Dichosos los pobres

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Las estructuras de muerte se pueden cambiar; con la ayuda de Dios se puede influir en un sistema enfermo para que pueda devolver la dignidad a quienes han sido privados de ella.

Se necesita valentía, inteligencia y tenacidad, tratando siempre de resolver las tensiones con creatividad y misericordia, para alcanzar un nivel superior de unidad, paz y justicia.

Se han de escuchar los signos de cambio que surgen en las periferias, como susurros de una humanidad que no pretende subirse al escenario.

En este sentido los cristianos tienen una línea de acción precisa, un programa pacífico y revolucionario: las bienaventuranzas, que no se deberían cansar de leer nunca.

Está escrito en el capítulo 5 de Mateo: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los afligidos, porque serán consolados. Dichos los mansos, porque heredarán la tierra. Dichosos lo que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia. Dichosos los puros de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt5, 3-11).

Bienaventuranzas que se han de completar con un pasaje tomado también de Mateo, capítulo 25,en el que el evangelista transcribe un discurso de Jesús que anticipa lo que sucederá en el Cielo, ante el Padre: «“Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me hospedasteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. Entonces los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a visitarte?”. Respondiendo, el rey les dirá: “En verdad os digo: cada vez que hicisteis estas cosas a uno solo de estos mis hermanos más pequeños, me lo hicisteis a mí”» (Mt25,34-40).

Los poderosos, los ricos sin alma, los especuladores no son bienaventurados. Sí lo son los débiles, los pobres, los trabajadores.

 

+ Extracto de libro «Poder  y dinero. La justicia social según Bergoglio». 2018