet de las cosas, la impresión 3D, la inteligencia artificial o la robótica), y la creación de 2,1 millones de nuevos puestos de trabajo. En el mismo estudio se estima que el 65% de los alumnos de educación primaria trabajarán en empleos que no existen en la actualidad.

Más allá de las cifras proyectadas, cuya exactitud es siempre muy discutible, me parece más importante atender a los procesos de fondo, a las posibilidades que abren (y cierran) estas tecnologías, a su funcionalidad sistémica. Frente a los discursos sobre su potencial intrínsecamente disruptive considero que la mejor manera de hacer prognosis del futuro sociotecnológico es plantearse la vieja pregunta: Cu¡ prodest?, ¿a quién beneficia? O, si se quiere: ¿quién está ya hoy en mejores condiciones para aprovechar en su favor las potenciales ventajas que en el futuro pueden producir las nuevas tecnologías?

Volvamos a Klaus Schwab: “Las tecnologías digitales y la infraestructura de comunicación global cambian significativamente los conceptos tradicionales de «trabajo» y «remuneración», lo que permite la aparición de nuevos tipos de empleos que son extremadamente flexibles e inherentemente temporales (la llamada «economía bajo demanda»)” . En esta economía bajo demanda, “cada vez más empleadores recurren a la «nube humana» para hacer las cosas. Las actividades profesionales se dividen en tareas precisas y proyectos discretos, y son entonces lanzadas a una nube virtual de aspirantes a trabajador ubicados en cualquier parte del mundo”, de manera que “los proveedores de mano de obra ya no son empleados en el sentido tradicional, sin más bien trabajadores independientes que realizan tareas específicas” .

Las ventajas de este modelo laboral para las empresas son obvias: “Dado clasifican a los trabajadores como independientes, están -de momento- exentas del requerimiento de pagar salarios mínimos, impuestos como empleadores y prestaciones sociales”. ¿Y para las trabajadoras y los trabajadores? “Para las personas que están en la nube, las principales ventajas residen en la libertad (de trabajar o no) y la movilidad incomparable de que disfrutan por pertenecer a una red virtual global”. ¡Cómo si de verdad se pudiera elegir en libertad trabajar o no, y en qué condiciones hacerlo!

Schawb contempla la posibilidad de que esta revolución 4.0 puede derivar tanto en una generalizada flexibilidad empoderadora como en “una carrera inexorable hacia abajo en un mundo de fábricas virtuales con una explotación exagerada”, por lo que el desafío al que nos enfrentamos es “idear nuevas formas de contratos sociales y de empleo que se adapten a la fuerza de trabajo cambiante y a la naturaleza cambiante del trabajo”  Eso sí, siempre velando para evitar que “una reacción negativa legislativa […] reafirme el poder de las autoridades en el proceso y agote las fuerzas de adaptación de un sistema complejo”.

De manera que el escenario de futuro es el mismo de hoy (desregulación, primado de la competencia, centralidad del beneficio corporativo), sólo que con aún más herramientas de dominación al servicio del capital y en detrimento del trabajo:

En resumen, se puede decir que hemos pasado de una relación laboral fundamentada en un contrato fijo con un salario a un contrato temporal que cada vez es más breve en el tiempo, primero, a una relación profesional basada en la facturación de una serie de servicios, después. Estas nuevas “formas contractuales” de la nueva economía digital permiten escapar de la actual legislación laboral, que no está preparada para un cambio de esta naturaleza 31.

Estamos hablando de la economía bajo demanda y del trabajo en plataformas, última vuelta de tuerca de la desregulación y la mercantilización del empleo. Tenemos un movimiento obrero más debilitado que nunca 32, un capitalismo cada vez más dominante33 y unas poderosísimas herramientas tecnológicas a su disposición: ¿qué podría salir mal?

