«Los pobres son la Iglesia»

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Entrevista a José Wrèsinski (1917-1988 – sacerdote francés en proceso de canonización, fundador del Movimiento por los derechos humanos ATD Cuarto Mundo). Pobre en medio de los pobres.

Gilles Anouil

– Usted dice: el Cuarto Mundo, realidad esencial de la Iglesia. ¿La llamada de Dios es más fuerte entre estas familias que en el mundo contemporáneo en general?

– No sabría decirlo, pero puedo dar testimonio del interés de las familias en las zonas sub-proletarias, siempre que se les invita a compartir su reflexión sobre las grandes cuestiones, sobre la vida y la muerte, sobre el hombre y sobre Dios; afirmar su necesidad de Dios y de la Iglesia.

La fuerza de esta necesidad me sorprendió cuando me metí en el Campo de Noisy-le-Grand. Muchas veces las familias no tenían allí ni sillas ni estufa; vivían en la más total desnudez. Y cuando hablaban de la Iglesia era como si hablaran de sí mismas: nuestra misa, nuestro cura, nuestra Iglesia… Se quejaban de que los curas no les visitaran, de no encontrarse a gusto en la iglesia de la parroquia, como si les hubieran quitado su bien. Protestaban como si se les hubiera dejado en la puerta de su misma casa. En una palabra, oyéndoles hablar se tenía la impresión de que era como si se les hubiera negado el derecho de ser Iglesia. Para ellos la Iglesia no era una institución, ni tampoco formaba parte de su mundo. Desde lo más profundo de sus entrañas se sentían Iglesia y lo decían sin rodeos.

Pero tardé en comprenderlo. Si empecé a escribir la vida cotidiana de los más pobres, queriendo que les fuera reconocido su lugar en la Historia, lo hice primero para la Iglesia. Para que ella encontrase un medio concreto de reconocerse en una población viviente. Por aquel tiempo hablé de ello con el canónigo Boulard. Después de pensarlo, éste me contestó: «No se haga ilusiones; en la Iglesia muy pocos van a leer su libros». Me desconcertó, pero no me desanimé; es cierto, la Iglesia es ante todo un lugar de vida, no de lectura.

– Estas palabras del canónigo Boulard ¿no eran, sin embargo, una condena? ¿No querían decir que, desinteresándose de los más pobres, la Iglesia traiciona el mensaje del Evangelio?

– La Iglesia no se desinteresa de los más pobres. No puede hacerlo. Es verdad que a veces les vuelve la espalda, pero hay que comprenderlo. La miseria se representa como el anverso de la gracia. Para los que no conocen al hombre que la vive, éste aparece no como un varón de dolores, sino como un individuo despreciable, hombre peligroso, ignorante y desesperado, viviendo en una familia abrumada, se ha convertido súbitamente en algo molesto para nuestras conciencias bien lavadas pero reblandecidas y a veces cobardes.

¿Cómo es posible verle, así de golpe, como a un igual? ¡Equivaldría a permitirle haceros tantas preguntas sobre nosotros mismos, sobre la sociedad donde vivimos y creemos! Sería admitir que él carga con nuestros pecados, y ver en él a un semejante nos obligaría en cierta manera a besar al leproso.

El cristianismo debería poner este heroísmo al alcance de todos los cristianos. Pero mientras no lo consiga, verse puesto en evidencia por el marginado, resulta incómodo, y claro, nos incita a volverle la espalda o a acusarle. Los tiempos en que se le daba un sentido al mendigo, al pobre desfigurado, y en que al leproso se le proclamaba como hijo de Dios, ya pasaron.

– ¿A qué tiempo se refiere?

– A todos los tiempos de la Iglesia, y para ella este tiempo no es cosa del pasado. Ella sigue proclamando que lo más pobres son carne de su carne; son su realidad profunda. Que lo viva sin flaquezas ya es otra cosa. Pero esto ni me angustia ni me subleva. La Iglesia es los más pobres. Lo es por esencia. Por eso, tarde o temprano, de modo más o menos concreto y duradero, más o menos público o escondido, los más pobres son reconocidos por ella y acogidos en primer lugar.

