EL APOSTOLADO DE LOS LAICOS

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MENSAJE CONGRESO INTERNACIONAL DEL LAICADO CATÓLICO

Al venerado hermano Cardenal JAMES FRANCIS STAFFORD Presidente del Consejo pontificio para los laicos

  1. En los próximos días se celebrará en Roma el Congreso del laicado católico, organizado por ese Consejo pontificio para los laicos, sobre el tema “Testigos de Cristo en el nuevo milenio”. Se trata de una feliz iniciativa que, durante el gran jubileo, constituirá para los participantes una ulterior ocasión de crecimiento en la fe y en la comunión eclesial. En efecto, la asamblea contará con la presencia de muchos laicos, además de cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, que representarán idealmente a todo el pueblo de los bautizados en el Señor, los christifideles que, en medio de las tribulaciones del mundo y los consuelos de Dios (cf. 2 Co 1, 4), caminan hacia la casa del Padre. Así el congreso podrá ser un momento de reflexión y de diálogo, de comunión en la fe y de oración, bien insertado en el marco de las celebraciones del jubileo del apostolado de los laicos, que culminará con la santa misa en la plaza de San Pedro, el día de la solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo.

A través de usted doy las gracias al Consejo pontificio para los laicos, que ha querido promover esta estimulante iniciativa, la cual nos pone a la escucha de cuanto el Espíritu dice a la Iglesia (cf. Ap 2, 7) mediante la experiencia de fe de tantos laicos cristianos, hombres y mujeres de nuestro tiempo.

  1. El congreso constituye una continuación ideal de otros grandes encuentros de fieles laicos que, durante los últimos cincuenta años, han marcado etapas importantes en el camino de promoción y desarrollo del laicado católico. En particular, pienso en los Congresos mundiales del apostolado de los laicos que se celebraron en Roma en 1951, en 1957 y luego en 1967, inmediatamente después del Concilio. Y pienso también en las dos Consultas mundiales del laicado católico organizadas por el Consejo pontificio para los laicos con ocasión del Año santo de 1975 y como preparación para la VII Asamblea general del Sínodo de los obispos de 1987, cuyos resultados recogí en la exhortación apostólica Christifideles laici.

A este propósito, la actual asamblea, como ya tuve oportunidad de subrayar, “podrá servir para recapitular el camino del laicado desde el concilio Vaticano II hasta el gran jubileo de la Encarnación” (Discurso al Consejo pontificio para los laicos con ocasión de su XVIII asamblea plenaria, 1 de marzo de 1999, n. 5:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 12 de marzo de 1999, p. 2). Partiendo de un balance de la aplicación de las enseñanzas del Concilio a la vida y al apostolado de los laicos, vuestro encuentro contribuirá seguramente a imprimir un nuevo impulso a su compromiso misionero. Dimensión esencial de la vocación y de la misión del cristiano es dar testimonio de la presencia salvífica de Dios en la historia de los hombres, como dice oportunamente el tema del congreso:  “Testigos de Cristo en el nuevo milenio”.

  1. Durante los últimos decenios del siglo XX han florecido en la Iglesia las semillas de una espléndida primavera espiritual. Debemos dar gracias a Dios, por ejemplo, porque los fieles laicos, hombres y mujeres, han adquirido una conciencia más clara de su dignidad de bautizados convertidos en “criaturas nuevas”; de su vocación cristiana; de la exigencia de  crecer, en  la  inteligencia y en la experiencia de la fe, como christifideles, o sea, como verdaderos discípulos del Señor; y de su adhesión a la Iglesia.

Pero, al mismo tiempo, en un clima de secularización generalizada, muchos creyentes sienten la tentación de alejarse de la Iglesia y, por desgracia, se dejan contagiar por la indiferencia o aceptan componendas con la cultura dominante. Por otra parte, no faltan entre los fieles actitudes selectivas y críticas con respecto al Magisterio eclesial. Por consiguiente, para despertar en las conciencias de los cristianos un sentido más vivo de su identidad, se necesita, en el marco del gran jubileo, el serio examen de conciencia del que hablé en la Tertio millennio adveniente (cf. n. 34). Hay preguntas esenciales, que nadie puede evitar:  ¿Qué he hecho de mi bautismo y de mi confirmación? ¿Cristo es verdaderamente el centro de mi vida? ¿Encuentra espacio la oración en mis jornadas? ¿Vivo mi vida como una vocación y una misión? Cristo sigue recordándonos:  “Vosotros sois la sal de la tierra. (…) Vosotros sois la luz del mundo. (…) Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 13. 14. 16).

