En el año 2018 se conmemoraba los 25 años de la encíclica Veritatis splendor

Dr. D. Juan José Pérez-Soba

Trascendencia histórica de la Encíclica

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca” (Mt 7,24).

Son las últimas palabras de Jesucristo en el Sermón de la Montaña de San Mateo que es la carta magna de la moral cristiana. Como dice San Agustín, comentando esta misma frase: “Quien considere pía y sobriamente el Sermón que pronunció nuestro Señor Jesucristo en el monte, tal como leemos en el evangelio según Mateo, creo que encontrará en él todo lo que concierne a las costumbres perfectas, al modo perfecto de la vida cristiana”.

Por una parte, muestra algo que podría parecer evidente, pero que, en cambio, para muchos ha dejado de serlo, esto es: existe una vida cristiana y Cristo nos la enseña. El cristianismo contiene en sí un modo de vida con unas características propias. El mismo Jesucristo ha querido transmitirlo así de un modo claro y la Iglesia nos lo comunica para formar en nosotros unas convicciones básicas en la moralidad. El hecho de que surjan dudas al respecto viene por tanto de otra fuente, de otras voces que no son las de Cristo. Poder pensar que no existe, o que es simplemente un conjunto de actitudes vagas, es un modo claro de no escuchar sus palabras y fundar la vida sobre arena.

Además, la parábola nos enseña que esta vida procede de la Palabra en la medida en que es principio de acción. Con ello se evita la tentación tan actual de pensar que no hace falta una instrucción moral, que basta con recordar el anuncio cristiano propositivo para que en un momento secundario y derivado lo realicemos. Se trata de una reacción ante la falsa identificación del cristianismo con una moral tal como hizo Kant (…).

Por último, señala la necesidad de ir a los fundamentos, lo primero que ha de hacer un buen constructor es una buena prospección sobre el terreno en el que edifica. No es la actitud espontánea que tiende más bien a poner ladrillos que a cavar en una roca dura. Pero sí la del prudente que tiene experiencia en edificar. Lo primero que se desprende de esta búsqueda es que no nos bastamos a nosotros mismos. Ni siquiera nos sirve la propia convicción, la roca firme no es algo que nos demos a nosotros mismos. Debemos ser fundados en la palabra y en la acción de Otro.

De aquí la importancia decisiva de la encíclica Veritatis splendor que es la primera que trata de modo extenso y armónico estos fundamentos. Se trata de una aportación decisiva que la convierte en una referencia necesaria para la vida de la Iglesia con una relevancia que ningún otro documento moral del magisterio tiene.

Se trata de un documento largamente esperado, que responde a una exigencia ya presente en el Concilio Vaticano II que, por motivos diversos, no proclamó ningún texto directamente moral.

Las dos ideas fundamentales de la Encíclica

moralLa encíclica proclamaba con autoridad dos afirmaciones principales. Por una parte, la existencia de normas particulares en orden al obrar intra-mundano del hombre, dotadas de tal fuerza obligante que excluyen siempre y en todas partes la posibilidad de excepciones. Es una enseñanza constante de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia que no puede ser puesta en discusión por el teólogo católico.

Por otra, durante estos años, en continuación a la contestación de la Humanae vitae, se ha puesto en discusión la misma doctrina cristiana de la conciencia moral, aceptando la idea de una conciencia creadora de la norma moral. De este modo se ha roto radicalmente el vínculo de obediencia a la santa voluntad del Creador, en el que consiste la misma dignidad del hombre.

Existen, pues, unos fundamentos ligados a la fe más allá de los posibles cambios de paradigma de la razón ética de cada momento histórico. El Sermón de la Montaña contiene en sí mismo una enseñanza que permanece. Son esos fundamentos los que sostienen la moral cristiana. Nos lo explica Benedicto XVI con su usual perspicacia cuando habla de lo sucedido en el post-concilio: “Desapareció así, por una parte, la moral entendida en sentido iusnaturalista, pero no se afirmó en su puesto ninguna concepción cristiana. Y como no se podía reconocer para la moral ni un fundamento metafísico, ni uno cristológico, se recurrió a soluciones pragmáticas: a una moral fundada en el principio de sopesar bienes, en la que no existe ya lo que es verdaderamente malo y bueno, sino solo lo que desde el punto de vista de la eficacia es mejor o peor”.

Esto tiene que ver muy directamente con el problema de la “autonomía moral” que consiste sobre todo en el rechazo de cualquier fundamento que no venga del hombre mismo. Su origen viene de la visión kantiana que hace de la autorreferencialidad de la conciencia el principio mismo de la moral, de una voluntad que se hace buena a sí misma. Es una realidad del todo contraria a la propuesta cristiana.

Las dos afirmaciones fundamentales de la encíclica, la existencia de actos intrínsecamente malos y la subordinación de la conciencia como obediencia a una ley anterior, son parte de la roca inmutable en la que hay que fundar la ciencia moral. Son necesarias, pero no bastan para fundar la moral cristiana. No pueden quedar aisladas y la encíclica no lo hace, pues apunta a la necesidad de una referencia cristológica (Cap. i) y una comunión eclesial (Cap. 3), para poder ser entendidas adecuadamente y vividas en fidelidad.

