Misión Apostólico – Social del cristiano

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Guillermo Rovirosa. Militante obrero cristiano en proceso de canonización.

Escrito durante la postguerra española

 

No hay que olvidarlo: el cristiano no es algo abstracto, sino un ser de carne y hueso. El cristiano es hombre sobrenaturalizado, pero no descarnado, ni trasplantado. Aunque lo más importante, lo trascendental es el apostolado sobrenatural. Pero como un medio para llegar a él, como precioso auxiliar, demostrado en la práctica su largo alcance, está la labor social.

Dios quiere para todos los hombres la santidad. Pero de esta ley proviene otra obligación: “Comerás el pan con el sudor de tu rostro”. Doble secreto divino: santificación y trabajo. La cuestión religiosa queda así unida a la cuestión del trabajo por un lazo apretado y fuerte que se diría anudado por el mismo Dios. El trabajo, en el plan divino, es moralizador.

Ahora bien, si desde el plan divino descendemos con la mirada al mundo económico y a la situación que en él se impone de hecho a los que trabajan, ¿no advertimos una penosa contradicción? Para muchísimas personas, el orden económico actual ¿no es acaso tan opuesto a toda idea de moralización como una atmósfera enrarecida a la salud de los pulmones? Esto explica -sin disculparlos- el estado psicológico de tantos obreros. No se logra persuadir apenas en materia de virtud cuando tantas condiciones de la vida se alían contra ella. La promiscuidad de sexos en el taller, en la habitación y en el mismo dormitorio de la casa – ¡y qué casa!- se opone a la moral de la familia. Cuando el tugurio desarrolla veinte veces más tuberculosis de cuantos dispensarios podrían curar… se dice a las familias: ¡Tened hijos! Pero… ¡qué pocas casas se construyen para obreros! ¡Cuántos carecen de sueldos suficientes para fundar un hogar… con hijos!

Los cristianos tienen misión apostólico – social. Somos sociales, porque somos católicos. Siendo el plan de la Providencia que el hombre se santifique por el trabajo, él debe contar en la vida económica con los debidos elementos moralizadores y santificadores. Ahora bien, existe un elemento de desmoralización que actúa con demasiada frecuencia y llega hasta hacer prácticamente imposible a ciertas almas la observancia normal de la ley divina. Y, por consecuencia, una acción social que tienda a reorganizar la sociedad y especialmente la vida económica, según el plan de la Providencia, no es nada quimérico, ni condenado al fracaso, puesto que esa acción social tiene a Dios por aliado. Ella no es indigna del sacerdote, ni del cristiano, puesto que tiende a crear un régimen, un campo, una atmósfera, un ambiente en que las almas puedan vivir cristianamente.

El ideal de los cristianos es, por tanto, perfecto. Individualmente exige la máxima santidad, llevando a los militantes hasta las máximas efusiones del apostolado. Socialmente los conduce a la máxima justicia social. Nadie puede dudar de la plenitud de esta doctrina apoyada esencialmente en el concepto del Cuerpo Místico de Cristo. No somos pietistas desencarnados de la realidad, ni sociólogos vacíos de la vida interior. Aspiramos a la integral conjunción para vivir el integral Cristianismo, sin deformaciones.