  1. La vocación y la misión de los fieles laicos sólo pueden comprenderse a la luz de una renovada conciencia de la Iglesia “como sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen gentium, 1), y del deber personal de adherirse más firmemente a ella. La Iglesia es un misterio de comunión que tiene su origen en la vida de la santísima Trinidad. Es el cuerpo místico de Cristo. Es el pueblo de Dios que, unido por la misma fe, esperanza y caridad, camina en la historia hacia la definitiva patria celestial. Y nosotros, como bautizados, somos miembros vivos de este maravilloso y fascinante organismo, alimentado por los dones sacramentales, jerárquicos y carismáticos que son co-esenciales para él. Por eso, hoy es más necesario que nunca que los cristianos, iluminados y guiados por la fe, conozcan a la Iglesia tal como es, con toda su belleza y santidad, para sentirla y amarla como su propia madre. Para este fin, es importante despertar en todo el pueblo de Dios el verdadero sensus Ecclesiae, junto con la íntima conciencia de ser Iglesia, es decir, misterio de comunión.
  2. En el umbral del tercer milenio Dios llama a los creyentes, de modo especial a los laicos, a un nuevo impulso misionero. La misión no es una añadidura a la vocación cristiana. Es más, el concilio Vaticano II recuerda que la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es vocación al apostolado (cf. Apostolicam actuositatem, 2). Es preciso anunciar a Cristo con el testimonio de vida y con la palabra, y, antes de ser compromiso estratégico y organizado, el apostolado implica la grata y alegre comunicación a todos del don del encuentro con Cristo. Una persona, o una comunidad, madura desde el punto de vista evangélico, está animada por un intenso celo misionero que la impulsa a dar testimonio de Cristo en todas las circunstancias y situaciones, en todo ambiente social, cultural y político. A este propósito, como enseña el concilio Vaticano II, “los laicos tienen como vocación propia el buscar el reino de Dios ocupándose  de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. Viven en el mundo, en todas y cada una de las profesiones y actividades del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, que forman como el tejido de su existencia. Es ahí donde Dios los llama (…) para que, desde dentro, como el fermento, contribuyan a la santificación del mundo” (Lumen gentium, 31).

Amadísimos hermanos y hermanas, la Iglesia os necesita y cuenta con vosotros. La promoción y la defensa de la dignidad y de los derechos de la persona humana, hoy más urgente que nunca, exige la valentía de personas animadas por la fe, capaces de un amor gratuito y lleno de compasión, respetuosas de la verdad sobre el hombre, creado a imagen de Dios y destinado a crecer hasta llegar a la plenitud de Cristo Jesús (cf. Ef 4, 13). No os desaniméis ante la complejidad de las situaciones. Buscad en la oración la fuente de toda fuerza apostólica; hallad en el Evangelio la luz que guíe vuestros pasos.

La complejidad de las situaciones no debe desalentaros; al contrario, debe impulsaros a buscar con sabiduría y valentía respuestas adecuadas a la petición de pan y trabajo, y a las exigencias de libertad, paz y justicia, comunión y solidaridad.

  1. Queridos fieles laicos, hombres y mujeres, estáis llamados a asumir también, con generosa disponibilidad, vuestra parte de responsabilidad en la vida de las comunidades eclesiales a las que pertenecéis. El rostro de las parroquias, llamadas a ser acogedoras y misioneras, depende de vosotros. Ningún bautizado puede permanecer ocioso. Los laicos cristianos, que participan en el oficio sacerdotal, profético y real de Cristo, y están enriquecidos con múltiples carismas, pueden dar su contribución en el ámbito de la liturgia, de la catequesis y de iniciativas misioneras y caritativas de diferentes tipos. Además, algunos pueden ser llamados a desempeñar cargos, funciones o ministerios no ordenados, tanto a nivel parroquial como diocesano (cf. Christifideles laici, 14). Se trata de un servicio valioso y, en varias regiones del mundo, cada vez más indispensable. Sin embargo, hay que evitar el peligro de desnaturalizar la figura del laico con una atención excesiva a las exigencias intraeclesiales. Por tanto, es preciso respetar, por una parte, la identidad propia del fiel laico y, por otra, la del ministro ordenado, mientras que la colaboración entre fieles laicos y sacerdotes y, en los casos y según las modalidades establecidos por la disciplina eclesial, la suplencia de los sacerdotes por parte de laicos deben realizarse con espíritu de comunión eclesial, en la que las tareas y los estados de vida se consideran complementarios y se enriquecen recíprocamente (cf. Instrucción sobre algunas cuestiones relativas a la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes).
  2. La participación de los fieles laicos en la vida y en la misión de la Iglesia se manifiesta y se apoya también en diversas asociaciones, muchas de las cuales están representadas en este congreso. Sobre todo en nuestro tiempo, constituyen un significativo medio para una formación cristiana más profunda y para una actividad apostólica más eficaz. El concilio Vaticano II afirma:  “Las asociaciones no son un fin en sí mismas, sino que han de servir a la misión que la Iglesia debe cumplir en el mundo; su eficacia apostólica depende de la conformidad con los fines de la Iglesia y del testimonio cristiano, del espíritu evangélico de cada uno de sus miembros y de toda la asociación” (Apostolicam actuositatem, 19). Por tanto, para permanecer fieles a su identidad, las asociaciones laicales deben confrontarse siempre con los criterios de eclesialidad que describí en la exhortación apostólica Christifideles laici (cf. n. 30).

Hoy podemos hablar de una “nueva época asociativa de los fieles laicos” (ib., 29). Es uno de los frutos del concilio Vaticano II. Además de las asociaciones de larga y benemérita tradición, observamos un vigoroso y diversificado florecimiento de movimientos eclesiales y nuevas comunidades. Este don del Espíritu Santo es un signo más de que Dios encuentra siempre respuestas adecuadas y prontas a los desafíos planteados a la fe y a la Iglesia en cada época. También aquí hay que agradecer a las asociaciones, a los movimientos y a los grupos eclesiales el empeño que ponen en la formación cristiana y el entusiasmo misionero que  siguen mostrando en la Iglesia.

