La defensa de la vida humana en la Doctrina Social

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La defensa de la vida humana

51 Congreso sobre Cuestiones Internacionales.

Instituto Nicolò Rezzara – Vicenza

S.E. Mons. Giampaolo Crepaldi

Dedico esta intervención a reflexionar sobre la importancia que tiene el tema de la defensa de la vida humana desde la concepción hasta su final natural para la Doctrina social de la Iglesia y, en general, para seguir permitiendo que la religión católica tenga un papel público, como necesariamente debe tener[1]. Considero importante situar la reflexión de la defensa de la vida en el marco de la Doctrina social de la Iglesia, es decir, en el marco de la relación de la Iglesia con el mundo. Porque en esto consiste el papel público de la fe católica, que no habla sólo a la intimidad de las personas, que no es un viático sólo para los fieles ni es un positivismo católico, sino que manifiesta la Verdad y, al hacerlo, habla a todos los hombres con el lenguaje de todos los hombres. Sin esta dimensión pública, la fe católica se convierte en una gnosis individual, un culto no del Dios Verdadero y Único, sino de los dioses, una secta que persigue objetivos de tranquilización psicológica ante el miedo de ser «lanzados» a la existencia.

Ante todo, el tema de la defensa de la vida lleva en sí el mensaje de la naturaleza. Nos dice que existe una naturaleza y, sobre todo, una naturaleza humana. No hay otras motivaciones válidas para pedir el respeto del derecho a la vida; y, por otra parte, quien no respeta este derecho es porque niega la existencia de una naturaleza humana, o la reduce a una serie de fenómenos gobernados por la necesidad o caracterizados por el azar. La vida, en cambio, nos reconduce a la naturaleza orientada hacia un fin, como lengua, como código[2], como vocación. Nuestra cultura ha perdido la idea de fin[3]. Empezó a perderla cuando Descartes interpretó el mundo como una máquina y a Dios como aquel que le ha dado una patada al mundo, o tal vez antes. Hoy vivimos en una cultura posnatural, como demuestra ampliamente la perseverancia de la ideología de género[4], a la que hay que considerar una cultura posfinalistíca. El principio de causalidad, que en la filosofía clásica estaba unido al de finalidad, se ha separado. La realidad ya no expresa un plan, sino sólo una secuencia de causas materiales. Relanzar una cultura de la defensa de la vida significa también recuperar la cultura de la naturaleza así entendida y la cultura de los fines.

El concepto de naturaleza lleva en sí la dimensión de lo indisponible. Si la naturaleza es «discurso» y «palabra», esa expresa un significado que nos precede. No sólo somos productores de palabras, sino que somos también oyentes de la palabra que emana de las cosas, de la realidad, de la sinfonía del ser. Admitir la vida como don inestimable significa reconocer que en la naturaleza hay una palabra que viene a nuestro encuentro y que nos precede. Cada una de nuestras acciones debe tener en cuenta algo que viene antes: recibir precede al hacer[5]. Hay algo que es estable antes de cada devenir. Negar la naturaleza abre la puerta cultural a la manipulación de la vida, porque se reduce la dimensión de la acogida y la gratitud. No se es acogedor o grato por lo que producimos, sino sólo por lo que viene a nuestro encuentro y se manifiesta como don de significado. Si esta dimensión es reducida en la vida que nace, se debilitará también en todas las otras situaciones de la vida, y la sociedad perderá inexorablemente la dimensión de la recíproca responsabilidad, como afirma Caritas in veritate en el párrafo 28[6].

Si la naturaleza es un discurso que nos interpela no es, sin embargo, su fundamento último. La naturaleza no habla sólo en referencia a sí misma. La vida que nace no habla sólo en referencia a sí misma. Es un discurso que remite a un Autor. Tampoco en la persona humana ningún nivel habla sólo en referencia a sí mismo, y no hay nada en el hombre que sea esclusivamente material. Ningún nivel de la realidad es plenamente comprensible permaneciendo en su propio nivel. Cuando pretendemos considerar algo sólo a su nivel, acabamos no considerándolo ni siquiera a ese nivel: «Cuando las cosas nos parecen que son sólo lo que parecen, pronto nos parecerán aún menos»[7]. La naturaleza revela al Creador, se presenta no sólo como discurso, sino también como «discurso pronunciado», como Palabra. Cuando se siente la tentación de separar la naturaleza del Creador, se acaba perdiendo también la naturaleza. Cuando se quiere separar el derecho natural del derecho divino, se acaba perdiendo el derecho natural.

