Especuladores y mercenarios

La progresiva transformación de muchos empresarios en especuladores es, desgraciadamente, una grave enfermedad de la economía global.

Pero hay que seguir considerando al verdadero empresario como una persona radicalmente diferente del especulador. Este es una figura semejante a la que Jesús, en el Evangelio, define como «mercenario» (Jn 10,12-13), contraponiéndolo al buen pastor, que en este caso es el buen empresario. El especulador no ama su empresa, no ama a sus trabajadores, sino que considera la empresa y a los trabajadores como medios para ganar cada vez más, para obtener beneficios. Así, despedir, cerrar o trasladar la empresa, poner «en movilidad» los trabajadores y crear «bad companies» (malas empresas) destinadas a una muerte segura, no le plantea ningún problema ético, porque el especulador instrumentaliza, utiliza, «devora» personas y medios para sacar beneficio.

En cambio, cuando la economía la hacen buenos empresarios, las empresas se hacen amigas de la gente, incluidos los pobres. Algunas, según su número de empleados, optan por contratar una persona necesitada a propuesta de Cáritas o de una parroquia. Cuando la empresa pasa a manos de los especuladores, todo se viene abajo. Con el especulador, la economía pierde su rostro y pierde el rostro de los trabajadores. Las decisiones del especulador no tienen en cuenta a las personas, no se identifica a hombres y mujeres concretos detrás de los números que hay que despedir y quitar.

Cuando la economía pierde contacto con las personas concretas, se vuelve despiadada. Hay que temer y denunciar la actuación de los especuladores, no de los emprendedores. Por desgracia, paradójicamente, a veces el sistema político parece apoyar a quienes especulan con el trabajo y no a quienes invierten y creen en el trabajo. ¿Por qué? Porque el Estado crea burocracia y controles partiendo de la hipótesis de que los actores de la economía son todos especuladores, y no agentes honrados. De ese modo, quien lo es parte con desventaja, mientras que quien no es honrado consigue encontrar medios para eludir los nuevos controles instituidos y alcanzar así sus objetivos. Se sabe que reglamentos y leyes pensados para los deshonestos acaban penalizando a los honestos. Hoy muchos empresarios verdaderos, irreprensibles y justos, que aman a sus trabajadores, que aman su empresa, que trabajan junto a ellos para sacarla adelante, se ven perjudicados por las políticas que favorecen a los especuladores. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia,369: «La repentina aceleración de procesos como el enorme incremento en el valor de las carteras administrativas de las instituciones financieras y el rápido proliferar de nuevos y sofisticados instrumentos financieros hace muy urgente la búsqueda de soluciones institucionales capaces de favorecer eficazmente la estabilidad del sistema, sin reducir su potencial ni su eficiencia. Es indispensable introducir un cuadro normativo que permita tutelar dicha estabilidad en todas sus complejas articulaciones, promover la competencia entre los intermediarios y asegurar la máxima transparencia para bien de los inversores»)

Pero los empresarios íntegros y virtuosos progresan, no obstante todo. Merece la pena citar una hermosa frase de Luigi Einaudi, economista y presidente de la República Italiana en la posguerra: «Miles, millones de individuos trabajan, producen y ahorran no obstante todo lo que podemos inventar para molestarlos, ponerles trabas y desanimarlos. Lo que los empuja es la vocación natural, no solo la sed de lucro. El gusto, el orgullo de ver su empresa prosperar, adquirir crédito, inspirar confianza a clientelas cada vez mayores y ampliar las instalaciones constituye un estímulo de progreso tan poderoso como el lucro. Si no fuera así, no se explicaría cómo hay empresarios que, en su empresa, prodigan todas sus energías e invierten todo su capital para sacar en muchos casos beneficios mucho más modestos que los que podrían obtener segura y cómodamente con otras actividades» (L. EINAUDI, Dedica all’impresa dei Fratelli Guerrino, 15-9-1960)   

Papa Francisco – Discurso al mundo del trabajo