MILITARES Y POLICÍAS

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DISCORSO GIUBILEO DEI MILITARI E DELLE FORZE DI POLIZIA

18 Novembre 2000

  1. Saluto cordialmente i presenti a questo incontro in Vaticano partecipanti al pellegrinaggio giubilare dei Militari e della Polizia. Sono molto lieto che siate qui. Do il mio benvenuto al Vescovo Castrense Mons. Slawoj Leszek Glód, a Mons. Marian Duś, al Vescovo Miron della Chiesa ortodossa, al Vescovo Borski della Chiesa evangelica-asburga, ai cappellani dell’esercito e della polizia.

Saluto il Signor Ministro della Difesa, il Capo dello Stato Maggiore e i Comandanti dell’esercito, della marina militare, dell’aeronautica e della difesa antiaerea. Saluto il Comandante Supremo della Polizia, il Comandante della Polizia Confinaria, delle Unità Nadwislanskie e il Capo dell’Ufficio della Protezione del Governo. Saluto i signori generali, ufficiali, marescialli maggiori, sottufficiali, soldati, funzionari di polizia e i dipendenti civili dell’esercito. Ringrazio le bande e i cori che con la musica e il bel canto hanno dato lustro a questo incontro. Tutto questo mi commuove molto e mi aiuta a tornare al passato destando in me molti ricordi.

  1. “Gesù Cristo è lo stesso ieri, oggi e sempre” (Eb 13, 8). In questo santo tempo del Grande Giubileo i nostri pensieri e desideri si volgono verso Cristo, Redentore dell’uomo. Egli, il Figlio di Dio, come dice il Concilio Vaticano II: “Con l’incarnazione (…) si è unito in certo modo ad ogni uomo. Ha lavorato con mani d’uomo, ha pensato con mente d’uomo, ha agito con volontà d’uomo, ha amato con cuore d’uomo. Nascendo da Maria Vergine, Egli si è fatto veramente uno di noi, in tutto simile a noi fuorché nel peccato” (Gaudium et spes, 22).

Siete giunti a Roma come pellegrini, per rafforzare in voi la fede in Cristo e per rinnovarvi interiormente. In senso cristiano, il pellegrinaggio è simbolo del cammino dell’uomo credente sulle orme di Cristo. Quante orme di questo genere si trovano a Roma, quanti segni della presenza di Dio, quanti templi, santuari e luoghi sacri. Uno di tali segni è la Porta Santa. Essa simboleggia Cristo. Gesù ha detto di se stesso: “Io sono la porta” (Gv 10, 7). Questo significa che c’è soltanto una porta attraverso la quale si raggiunge l’incontro con Dio, che c’è soltanto una via che conduce alla salvezza.

  1. In questo contesto come è eloquente il messaggio del Giubileo dei Militari e della Polizia: “Con Cristo a difesa della giustizia e della pace”. Che queste parole accompagnino il vostro pellegrinaggio e la vostra preghiera in questo soggiorno nella Città Eterna ed anche il vostro servizio in Patria e fuori dei suoi confini. Anche oggi, al termine del secondo millennio, il mondo ha bisogno di giustizia e di pace. Occorre che a queste parole venga conferito un contenuto concreto e a volte che gli venga anche restituito il giusto significato. Desidero ricordare anche i soldati polacchi che svolgono la loro missione a Bosnia, Kosovo, Libano e sulle Colline di Golan.

So che in tutte le guarnigioni, in corso di quattro anni, avete intrapreso lo sforzo di un rinnovamento spirituale e di preparazione alle celebrazioni del Grande Giubileo. Il tempo di preparazione veniva accompagnato dalla peregrinazione dell’Immagine della Madonna “La Protettrice del Soldato Polacco”. Accoglievate la sue Effige nelle caserme, nelle Accademie e negli Atenei Militari, negli ospedali nei poligoni. A Lei avete affidato il vostro servizio, per entrare nel terzo millennio forti nella fede.

Miei cari, continui il “mattino della risurrezione” che ho sperimentato al poligono presso Koszalin, dieci anni fa, durante la visita in Polonia! Portate con gioia agli uomini e alle nazioni il messaggio di pace e di amore. Una prova molto eloquente di tale atteggiamento è il dono da parte della Caritas presso l’Ordinariato Castrense: un’ambulanza sanitaria per l’ospedale del Kosovo. L’avete offerto come dono dell’altare in occasione del Grande Giubileo. Vi ringrazio di questo bel gesto sgorgato dal cuore dei militari.