La Iglesia está condenada, con perdón, a través de su historia, a acordarse, a volver a darse cuenta de esta realidad: que es pobreza, menosprecio, exclusión; que es la malquerida, la rechazada del mundo. En esto se ve obligada a unirse a la población más despreciada, la más marginada de todas.

El Papa Pablo VI decía: «Nuestro espejo, para nosotros, hombres de Iglesia, es Jesucristo.» Es decir que el espejo de la Iglesia es el hombre desposeído. No es que esté en comunión con los más pobres. Es los más pobres.

Lo es en el plan de Dios. ¿Cuál es este plan? Es salvar a todos los hombres sin excepción. Y cuando digo sin excepción, esto no quiere decir incluidos los más pobres; sino, incluidos los más ricos. Para salvar a todos los hombres, Jesucristo ha querido unirse a ellos en su humanidad. En su más auténtica humanidad, despojada de riquezas, de dinero y de honores. Tenía que tomar cuerpo en la humanidad más despojada de lo que no constituye su esencia; de poder económico, político y religioso. Esta humanidad son los más pobres y no los ricos quienes la poseen. En ellos lo esencial ha quedado intacto. Por esto Cristo podía encarnarse en ellos sin dificultad.

– Pero usted decía que los pobres son hombres maltrechos.

– Es verdad que los más pobres son seres minados, consumidos, agotados. La miseria no ha dejado desarrollar su inteligencia; a veces les ha dejado en un estado de dependencia tal que se avergüenzan de ser hombres. Pero yo diría que lo son en toda su pureza. Y que sufren hondamente al sentirse despreciados. Saben que son rechazados y no obstante se niegan a serlo. Por eso, tan pronto como se perfila una esperanza, cuando surge un profeta, le rodean, le estrujan, le abruman. Fue el caso de Jesucristo. Quieren tocarle para liberarse, rechazan lo que viven, quieren esperar. Jesús no podía encarnarse en otros estratos de población, en aquellos cuya humanidad está abrumada, es inoperante a causa de los bienes adquiridos, por modestos que sean. Porque las adquisiciones temporales agobian a los hombres, les vuelven altivos y orgullosos y entonces ya no quieren despojarse para hacerse semejantes a los más pobres, y acoger a los más humildes. Para abrazar y salvar a la humanidad Jesús se vio obligado a hacerse el último de los últimos. Si no hubiera sido reconocido por los pudientes, pero no por los más humillados.

– Le acusarán de “miserabilismo”.

– Jesús, el más pobre, es el contrario del miserabilismo. Él tomó la condición de esclavo, de la más absoluta miseria, para afirmar que nunca se puede hacer mella en el hombre. Que el hombre permanece siempre libre de liberar a su hermano. Quizás no digamos lo bastante que Jesús no vino simplemente para liberar a los hombres. Vino y se rodeó de pobres que liberarían, con Él, a los hombres. Quiso que ellos quisieran, con Él, la liberación de todos, tanto de los ricos como de los pobres.

Sin embargo, hemos de reconocer ante todo, que el Señor optó por asumir plenamente la condición del más despreciado de los hombres, iba a decir, del sub-proletariado. No lo hizo solamente en el momento de su nacimiento y de su muerte, sino durante toda su vida. Vivió como un hombre desconocido y rechazado, y tales eran sus maneras, sus reacciones ante los hombres y ante las circunstancias. Sus palabras, sus respuestas, sus actos, todo denota en Él al hombre constantemente desdeñado. Los Evangelios nos muestran a Jesucristo en posición realmente incómoda, como lo están los sub-proletarios actuales, sufriendo con ellos, pues como ellos se comporta frente a los que le rodean, y atrayéndose las mismas miradas, los mismos comentarios. En todo ello Cristo no simulaba; era uno de ellos.