  1. Amadísimos hermanos y hermanas, durante estos días compartís reflexiones y experiencias, haciendo un balance del camino recorrido y dirigiendo la mirada al futuro. Al contemplar el pasado, podéis constatar claramente cuán esencial es el papel de los laicos para la vida de la Iglesia. ¡Cómo no recordar aquí las duras persecuciones que la Iglesia del siglo XX ha sufrido en vastas áreas del mundo! Sobre todo gracias al valiente testimonio de fieles laicos, a veces incluso hasta el martirio, la fe no ha sido erradicada de la vida de pueblos enteros. La experiencia demuestra que la sangre de los mártires se transforma en semilla de confesores, y los cristianos debemos mucho a esos “soldados desconocidos de la gran causa de Dios” (Tertio millennio adveniente, 37).

En cuanto al futuro, existen muchos motivos para encaminarnos al nuevo milenio con fundada esperanza. La primavera cristiana, de la que ya podemos vislumbrar muchos signos (cf. Redemptoris missio, 86), es perceptible en la opción radical de la fe, en la auténtica santidad de vida y en el extraordinario celo apostólico de muchos fieles laicos, hombres y mujeres, jóvenes, adultos y ancianos. Por tanto, esta generación tiene la misión de llevar el Evangelio a la humanidad del futuro. Vosotros sois los “testigos de Cristo en el nuevo milenio”, como dice el tema de vuestro congreso. Sed muy conscientes de ello y responded con pronta fidelidad a esta urgente llamada misionera. La Iglesia cuenta con vosotros.

Os deseo éxito en los trabajos de vuestra asamblea y, a la vez que invoco sobre cada uno la protección de María, Reina de los Apóstoles y Estrella de la nueva evangelización, le envío de corazón a usted, señor cardenal, y a todos los participantes mi especial bendición, que extiendo de buen grado a vuestros seres queridos y a cuantos encontráis en vuestro apostolado.

Vaticano, 21 de noviembre de 2000

 

HOMILÍA EN EN EL JUBILEO DEL APOSTOLADO DE LOS LAICOS

Domingo 26 de noviembre  de 2000 Solemnidad de Cristo, Rey del universo

  1. “Tú lo dices: soy Rey” (Jn 18, 37).

Así respondió Jesús a Pilato en un dramático diálogo, que el evangelio nos hace escuchar nuevamente en la solemnidad de Cristo, Rey del universo. Esta fiesta, situada al final del año litúrgico, nos presenta a Jesús, Verbo eterno del Padre, como principio y fin de toda la creación, como Redentor del hombre y Señor de la historia. En la primera lectura el profeta Daniel afirma:  “Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin” (Dn 7, 14).

¡Sí, Cristo, tú eres Rey! Tu realeza se manifiesta paradójicamente en la cruz, en la obediencia al designio del Padre, “que -como escribe el apóstol san Pablo- nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados” (Col 1, 13-14). Primogénito de los que resucitan de entre los muertos, tú, Jesús, eres el Rey de la humanidad nueva, a la que has restituido su dignidad originaria.

¡Tú eres Rey! Pero tu reino no es de este mundo (cf. Jn 18, 36); no es fruto de conquistas bélicas, de dominaciones políticas, de imperios económicos, de hegemonías culturales. Tu reino es un “reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz” (cf. Prefacio de Jesucristo, Rey del universo), que se manifestará en su plenitud al final de los tiempos, cuando Dios sea todo en todos (cf. 1 Co 15, 28). La Iglesia, que ya en la tierra puede gustar las primicias del cumplimiento futuro, no deja de repetir:  “¡Venga tu reino!”, “Adveniat regnum tuum!” (Mt 6, 10).

  1. ¡Venga tu reino! Así rezan, en todas las partes del mundo, los fieles que se reúnen hoy en torno a sus pastores para el jubileo del apostolado de los laicos. Y yo me uno con alegría a este coro universal de alabanza y oración, celebrando con vosotros, queridos fieles, la santa misa junto a la tumba del apóstol san Pedro.

Doy las gracias al cardenal James Francis Stafford, presidente del Consejo pontificio para los laicos, y a vuestros dos representantes, que al comienzo de la santa misa han interpretado los sentimientos de todos. Saludo a los venerados hermanos en el episcopado, así como a los sacerdotes, los religiosos y las religiosas presentes. En particular, extiendo mi saludo a vosotros, hermanos y hermanas laicos, “christifideles laici”, dedicados activamente a la causa del Evangelio:  al contemplaros, pienso también en todos los miembros de comunidades, asociaciones y movimientos de acción apostólica; pienso en los padres y en las madres que, con generosidad y espíritu de sacrificio, cuidan la educación de sus hijos con la práctica de las virtudes humanas y cristianas; pienso en cuantos brindan a la evangelización la contribución de sus sufrimientos, aceptados y vividos en unión con Cristo.