  1. Vi accompagni in questo pellegrinaggio l’esempio di un soldato coraggioso, un uomo giusto e pio: il centurione di nome Cornelio. Fu lui a ricevere il battesimo dopo l’incontro con Pietro, e insieme a lui i suoi soldati e tutta la casa (cfr. At 10, 1-48). Vi auguro di tornare, dopo questo pellegrinaggio, ai vostri posti di servizio e alle vostre famiglie rafforzati spiritualmente, pronti a rendere testimonianza al Vangelo e alla Croce. Rimanete fedeli a Cristo difendendo “la giustizia e la pace”.

Vostro tramite saluto tutto l’Esercito Polacco e la Polizia e benedico di cuore.

HOMILÍA EN EL  JUBILEO DE LOS MILITARES Y POLICÍAS

Domingo 19 de noviembre de 2000

  1. Entonces verán al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad” (Mc 13, 26).

En este penúltimo domingo del tiempo ordinario, la liturgia nos habla de la segunda venida de Cristo. El Señor vendrá sobre las nubes revestido de majestad y poder. Es el mismo Hijo del hombre, misericordioso y compasivo, que los discípulos conocieron durante su itinerario terreno. Cuando llegue el momento de su manifestación gloriosa, vendrá a consumar definitivamente la historia humana.

A través del simbolismo de fenómenos cósmicos, el evangelista san Marcos recuerda que Dios pronunciará, en el Hijo, su juicio sobre la historia de los hombres, poniendo fin a un universo corrompido por la mentira y desgarrado por la violencia y la injusticia. 2. Amadísimos militares y miembros de las fuerzas de policía, muchachos y muchachas, ¿quién mejor que vosotros puede dar testimonio sobre la violencia y las fuerzas disgregadoras del mal presentes en el mundo? Vosotros lucháis a diario contra ellas. En efecto, estáis llamados a defender a los débiles, proteger a los honrados y favorecer la convivencia pacífica de los pueblos. Cada uno de vosotros tiene la misión de centinela, que mira a lo lejos para evitar el peligro y promover por doquier la justicia y la paz.

Os saludo a todos con gran afecto, amadísimos hermanos y hermanas, que habéis venido a Roma desde todos los rincones de la tierra para celebrar vuestro jubileo especial. Sois los representantes de ejércitos que se han enfrentado a lo largo de la historia. Hoy os dais cita ante la tumba del apóstol san Pedro para celebrar a Cristo, “nuestra paz, que de dos pueblos hizo uno solo, derribando el muro que los separaba:  el odio” (Ef 2, 14). A él, presente misteriosa y realmente en el Eucaristía, habéis venido a ofrecerle vuestros propósitos y vuestro compromiso diario de constructores de paz. A cada uno de vosotros expreso mi profundo aprecio por su entrega y su generoso compromiso.

Dirijo, con fraterna estima, mi saludo ante todo a monseñor José Manuel Estepa Llaurens, que ha interpretado vuestros sentimientos comunes. Mi saludo se extiende a los amadísimos arzobispos y obispos ordinarios militares, con quienes me congratulo por la entrega con que cumplen su misión pastoral entre vosotros. Saludo, asimismo, a los capellanes militares, que comparten generosamente los ideales y el esfuerzo de vuestra ardua actividad diaria. También saludo cordialmente a los oficiales de las Fuerzas armadas, a los jefes de las Fuerzas de policía y a los responsables de los diversos organismos de seguridad, así como a las autoridades civiles, que han querido compartir la alegría y la gracia de esta solemne celebración jubilar.

  1. Vuestra experiencia diaria os lleva a afrontar situaciones difíciles y, a veces, dramáticas, que ponen en peligro las seguridades humanas. Pero el Evangelio nos consuela, presentándonos la figura victoriosa de Cristo, juez de la historia. Él, con su presencia, ilumina la oscuridad e incluso la desesperación del hombre, y da a quien confía en él la certeza consoladora de su asistencia constante.

En el Evangelio que acabamos de proclamar hemos escuchado una significativa referencia a la higuera que, con los primeros brotes de sus ramas, anuncia que la primavera está cerca. Con estas palabras, Jesús anima a los Apóstoles a no rendirse frente a las dificultades y las incertidumbres del tiempo presente. Más bien, los exhorta a saber esperar y a prepararse para acogerlo cuando vuelva. También a vosotros, queridos hermanos y hermanas, hoy la liturgia os invita a escrutar los “signos de los tiempos”, como decía mi venerado predecesor el Papa Juan XXIII, recientemente proclamado beato.