Pero esto no supone que la Iglesia sea babilonia, -una comunidad- vuelta sobre sí misma. Es el ser mismo del Señor, el cual, siendo pobre, ha querido que los más pobres sean los defensores de los derechos de Dios, es decir, de los derechos del hombre, que amen lo suficiente para sacrificar su vida por todos los hombres. Jesús no se ha limitado a recordar los derechos de todos los hombres porque son hijos de Dios. Ha querido también, gracias a los pobres, crear el contagio del amor. Ya que el amor, cierra el paso a lo que traba, bloquea, pone obstáculo a lo esencial. La Iglesia es el Señor, quien por amor se hace miserable, ridiculizado, perseguido y excluido. Para Él los derechos humanos se fundan en el amor, pues de otro modo son engaño y opresión disfrazada. Con el fin que los pobres conserven su autenticidad y se hagan salvadores, no cesó de enseñar, de compartir su amor mientras duró su vida terrestre. Para que ningún hombre se pierda, les incitó a sacrificar su vida como Él sacrificaba la suya. Pero sólo los pobres podían aceptar así, de golpe, el pagar un precio semejante. “Padre mío, te doy gracias porque escondiste estas cosas a los sabios y poderosos, y las has revelado a los humildes.”

– Total que usted introduce una doble idea. Por una parte las familias del Cuarto Mundo, abrumadas por la miseria, han de ser la piedra angular de la Iglesia; personificar su mensaje. Por otra parte, la exclusión, el rechazo, son la condición misma de la Iglesia.

– Sí. La Iglesia es la que será la burla del mundo, el rechazo. Lo descubrí siendo niño, educado por mi madre, la mujer más pobre del barrio Saint Jacques, en Angers. Aprendí a amar a la Iglesia porque mi madre era una mujer de plegaria. Cada mañana me mandaba al Bon Pasteur. Allí fui monaguillo desde los cuatro años y medio. Me gustaba la belleza de la Iglesia, la serenidad de las religiosas. Y a pesar de esto, aun siendo niño, intuía la fragilidad de aquella comunidad, su distancia con respecto al barrio. Me decía: “antaño, ya las echaron; pueden echarlas otra vez.”

Recordemos que en aquella época, muchos eran los que manifestaban su hostilidad hacia la Iglesia. El hecho también de ver siempre a los mismo en Misa, los pocos hombres que asistían, de ver que el director de la escuela llamada laica iba a otra parroquia por miedo a ser mal visto… esto me daba mucho que pensar. En la calle veía siempre pasquines ridiculizando a las religiosas, a los religiosos. A veces, en las tiendas, la gente se burlaba de los “culos benditos”. La distancia era enorme entre el barrio y esta iglesia que se hallaba justo en medio. La gente saludaba al cura, pero no sentía que aquello era falso. Me decía: “Para esta gente, la Iglesia no es nada.”

Luego, al crecer, la debilidad de la Iglesia me pareció aún más evidente. ¡Se la criticaba y denigraba tanto! Veía como los sacerdotes y las religiosas eran objeto de burlas y hasta de insultos en la calle. Cuando, alrededor del Vaticano II oí de nuevo que acusaban a la Iglesia de ser pretenciosa, de poseer dinero y poder, sabía que no era verdad. Yo mismo había sufrido demasiadas afrentas, demasiados insultos a mi sotana para engañarme sobre el poder de la Iglesia.

– De niño, ¿no le molestaba esto?

– No, porque para mí la Iglesia era la oración de mi madre, eran sus silencios, su meditación. Era también el capellán del Bon Pasteur que repetía centenares de veces al día “Dios mío, os amo, os amo, Dios mío, os amo…” Era el cura de la parroquia que respetaba a mi madre, cosa que no hacían los vecinos. Tan pobre como era, él venía a pedirle el dinero para el culto, y recibía con el mayor respeto la monedita que mi madre le tendía.