 

  1. Capitalismo de plataformas.

La llaman gig economy (lo que puede traducirse por “economía de los pequeños encargos” o “economía de bolos”). Se trata de generalizar la condición laboral intermitente, fragmentaria, discontinua, eliminando cualquier intermediación que vele por la justicia de la relación, más allá de la falaz ley de la oferta y la demanda. Del mismo modo que en el ámbito de la política “lo que está en crisis es la propia lógica de intermediación y el conjunto institucional que se derivaba de esa arquitectura representativa” , en el ámbito laboral se ve amenazado todo el entramado legal y político de intermediación entre los agentes sociales y económicos:

“La combinación de telefonía inteligente, sistemas de pago sin efectivo y precariado en auge han impulsado el crecimiento de las plataformas digitales de servicios. […] Las plataformas digitales operan como mercado en línea, poniendo en contacto a compradores y vendedores. El dinero que ganan procede de las comisiones que perciben por cada transacción […]. La mayoría de las plataformas de servicios tienen dos características: abordan tareas de corta duración (ensamblar un armario ropero desmontado, escribir un artículo periodístico); y las personas que prestan los servicios usan su propio equipamiento y activos (coches, casas, herramientas).”

Trabajadoras y trabajadores “en la nube”, esperando a ser reclamados para echar unas horas. Temporeras y temporeros que, en lugar de tener que esperar en la plaza del pueblo a que el empleador los requiera, esperan ahora en el escaparate digital global. “Realizadores de tareas” permanentemente disponibles , pendientes de que se active la app que los ponga en movimiento. ¿Habrá que buscar otra denominación? Propongo “trappajadoras/es”: personas permanentemente conectadas a las apps para la búsqueda de empleo. En realidad, un ejército laboral de reserva digitalizado. Las agencias de recursos humanos ya están situándose en ese escenario:

Las relaciones laborales del futuro necesitarán nuevas regulaciones que ordenen nuevos espacios de “ultra-flexibilidad” en plantillas flexibles (workforce on demand) aunque el derecho laboral seguirá siendo necesario para equilibrar los intereses de las empresas y los derechos fundamentales de los trabajadores. Los trabajadores del futuro (knowmads), ya por necesidad o por libre elección, cambiarán frecuentemente de empleo o actividad y no estarán vinculados a un puesto de trabajo o a una sola empresa; trabajarán por proyectos en nuevos ecosistemas laborales colaborativos (hubs laborales) sin necesidad de ir a la oficina .

Uno de los mayores expertos actuales en el análisis de las tecnologías digitales, Evgeny Morozov, insiste en la necesidad de recordar la estrecha conexión existente entre este tipo de empresas y el “viraje hacia la austeridad” producido tras la crisis de 2008, con su corolario de “recortes de los servicios gubernamentales y los ingresos reales”: si empresas como Uber y Airbnb han prosperado tanto es porque “con tanta gente sin trabajo y luchando por sobrevivir, Uber tiene asegurado que siempre habrá alguien en algún lugar dispuesto a conducir para ellos, aunque solo sean unas pocas horas” 40. Este tipo de empresas no son la solución a la crisis del empleo, sino que su pujanza depende de esta crisis.

Pero la “uberización” del mundo avanza imparable y apunta mucho más allá de actividades como el transporte de viajeros, el alquiler de residencias turísticas o el reparto de productos a domicilio. En febrero de 2017 el diario The Guardian se hacía eco de diversos informes elaborados por el think-tank liberal británico Reform, en los que se defiende la conversión de los servicios sociales en general, y del Sistema Nacional de Salud en particular, a la lógica de gestión de la gig ecónomo. La robotización de muchas prácticas rutinarias de supervisión, diagnóstico y hasta de intervención quirúrgica, la utilización de todas las posibilidades que ofrecen los teléfonos inteligentes para movilizar a la mano de obra sólo cuando sea necesaria o para conectar directamente a pacientes y a profesionales, permitiría reducir en 250.000 los empleos en el sector público en los próximos 15 años. El modelo es Uber: “Los servicios públicos pueden convertirse en el próximo Uber, utilizando la gig economy para emplear médicos suplentes y profesores sustitutos” (“Public services can become the next Uber, using the gig economy to employ locum doctors and supply teachers.”)42. Qué siniestra paradoja: Uber como modelo para proveer servicios tan fundamentales como la salud o la educación, precisamente cuando la autoridad del transporte de Londres decidió retirar a esta empresa de alquiler de coches con conductor la licencia para operar en la capital británica por su “falta de responsabilidad corporativa” en asuntos que afectaban a la seguridad43. Como si la seguridad corporativa exigiera más cautelas que la seguridad social.