 

Referencia cristológica y comunión eclesial

De aquí proviene la primacía de la gracia y del don como fuentes primeras de nuestra actuación que transforman el sujeto para que pueda vivir la plenitud de la vida de Cristo. El valor sacramental de la acción de Dios en nosotros toma cuerpo entonces en nuestra propia carne como la vida real de un hijo de Dios. Este modo de transformación, dentro de una historia de salvación determinada, es esencial para la vida cristiana. Es el modo como el seguimiento de Cristo tiene siempre una referencia sacramental por la que participamos en nuestra carne de esa historia.

Todo espiritualismo que no sepa reconocer entonces esa implicación concreta y corporal de la transformación en Cristo es, en definitiva, un nuevo gnosticismo que niega esa obra de Dios en la carne y pierde esta correlación entre palabra y acción que nos ha guiado en nuestras reflexiones. Debido a las controversias que se han tenido estos años sobre los sacramentos se aprecia ahora mucho más la infección gnóstica de muchas propuestas morales también dentro de la Iglesia que dan una primacía evidente a la decisión ética de una conciencia autorreferencial a la realidad de esa transformación en Cristo.

Todo esto nos hace ver que la crisis que arrastramos en este cambio de época se ha de caracterizar todavía como el intento fallido de hacer una moral sin Cristo. Es la herencia envenenada de un nuevo pelagianismo.

Queda claro entonces el sentido cristológico de tal luz que tiene como referente el rostro de Cristo que habla a todo hombre. “La luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza en el rostro de Jesucristo, «imagen de Dios invisible» (Col 1,15). Es posible esto porque el acto primero de la moral cristiana es un acto conversivo, de forma que su excelencia no se mide por las capacidades humanas, sino por la vocación de Cristo que le dice: “convertíos y creed en el Evangelio” (Me 1,15). La presencia inicial de la gracia es esencial para ello, y el encuentro con Cristo por medio de su Iglesia el lugar donde se puede vivir. Así, respecto de este primer momento moral queda claro que: “El amor y la vida según el Evangelio no pueden proponerse ante todo bajo la categoría de precepto, porque lo que exigen supera las fuerzas del hombre. Sólo son posibles como fruto de un don de Dios, que sana, cura y transforma el corazón del hombre por medio de su gracia.”

Queda claro lo que dijo en su tiempo el cardenal Bergoglio: “Por proponer la moral cristiana desde la perspectiva del precepto, desde lo mandado, quizás se explique en parte que el hombre contemporáneo, especialmente en los pueblos de tradición cristiana, cayera en una grave tentación: ante la experiencia de la imposibilidad de observar la ley santa de Dios, el hombre quiere ser él mismo quien decide sobre lo que es bueno o malo(cfr. VS 102)”.

La acción del Espíritu Santo libera de la ley, no en el sentido de presentar la posibilidad de una excepción de la ley natural, sino como una conformación interna del sujeto para que sea capaz de vivirla liberándola de la violencia interior de un corazón duro.

Existen unos fundamentos ligados a la fe más allá de los posibles cambios de paradigma de la razón ética de cada momento histórico.

El Sermón de la Montaña contiene en sí mismo una enseñanza que permanece. Son esos fundamentos los que sostienen la moral cristiana.

La encíclica se mueve en una lógica que evita desde el inicio la oposición objetivo-subjetivo que se impone desde la concepción moderna y que algunos han querido usar para exponer la diferencia de perspectiva con la exhortación Amoris laetitia. Se trata sin duda de un modo de desconocer la propuesta real de la Veritatis splendor en uno de sus puntos fundamentales.

Apenas sí se ha reparado en una frase de Amoris laetitia que apunta a la interpretación adecuada de la crisis moral, porque nos aclara el modo concreto como tantas personas se apartan del encuentro con Cristo o no saben hacer de él el centro de su existencia: “Creer que somos buenos sólo porque «sentimos cosas» es un tremendo engaño”. Es una definición del emotivismo y responde a la desviación de la conciencia emotivizada que es uno de los aspectos de la nueva casuística. Por ello, insiste en una revisión del tratado de las pasiones tomista como un punto clave de la renovación moral todavía por realizar. Es una aportación muy interesante a lo que dice Veritatis splendor, que no contiene un desarrollo de los afectos.

La Iglesia acompaña a las personas y les ofrece ese ámbito de comunión que hace posible vivir según las exigencias del Evangelio. Por una parte, es esencial para que la luz de la verdad del bien sea una referencia más presente en nuestro mundo.

En este sentido: “solo una moral que reconozca normas morales válidas siempre y para todos, sin ninguna excepción, puede garantizar el fundamento ético de la convivencia social, tanto nacional como internacional(cfr. VS 97)”. Esto es esencial en un mundo de fulgurantes cambios ante el embate emotivista del torrente impetuoso del “amor líquido” que deforma los vínculos humanos.»

[extracto]

Fuente: Revista Id y Evangelizad n 111 https://solidaridad.net/secciones/revista-id-y-evangelizad

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