Cultura del cuidado 

Cultura del encuentro, cultura del diálogo, cultura de la acogida…

Papa Francisco, Laudato sí, 228- 231 

Se puede hablar también de una auténtica «cultura del cuidado», que hoy parece más necesaria que nunca para evitar que nuestro planeta y la humanidad que lo habita se hundan en la ruina y en la abyección autodestructiva.

Tener y cultivar una cultura del cuidado -de uno mismo, del otro, del bien común y de la vida en común- lleva a cambiar de estilo de vida, multiplicando las capacidades de cohabitación y de comunión. Jesús recordó que Dios es nuestro Padre común y que eso nos hace hermanos.

De ese modo el amor fraterno solo puede ser gratuito, no debería ser nunca una compensación por lo que el otro hace ni un anticipo de lo que se espera que haga.

Hoy, lamentablemente, la disgregación de la familia lleva a mucha gente a olvidar lo que significa ser hermanos, por lo que hay que volver a comprender que ser hermanos significa habitar juntos esta Tierra, sostener juntos esta sociedad.

Precisamente porque somos hermanos es posible amar a los enemigos, respetar el entorno, acoger a los migrantes… Solo con un estilo de vida así se puede hablar de una verdadera fraternidad universal.

Es preciso sentir de nuevo que somos interdependientes, que nos necesitamos mutuamente, que tenemos una responsabilidad para con los demás y con el mundo, que vale la pena ser buenos y honrados, respetuosos y abiertos. Hemos pasado demasiado tiempo en la degradación moral, nos hemos burlado de la ética, de la bondad, de la fe, de la honradez.

Ha llegado el momento de reconocer que esta alegre superficialidad ha servido de poco: la destrucción de los vínculos sociales y la ignorancia de los cimientos de la vida común han terminado por poner a las personas humanas unas contra otras en la defensa de sus propios intereses y ha provocado la parición de nuevas formas de violencia y de crueldad.

El ejemplo de los santos, de Teresa de Lisieux en particular, invita a una verdadera cultura del cuidado, exhortando a la práctica del «caminito del amor» para no perder la oportunidad de dar una palabra amable, una sonrisa, un gesto cualquiera que, por mínimo que sea, siembre paz y amistad.

La cultura del cuidado, una verdadera cultura ecológica de la vida, está hecha de sencillos gestos cotidianos con los cuales se rompe la lógica de la violencia, de la explotación, de la ira y del egoísmo. Es exactamente lo contrario de lo que provoca una cultura del consumo exasperado, que lleva a rechazar al otro.

Este «caminito» es, sin embargo, un «gran camino». El amor, enriquecido con pequeños gestos de atención recíproca, es también civil y político, y se manifiesta en todas las acciones encaminadas a construir un mundo mejor.

El amor por la sociedad y el compromiso por el bien común son una forma eminente de caridad que afecta no solo a las relaciones entre los individuos, sino también a las «macrorrelaciones, a las relaciones sociales, económicas y políticas», como constató Benedicto XVI (CV 2). Por eso la Iglesia ha propuesto y propone al mundo el ideal de una «civilización del amor», usando la hermosísima frase acuñada por Pablo VI (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1977).

El amor personal que se convierte en social es la clave de todo desarrollo auténtico, de todo progreso que no sea caduco e improvisado; es el «antídoto contra el orgullo y el egoísmo del siglo» (RN 143).

Para hacer una sociedad más humana y más digna la persona, hay que valorar el amor en la vida social -a nivel político, económico, cultural y mediático- haciendo de él la norma constante y suprema del obrar (CDSI 582).

Junto a los pequeños gestos personales de cada día, el amor social nos impulsa a pensar además en grandes estrategias que detengan eficazmente las injusticias, las desigualdades, las explotaciones, las corrupciones, la degradación ambiental y alienten una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad, en sus individuos y en su conjunto.