 

  1. Frente al solucionismo tecnológico, decisionismo social

Los investigadores del MIT Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee advierten de que nos encontramos en las primeras etapas de una “Gran Reestructuración”, en la que la aceleración del cambio tecnológico va a agravar aún más la polarización del mercado de trabajo en función de la cualificación de las y los trabajadores. Por su parte Tylor Cowen, catedrático de Economía en la Universidad George Masón y columnista de The New York Times nos advierte: ya no existe una vida estable y segura a medio camino en la escala social; se acabó la clase media. Las personas situadas en lo alto de la escala social están sacando cada vez más partido de los avances tecnológicos, mientras que las, perspectivas de la mayoría son malas:  Si usted y sus conocimientos complementan al ordenador, es probable que sus perspectivas salariales y en el mercado laboral en general sean buenas. Si usted y sus conocimientos no complementan al ordenador, quizá quiera dedicar algún tiempo a corregir ese desfase. Cada vez más gente empieza a quedarse de uno u otro lado de la divisoria. Por eso, se acabó el término medio” .

Tampoco se trata de una advertencia absolutamente novedosa: hace ya veinticinco años, Robert Reich apuntaba a la aparición de tres categorías de trabajadores de acuerdo con su participación en la nueva economía mundial: servicios rutinarios de producción (cadenas de montaje, tareas de administración rutinarias), servicios personales (enfermería, asistencia domiciliaria, venta minorista, hostelería) y servicios simbólico-analíticos (investigación científica, ingeniería, programación, dirección de empresas). Los primeros, advertía Reich, tendían a disminuir; y hoy sabemos que su robotización o digitalización es imparable. Los segundos, que Reich consideraba más o menos garantizados, a pesar del carácter repetitivo y simple de muchas de sus tareas, por prestarse de persona a persona, hoy están siendo en buena parte sustituidos en el marco de la economía de plataformas. Los terceros son los únicos que pueden esperar mantenerse como buenos empleos, socialmente reconocidos y bien retribuidos. La brecha entre unos y otros se abre cada vez más (¡se acabó la clase media!).

Y así, el futuro laboral se delinea a la manera de lo que yo denomino “futuro-Cancún” o “futuro-Benidorm”: un mundo de servidoras y servidores personales permanentemente (de)pendientes de una clase social de señores que pagan por ser servidos. Morozov habla ya, expresamente, de “neofeudalismo digital” . Y el citado Robert Reich advertía ya en 1996 de la consolidación, en los Estados Unidos, de una “economía de apartheid”, con una desigualdad creciente y una precarización de las condiciones de trabajo y de vida de amplias mayorías sociales.

Como señalara en una fecha tan temprana como 1963 el filósofo Manuel Sacristán, en el marco de la división del trabajo capitalista, en realidad elemento esencial de la dominación de clase, el potencial liberador del cambio tecnológico puede verse bloqueado aunque sea mediante un ejercicio de irracionalidad. Siempre que tengo ocasión, me gusta citar su reflexión en toda su extensión:

Las técnicas de automatización pueden terminar a la larga, incluso en nuestra sociedad, con la necesidad de grandes masas sujetas al trabajo mecánico por la contradicción del mercado. Pero también aquí puede observarse que no es la técnica el motor del cambio. Puede, en efecto, imaginarse, aunque sea una construcción especulativa, una solución irracional para nuestra irracional sociedad, solución que le permitiera absorber los mayores logros de las técnicas de racionalización del trabajo. […] Imagínese que en una sociedad de este tipo irracional se renueva totalmente la técnica del proceso de producción mediante la automatización, etc. Quedan entonces liberadas enormes energías humanas que no tienen ya aplicación al trabajo mecánico y que, por tanto, sólo pueden desarrollarse económicamente y racionalmente accediendo al trabajo creador, a la administración de la sociedad. Pero esta dirección comunitaria está en contradicción con la estructura del dominio de clase que es propio de la sociedad en que vivimos […] Entonces, si no se produce una victoriosa reacción de los casualmente liberados del trabajo mecánico, la sociedad irracional tiene aún una salida irracional para preservar el poder de la clase dominante: puede recurrir al gigantesco despilfarro de mantener a los antiguos trabajadores mecánicos en una situación de proletariado parasitario, alimentándoles, divirtiéndolos y lavándoles el cerebro gratuitamente a cambio de tenerles alejados de la dirección de la sociedad.

