Ética, fe e iglesia ante el mal y la injusticia

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“El mal más habitual y sutil es este pecado de omisión ante el sufrimiento e injusticia que padece el otro, esta pasividad y complicidad ante el mal, opresión e injusticia.”

 

Las diversas tradiciones morales, espirituales y eclesiales con sus santos o doctores, junto al magisterio de los Papas como Francisco, se han enraizado en una vida de fe y santidad, una existencia honrada y ética que no se haga cómplice del mal e injusticia. La maldad y pecado más habitual, sutil y profundo es esta pasividad y complicidad ante el mal, la mentira e ideologías que lo justifican y deforman la realidad, que manipulan la verdad real. Y es que, permanecer en la pasividad e indiferencia ante el mal e injusticia, es convertirte en cómplice y colaborador de dicho mal, opresión, desigualdad e injusticia; es mantener el orden injusto establecido.

En la línea de lo que nos mostraba Hannah Arendt, es esa banalidad del mal que nos hace acostumbrarnos a las injusticias y daños contra la vida, a someternos a los dictados de los sistemas e ideologías que causan y justifican el mal; que impiden ejercer el pensamiento crítico y la libertad ética frente a dichos dictados de los sistemas y del poder, que mandan a ejercer el mal y permanecer sumisos ante la injusticia. Tal como nos transmitían Gandhi o Luther King, el problema del mal no es sólo del que lo causa y ejecuta sino el que permanece en silencio, callado y pasivo ante la injusticia y el sistema opresor. El Evangelio de Jesús de Nazaret deja todo ello muy claro, por ejemplo en la parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37) o en la del juicio final (Mt 25,31-46). En donde se presenta al mal y pecado más profundo en forma de insolidaridad e indiferencia ante el mal e injusticia que sufren las víctimas, los pobres y oprimidos.

Y es que todas estas enseñanzas, en el fondo, lo que nos quieren decir es que, a no ser que tengamos una patología o corrupción moral muy acentuada, habitualmente no vamos por la vida matando, agrediendo y robando explícita y directamente al otro. El mal más habitual y sutil es este pecado de omisión ante el sufrimiento e injusticia que padece el otro, esta pasividad y complicidad ante el mal, opresión e injusticia. Y así no ser vistos ni tachados como rebeldes e inadaptados ante el sistema establecido, que causa toda esta opresión e injusticia, conservar una supuesta buena imagen y honorabilidad ante dicho sistema, poderes y privilegios.

Tal como nos muestra el Evangelio, lo que no queremos es coger la cruz y seguir a Jesús crucificado (Mt 16, 24). Rechazando esa vida de auténtica felicidad y santidad que, como nos muestran las bienaventuranzas (Lc 6, 20-23) y el sermón del monte (Mt 5), paradójicamente se efectúan en la pobreza espiritual, solidaria como iglesia pobre con los pobres y en persecución por causa del Reino de Dios y su justicia, hasta la muerte en cruz. Tal como nos reveló Dios en Jesús y nos trasmite la iglesia, por ejemplo, en el Concilio Vaticano II (LG 8).

Todo lo anterior, nos sigue enseñando toda esta tradición bíblica y de la iglesia con los santos, es motivado por llevar una vida tibia, mediocre, acomodada y burguesa que está esclavizada por los ídolos de la riqueza-ser rico, del poder y de los privilegios. Es esa actual y falsa “teología de la prosperidad”, que cree que somos buenos y vamos por el camino de Dios según alcancemos fama, fortuna y bienestar. Y, unido a lo anterior, ese individualismo posesivo e insolidario lleva al relativismo e ideologización de la ética y de la fe. En donde pongo primero lo que, junto a mi grupo de influencia e ideológico, yo siento o pienso por encima de los principios y valores de la fe, antropológicos, éticos y universales.

