Por un nuevo estilo de vida

«Comprar es siempre un acto moral además de económico» (CV 66)
«Comprar es siempre un acto moral además de económico» (CV 66)

 

Papa Francisco, Laudato si’,203-206.

Uno de estos signos de los tiempos consiste probablemente en la tendencia de mucha gente, en cualquier latitud, a llevar una vida con estilos y comportamientos menos invasivos. Uno de los males más graves inducidos por el capitalismo liberal es, efectivamente, el consumismo.

El mercado sin control tiende a imponer un mecanismo consumista compulsivo que crea continuamente en la mente de las personas nuevos modos de atraer hacia sus productos. Así los individuos se ven arrastrados en un torbellino de compras superfluas. El consumismo obsesivo es, en cierto modo, el reflejo subjetivo del paradigma técnico-económico del que hemos hablado. Sucede lo que ya señalaba Romano Guardini con su mente lúcida y profética: el ser humano «acepta los objetos ordinarios y las formas habituales de la vida tal como le son impuestos por planes racionales y por máquinas normalizadas y, en su conjunto, lo hace con la impresión de que todo ello es razonable y correcto» (R.Guardini, IIfine dell’epoca moderna,p. 61). Ese paradigma hace creer a todos que son seres libres mientras conservan la libertad de consumir, cuando en realidad esa libertad está en manos de la minoría que detenta el poder económico y financiero.

El consumismo, escribía el papa Wojtyla, «provoca una sensación de precariedad y de inseguridad, que a su vez favorece formas de egoísmo colectivo» (S. Juan Pablo II, Mensaje para la jornada Mundial de la Paz 1990). Cuando la persona se vuelve autorreferencial y se aísla en su conciencia, aumenta su avidez, que solo calman nuevos consumos. Cuanto más vacío está el corazón de la persona, más necesita comprar, poseer y consumir objetos. Es un terrible círculo vicioso en el que se tiende a rechazar cualquier límite y no se comprende cómo puede existir un verdadero bien común, de modo que las normas solo se respetan mientras no contradigan las necesidades y los deseos del individuo. A la larga, la obsesión por un estilo de vida narcisista y consumista solo provoca violencia y destrucción recíproca.

Pero los seres humanos, aunque capaces de descender a los abismos de la insignificancia, sin embargo pueden superarse, volver a escoger el bien y regenerarse más allá de cualquier condicionamiento psicológico o social. Los seres humanos son capaces de mirarse a sí mismos honestamente, de hacer que aflore su malestar y emprender nuevos caminos hacia la verdadera libertad. No existen sistemas capaces de anular la apertura al bien, la verdad y la belleza ni la capacidad de reaccionar que Dios sigue instilando en lo profundo del corazón del ser humano, creado a su imagen y semejanza.

Así, un cambio en los estilos de vida, un compromiso firme de la sociedad civil en los temas de naturaleza económica y financiera -el compromiso por la paz, contra el comercio de armas, contra los juegos de azar, por una mayor justicia distributiva, para socorrer a las víctimas de la plaga de la prostitución, etc.- puede ejercer una presión fuerte y sana sobre quienes detentan el poder político, económico y social, para que cambien sus decisiones unilaterales y falaces, si no dañinas. Eso sucede también cuando los movimientos de los consumidores logran que se dejen de adquirir ciertos productos fabricados de modo contrario a la ética. Su actuación común se vuelve eficaz para modificar el comportamiento de las empresas, forzándolas a considerar el impacto sobre el entorno y los modelos de producción. Cuando las costumbres sociales hacen mella en los beneficios de las empresas, estas se ven impulsadas a cambiar sus planes empresariales. He ahí, pues, la gran responsabilidad social de los consumidores: «Comprar es siempre un acto moral además de económico», como está escrito en la Caritas in veritate (CV 66).