  1. Os saludo de modo especial a vosotros, queridos participantes en el Congreso del laicado católico, que se inserta muy bien en el ámbito del jubileo del apostolado de los laicos. Vuestro encuentro tiene como tema:  “Testigos de Cristo en el nuevo milenio”. Continúa la tradición de los congresos mundiales del apostolado de los laicos, que empezó hace cincuenta años bajo el impulso fecundo de la conciencia más viva que la Iglesia había adquirido tanto de su naturaleza de misterio de comunión como de su intrínseca responsabilidad misionera en el mundo.

En la maduración de esta conciencia, el concilio ecuménico Vaticano II marcó una etapa decisiva. Con el Concilio, en la Iglesia llegó verdaderamente la hora del laicado, y numerosos fieles laicos, hombres y mujeres, han comprendido con mayor claridad su vocación cristiana, que, por su misma naturaleza, es vocación al apostolado (cf. Apostolicam actuositatem, 2). Treinta y cinco años después de su conclusión, yo os digo:  es necesario volver al Concilio. Hay que volver a leer los documentos del Vaticano II para redescubrir su gran riqueza de estímulos doctrinales y pastorales.

En particular, debéis releer esos documentos vosotros, laicos, a quienes el Concilio abrió extraordinarias perspectivas de participación y compromiso en la misión de la Iglesia. ¿No os recordó el Concilio vuestra participación en la función sacerdotal, profética y real de Cristo? Los padres conciliares os confiaron, de modo especial, la misión de “buscar el reino de Dios ocupándoos de las realidades temporales y ordenándolas según Dios” (cf. Lumen gentium, 31).

Desde entonces se ha producido un gran florecimiento de asociaciones, en el que, además de los grupos tradicionales, han surgido nuevos movimientos, asociaciones y comunidades (cf. Christifideles laici, 29). Amadísimos hermanos y hermanas, vuestro apostolado hoy es más indispensable que nunca para que el Evangelio sea luz, sal y levadura de una nueva humanidad.

  1. Pero ¿qué implica esta misión? ¿Qué significa ser cristianos hoy, aquí y ahora? Ser cristianos jamás ha sido fácil, y tampoco lo es hoy. Seguir a Cristo exige valentía para hacer opciones radicales, a menudo yendo contra corriente. “¡Nosotros somos Cristo!”, exclamaba san Agustín. Los mártires y los testigos de la fe de ayer y de hoy, entre los cuales se cuentan numerosos fieles laicos, demuestran que, si es necesario, ni siquiera hay que dudar en dar la vida por Jesucristo.

A este propósito, el jubileo invita a todos a un serio examen de conciencia y a una continua renovación espiritual, para realizar una acción misionera cada vez más eficaz. Quisiera citar aquí las palabras que, hace ya veinticinco años, casi al término del Año santo de 1975, mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, escribió en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi:  “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros (…), o si escucha a los maestros es porque son testigos” (n. 41).

Esas palabras tienen validez también hoy para una humanidad rica en potencialidades y expectativas, pero amenazada por múltiples insidias y peligros. Basta pensar, entre otras cosas, en las conquistas sociales y en la revolución en el campo genético; en el progreso económico y en el subdesarrollo existente en vastas áreas del planeta; en el drama del hambre en el mundo y en las dificultades existentes para tutelar la paz; en la extensa red de las comunicaciones y en los dramas de la soledad y de la violencia que registra la crónica diaria.

Amadísimos hermanos y hermanas, como testigos de Cristo, estáis llamados, especialmente vosotros, a llevar la luz del Evangelio a los sectores vitales de la sociedad. Estáis  llamados a ser profetas de la esperanza cristiana y apóstoles de aquel “que es y era y viene, el Omnipotente” (Ap 1, 4).

  1. “La santidad es el adorno de tu casa” (Sal 92, 5). Con estas palabras nos hemos dirigido a Dios en el Salmo responsorial. La santidad sigue siendo para los creyentes el mayor desafío. Debemos estar agradecidos al concilio Vaticano II, que nos recordó que todos los cristianos están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad.

ueridos hermanos, no tengáis miedo de aceptar este desafío:  ser hombres y mujeres santos. No olvidéis que los frutos del apostolado dependen de la profundidad de la vida espiritual, de la intensidad de la oración, de una formación constante y de una adhesión sincera a las directrices de la Iglesia. Os repito hoy a vosotros lo que dije a los jóvenes durante la reciente Jornada mundial de la juventud:  si sois lo que debéis ser, es decir, si vivís el cristianismo sin componendas, podréis incendiar el mundo.

Os esperan tareas y metas que pueden pareceros desproporcionadas a las fuerzas humanas. No os desaniméis. “El que comenzó entre vosotros la obra buena, la llevará adelante” (Flp 1, 6). Mantened siempre fija la mirada en Jesús. Haced de él el corazón del mundo.

Y tú, María, Madre del Redentor, su primera y perfecta discípula, ayúdanos a ser sus testigos en el nuevo milenio. Haz que tu Hijo, Rey del universo y de la historia, reine en nuestra vida, en nuestras comunidades y en el mundo entero.