Por más complejas y problemáticas que sean las situaciones, no perdáis la confianza. En el corazón del hombre jamás debe morir el germen de la esperanza. Más bien, estad siempre atentos a descubrir y fomentar todo signo positivo de renovación personal y social. Estad dispuestos a favorecer con todos los medios la valiente construcción de la justicia y de la paz.

  1. La paz es un derecho fundamental de todo hombre, que es preciso promover continuamente, teniendo en cuenta que “en la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza, y les amenazará hasta la venida de Cristo, el peligro de la guerra” (Gaudium et spes, 78). A veces esta tarea, como ha demostrado también la experiencia reciente, requiere iniciativas concretas para desarmar al agresor. Quiero referirme aquí a la así llamada “injerencia humanitaria”, que, después del fracaso de los esfuerzos de la política y  de los medios de defensa no violentos, representa el último recurso para detener la mano del agresor injusto.

Queridos hermanos, gracias por vuestra valiente labor de pacificación en países devastados por guerras absurdas; gracias por la ayuda que prestáis, sin preocuparos por los riesgos que ello implica, a poblaciones afectadas por calamidades naturales. ¡Cuán numerosas son las misiones humanitarias que habéis llevado a cabo durante estos últimos años! Al cumplir vuestro difícil deber, os exponéis a menudo a peligros y grandes sacrificios. En todas vuestras intervenciones mostrad siempre vuestra verdadera vocación de “servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos”, que “contribuyen realmente al establecimiento de la paz”, según la feliz expresión del concilio Vaticano II (Gaudium et spes, 79).

Sed hombres y mujeres de paz. Y, para poder serlo plenamente, acoged en vuestro corazón a Cristo, autor y garante de la paz verdadera. Él os dará la fortaleza evangélica con la que se puede vencer las atractivas tentaciones de la violencia. Os ayudará a poner la fuerza al servicio de los grandes valores de la vida, la justicia, el perdón y la libertad.

  1. Quisiera aquí rendir homenaje a tantos amigos vuestros que han pagado con su vida la fidelidad a su misión. Olvidándose de sí mismos, desafiando el peligro, han prestado a la comunidad un servicio inestimable. Y hoy, durante la celebración eucarística, los encomendamos al Señor con gratitud y admiración.

Pero ¿de dónde han sacado la fuerza necesaria para cumplir a fondo su misión, sino de su adhesión total a los ideales profesados? Muchos de ellos creían en Cristo, y su palabra iluminó su existencia y dio valor ejemplar a su sacrificio. Tomaron el Evangelio como su código de conducta. Que os aliente el ejemplo de esos compañeros vuestros que, cumpliendo fielmente su deber, alcanzaron la cumbre del heroísmo y, a veces, de la santidad.

Como ellos, también vosotros contemplad a Cristo, que os llama “a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”. Os llama a ser santos. Y, para realizar vuestra vocación, según la conocida expresión del apóstol san Pablo, “tomad las armas de Dios. (…) Estad firmes, abrochaos el cinturón de la verdad, por coraza poneos la justicia; bien calzados para estar dispuestos a anunciar la noticia de la paz. (…) Tened embrazado el escudo de la fe. (…) Tomad por casco la salvación y por espada la del Espíritu, toda palabra de Dios” (Ef 6, 13-17). Sobre todo, “orad constantemente” (Ef 6, 18).

María, la Virgo Fidelis, os sostenga y ayude en vuestra ardua actividad. Que vuestro corazón no se turbe jamás; al contrario, que esté siempre pronto, vigilante y arraigado firmemente en la promesa de Jesús, que en el evangelio de hoy nos ha asegurado su ayuda y su protección:  “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc 13, 31).

Invocando a Cristo, seguid cumpliendo con generosidad vuestro deber. Innumerables personas os contemplan y confían en vosotros, con la esperanza de poder disfrutar de una vida marcada por la serenidad, el orden y la paz.

ÁNGELUS JUBILEO DE LOS MILITARES Y POLICÍAS

Domingo 19 de noviembre de 2000

  1. Al término de esta celebración jubilar, queridos militares y miembros de las fuerzas de policía, mi pensamiento se dirige de modo particular a vuestros familiares.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles se narra la visita de san Pedro al centurión Cornelio, “hombre piadoso y temeroso de Dios, con toda su familia” (Hch 10, 2). Acogió el anuncio del Evangelio de Cristo predicado por san Pedro, al que alojó durante algunos días, y recibió el bautismo junto con sus familiares. Así pues, los primeros paganos bautizados por san Pedro fueron los miembros de la familia de un militar. Es significativo recordarlo hoy, en el marco de vuestro jubileo.

