La falta de equidad

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Francisco, Video-mensaje a la conferencia de 500 representantes nacionales e internacionales: «Las ideas de la Expo 2015 – Hacia la Carta de Milán» 7-2-2015

Hay un problema más que afrontar hablando de poder en la economía y en las finanzas. Después de la caída del Muro de Berlín entre el mundo occidental-capitalista y el mundo del comunismo-estatalismo, asistimos hoy al divorcio, impensable hace unos años, entre capitalismo y liberalismo. De hecho, hoy se puede ser al mismo tiempo capitalista y comunista. Lo que parecía incompatible, hoy es una realidad demostrada. A ambos se ha de dirigir un mensaje imprescindible: «Si queremos resolver realmente los problemas y no perdernos en sofismas, es necesario arrancar la raíz de todos los males, que es la falta de equidad. Para hacer esto es necesario hacer varias opciones prioritarias: renunciar a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y ante todo actuar sobre las causas estructurales de la falta de equidad».

 

Francisco, Mensaje para la 48aJornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 1-6-2014.

En la primera mitad del siglo XX se había desarrollado un debate muy acalorado entre quienes afirmaba que el liberismo tenía que avanzar necesariamente del brazo del liberalismo, y quienes, por su parte, rebatían que el liberalismo podía no tener en su tradición fundamental el liberismo. O sea, que se podía ser liberales en economía y no liberales en política. En esa época el mundo estaba dividido en dos bloques: uno liberalista y liberista (Europa y las Américas) y otro dirigista e iliberal (el mundo del socialismo real). Hoy, con el crecimiento económico de numerosos países orientales y con ciertos fenómenos políticos del área de la antigua Unión Soviética, parece que el libre mercado convive con formas de represión antidemocrática más o menos duras y despiadadas, sin el mínimo respeto de los derechos humanos. Faltan aún las categorías culturales para comprender estas distinciones, porque el mundo avanza demasiado deprisa y no somos capaces de adecuar las categorías individuales a los nuevos tiempos.

Por eso hace falta un gran impulso ideal y cultural, también a nivel eclesial, no solo para comprender el poder dominante en el siglo XXI y sus mecanismos, sino también para comprender las nuevas funciones de la democracia. Con demasiada frecuencia hemos supeditado el pensamiento a la comunicación, a los pensamientos rápidos y breves; está en decadencia la capacidad de pensamiento profundo que ofrezca una lectura de lo que sucede, cuando habría que adoptar visiones amplias, amplísimas.

Leemos en el mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2014: «La velocidad de la información supera nuestra capacidad de reflexión y de juicio y no permite una opinión ponderada y correcta. La variedad de opiniones expresadas puede percibirse como riqueza, pero también es posible encerrarse en una esfera de informaciones que corresponden solo a nuestras expectativas e ideas, o también a determinados intereses políticos y económicos. El entorno comunicativo puede ayudarnos a crecer o, al contrario, a desorientarnos. El deseo de conexión digital puede acabar por aislarnos de nuestro prójimo, de quienes tenemos más cerca. Sin olvidar que los que no tienen acceso a los medios de comunicación por diversos motivos, se exponen a ser excluido».