“¡Alabanza y honor a ti, oh Cristo!”. Con tu cruz has redimido el mundo. Te encomendamos, al comienzo del nuevo milenio, nuestro compromiso de servir a este mundo que tú amas y que también nosotros amamos. Sostennos con la fuerza de tu gracia. Amén.

ÁNGELUS JUBILEO DEL APOSTOLADO DE LOS LAICOS

Domingo 26 de noviembre de 2000 Solemnidad de Cristo Rey

  Queridos fieles laicos: 

  1. Antes de concluir esta celebración jubilar, he querido entregaros nuevamente, en la persona de algunos representantes vuestros, los documentos del concilio Vaticano II. Mi pensamiento vuelve en este momento a aquel histórico y providencial acontecimiento eclesial. Hace treinta y cinco años, precisamente en estos días, fueron aprobados algunos documentos, entre ellos el decreto Apostolicam actuositatem sobre el apostolado de los laicos. El 7 de diciembre, junto con otros textos, fue aprobada la constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo. Al día siguiente, la asamblea conciliar promulgaba definitivamente el conjunto de sus documentos.

Queridos fieles laicos, apóstoles del tercer milenio, como entonces, también hoy he querido simbólicamente volver a confiaros especialmente a vosotros el vasto patrimonio conciliar, recordando que precisamente a los laicos -gobernantes, hombres del pensamiento y de la ciencia, artistas, mujeres, trabajadores, jóvenes, pobres, enfermos- el Concilio entregó su mensaje conclusivo destinado a la humanidad entera.

En este cambio de época, la lección del Vaticano II es más actual que nunca. En efecto, la situación de nuestro tiempo exige que vuestro compromiso apostólico de laicos sea aún más intenso y más extenso. Estudiad el Concilio, profundizadlo, asimilad su espíritu y sus orientaciones: en él encontraréis luz y fuerza para testimoniar el Evangelio en todos los campos de la existencia humana.

  1. Saludo cordialmente a todos los peregrinos de lengua francesa, que habéis venido para el Congreso del apostolado de los laicos. A pocos días del aniversario de la conclusión del Concilio, todos vosotros estáis invitados a releer sus documentos para confirmar vuestra vocación, para comprometeros en el apostolado, como propusieron los padres conciliares, para ser en el mundo testigos de la buena nueva y para participar cada vez más activamente en la misión de la Iglesia. El mundo necesita vuestro testimonio individual, matrimonial, familiar, profesional y eclesial. A todos os imparto la bendición apostólica.

Durante este jubileo del laicado deseo poner una vez más en las manos y en el corazón de los laicos del mundo entero los documentos del concilio Vaticano II. El Concilio, centrado en Cristo y en su Iglesia y abierto a los desafíos de un mundo en transformación, fue un acontecimiento providencial en la preparación del pueblo de Dios para el tercer milenio cristiano. Invito a los fieles laicos a estudiar la enseñanza del Concilio, a amar y vivir su mensaje. De este modo, los laicos serán luz y esperanza para la Iglesia y para la sociedad. Cristo, el Rey eterno, os guíe y fortalezca siempre.

Dirijo un saludo cordial a las mujeres y a los hombres de lengua alemana. Queridas hermanas y queridos hermanos, el concilio Vaticano II os alienta a vosotros, laicos, a ser sal de la tierra y luz del mundo. Os expreso un deseo: no dejéis de estudiar la enseñanza del Concilio y de traducirla en la vida. Para vuestra misión como testigos del Evangelio, os imparto de buen grado la bendición apostólica.

Doy mi bienvenida a los peregrinos de lengua española que participáis en el jubileo del apostolado de los laicos. Que esta peregrinación jubilar sea un estímulo para proseguir en el camino de la esperanza, construyendo el futuro desde vuestra específica vocación cristiana. Firmemente enraizados en Cristo y sostenidos por las enseñanzas siempre actuales del concilio Vaticano II, testimoniad el Evangelio a los hombres de nuestro tiempo.

Ojalá que la feliz coincidencia de la fiesta de Cristo Rey con vuestro jubileo os recuerde a todos vosotros, queridos peregrinos de lengua portuguesa, que vuestra vocación de hijos de Dios en medio del mundo no sólo os exige buscar la santidad personal, sino también ir por los caminos de la tierra, para convertirlos en atajos que, a través de los obstáculos, lleven las almas al Señor. Para esto hemos sido llamados los cristianos; esta es nuestra tarea apostólica y la preocupación que debe consumir nuestra alma: conseguir que el reino de Cristo se haga realidad, que ya no haya odios ni crueldades, y que extendamos sobre la tierra el bálsamo fuerte y pacífico del amor.

Saludo cordialmente a los representantes de los laicos de Polonia y de los demás países del mundo. Representáis a los innumerables fieles que, cumpliendo a diario sus deberes familiares, profesionales o sociales, al mismo tiempo colaboran activamente en la acción apostólica de la Iglesia. Al celebrar hoy el jubileo del apostolado de los laicos, damos gracias a Dios por su compromiso en diversos campos de la vida -en gran parte accesibles sólo a ellos-, mediante el cual la Iglesia vive como comunidad de los testigos de la fe, de la esperanza y del amor. Oro para que el Espíritu Santo avive de nuevo en vuestro corazón el deseo de servir al Evangelio, de modo que según vuestra vocación y el mandato recibido participéis fructuosamente en el cumplimiento de la misión profética, sacerdotal y pastoral de la Iglesia. Dios os bendiga.

