Pluralismo formativo en la Iglesia

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«La formación es clave para la realización de la persona y, mucho más importante, para que éstas se realicen según el plan de Dios. De forma que renunciar a una formación que nos dote de los conocimientos y las actitudes necesarias para ser nosotros mismos, es renunciar a ser persona.»

 

Julián Gómez del Castillo.

Militante Cristiano (1924-2006)

La formación de militantes cristianos exige poner en acto (sacar) todas las cualidades que cada ser humano tiene dentro. Trata, por tanto, de subrayar la liberación de, como potencialidad que el tiempo y el espacio transformarán en resultado, igual que la semilla se convierte en planta.

Si la formación se limitara a sacar cada uno, particularmente, sus cualidades individuales -desde un punto de vista social, claramente es lo que hace nuestra sociedad capitalista-, el hombre no se cultivaría, porque él tiene la posibilidad de contraste con otros y dejaría de ejercitarla, lo que impediría que la lucha y la ley del más fuerte fueran sustituidas por el principio de la armonía y la solidaridad. Formación es, ante todo, premisa y condición de vida social. No en vano, sobre esta base, se llegará a definir la formación en términos de socialización. La experiencia de tradición -en el más noble sentido de esta palabra- en que transcurre la vida humana -familia, pueblo, ciudad, nación, comunidad de naciones-, que transmite a la persona humana su patrimonio, corrobora esta afirmación socializadora de la formación.

Que la formación sea una transmisión de valores de una generación a otra es un hecho que no se puede negar, es intrínseco a la estructura de la sociedad en cuanto tal, lo que hace indispensable el desarrollo del espíritu crítico para ir orillando el conservadurismo, conformismo y pasividad, y dar paso al desarrollo de los valores dinámicos que permitan la respuesta a los problemas personales y colectivos que la historia nos plantea.

Debemos ser conscientes de que la sociedad actual, por su organización antisolidaria en todos los planos, forma a través de los hombres que detentan el poder en cualquiera de sus aspectos, lo que potencia las posibilidades de amaestramiento, porque él es la ley que debe gobernar. La formación debe tener, como primer objetivo el crecimiento personal y solidario de quiénes la realizan.

Es claro que no es lo mismo una formación que otra. Cuando en una sociedad se dice que hay pluralismo, se está afirmando que hay diversas formaciones entre las personas, lo que evidentemente conduce a distintas posiciones ante la vida. En nuestra sociedad es fácil distinguir, abundantemente, una mayoría de personas con típica formación burguesa, y no solamente entre el burgués clásico (adinerado), sino en todas las capas del pueblo.

En el Hemisferio Norte (países desarrollados) es claro que la mayoría de las clases trabajadoras tienen conciencia y mentalidad burguesa, especialmente en lo que hace relación con la buena vida, típico valor burgués éste; manifestación que se da entre muchos pobres de la tierra cuando viven añorando esa vida en lugar de plantearse lo que otros muchos pobres hicieron a su tiempo, de cultivar una vida solidaria que les conduzca hacia la liberación. ¿Está la tendencia de la buena vida ligada al pecado original del hombre? Lo que es claro es que es un típico valor de la cultura y de la formación burguesas.

Lo mismo podemos decir del individualismo. Los pobres construyeron y aportaron el valor de la solidaridad como su principal colaboración a la cultura de la humanidad y como único poder de su emancipación. Y no nos cabe ninguna duda de que el individualismo del primer mundo es, cada día, más salvaje, y tampoco de que en muchos de los pueblos empobrecidos se sigue practicando, por parte de los mismos pobres que consiguen un plato para comer, el clásico ¡sálvese el que pueda! que se gritaba en los naufragios de los viejos buques, o la clásica actitud de las ratas de los viejos veleros que, al intuir el peligro, les abandonaban las primeras.

Así como la solidaridad es valor clásico de los débiles en su lucha liberadora, el individualismo es un valor clásico de la vida burguesa obediente al positivismo de la época.

