La caridad política está por descubrir

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«La política es una de las formas más elevadas del amor, de la caridad. ¿Por qué? Porque lleva al bien común» (Papa Francisco)

«Dios es Amor» y sólo de Él brota verdaderamente esta experiencia única que nos constituye a todos nosotros: amar y ser amados.

El único fermento auténtico de progreso en la historia es el Amor expresado en el Mandamiento Nuevo y alentado por el Espíritu Santo, nos dirá Guillermo Rovirosa (militante cristiano en proceso de beatificación).

Dios nos amó primero y -por eso- sabemos lo que es el Amor o Caridad. Es un Don de la Trinidad en el día de nuestro Bautismo. Cada bautizado estamos llamados a encarnar la Caridad divina en la forma de «estar» en el mundo que hemos recibido (vocación de estado).

Desde S. Agustín, esta concreción del Amor trinitario en los ministros ordenados se llama «Caridad pastoral». «Caridad escatológica» o «Caridad profética» (según el Papa Francisco) es la específica de la consagración especial. Y «caridad política» la de los que viven su bautismo en la transformación de las realidades sociales, políticas, económicas y culturales.

La expresión «caridad política», aparece -probablemente por primera vez- en un discurso de Pío XI en 1927 a la Federación Universitaria Católica Italiana (FUCI). El contexto de dicha alocución es interesante: Mussolini había acusado a la FUCI de ir más allá del apostolado e incurrir en la actividad política, Pío XI responderá que la política, en cuanto atiende al interés de la entera sociedad constituye «el campo de la más amplia caridad, la caridad política», por encima del cual no cabe señalar otro que el de la misma religión, siguiendo la doctrina clásica de Sto. Tomás.

Los obispos españoles, en su importante instrucción sobre Los católicos en la vida pública, de 1986, enfatizan: «Los cristianos deben saber que el servicio a la comunidad, aún ejercido mediante instituciones y funciones puramente humanas, es una verdadera vocación que implica el ejercicio abnegado e intenso de la caridad política y ennoblece a quien lo ejerce dignamente».

El Papa Francisco, como sus antecesores, todos en la línea del Vaticano II, sigue reforzando este mismo principio: «la política es una de las formas más elevadas del amor, de la caridad. ¿Por qué? Porque lleva al bien común».

A pesar de esta claridad en la doctrina, la praxis en nuestras comunidades, parroquias y mayoría de movimientos es muy distinta: seguimos en el fatal dualismo que identifica lo religioso o espiritual con lo intraeclesial y sigue sospechando de lo político. O bien se dispone a un tipo de compromiso socio-político sin vinculación intrínseca con su fe y comunidad. Dualismo que se concreta en el espiritualismo de la mayoría de nuestras catequesis, homilías y prácticas religiosas; pero, también en el secularismo de los que se lanzan a la política sin una preparación específica, sin la visión de fe de la realidad que sólo se puede cultivar en ámbitos eclesiales apropiados.

El espiritualismo es escándalo para muchos -especialmente las víctimas de este mundo en guerra- que no encuentran en nosotros respuestas encarnadas a sus ansias de Justicia y Verdad. El secularismo no lo es menos porque entrega a generaciones enteras de creyentes en las manos del materialismo, ya que partiendo de un falso humanismo, creen que basta la mera planificación y organización para afrontar una batalla que es «contra fuerzas sobrehumanas» (San Pablo).

La caridad política nos exige la tensión entre los dos términos del binomio: vivencia del Amor trinitario, acogido en la forma secular de «estar en el mundo», con una formación-revisión específica dentro de la propia Iglesia y -a la vez, sin confundir ni separar- conocer, entender y practicar la legítima autonomía de las realidades temporales, que también son obra y proyecto de la Trinidad.

Como veis, estamos todavía ante una realidad, esta de la caridad política, casi por descubrir, a pesar de que siempre ha formado parte del patrimonio creyente de la Iglesia.»

Editorial de la revista Id y Evangelizad nº 94