  1. Elevemos ahora nuestra oración a María. Que ella nos ayude a realizar la renovación de mentalidad y acción, de alegría y esperanza, que tenía como objetivo el concilio Vaticano II.

 REGINA CAELI DOMINGO DE PENTECOSTÉS,

11 de junio de 2000

  Amadísimos hermanos y hermanas:

  1. Este domingo celebramos la solemnidad de Pentecostés. En la santa misa, que tuve la dicha de presidir ayer por la tarde, la plaza de San Pedro se transformó en un “cenáculo” en el corazón de Roma: un cenáculo vinculado espiritualmente al de Jerusalén, donde, hace casi dos mil años, se produjo la primera efusión prodigiosa del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y María santísima.

Aquel día nació la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Una, porque gracias al Espíritu la Iglesia es misterio de comunión, icono de la santísima Trinidad en la tierra; santa, porque el Espíritu conserva en sus miembros la santidad de Cristo cabeza; católica, porque el Espíritu la impulsa a anunciar a todos los pueblos el único Evangelio de salvación; y apostólica, porque, a través del ministerio de los Apóstoles y de sus sucesores, el Espíritu la guía por los caminos de la historia.

  1. A la luz de esta fiesta, asume un significado singular esta Jornada jubilar, dedicada a la reflexión sobre los deberes de los católicos hacia los demás hombres: anuncio de Cristo, testimonio y diálogo. Esta jornada, organizada por el Consejo pontificio para el diálogo interreligioso, invita a todo bautizado y a toda comunidad eclesial a meditar sobre cómo comprometerse cada vez más a anunciar y testimoniar a Cristo a todos, aunque respetando las diversas religiones a las que pertenecen. Es de suma importancia colaborar con todos los hombres y mujeres de buena voluntad para construir un mundo más justo y fraterno.

Sólo en Cristo es posible realizar este proyecto de auténtica renovación espiritual y social. Precisamente por eso, también en el ámbito del jubileo, el próximo domingo tendrá lugar en Roma el Congreso eucarístico internacional, que prevé, entre otras actividades, la tradicional procesión del Corpus Christi, el jueves 22, y la solemne celebración conclusiva, llamada “Statio orbis“, la tarde del domingo 25. Jesús, que hace dos mil años nació en Belén de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, permanece en medio de nosotros en el sacramento de la Eucaristía, pan vivo bajado del cielo, pan del camino y de la esperanza.

  1. En estos días comenzará en Pyong Yang, en la República democrática popular de Corea, un encuentro de significado histórico entre los líderes de Corea del norte y del sur. Me uno a todas las personas de buena voluntad para felicitar a los responsables de esos dos países por esta iniciativa, con la esperanza de que el diálogo y los intercambios contribuyan a la reconciliación de las dos poblaciones, a la reunión de las familias separadas ya desde hace medio siglo y a la renovada estabilidad y prosperidad de toda la península coreana. Sólo mediante un generoso compromiso en favor del bien común será posible superar las dificultades y lograr un resultado positivo, que sería motivo de alegre esperanza para la humanidad.

Después del Regina caeli

Mi pensamiento va ahora a África. Una vez más está sangrando el corazón de África. En estos últimos días la población de la ciudad de Kisangani, en la República democrática del Congo, ha sido víctima de la violencia de facciones armadas que luchan entre sí. También las instituciones de la Iglesia han sufrido las consecuencias. Son centenares los muertos y los heridos. Apelo a la responsabilidad y a la sensibilidad de las autoridades políticas y militares, y pido a Dios que haga resonar en ellas la voz de la conciencia: África, y la República democrática del Congo en particular, necesitan reconciliación y paz. Interceda por nosotros María santísima, Reina de la paz.

COOPERAR A LA LLEGADA DEL REINO DE DIOS EN EL MUNDO

Audiencia general miércoles 6 de diciembre de 2000

  1. En este año del gran jubileo, el tema de fondo de nuestras catequesis es la gloria de la Trinidad, tal como se nos reveló en la historia de la salvación. Hemos reflexionado sobre la Eucaristía, máxima celebración de Cristo presente bajo las humildes especies del pan y del vino. Ahora queremos dedicar algunas catequesis al compromiso que se nos pide para que la gloria de la Trinidad resplandezca plenamente en el mundo.

Y nuestra reflexión toma como punto de partida el evangelio de san Marcos, donde leemos: “Marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la buena nueva de Dios, diciendo: “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio”” (Mc 1, 14-15). Estas son las primeras palabras que Jesús pronuncia ante la multitud: contienen el núcleo de su Evangelio de esperanza y salvación, el anuncio del reino de Dios. Desde ese momento en adelante, como observan los evangelistas, “recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la buena nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4, 23; cf. Lc 8, 1). En esa línea se sitúan los Apóstoles, al igual que san Pablo, el Apóstol de las gentes, llamado a “anunciar el reino de Dios” en medio de las naciones hasta la capital del imperio romano (cf. Hch 20, 25; 28, 23. 31).