Cuando se separa la dimensión física de la persona de su dimensión espiritual y transcendente, se acaba no tutelando su dimensión física. Si se piensa que la naturaleza habla sólo en referencia a sí misma, acaba no diciendo nada. Hoy, la vida que nace corre el riesgo de no decir ya nada, es decir, de no ser entendida ni siquiera como vida que nace, sino como simple proceso biológico. Respecto a ella nos comportamos cada vez más como productores más que como oyentes. Pero ya no es la naturaleza la que no nos dice nada, es nuestra cultura la que ha perdido el código para comprenderla. Y este código no es sólo un alfabeto humano.

Entonces, el tema de la defensa de la vida hace referencia a la naturaleza, a lo que nos precede, y al Creador. Defender la vida es defender la vida, pero es también llevar a cabo una operación cultural alternativa a la cultura actual: es volver a empezar a hablar de un orden y no sólo de autodeterminación. Hay un orden que nos precede deseado por Alguien que Ordenó. La Creación es un orden, y no un montón de cosas lanzadas al azar. Este orden es ordenado y ordinativo, es decir, expresa un tener que ser y un tener que hacer. En otras palabras, es un orden moral. Si el orden ontológico es un orden, no puede no traducirse en un orden moral[8]. Eliminado el bien ontológico ya no hay espacio para el bien moral. Al orden moral arraigado en el orden ontológico pertenece también la sociedad, la convivencia humana. Esta es la razón por la que el tema de la defensa de la vida es esencial para la construcción de la convivencia humana digna de la dignidad natural y sobrenatural de la persona. Esta es la razón por la que -creo poder decirlo-, en los listados de los llamados «principios no negociables» el principio de la vida figura siempre en el primer lugar y no falta nunca.

Sólo si existe una naturaleza, y sólo si esta naturaleza es en sí un discurso, es posible el uso de la razón. Y no me refiero aquí a la razón que mide los fenómenos, sino a la razón que descubre horizontes de significado. Sólo si el orden social se funda en una naturaleza así es posible el uso de la razón pública. En caso contrario, lo único que se tendrá es la razón operativa o de procedimiento[9]. Se comprende, por lo tanto, por qué la defensa de la vida tiene una importancia fundamental para reconstruir la posibilidad misma de un uso público de la razón. Y de hecho, lo estamos viendo, la negación del deber público de proteger a la vida que nace surge del abandono de la razón a ser razón pública, reduciéndose a razón privada. La verdad une, las opiniones dividen. Es significativo que filósofos como Habermas hayan reconocido recientemente la importancia fundamental del concepto de naturaleza[10], que aunque es vista aún en sentido no pleno, es ya tal que se pueden reconocer los límites de una razón sólo de procedimiento.

El uso público de la razón es de importancia fundamental para el papel público de la fe católica. Esta, de hecho, no transfiere inmediatamente el derecho revelado en derecho civil, sino que se encomienda al derecho natural, por lo tanto, al concepto de naturaleza y de razón pública[11]. A esta última le espera la tarea de reconocer el orden social como discurso finalístico sobre la convivencia humana. La fe no se sustituye a la razón, pero tampoco la abandona a sí misma. Si no hay orden natural, no hay razón pública; si no hay razón pública, no hay diálogo público entre razón y fe. Si no hay diálogo público entre razón y fe, no hay dimensión pública de la fe católica. Si no hay dimensión pública de la fe católica, no hay fe católica. Podemos verificarlo: a medida que la razón se privatiza, también la fe se privatiza. Si el creyente, cuando salta a la arena pública, tiene que renunciar a las razones de la propia fe, al final piensa que su fe no tiene razones. Pero sin razones no sólo se elimina el aspecto público de la fe, sino también el personal e íntimo. Por esto, el tema de la defensa de la vida humana desde la concepción es fundamental para mantener y desarrollar el diálogo entre la razón y la fe. Y, como es bien sabido, precisamente en esto consiste la Doctrina social de la Iglesia.