Y lo mismo podemos decir del valor de la justicia. Para una conciencia burguesa, sea adinerada o de trabajo fijo, la justicia es que vayan bien los negocios o que anualmente el salario neto percibido suponga el ascenso de algún punto. Para un oprimido de la tierra, para un hambriento, la justicia exige, en primer lugar, que no haya ni un solo hambriento involuntario en el mundo. En este plano, podemos decir que, hasta el proletariado de los países enriquecidos prefiere la justicia entendida en burgués a la justicia entendida en humano. Para el creyente en Cristo, la justicia es siempre el cumplimiento del plan de Dios. Resulta evidente que en el plan de Dios es primero que no haya un hambriento involuntario en el mundo, que cualquier persona pueda disponer de lo suyo y de lo de muchos más.

Nos parece claro, a la vista de lo anterior, que la formación es clave para la realización de la persona y, mucho más importante, para que éstas se realicen según el plan de Dios. De forma que renunciar a una formación que nos dote de los conocimientos y las actitudes necesarias para ser nosotros mismos, es renunciar a ser persona.

Por otra parte, debemos ser conscientes de que una formación para personas exige, no sólo dotar a estas de los conocimientos que les explique la vida y la sociedad en que se encuentran inmersos, sino que cultive en ellos, que ponga en acto, las cualidades internas de acción. Conocimiento sin acción produce personas de saberes o alienados, y acción sin conocimiento lo mismo. Esto se entiende bien si tenemos en cuenta que la experiencia no se adquiere con los años sino que exige conocimiento crítico de la realidad y acción por realizar lo que se conoce. La revisión de ambos términos cuando éstos se han cumplido, es la experiencia, y ello siempre produce crecimiento de la persona. De esta forma vemos que se pueden tener 20 años y una gran experiencia,  y 80 y ninguna experiencia. No nos cabe duda que en esta sociedad de primer mundo, es decir, enriquecida, la vida vegetativa y zoológica que lleva el ser humano no necesita de la experiencia, pero también es claro que cuando el hombre descubre que es persona en la medida que protagoniza su existencia personal y colectiva, le es indispensable la experiencia solidaria.

A la vista de todo lo anterior nos parece claro que no es bueno cualquier plan de formación, sino que a cualquier plan de formación hay que exigirle que promueva, en el ser humano, sus valores personales y colectivos de conocimiento y acción. Tanto la formación que da nuestra enseñanza estatificada, como la que da un cristianismo desencarnado, no son adecuadas ni para el hombre ni para la persona de fe. De una y de otra manera se consigue el ser humano alienado.

El Papa Juan XXIII fue en esto meridianamente claro, confirmando así la doctrina de la Iglesia de todos los siglos, de máxima valoración de la persona humana, de toda persona humana, cuando en la Mater et Magistra nos enseñó que la liberación de los pobres tiene que ser protagonizada por los pobres mismos. Cosa que siguen sin entender la izquierda y la derecha oficiales, pero que se comprueba diáfanamente cuando estudiamos la acción liberadora de los pobres.

Cuando algunos grandes líderes del siglo XX intentaron liberar a los oprimidos sin el protagonismo de los oprimidos, todo terminó en Perestroika o en paternalismos encadenantes y degradantes. Y ello constituyó, sin duda alguna, el gran problema de fondo de este momento histórico. No solo los gobiernos conservadores de nuestra sociedad, sino también los gobiernos socialdemócratas, quieren imponer a la humanidad las bajezas del paternalismo, aunque estos últimos lo disimulen a través de la acción estatificada.

Pero todos sabemos que los poderes que se ponen en los Estados a costa de la sociedad, son siempre esclavizadores, de la misma manera que cuando algunos organismos de la sociedad (transnacionales y otros) acaparan un poder que les permite imponer su voluntad imperialista al resto de la sociedad (Estado incluido). En los países enriquecidos este paternalismo se define como Seguridad Social, subvenciones, etc. En los países empobrecidos, al menos en la mayoría, ni siquiera se encubre con sustantivos hipócritas, y simplemente se hace a través de la humillación a los necesitados, que las damas enriquecidas, o esposas de Generales, o reinas, o jefas de Estado, realizan al ir a dar una vez al año un paquete de comida a los necesitados. Toda formación de paternalismo es siempre injusta.