  1. Con el Evangelio del Reino, Cristo se remite a las Escrituras sagradas que, con la imagen de un rey, celebran el señorío de Dios sobre el cosmos y sobre la historia. Así leemos en el Salterio:  “Decid a los pueblos:  “El Señor es rey; él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente”” (Sal96, 10). Por consiguiente, el Reino es la acción eficaz, pero misteriosa, que Dios lleva a cabo en el universo y en el entramado de las vicisitudes humanas. Vence las resistencias del mal con paciencia, no con prepotencia y de forma clamorosa.

Por eso, Jesús compara el Reino con el grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas, pero destinada a convertirse en un árbol frondoso (cf. Mt 13, 31-32), o con la semilla que un hombre echa en la tierra:  “duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo” (Mc 4, 27). El Reino es gracia, amor de Dios al mundo, para  nosotros  fuente de serenidad y confianza:  “No temas, pequeño rebaño -dice Jesús-, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino” (Lc 12, 32). Los temores, los afanes y las  angustias  desaparecen, porque el reino de Dios está en medio de nosotros en la persona de Cristo (cf. Lc 17, 21).

  1. Con todo, el hombre no es un testigo inerte del ingreso de Dios en la historia. Jesús nos invita a “buscar” activamente “el reino de Dios y su justicia” y a considerar esta búsqueda como nuestra preocupación principal (cf.Mt 6, 33). A los que “creían que el reino de Dios aparecería de un momento a otro” (Lc 19, 11), les recomienda una actitud activa en vez de una espera pasiva, contándoles la parábola de las diez minas encomendadas para hacerlas fructificar (cf. Lc 19, 12-27). Por su parte, el apóstol san Pablo declara que “el reino de Dios no es cuestión de comida o bebida, sino -ante todo- de justicia” (Rm 14, 17) e insta a los fieles a poner sus miembros al servicio de la justicia con vistas a la santificación (cf. Rm 6, 13. 19).

Así pues, la persona humana está llamada a cooperar con sus manos, su mente y su corazón al establecimiento del reino de Dios en el mundo. Esto es verdad de manera especial con respecto a los que están llamados al apostolado y que son, como dice san Pablo, “cooperadores del reino de Dios” (Col 4, 11), pero también es verdad con respecto a toda persona humana.

  1. En el Reino entran las personas que han elegido el camino de las bienaventuranzas evangélicas, viviendo como “pobres de espíritu” por su desapego de los bienes materiales, para levantar a los últimos de la tierra del polvo de la humillación. “¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo -se pregunta el apóstol Santiago en su carta- para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del Reino que prometió a los que le aman?” (St 2, 5). En el Reino entran los que soportan con amor los sufrimientos de la vida:  “Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hch 14, 22; cf. 2 Ts 1, 4-5), donde Dios mismo “enjugará toda lágrima (…) y no habrá ya muerte ni llanto ni gritos ni fatigas” (Ap21, 4). En el Reino entran los puros de corazón que eligen la senda de la justicia, es decir, de la adhesión a la voluntad de Dios, como advierte san Pablo:  “¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, (…) ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el reino de Dios” (1 Co 6, 9-10, cf. 15, 50; Ef 5, 5).
  2. Así pues, todos los justos de la tierra, incluso los que no conocen a Cristo y a su Iglesia, y que, bajo el influjo de la gracia, buscan a Dios con corazón sincero (cf. Lumen gentium, 16), están llamados a edificar el reino de Dios, colaborando con el Señor, que es su artífice primero y decisivo. Por eso, debemos ponernos en sus manos, confiar en su palabra y dejarnos guiar por él como niños inexpertos que sólo en el Padre encuentran la seguridad:  “El que no reciba el reino de Dios como niño -dijo Jesús-, no entrará en él” (Lc 18, 17).

Con este espíritu debemos hacer nuestra la invocación:  “¡Venga tu reino!”. En la historia de la humanidad esta invocación se ha elevado innumerables veces al cielo como un gran anhelo de esperanza:  “¡Venga a nosotros la paz de tu reino!”, exclama Dante en su paráfrasis del Padrenuestro (Purgatorio XI, 7). Esa invocación nos impulsa a dirigir nuestra mirada al regreso de Cristo y alimenta el deseo de la venida final del reino de Dios. Sin embargo, este deseo no impide a la Iglesia cumplir su misión en este mundo; al contrario, la compromete aún más (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 2818), a la espera de poder cruzar el umbral del Reino, del que la Iglesia es germen e inicio (cf. Lumen gentium, 5), cuando llegue al mundo en plenitud. Entonces, como nos asegura san Pedro en su segunda carta, “se os dará amplia entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P 1, 11).

EL VALOR DEL COMPROMISO EN LAS REALIDADES TEMPORALES

Audiencia general miércoles 13 de diciembre de 2000

  1. El apóstol san Pablo afirma que “nuestra patria está en los cielos” (Flp 3, 20), pero de ello no concluye que podemos esperar pasivamente el ingreso en la patria; al contrario, nos exhorta a comprometernos activamente. “No nos cansemos de obrar el bien -escribe-; pues, si no desfallecemos, a su tiempo nos vendrá la cosecha. Así que, mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe” (Ga 6, 9-10).

