Dimensión histórica de la enseñanza social cristiana

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Un aspecto importante de la doctrina social cristiana,  es su dimensión histórica. En efecto, la persona humana y sus realizaciones poseen una intrínseca componente histórica, y también una cierta inmutabilidad esencial: cualquier acción humana debe confrontarse tanto con la propia dimensión esencialmente objetiva e inmutable, cuanto con la propia dimensión histórica cambiante.  Además de la dimensión histórica del hombre, conviene subrayar la intrínseca mutabilidad de las comunidades humanas, cuya naturaleza es más mutable -más histórica- que la naturaleza de las personas. Como consecuencia, aquella parte de la teología que tiene por objeto la sociedad humana -es decir, la doctrina social de la Iglesia- necesariamente será a la vez perenne en lo que atañe a las verdades divinas y humanas, y cambiante en los aspectos que están en íntima cohesión con la historicidad de la persona y de la sociedad. Esto es aún más evidente en la actualidad, que se ha pasado de una sociedad cuasi estática -como eran la sociedad antigua, la medieval y, en algunos casos, la moderna- a una sociedad dinámica y muy interdependiente: la actual aceleración del cambio social ha puesto más de relieve la condición histórica de la sociedad y, como consecuencia, la dimensión histórica de la enseñanza social cristiana.

Esta componente histórica de la doctrina social de la Iglesia se manifiesta en los modos diversos, adecuados al momento concreto, en que se ha propuesto y vivido tal doctrina durante los dos mil años de cristianismo: eminentemente pastoral en la época apostólica y patrística1, en modo más doctrinal en el medievo2, con insistencias jurídico-sociales en la edad moderna, en forma más de síntesis con el Magisterio social reciente3. Otra prueba es que este Magisterio -aunque con diversos matices- siempre ha tenido en cuenta la necesidad de confrontarse con la situación histórica: los documentos del Magisterio social muestran la convicción que tenían los Pontífices de que sus enseñanzas debían adaptarse a las concretas circunstancias de lugar y de tiempo22.

Todo ello denota que, tanto en la actuación social cuanto en los documentos que a ella se refieren, la Iglesia nunca ha olvidado la exigencia de conmensurar sus enseñanzas y su práctica a los requisitos del momento y de la situación; esto ha comportado que las aserciones e insistencias del Magisterio social del último siglo hayan sido diversas. Estas «diferencias de planteamiento, de procedimiento metodológico y de estilo que se notan en los diversos documentos, no comprometen, sin embargo, la identidad sustancial ni la unidad de la doctrina social de la Iglesia. Precisamente por eso se emplea el término “continuidad”, para expresar la relación de los documentos entre sí, si bien cada uno responde específicamente a los problemas de su tiempo» (OED 12). De ahí que, para entender y practicar correctamente la doctrina social cristiana, sea absolutamente imprescindible un cuidadoso análisis de los «signos de los tiempos»; tal requisito no depende de una «tradición» consolidada, sino más bien de la misma naturaleza de la enseñanza social: más aún, se debe decir que esa tradición se ha consolidado precisamente por su íntima conexión con la esencia de esta doctrina. Por eso el Magisterio social, desde su inicio, ha tenido especialmente en cuenta las realidades sociales, con el fin de proponer una enseñanza que fuera adecuada a la variación de las condiciones históricas y al constante flujo de los acontecimientos en que se desarrolla la vida de las personas y de las sociedades (SRS 3).

Conviene, por otra parte, recordar que los «signos de los tiempos» no pueden considerarse, como la Revelación y la razón humana, una nueva fuente de la enseñanza social cristiana: «la praxis histórico-social de los cristianos no es, sin más, una “tercera fuente” de esta doctrina ni, menos todavía, una fuente primaria que regule a las otras dos (…). Es la práctica misma, para ser correcta, la que debe ser iluminada por la luz natural de la razón y por la luz sobrenatural de la fe. A su vez, la unidad estructural que componen ambas luces se corresponde con la unidad del objeto propio de la doctrina social de la Iglesia, el hombre en la integridad concreta de su ser: temporal y espiritual, histórico y eterno, personal y social»4. Se trata, por tanto, de una enseñanza orientada a la praxis que, partiendo de la fe y de la tradición cristiana y con el ejercicio de la razón natural, ilumina las situaciones concretas de la sociedad y tiende a que esta se organice de acuerdo con la voluntad divina5.


Notas

1Cfr. A. G. Hamman, La vida cotidiana de los primeros cristianos, Palabra, Madrid 1985; R. Sierra Bravo, El mensaje social de los Padres de la Iglesia: selección de textos, Ciudad Nueva, Madrid 1989 (existe una primera edición más amplia publicada por la Compañía Bibliográfica Española, Madrid 1967).

2Cfr. R. Sierra Bravo, El pensamiento social y económico de la Escolástica. Desde sus orígenes al comienzo del catolicismo social, CSIC (2 vol.), Madrid 1975; Aa.Vv., Les philosophies morales et politiques au Moyen Age, Legas (3 vol.), New York 1995.

3También en las mismas encíclicas sociales del último siglo se advierte una evolución: cfr. OED 18-28; P. de Laubier, El pensamiento social de la Iglesia, Imdosoc, México 1986; J. M. de Torre, La Iglesia y la cuestión social: de León XIII a Juan Pablo II, Palabra, Madrid 1988; I. Camacho, Doctrina social de la Iglesia. Una aproximación histórica, Paulinas, Madrid 1991; y los dos capítulos de R. M. Sanz de Diego, Periodización de la Doctrina Social de la Iglesia y La evolución de la Doctrina Social de la Iglesia, en Aa.Vv., Manual de doctrina social de la Iglesia, BAC, Madrid 1993 (pp. 5-57 y pp. 127-147, respectivamente). Sobre el concreto proceso social véase; Aa.Vv., Un siglo de catolicismo social en Europa, 1891-1991, Eunsa, Pamplona 1993.

4J. M. Ibáñez Langlois, Doctrina social de la Iglesia, Eunsa, Pamplona 1987, p. 23.

5«En esta perspectiva, dinámica e histórica, resulta que el verdadero carácter de la doctrina social se determina por la correspondencia de sus indicaciones relativas a los problemas de una situación histórica concreta con las exigencias éticas del mensaje evangélico, que requiere una transformación profunda de la persona y de los grupos para obtener una liberación auténtica e integral» OED 18.