EL TRABAJO EN EL COMPENDIO DE DSI

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El COMPENDIO DE DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA  
dedica todo un capítulo (el 6.° de la II Parte) al trabajo humano, señal de la importancia que la actual DSI le atribuye

Comienza con una visión bíblica. Del Antiguo Testamento subraya que el tra­bajo no es castigo. Pertenece a la condición humana y genera riqueza, aunque no se debe caer en la tentación de idolatrarlo. El precepto del descanso sabáti­co es un baluarte contra el abuso del trabajo, voluntario o impuesto, a la vez que contra toda forma de explotación. Lo confirman la vida, actitud y enseñanza de Jesús, así como los escritos de San Pablo y San Juan.

  •  De acuerdo con la tradición bíblica y la enseñanza de los Santos Padres, el tra­bajo es un deber porque así el ser humano colabora con Dios Creador, sirve al bien común y se perfecciona a sí mismo.
  • Cuando se produce la revolución industrial, la Iglesia asume en RN la defensa de la dignidad de los trabajadores e influye en asociaciones y leyes que la tute­lan. Lo mismo en los documentos posteriores. LE considera al trabajo «clave esencial» de la cuestión social, si queremos considerarla desde el punto de vis­ta del bien del ser humano.
  • Recoge luego, siguiendo la enseñanza de Juan Pablo II (LE y CA sobre todo) la doble dimensión (objetiva y subjetiva) del trabajo y señala su doble carácter: per­sonal y social. Es personal porque procede de la persona y se orienta a ella: el trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo. Es social porque tra­bajamos con otros y para otros. Además confirma la identidad más profunda del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios y encargado de continuar lo que Él había comenzado.
  •  El trabajo es el elemento más valioso del proceso de producción. Entre capital y trabajo debe existir complementariedad y se debe superar el riesgo real de en­frentamiento (del que trataremos en el cap. 18). Para ello deben sacarse conse­cuencias de que el trabajo es título de participación y llegar a fórmulas que ase­guren que los trabajadores participen en la propiedad, la gestión y los beneficios de la empresa. Por la misma razón, el trabajo está también relacionado con la propiedad, privada y pública. Éstas, junto con otros mecanismos del sistema económico, deben garantizar que la economía esté al servicio del hombre.
  •  El descanso es un derecho para quienes trabajan. Las autoridades y los mismos trabajadores deben defender este derecho, que permite atender a la familia y de­dicar tiempo a la reflexión, al estudio y al crecimiento de la vida espiritual y cristiana.
  •  El trabajo es también un derecho, porque perfecciona a la persona y es necesa­rio para vivir. Por eso quien puede trabajar debe encontrar forma de hacerlo. La sociedad debe luchar contra el desempleo y procurar sistemas de educación y preparación profesional adaptados a las necesidades actuales. El Estado debe atender a los desempleados y promover políticas que activen el empleo, siem­pre subsidiariamente. Hoy es precisa, también en este campo, la colaboración interestatal. Los Estados deben evitar que el trabajo o su falta deterioren la vi­da familiar y ocuparse especialmente de los colectivos más débiles cara al tra­bajo: mujeres, niños, emigrantes, minusválidos y empleados en el sector agrí­cola. Entre los derechos específicos de los trabajadores se citan el salario justo, la huelga y la sindicación. De estos últimos tratamos en los capítulos 15 y 18.
  •  Finalmente aborda las novedades que la globalización impone en el mundo la­boral: la velocidad de comunicación sin límites espacio-temporales y la facili­dad de transporte de personas y mercancías de una parte a otra del planeta. La propiedad y la capacidad de decisión están muchas veces lejos y puede ser indiferente ante los efectos sociales de sus opciones económicas. La globalización no es mala en sí misma. Depende del uso que se hace de ella. Obliga a globalizar la tutela de los derechos y de la equidad. Ante los nuevos problemas que pre­senta tanto en los países desarrollados como en los que aún están en vías de des­arrollo, la DSI recomienda evitar el error de creer que estos cambios ocurren de forma determinista. El hombre debe seguir siendo el protagonista del trabajo. Cambian las formas históricas de trabajo pero no debe cambiar el respeto a los derechos inalienables de quien trabaja. Hay que afrontar los desequilibrios exis­tentes colocando en primer lugar la dignidad de la persona que trabaja.