No es fácil ser familia de un militar, porque también se deben compartir las incomodidades que implica su misión. Y, sin embargo, la familia es el apoyo principal de cada uno de vosotros, comprometidos en la defensa de la paz y de la vida. Se defiende lo que se ama, y ¿dónde se aprende a amar la paz y la vida sino en la familia? Por eso, queridas familias, sentíos plenamente asociadas a esta misión y colaborad en la defensa de la justicia y la paz.

Queridos hermanos, también yo soy hijo de un militar, y por eso me siento cercano a todos vosotros. Os agradezco vuestra presencia, bajo esta lluvia. Estoy seguro de que os traerá abundantes bendiciones.

  1. En este día en que habéis venido a realizar con vuestras familias un itinerario jubilar, saludo cordialmente a todos los miembros del ejército y de la policía de Bélgica, Benin, Burkina Faso, Camerún, Croacia, Francia, Luxemburgo, Rumanía, Eslovenia, Canadá, Países Bajos y Eslovaquia. Que este tiempo fuerte os brinde la ocasión de consolidar vuestra misión, a fin de proseguir el importante servicio que prestáis, estando atentos a las necesidades de todos vuestros compatriotas, para construir una sociedad cada vez más pacífica y fraterna. Os felicito por vuestro sentido de responsabilidad, vuestros esfuerzos y vuestros compromisos, y oro con vosotros por todos los que han muerto o han sido heridos en el cumplimiento de su deber. Con la bendición apostólica.

Saludo a las personas de lengua inglesa que participan en esta celebración jubilar para los miembros de las fuerzas armadas y de la policía, especialmente a los que vienen de Australia, Canadá, Gran Bretaña, Irlanda, Corea, Malawi, Filipinas y Estados Unidos de América. En particular, saludo a los representantes de la fuerza de paz que actúa en los Balcanes, compuesta por personal militar de treinta y ocho países.

El trabajo y el sacrificio de todos vosotros contribuye a garantizar la paz y la seguridad de las personas y las sociedades. Ruego a Dios que os proteja siempre en el cumplimiento de vuestros deberes profesionales, y que los dones divinos de sabiduría y fortaleza os acompañen continuamente en el servicio a vuestros países y a vuestros compatriotas. Invoco sobre vosotros y sobre vuestras familias la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo.

Saludo cordialmente a los soldados y policías de lengua alemana. Bienvenidos a la ciudad eterna, soldados y policías de Alemania, Austria, Suiza, República Checa, Eslovenia y Hungría. Vuestra actividad es ante todo un servicio a la seguridad y a la paz. Realizad esta tarea con responsabilidad y sensibilidad. Que la bendición de Dios acompañe vuestros pasos por el camino de la paz.

Dirijo ahora un saludo a los militares y fuerzas de policía de Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, Paraguay, Perú, España, Bolivia, Guatemala, República Dominicana, Venezuela, Costa Rica, México y Panamá. Os animo a que con vuestro testimonio personal colaboréis generosamente en la honrosa tarea de establecer la paz, la colaboración y la convivencia entre todos los pueblos. Que Dios os bendiga en vuestra vida familiar y profesional y así deis prueba de adhesión a Cristo y a su Iglesia. Muchas gracias.

Saludo a los militares y a los miembros de las fuerzas de seguridad que han venido de Brasil, Mozambique y Portugal, implorando la sabiduría y la protección divina sobre sus nobles misiones para que, a pesar del peligro, transmitan paz y confianza a sus familiares y compatriotas.

Saludo cordialmente a los representantes del ejército y de la policía de Polonia aquí presentes. Este encuentro jubilar con los soldados de todo el mundo es un acontecimiento que, de modo particular, muestra que el ejército no debe ser necesariamente protagonista de actos bélicos dramáticos, sino que puede y debe ser protector y portador de paz. Oro para que el arduo servicio que prestan el ejército y la policía para proteger la seguridad de los hombres y de las naciones se caracterice siempre por una profunda sensibilidad ante los sufrimientos y las necesidades de los más débiles, y sea premiado con la gratitud de las sociedades y con la bendición de Dios.

  1. En este momento de profunda comunión, enriquecido por la gracia jubilar, deseo elevar mi oración al Señor por vuestros numerosos colegas caídos durante estos años en diversas misiones de paz y en defensa del orden y la legalidad. ¡Que su sacrificio no haya sido vano! Que su testimonio oculto y silencioso impulse a todos a no resignarse a la injusticia, sino a vencer el mal con el bien. Dios los acoja en su reino de paz, y conceda serenidad y consuelo a sus familias y a todos sus seres queridos.

Encomendemos a la intercesión materna de María santísima nuestra intensa y orante invocación por los vivos y los difuntos.