Frente al, en su caso, potencial “postcapitalista” que las nuevas tecnologías pudieran encerrar50, confiar en que este potencial se va a realizar de manera automática es un terrible error. Como señala Luc Ferry, a lo que nos enfrentamos es “a un formidable mar de fondo ultraliberal, desregulador y venal que se perfila en el horizonte, con nuevas aplicaciones que «mercantilizan» lo que no estaba mercantilizado (el coche, la casa, la ropa, los servicios, el trabajo a domicilio y muchas cosas más) en beneficio de una perspectiva, no anticapitalista, sino más bien hipercapitalista”.

Por supuesto, hay alternativas, pero estas no dependen de la evolución técnica, sino de la decisión ética: ¿en qué sociedad queremos vivir? Hay alternativas, y en el tercero de los estudios que se recogen en este número de Iglesia Viva se aborda el análisis de las mismas. Se trata, por ejemplo, de reivindicar el inmenso valor de todas esas actividades que Tim Jackson denomina economía “cenicienta” (actividades de cuidado, relaciónales, de auto-producción, cooperativas, etc.), invisibilizadas y relegadas a los márgenes de la sociedad de consumo. Se trata, también, de empezar a desconectarnos del “dogma de que hay que trabajar para vivir”:

La alternativa es que, en algún momento de este siglo, descartemos el dogma de que hay que trabajar para vivir. Cuanto más rica sea nuestra sociedad, menos eficaz será el mercado laboral en la distribución de la riqueza. Si queremos aferramos a las virtudes de la tecnología, en última instancia sólo queda una opción, y es la redistribución. Una redistribución masiva. Redistribución de dinero (renta básica), de tiempo (una semana laboral más corta), de impuestos (sobre el capital en lugar de sobre el trabajo) y, por supuesto, de robots. […] El progreso tecnológico puede hacer que una sociedad sea más próspera en conjunto, pero no hay ley económica que diga que todos se beneficiarán de ello.

Necesitamos una utopía alternativa a la distopía del neofeudalismo digital. No es suficiente con rechazar este mundo de emprendeudamiento generalizado: de empleos por horas, por proyectos, por favor… Este mundo de precarización paralizante, mutiladora de cualquier horizonte de futuro. “A la hora de la revolución -escribe Rebecca Solnit-, el cambio que de verdad cuenta sucede en primer lugar en la imaginación”. Necesitamos construir colectivamente una utopía viable (Paulo Freiré hablaba de “inéditos viables”) que nos permita imaginar no sólo un horizonte de futuro humano, sino también elaborar a partir de ahí un proyecto estratégico y un proyecto político y económico que acumule fuerzas para la transformación.

¿Podemos pensar en sustituir la distopía del “Capitalismo Big-Tech” (Morozov) por la utopía viable del post-economicismo keynesiano? Conviene, en este punto, volver a recordar a Keynes y su conferencia de Madrid de 1930, “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”:

Estamos siendo castigados con una nueva enfermedad, cuyo nombre quizás aún no han oído algunos de los que me lean, pero de la que oirán mucho en los años venideros, es decir, paro tecnológico. Esto significa desempleo debido a nuestro descubrimiento de los medios para economizar el uso del factor trabajo sobrepasando el ritmo con el que podemos encontrar nuevos empleos para el trabajo disponible.

Pero esta es solamente una fase temporal del desajuste. Todo esto significa, a largo plazo, que la humanidad está resolviendo su problema económico. Predeciría que el nivel de vida en las naciones progresivas, dentro de un siglo, será entre cuatro y ocho veces más alto que el de hoy. Esto no sería sorprendente incluso a la luz de nuestros conocimientos actuales. Y en cualquier caso no sería disparatado contemplar la posibilidad de un progreso todavía mayor.