En el camino de los anteriores Papas, Francisco ha denunciado repetidamente este relativismo teórico y práctico que antepone las ideologías e intereses a la vida y dignidad de la persona, a la solidaridad, el bien común y la justicia “En la Exhortación apostólica Evangelii gaudium me referí al relativismo práctico que caracteriza nuestra época, y que es «todavía más peligroso que el doctrinal». Cuando el ser humano se coloca a sí mismo en el centro, termina dando prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales, y todo lo demás se vuelve relativo. Por eso no debería llamar la atención que, junto con la omnipresencia del paradigma tecnocrático y la adoración del poder humano sin límites, se desarrolle en los sujetos este relativismo donde todo se vuelve irrelevante si no sirve a los propios intereses inmediatos.

Hay en esto una lógica que permite comprender cómo se alimentan mutuamente diversas actitudes que provocan al mismo tiempo la degradación ambiental y la degradación social. La cultura del relativismo es la misma patología que empuja a una persona a aprovecharse de otra y a tratarla como mero objeto” (Francisco, LS 122-13).

Tal como estamos viendo en la actualidad, esa tibieza, mediocridad, mundanidad espiritual e individualismo relativista, con los ídolos del poder y de la riqueza-ser rico, puede llevar hasta el extremo de las patologías, abusos, violaciones y crímenes contra las víctimas e inocentes. De ahí que afirme Francisco, “hoy queremos que la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierta en nuestro modo de hacer la historia presente y futura, en un ámbito donde los conflictos, las tensiones y especialmente las víctimas de todo tipo de abuso puedan encontrar una mano tendida que las proteja y rescate de su dolor (cf. Exhort. ap. Evangelii Gaudium, 228).

Tal solidaridad nos exige, a su vez, denunciar todo aquello que ponga en peligro la integridad de cualquier persona. Solidaridad que reclama luchar contra todo tipo de corrupción, especialmente la espiritual, «porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, Es necesario que cada uno de los bautizados se sienta involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. Tal transformación exige la conversión personal y comunitaria, y nos lleva a mirar en la misma dirección que el Señor mira.

Así le gustaba decir a san Juan Pablo II: «si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse» (Carta ap. Novo Millennio Ineunte, 49). Aprender a mirar donde el Señor mira, a estar donde el Señor quiere que estemos, a convertir el corazón ante su presencia… Hambre y sed de justicia que impulse a caminar en la verdad apoyando todas las mediaciones judiciales que sean necesarias. Un ayuno que nos sacuda y nos lleve a comprometernos desde la verdad y la caridad con todos los hombres de buena voluntad y con la sociedad en general para luchar contra cualquier tipo de abuso” (Francisco, Carta al pueblo de Dios).

Debemos pues tener claro los principios o valores de la antropología y de la moral, de la bioética global y la ecología integral con la protección de la vida en todas sus fases, desde la concepción hasta el final, en sus diversas dimensiones y aspectos. Tales como la justicia social-global con los pobres y la ambiental con el cuidado de esa casa común que es el planeta, la hermana tierra. La defensa de la dignidad de la persona, de la mujer, de la paz con un desarme mundial y de los movimientos populares (campesinos, indígenas, trabajadores…) con un salario justo, el destino universal de los bienes, la justa distribución de los recursos y la paz; que están antes que el capital, por encima de la propiedad y en contra el mal de las guerras con el negocio de las armas (Francisco, LS).

La alegría del amor fiel como se constituye en la realidad e ideal del matrimonio y familia, conformado por un hombre y mujer abiertos a la vida, a los hijos y a la solidaridad con el compromiso por el bien común y la justicia con los familias empobrecidas (Francisco, AL). Por tanto, sólo podremos evitar y liberarnos de todas estas lacras, abusos e ideologizaciones de la fe: teniendo claro y viviendo todos estos principios y valores antropológicos, éticos e irrenunciables. En una vida de santidad, conversión y militancia con el amor fiel a Jesús, a su iglesia y a los pobres, a las víctimas de la historia que están primero que cualquier ideología, relativismo e idolatrías (Francisco, GE).

 

Ph. D. Agustín Ortega (España) es Trabajador Social y Doctor en Ciencias Sociales (Dpto. de Psicología y Sociología).

Profesor e investigador en instituciones universitarias y educativas latinoamericanas.

Fuente: http//entreparentesis.org/etica-iglesia/