La opción de preferencia por los pobres

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«La opción de preferencia por los pobres tiene una relación directa con la doctrina social de la Iglesia.»

Jean Yves Calvez

Un rasgo contemporáneo del compromiso pastoral de la Iglesia que no deja de tener repercusiones sobre la enseñanza social y muy en particular sobre la relación entre justicia y caridad es la opción de preferencia por los pobres, entendida como un aspecto decisivo de la vida cristiana. Es una opción que se deriva del ejemplo de Cristo, que siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos mediante su pobreza, como dice san Pablo (2 Cor 8,9) y como recuerda la instrucción Libertatis conscientia (LC 66).

La opción de preferencia por los pobres tiene, por tanto una dimensión mística. Pero tiene también, al mismo tiempo, una dimensión muy práctica. Jesús mismo, dice el citado documento, no trajo solamente la gracia y la paz de Dios; curó también numerosas enfermedades; tuvo compasión de la muchedumbre que no tenía de qué comer ni alimentarse; junto con los discípulos que le seguían practicó la limosna (LC 67). Por consiguiente, y para nuestros días, la bienaventuranza de la pobreza proclamada por Jesús no significa en manera alguna que los cristianos puedan desinteresarse de los pobres que carecen de lo necesario para la vida humana en este mundo. Como fruto y consecuencia del pecado de los hombres y de su fragilidad natural, esta miseria es un mal del que, en la medida de lo posible, hay que liberar a los seres humanos (Ibíd.).

Esta instrucción pone la opción de preferencia por los pobres en relación directa con la doctrina social de la Iglesia. Recuerda, en efecto, que la Iglesia ha dado siempre pruebas de este amor de preferencia hacia los pobres –a pesar de los fallos de muchos de sus miembros-: la Iglesia no ha cesado de trabajar por ellos para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Y continúa: Mediante su doctrina social, cuya aplicación urge, la Iglesia ha tratado de promover cambios estructurales en la sociedad con el fin de lograr condiciones de vida dignas de la persona humana (LC 68). Lo cual equivale a decir, en suma, que, entre otros medios, la Iglesia ha procurado y sigue procurando hoy día realizar su amor de preferencia hacia los pobres precisamente a través de esta doctrina social.

Hay otro comentario también muy importante: La Iglesia, amando a los pobres, da también testimonio de la dignidad del hombre. Afirma claramente que éste vale más por lo que es que por lo que posee. Atestigua que esta dignidad no puede ser destruida, cualquiera que sea la situación de miseria, de desprecio, de rechazo, o de impotencia a la que un ser humano se ve reducido. Se muestra solidaria con quienes no cuentan en una sociedad que los rechaza espiritualmente y, a veces físicamente (ibíd.).

Puede afirmarse, en definitiva, que, al igual que la caridad, también la opción de preferencia por los pobres -muy directamente relacionada con ella- constituye una de las actitudes fundamentales recomendadas a los cristianos en su vida social. Y así, se reclaman mutuamente la justicia que incluye los derechos del hombre y la caridad, que implica la opción de preferencia por los pobres.

Es cierto que esta opción de preferencia resulta conflictiva. Hay quienes tienen dificultad en aceptarla. Incluso, en opinión de algunos, parece implicar una cierta injusticia respecto de quienes no son pobres. Y no faltan quienes temen que su traducción política inmediata sea una idea radical de la lucha de clases. A juzgar por varias declaraciones de Juan Pablo II, en 1984-1985, el pontífice tuvo que salir al paso de estas objeciones.

Puede comprobarse, en efecto, que aquellos años precisó incansablemente, siempre que se le presentaba la ocasión, el sentido auténtico de esta opción. No debe jamás ser exclusiva -explicaba-, no debe implicar o entrañar exclusiones. Es preciso, además, guardarse no, por supuesto, de toda traducción política, pero sí de una traducción política marxistizante que es inaceptable para los cristianos porque entraña la teoría de la lucha de clases sistemática. Pero, al mismo tiempo, el pontífice protesta, incluso vehementemente, contra la idea de que él no crea en realidad en esta preferencia por los pobres.

A finales de 1984, en una afirmación revestida de cierta solemnidad, declaraba a los cardenales: He confirmado en repetidas ocasiones, siguiendo, por lo demás, el ejemplo de mi inolvidable predecesor, el papa Pablo VI, esta opción hoy día subrayada con particular energía por los episcopados de América Latina. Aprovecho gustosamente esta oportunidad para repetir que el compromiso con los pobres constituye una razón dominante de mi acción pastoral, la constante solicitud que acompaña a mi servicio cotidiano al pueblo de Dios. He hecho y sigo haciendo mía esta opción y me identifico con ella. Y siento que no puede ser de otra manera, porque éste es el mensaje eterno del evangelio. Así lo hizo Cristo, así lo hicieron los apóstoles, así lo ha hecho la Iglesia en el curso de su historia don veces milenaria. Frente a las formas actuales de explotación del pobre, la Iglesia no puede callar… Sí, la Iglesia hace suya la opción por los pobres (DC [1985] 170).

Hay, pues, aquí un rasgo básico que debe marcar toda la vida social. No anula los otros criterios, los derechos del hombres, la justicia -justicia especialmente en un sentido totalizador, como justicia social- pero añade a su aplicación un matiz fundamental, expresión de la caridad que reclama, por su parte, la entera justicia.

En teoría, la justicia debería tener como lógica consecuencia la desaparición de la pobreza. Muchas veces, sin embargo, únicamente se consigue de forma parcial y sólo mediante correctivos y remedios –el salario mínimo, por ejemplo- que no por ello evita a los pobres la situación de dependencia, pobreza y marginación, a la que se pone remedio precisamente así. De aquí la necesidad de dar su justo valor, también en economía, a los conceptos de pobreza y de lucha contra la pobreza. De ahí también la necesidad de introducir el concepto del amor de preferencia por los pobres, ya que es, efectivamente, poco probable que la práctica de las reglas económicas habituales pueda abolir por sí misma toda pobreza.

Incluso con estas observaciones seguiremos estando alejados del campo de las aplicaciones concretas… De todas formas, una enseñanza de la Iglesia debe partir necesariamente de puntos de vista fundamentales respecto del núcleo del mensaje de Cristo. Pero si alguien pretendiera empezar ignorando estos puntos de vista, se vería muy pronto obligado a volver sobre ellos, a partir del análisis detallado de las situaciones, que remiten sin cesar a las preguntas básicas: ¿Cuáles son los derechos de unos y otros? ¿Qué es lo justo? ¿Cómo tratar a los hombres, a todos los hombres, y por tanto, a los pobres?

Las respuestas no son fáciles ni están predeterminadas. De todas formas, está bien delimitado el terreno de las preguntas: la vida socioeconómica no es sólo asunto de equilibrios o desequilibrios cuantitativos, sino también de relaciones entre los hombres, relaciones que pueden ser justas o injustas, estar de acuerdo o en desacuerdo con los derechos del hombres. Puede ser respetada, o puede no serlo, la dimensión social fundamental de la vida económica. Y éste es, siempre, en definitiva, el aspecto decisivo.