Actualmente, desde muchas partes del mundo católico se piensa que las comunidades cristianas, y sobre todo los laicos, tienen que limitarse a sembrar valores más que a comprometerse en el ámbito de las leyes en favor de la vida o de las políticas gubernamentales provida. Se considera que un compromiso público provida «visible» y organizado constituye una prueba de fuerza que transforma la fe cristiana en ideología política. Además, se piensa que ha llegado el momento de difundir el tema de la vida más allá de los dos momentos del nacimiento y la muerte (aborto y eutanasia,) para afrontar el tema de la vida en todos sus aspectos. La bioética y la biopolítica tendrán que ampliar su propio horizonte.

A este respecto desearía hacer dos breves observaciones. La idea que afirmar la verdad en público, incluidos los niveles políticos y jurídicos, sea un acto de fuerza que trasforma la fe en ideología es eco de la influencia del pensamiento moderno débil, según el cual la afirmación de la verdad es fundamentalmente una arrogancia. Nosotros, en cambio, pensamos que es un deber moral y un acto de caridad. En lo que atañe a la ampliación del tema de la vida más allá de los temas, digamos, clásicos, para incluir también a los migrantes, los parados o la defensa del medio ambiente del calentamiento global, quiero señalar que al ampliar el tema de la vida y poner todos al mismo nivel, el peligro es disminuir la comprensión y perder de vista la gravedad especial y trágica del aborto, la eutanasia o del sacrificio de embriones humanos con la fecundación artificial. El resultado sería un cambio inaceptable de la agenda de la lucha por la vida.

La fe en la vida es beneficiosa también para la vida de la fe. Para obtener este resultado es necesario situar el tema de la defensa de la vida en el marco de la Doctrina social de la Iglesia, como ya hizo el Magisterio empezando por la Evangelium vitae. Así, no se delimita el tema de la vida a un ámbito. En realidad, al hacer esto lo estamos situando allí donde la Iglesia se conecta con el mundo, y donde razón pública y fe pública dialogan entre ellas dentro de la unidad de la Verdad.

 

[1] He ilustrado las razones teológicas del papel público de la fe en el primer capítulo de mi libro Il Cattolico in politica. Manuale per la ripresa, Cantagalli, Siena 20122.

[2] De la naturaleza humana como «lengua» ha hablado, por ejemplo, Benedicto XVI en el Discurso a un grupo de Obispos de los Estados Unidos en visita “ad limina” el 19 de enero de 2012.

[3] Cf R. Spaemann-Reinhard Löw, Fini naturali. Storia e riscoperta del pensiero teleologico, Ares, Milano 2013.

[4] Cf G. Crepaldi e S. Fontana, Quarto Rapporto sulla Dottrina sociale della Chiesa nel mondo – La colonizzazione della natura umana, Cantagalli, Siena 2012.

[5] J. Ratzinger, Introduzione al cristianesimo. Lezioni sul Simbolo apostolico, duodécima edición con un nuevo ensayo para la introducción, Queriniana, Brescia 2003, pp. 41. He considerado que tenía que interpretar la encíclica de Benedicto XVI Caritas in veritate en esta clave: G. Crepaldi, Introduzione a Benedetto XVI, Caritas in veritate, Cantagalli, Siena 2009, pp. 7-42.

[6] «Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social» (Benedicto XVI, Encíclica Caritas in veritate  n. 28).

[7] In margine a un testo implicito, Adelphi, Milano 1996.

[8] Lo explica muy bien J. Pieper en La realtà e il bene, Morcelliana, Brescia 2011.

[9] G. Crepaldi, Ragione pubblica e verità del Cristianesimo negli insegnamenti di Benedetto XVI, en G. Crepaldi, Dio o gli dèi. Dottrina sociale della Chiesa, percorsi, Cantagalli, Siena 2008, pp. 81-94.

[10] M. Borghesi, I presupposti naturali del poter-essere-se-stessi. La polarità natura-libertà di Jürgen Habermas, en F. Russo (a cura di), Natura cultura libertà, Armando, Roma 2010.

[11] Benedicto XVI, Discurso en el Reichstag de Berlín, 22 de septiembre de 2011.