El poder en la economía

¿Por qué hoy se denuncian tan poco las fechorías de un sistema económico inhumano? ¿Por qué el arbitrio de unos pocos hombres tiene en su mano la parte más conspicua del poder económico (cf. GS 65)?

El «poder» es una categoría infravalorada en los análisis de la sociedad contemporánea, sobre todo de la economía y de los mercados.Esto sucede porque esta categoría se asoció durante mucho tiempo con las reflexiones ideológicas del siglo xx. Así, mientras en el siglo pasado el tema lo habían afrontado los grandes pensadores de la política y de las ciencias sociales, en el siglo xxi, en nombre de un mundo post-ideológico que se quiere liberar de las grandes visiones del mundo, la categoría del poder ha terminado en el baúl de los recuerdos, junto con otras palabras-clave del pasado, como explotación, capitalismo o colonialismo. Ahora toca repensar la economía y sus categorías, incluida la del poder (cf. CDSI564).

Por eso hoy resulta muy difícil hallar esa categoría entre los grandes temas de la política y de la economía. Pero el que una palabra-clave salga del debate de los intelectuales no significa que el problema deje de existir. Es más: la falta de un pensamiento articulado hace que nos «distraigamos», que no entendamos la gravedad que tiene. Hoy demasiados pocos hombres gozan de un amplio poder de decisión en economía y finanzas, mientras que, al contrario, demasiados carecen de toda posibilidad de actuar por propia iniciativa (cf. GS 63).

Es lo que sucede en el campo de las «grandes» finanzas, donde el poder de unos pocos está aplastando a multitud de pobres. Al comienzo del siglo xxi los movimientos anti-globalización han perdido empuje, mientras que han aflorado problemas enormes como el terrorismo internacional y las consiguientes guerras, que han desviado la atención de esas otras cuestiones -quizá aún más graves- como una economía injusta y a menudo homicida. Incluso se ha dejado de hablar del poder en la economía mundial; es decir, del poder de esos pocos que de hecho controlan enormes riquezas. Pero la falta de atención ha salido muy cara, como lo demuestra la crisis de 2007-2008: nos habíamos distraído momentáneamente.

Así pues, nunca ha sido tan necesario como ahora hablar de poder y finanzas, de mercados y democracia, de pobreza y riqueza, de justicia social. Es una exigencia que debería ser más compartida por los ambientes académicos: en efecto, falta una reflexión sistemática y nueva, post-ideológica, sin tener que recurrir a las categorías del siglo xx para explicar el poder de comienzos del tercer milenio. Hay que volver a pensar, escribir y hablar del poder, porque el ansia de mandar reside en el corazón y en la mente de toda persona humana y en los modos de organizarse la sociedad.

La crisis mundial que afecta a las finanzas y a la economía hace ver algunas deformidades del poder económico y financiero, y sobre todo la grave carencia de su perspectiva antropológica, que reduce al hombre a una sola de sus exigencias: el consumo (Cf. Francisco, Homilía en la Santa Misa de Nochebuena, San Pedro, 24- 12-2015).

Hoy el ser humano es considerado como un bien de consumo que se puede usar y tirar. Mientras la renta de una exigua minoría crece exponencialmente, la de la inmensa mayoría disminuye. Este desequilibrio deriva de ideologías que promueven la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera, negando así el derecho de control a los Estados, encargados de mirar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone sus leyes y sus reglas unilateralmente y sin remedio posible. Además, el endeudamiento y el crédito alejan a los países de su economía real y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real.

A eso se añade una corrupción tentacular y una evasión fiscal que a veces han adquirido dimensiones mundiales. La voluntad de poder y de poseer no tiene límites. Detrás de esta actitud se esconde el rechazo de la ética, el rechazo de Dios. Porque la ética conduce a Dios, el cual se coloca fuera de las categorías del mercado. Dios es considerado por estos financieros, economistas y políticos como no gestionable, un Dios no gestionable e incluso peligroso, porque llama al hombre a su plena realización y a la independencia de todo tipo de esclavitud.

La ética -una ética no ideológica, naturalmente- permite crear un equilibrio y un orden social más humano. En este sentido, hay que animar a los expertos en finanzas y a los gobernantes a considerar las palabras de Juan Crisóstomo: «No compartir nuestros bienes con los pobres es robarles y quitarles la vida. No poseemos nuestros bienes, sino los de ellos».

 

Francisco, Discurso a los nuevos embajadores de Kirguistán, Antigua y Barbados, Luxemburgo y Botswana acreditados ante la Santa sede. Vaticano 16-5-2013.