[…] Es verdad que las necesidades de los seres humanos parecen insaciables. Pero se dividen en dos clases: las necesidades que son absolutas, en el sentido de que las experimentamos cualquiera que sea la situación de nuestros semejantes, y las que son relativas, cuando las sentimos solamente si su satisfacción nos eleva y nos hace sentirnos superiores a ellos. Las necesidades de la segunda clase, aquellas que satisfacen el deseo de superioridad, pueden ser verdaderamente insaciables; pues cuanto más alto es el nivel general, más altas son aquéllas todavía. Pero esto no es tan cierto respecto a las necesidades absolutas: punto que se puede alcanzar pronto, quizás antes de que nos demos cuenta todos nosotros.

[…] Suponiendo que no se produzcan guerras importantes ni grandes incrementos de la población, el problema económico puede resolverse o por lo menos tener perspectivas de solución dentro de cien años. Esto significa que el problema económico no es -si miramos hacia el futuro- el problema permanente del género humano.

[…] Los incansables y decididos fabricantes de dinero pueden llevarnos con ellos hasta el regazo de la abundancia económica. Pero serán las personas que puedan mantenerse vivas y cultivarse hacia un mayor perfeccionamiento del propio arte de la vida y no venderse por los medios de vida, las que serán capaces de disfrutar de la abundancia cuando llegue.

[…] Cuando la acumulación de riqueza ya no sea de gran importancia social, habrá grandes cambios en los códigos morales. Podremos librarnos de muchos de los principios seudomorales que han pesado durante doscientos años sobre nosotros, siguiendo los cuales hemos exaltado algunas de las cualidades humanas más desagradables, colocándolas en la posición de las virtudes más altas. Podremos permitirnos el atrevimiento de dar al motivo monetario su verdadero valor. El amor al dinero como posesión -a diferencia del amor al dinero como un medio para gozar de los placeres y realidades de la vida-será reconocido por lo que es, una morbosidad algo repugnante, una de esas propensiones semidelictivas, semipatológicas, que se ponen, encogiendo los hombros, en manos de los especialistas en enfermedades mentales.

[…] Nos veremos libres, por lo tanto, para volver a algunos de los principios más seguros y ciertos de la religión y virtud tradicionales: que la avaricia es un vicio, que la práctica de la usura es un delito y el amor al dinero es detestable, que aquellos que siguen verdaderamente los caminos de la virtud y la sana sabiduría son los que menos piensan en el mañana. Una vez más debemos valorar los fines por encima de los medios y preferir lo que es bueno a lo que es útil. Honraremos a todos cuantos puedan enseñarnos cómo podemos aprovechar bien y virtuosamente la hora y el día, la gente deliciosa que es capaz de disfrutar directamente de las cosas, las lilas del campo que no trabajan ni hilan.

Keynes consideraba, en 1930, que aún no había llegado ese tiempo, por lo que, durante otros cien años, hasta conseguir salir “del túnel de la necesidad económica”, aún deberíamos “fingir nosotros y todos los demás que lo justo es malo y lo malo es justo; porque lo malo es útil y lo justo no lo es”. Pero, ¿y si resultara que ya estamos en la situación de post-escasez que anunció Keynes hace casi un siglo? Esta es la tesis que sostiene Robert Skidelsky, biógrafo de Keynes y catedrático emérito de Economía Política en la Universidad de Warwick:

Estamos condenados a la escasez, no por falta de recursos, sino por la extravagancia de nuestros apetitos. […] En principio, todos somos capaces de adaptar nuestros deseos a nuestras necesidades, el problema radica en que una economía competitiva y monetarizada nos somete a la presión continua de querer cada vez más. La “escasez” percibida por los economistas es, cada vez más, un error de observación provocado por esta presión. […] Las condiciones materiales de la buena vida ya existen, al menos en las partes más prósperas del mundo, pero la búsqueda ciega del crecimiento las pone continuamente fuera de nuestro alcance. En esas circunstancias, la finalidad de las políticas y de otras formas de acción colectiva debería ser el logro de una organización económica que ponga las cosas buenas de la vida -salud, respeto, amistad, ocio, etc.- al alcance de todos. El crecimiento económico debería aceptarse como algo residual, no como un objetivo.

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¿De verdad necesitamos algo de esto para tener una buena vida?