La revelación bíblica y la mejor sabiduría filosófica coinciden en subrayar que, por un lado, la humanidad tiende hacia lo infinito y la eternidad, y, por otro, está firmemente arraigada en la tierra, dentro de las coordenadas del tiempo y del espacio. Existe una meta trascendente por alcanzar, pero a través de un itinerario que se desarrolla en la tierra y en la historia. Las palabras del Génesis son iluminadoras: la criatura humana está vinculada al polvo de la tierra, pero al mismo tiempo tiene un “aliento” que la une directamente a Dios (cf. Gn 2, 7).

  1. También afirma el Génesis que Dios, después de crear al hombre, lo dejó “en el jardín del Edén, para que lo labrase y cuidase” (Gn 2, 15). Los dos verbos del texto original hebreo son los que se usan en otros lugares para indicar también el “servir” a Dios y el “observar” su palabra, es decir, el compromiso de Israel con respecto a la alianza con el Señor. Esta analogía parece sugerir que una alianza primaria une al Creador con Adán y con toda criatura humana, una alianza que se realiza en el  compromiso de henchir la tierra, sometiendo y dominando a los peces del mar, a las aves del cielo y a todo animal que serpea sobre la tierra (cf. Gn 1, 28; Sal 8, 7-9).

Por desgracia, a menudo el hombre cumple esta misión, que Dios le asignó, no como un artífice sabio, sino como un tirano prepotente. Al final se encuentra en un mundo devastado y hostil, en una sociedad desgarrada y lacerada, como también nos enseña el Génesis en el gran cuadro del capítulo tercero, donde describe la ruptura de la armonía del hombre con su semejante, con la tierra y con el mismo Creador. Este es el fruto del pecado original, es decir, de la rebelión que tuvo lugar desde el inicio frente al proyecto que Dios había encomendado a la humanidad.

  1. Por eso, con la gracia de Cristo Redentor, debemos volver a hacer nuestro el designio de paz y desarrollo, de justicia y solidaridad, de transformación y valorización de las realidades terrestres y temporales, delineado en las primeras páginas de la Biblia. Debemos continuar la gran aventura de la humanidad en el campo de la ciencia y la técnica, hurgando en los secretos de la naturaleza. Es preciso desarrollar -a través de la economía, el comercio y la vida social- el bienestar, el conocimiento, la victoria sobre la miseria y sobre cualquier forma de humillación de la dignidad humana.

En cierto sentido, Dios ha delegado al hombre la obra de la creación, para que esta prosiga tanto en las extraordinarias empresas de la ciencia y de la técnica, como en el esfuerzo diario de los trabajadores, los estudiosos, las personas que con su mente y sus manos “labran y cuidan” la tierra y hacen más solidarios a los hombres y mujeres entre sí. Dios no está ausente de su creación; más aún, “ha coronado de gloria y honor al hombre”, haciéndolo, con su autonomía y libertad, casi su representante en el mundo y en la historia (cf. Sal 8, 6-7).

  1. Como dice el salmista, por la mañana “el hombre sale a sus faenas, a su labranza hasta el atardecer” (Sal 104, 23). También Cristo valora en sus parábolas esta labor del hombre y de la mujer en los campos y en el mar, en las casas y en las asambleas, en los tribunales y en los mercados. La asume para ilustrar simbólicamente el misterio del reino de Dios y de su realización progresiva, aunque sabe que a menudo este trabajo resulta estéril a causa del mal y del pecado, del egoísmo y de la injusticia. La misteriosa presencia del Reino en la historia sostiene y vivifica el esfuerzo del cristiano en sus tareas terrenas.

Los cristianos, implicados en esta obra y en esta lucha, están llamados a colaborar con el Creador para realizar en la tierra una “casa del hombre” más acorde con su dignidad y con el plan divino, una casa en la que “la misericordia y la verdad se encuentren, la justicia y la paz se besen” (Sal 85, 11).

  1. A esta luz quisiera proponer a vuestra meditación las páginas que el concilio Vaticano II dedicó, en la constitución pastoral Gaudium et spes (cf. parte I, cc. III y IV), a la “actividad humana en el mundo” y a la “función de la Iglesia en el mundo actual”. “Los creyentes -enseña el Concilio- tienen la certeza de que la actividad humana individual y colectiva, es decir, aquel ingente esfuerzo con el que los hombres pretenden mejorar las condiciones de su vida a lo largo de los siglos, considerado en sí mismo, responde al plan de Dios” (n. 34).

La complejidad de la sociedad moderna hace cada vez más arduo el esfuerzo de animar las estructuras políticas, culturales, económicas y tecnológicas que con frecuencia no tienen alma. En este horizonte difícil y prometedor la Iglesia está llamada a reconocer la autonomía de las realidades terrenas (cf. ib., 36), pero también a proclamar eficazmente “la prioridad de la ética sobre la técnica, la primacía de la persona sobre las cosas y la superioridad del espíritu sobre la materia” (Congregación para la educación católica, En estas últimas décadas, 30 de diciembre de 1988, n. 44:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de julio de 1989, p. 12). Sólo así se cumplirá el anuncio de san Pablo:”La creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. (…) y alberga la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción, para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rm 8, 19-21).

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