Si miro para atrás, veo que la personalidad de la Iglesia, ante mis ojos de niño, era humilde y vulnerable como mi madre, y que su realidad era el menosprecio que la rodeaba. Quizás por esto, cuando hoy observo el mundo de la miseria, no me cuesta decir: la Iglesia es esto.

Contra esta Iglesia, pobre y sirviente, nadie puede nada; pues justamente en su vulnerabilidad es donde encuentra su fuerza. Mientras sea como Cristo, calumniada, azotada, mientras se le escupa en la cara, será acto de amor, y los más pobres se reconocerán en ella. Cuanto más desposeída, más sabrán los pobres que les pertenece y, más a punto están para encontrarse con ella, a unirse a ella para salvar a los ricos y a los que se les parecen.

¿No es esto lo contrario del “miserabilismo”? Jesús no ha dejado a los cojos, tullidos, ciegos, abandonados a su suerte. Ha terminado con su desamparo; ha dado la palabra a los mudos y el oído a los sordos, y les ha propuesto un verdadero proyecto de sociedad: abrasar con un fuego nuevo la tierra para que los que la poseen abandonen su opacidad, sus bienes y sus privilegios; sus defensas y todo lo que les impide ser plenamente hombre, es decir, consagrados a la salvación de los otros hombres.

Cuando Jesús dice, y la Iglesia lo repite después de Él: “A causa de mí y de ellos, dejaréis vuestros campos y vuestras casas, la mujer y los hijos; venderéis todo lo que tenéis…” no es una alegoría ni un símbolo. Esto quiere decir: -incrementaréis- menos provecho y menos prerrogativas. Así, la Iglesia es una asamblea de creyentes que saben que la liberación está entre sus manos. Es una comunidad de gente que espera sabiendo que la libertad es ya una realidad: “Los mudos hablan, los leprosos son curados”. No se trataba de consejos ni de profecías sin implicaciones inmediatas. Durante la vida misma de Cristo, el paralítico anduvo, el sordo oyó. Y lo más pobres fueron los primeros en reconocer al Señor, ya que Jesús pensaba y quería como ellos, y respondía a su esperanza.

– ¿Pero las masas, no le abandonaron en la crucifixión?

– ¿Le abandonaron o se escondieron frente al sistema, frente al poder? En todo caso, y por lo que yo sé, los pobres sienten la nostalgia de la Iglesia. Cuanto más pobres, más la desean. ¡Se la calumnia tanto! ¡Se dicen de ella tantas mentiras! Es normal que se sientan identificados con ella. Esto puedo asegurarlo. Siempre que sospechan su presencia, se sienten confortados, tranquilizados. Su presencia en medios de ellos, les engrandece. La Iglesia permanece en su comunidad de base, el lugar donde no hace falta que hablen para ser acogidos y comprendidos. ¡Por eso, qué decepción cuando les es infiel!

Y aun pienso que todo lo que en la teología, la espiritualidad de la Iglesia, el aparato, los edificios, no exprese la miseria, será barrido más tarde o más temprano. Pero lo que no desaparecerá nunca es la oración de mi madre, sentada inmóvil en su silla. Lo que nunca será barrido es la oración de este hombre del campo de los sin hogar de Noisy-le-Grand. Eran las dos de la madrugada, había restablecido la paz en una familia y volvía a mi barraca. Viendo luz en una chabola, había llamado y entrado. El hombre estaba sentado con la cabeza entre las manos. Me miró, silencioso, y luego me dijo: “¡Toma! ¡Cómo me alegro de verle! Justamente rezaba.” Su yerno acababa de ahogarse. Me senté a su lado y no dijimos nada más. Rogamos juntos en la noche de aquel campo de miseria. Esta oración nada puede destruirla, y usted comprenderá por qué nunca me preocupo por si la Iglesia acepta o no acepta a los pobres. No puede rechazarlos. Es ellos.