Guillermo Rovirosa y el Concilio Vaticano II

0
152

La muerte de Guillermo Rovirosa tiene lugar el 27 de febrero de 1964.

El mayor acontecimiento eclesial del siglo XX, el Concilio Ecuménico Vaticano II que había sido convocado por el Papa Juan XXIII, comenzaba el 11 de octubre de 1962. Por lo tanto los últimos años de la vida de Guillermo Rovirosa, que vive con total lucidez, coinciden con la celebración (las sesiones de 1962 y 1963) de este acontecimiento de gracia para la Iglesia Católica.

¿Cómo vive y valora Rovirosa el Concilio? ¿Es exagerado decir que muchas de las vivencias y convicciones de Guillermo son recogidas y expresadas en los documentos del Concilio Vaticano II?

Guillermo respiró los aires conciliares del Vaticano II. Así lo expresa el que fue Arzobispo de Tarragona, Mons. Pont y Gol pocos años después: “La fuerza del Espíritu va cambiando en viento los aires conciliares del Vaticano II, aires que Rovirosa llegó a respirar”.

El mismo Rovirosa en carta del 27 de noviembre de 1963 escribe al sacerdote Mn. Canamasas: “¿No os entusiasma el Concilio? Qué charlas más jugosas haríamos!”. Rovirosa le daba a la palabra “entusiasmo” el sentido de que la tarea evangelizadora del mundo obrero y del trabajo tenía una oportunidad excepcional en este momento conciliar. 

Jean Delfosse, un teólogo francés que trató bastante a Guillermo Rovirosa escribe refiriéndose a este tema lo siguiente: “El Concilio fue para Guillermo, como para tantos otros apóstoles de los tiempos modernos que, sin sospecharlo, lo han preparado, la realización inesperada de esta toma de conciencia de los católicos de una necesaria puesta al día: “Verdaderamente, vivimos en tiempos extraordinarios. ¡Cuántas generaciones de fieles que nos han precedido hubieran querido ver lo que nosotros vemos y no lo han visto!”, me escribía Guillermo Rovirosa en septiembre de 1963. Cierto, el acontecimiento le ha sorprendido, como ha sorprendido a todo el mundo, pero él tenía desde mucho tiempo el sentimiento de que vivimos en un cambio de la historia de la humanidad y estaba impaciente por ver a la Iglesia organizarse para estar presente en este mundo en mutación Ya en diciembre de 1955 me escribía: “Verdaderamente uno siente casi físicamente que de un momento a otro va a pasar cualquier cosa importante y definitiva para un cierto período de la historia y es indispensable ponerse en relación con amigos de otras latitudes que sienten la misma santa angustia”.

“Santa angustia” es una expresión de Rovirosa para manifestar lo que sentía dentro de sí mismo; deseaba esos aires conciliares y trabajaba para que alentaran el servicio de la Iglesia al mundo. Hablaba frecuentemente y con entusiasmo del valor del Bautismo que da a cada cristiano la dignidad fundamental de hijo de Dios y que con tanta fuerza recoge el Concilio en el primer capítulo de la Constitución sobre la Iglesia.

Dedicó su vida a formar laicos responsables y comprometidos en la misión de la Iglesia, como recogería el Concilio en esta misma Constitución sobre la Iglesia y en el Decreto sobre el Apostolado de los Laicos. Impulsó una evangelización que reconoce las semillas del Evangelio que ya hay en el mundo (en concreto en el mundo obrero, en sus organizaciones, en su cultura,…) para hacer allí presente a Jesucristo, en línea con lo expresado en la Constitución sobre la Iglesia en el Mundo Actual.

Vivió y transmitió con claridad que la Iglesia nace de la Trinidad y que es comunidad que se ha de vivir en el equipo de militantes y expresar a través de la triple comunión de vida, de bienes y de acción, unidos a toda la Iglesia, como lo diría el Concilio en la Constitución sobre la Iglesia. 

Según estas referencias podemos afirmar que Guillermo Rovirosa sintonizó plenamente con el espíritu del Concilio Vaticano II, al que saludó como un acontecimiento extraordinario.