PALABRERIA (Guillermo Rovirosa)

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Por Guillermo Rovirosa

Ciertamente que el don de la palabra, como manera de expresarse a sí mismo, es un don magnífico de Dios al hombre, que en nuestra imagen y semejanza con Él representa precisamente el Verbo.

Pero Dios también dio la facultad de hablar a algunos animales, particularmente al más ridículo de todos: el loro.

Esto ya nos hace sospechar que la grandeza del hablar no puede consistir en el simple hablar, sino en algo más.

Entre el hablar del Santo, que se limita a decir sí con el corazón a toda solicitud de Dios, y el hablar copioso e incesante del loro, hay unabismo, y quiere decir que entre ambos existe una gradación indefinida de situaciones.

Vamos a señalar cuatro.

Los que saben lo que dicen.—En estos la palabra es expresión de la sabiduría; y su número —ya se comprende— ha de ser escaso, a causa —precisamente— de la escasez de sabiduría.

El sabio, además, habla escasamente. Claro está que nos referimos al sabio «de verdad», que a lo mejor no sabe leer ni escribir. No olvidemos que la sabiduría ocupa la cúspide de los dones del Espíritu Santo, el cual no se sujeta a fórmulas o academias humanas a la hora de repartirlos.

El «sabio patentado», el que se considera con títulos y méritos suficientes para poner en su tarjeta de visita, y debajo de su nombre, la palabra sabio,pero no lo hace por modestia, está tan lejos de la Sabiduría que aún no ha subido el primer peldaño en la escalera que a ella conduce. Ciertamente que el primer paso hacia la Sabiduría no consiste en tener idea de lo que se sabe, sino de lo que se ignora. Y el que se sabe radicalmente ignorante, teme a Dios espontáneamente.

A base de saberse ignorante, y de temer a Dios, que nos juzgará por nuestras propias palabras, el sabio ordinariamente calla. Y cuando habla suele decir: sí, sí;o no, no.

Los que dicen lo que saben.—Esta categoría humana es la que más se parece a los loros. Aprendieron a decir parrafadas largas —algunos pueden repetir libros enteros— sin equivocarse. Y cuando les preguntan: ¿Cómo sigue su tía Emerenciana?, nunca se equivocan en la respuesta correcta que han de dar. Como los loritos bien educados.

Como los loros, se callan cuando se habla de lo que no saben; pero reventarían si no pudieran decir lo que saben en cualquier ocasión o circunstancia.

En estos, la palabrería es tumultuosa, y cada mañana van ávidamente a hacer provisión de palabras en el periódico «para poder hablar», con la misma necesidad y urgencia con que un auto va periódicamente al surtidor de gasolina.

Son grandes consumidores de libros vulgarizadores de «lo que sea», pues su ideal es poder hablar de todo.

En general, son inofensivos, y dejan poco rastro de su paso sobre la tierra, pues todo se les ha ido en palabras. Cuando la cosa se pone un poco seria, se callan y nunca pasa nada.

Esta benemérita clase ciudadana es la gran animadora de las reuniones llamadas mundanas, y antes del advenimiento del proletariado se daba principalmente entre las llamadas clases cultas. La proletarización de la cultura ha hecho que se den muchísimos casos de este tipo entre proletarios distinguidos, cuyo primer resultado es el de sentirse desertores de la clase obrera. ¿Cómo van a sentirse obreros si hablan bien, tan bien o mejor que los señoritos?

Los que no dicen lo que saben.—Esto ya suele ser funesto, tanto si lo manifiestan con silencio como si se expresan con palabras.

Claro está que el silenciar lo que se sabe podrá ser en muchos casos expresión (a veces heroica) de amor. Pero no nos referimos a éstos, sino a los que no comunican sus conocimientos por egoísmo y por temor a que «les pasen delante». En esta actitud mental se basa el comercio, la industria y casi todas las relaciones humanas en que andan pesetas por medio.

Cuando del silencio se pasa a la palabra, el mal se agrava, pues aparece la mentira como instrumento de relaciones sociales. En todas sus formas y manifestaciones.

La encarnación más demoledora de este mal es lo que se suele llamar «propaganda», cualquiera que sea su forma y su objetivo, ya que toda propaganda se basa en silencios y en palabras que, al menos, ocultan y deforman la verdad.

Los que no saben lo que dicen.—El Señor, desde la Cruz, pidió perdón al Padre para los que no saben lo que hacen. Pero no hay testimonio de que pidiera clemencia para los que no saben lo que dicen. Alguno quizá opine que el «decir» es un «hacer», pero esto no pasará de ser una opinión. ¿De un vago charlatán? ¡A lo mejor!

Claro está que los locos —con todas sus aproximaciones— entran de lleno en esta clasificación, así como los loros «de verdad».

Pero, ¿no caemos acaso todos en esto cada vez que hablamos de lo que conocemos mal o imperfectamente? ¿Y quién es el guapo que se atreve a afirmar que conoce algo perfectamente?

Cuando se habla de lo que se sabe mal para aprender de otros que lo ignoran menos, o enseñar a otros que lo saben peor, se entra de lleno en la primera de las cuatro clasificaciones hechas, y esto es lo que se practica (o debe practicarse) en nuestros Círculos de Estudio. Pero todos sabemos cuánto cuesta pasar por este aro; señal evidente de que estamos habitualmente en el polo opuesto.

Todo esto no son más que sugerencias que pueden ampliar extensamente todos los que hacen el Plan Cíclico y… los otros.

¿Cómo se manifiesta todo ello según la edad y el sexo? ¿Qué influencia ejerce en la palabrería la profesión y la situación social? ¿Tiene alguna relación la palabrería con el tener Fe o con el ser incrédulo? ¿Con la beatería y con la fe viva y operante?

Estos y otros más pueden ser los aspectos, motivo de reflexión individual y de comentario fraterno para nuestros militantes en este mes de marzo, en que se celebra la festividad de aquel hombre extraordinario entre los extraordinarios: San José. Del cual no nos ha llegado ninguna de las palabras que salieron de su boca, y que, sin embargo, ocupa un primerísimo lugar en la tierra y en el cielo.

(Boletín, n.° 152)