El derecho de propiedad personal

(Del «manifiesto comunita-rista» de Guillermo Rovirosa)

Los comunita-ristas nos constituimos en campeones del derecho de propiedad individual o personal, tal como lo establece, defiende y preconiza la Iglesia, y sin herir la armonía de los espíritus y conservando la integridad de la doctrina tradicional, nos esforzamos por definir la naturaleza íntima de los deberes que gravan la propiedad y concretar los límites que las necesidades de la convivencia social trazan al mismo derecho de propiedad y al uso y ejercicio del dominio.

Considerando que cuando en preparar los bienes naturales gasta el hombre la industria de su inteligencia y las fuerzas de su cuerpo, por el mismo hecho se aplica a sí aquella parte de la naturaleza material que cultivó o trabajó, y en la que dejó impresa una como huella y figura de su propia persona, y a nadie le será lícito violar su derecho de propiedad.

Estamos seguros de que el ejercicio del derecho de propiedad es indispensable a todo hombre para que normalmente pueda tender al fin para el cual ha sido creado por Dios, y principalmente para que en verdad el hombre sea «libre». Porque ¿qué libertad podrán atribuir las leyes al hombre que no posee NADA y es esclavo de todas las contingencias de la vida de hoy? Y, en cambio, ¡cuán ineficaces serán las tiranías que quieran esclavizar a un hombre si le respetan la propiedad de SU casa y la de los instrumentos de producción!

La sociedad hace responsables a los hombres de sus actos. Pero únicamente podrá pedir esta responsabilidad cuando haya establecido unas condiciones de vida por las que, efectivamente, los hombres sean LIBRES para determinarse. Desde este punto de vista interesa fundamentalmente que TODOS sean propietarios, si la sociedad se ha de asentar sobre un principio de justicia.

Desde el punto de vista religioso, sabemos que la posesión de un mínimo de bienes es indispensable para poder practicar la virtud. Esto no es necesario demostrarlo. Sólo hay que haber visto numerosas personas de diferentes sexos y edades amontonadas durmiendo en una sola habitación.

No hay gran dificultad en asentir sobre estos aspectos. Conformes en que todos DEBEN ser propietarios de un MÍNIMO de bienes; pero … , ¿y el máximo?

Si consideramos a la propiedad como un complemento indispensable a la persona humana para que mediante ella pueda realizar plenamente su personalidad, habremos de afirmar que LA PROPIEDAD PERSONAL HA DE SER A LA MEDIDA DEL HOMBRE.

Como un traje. Existe un mínimo de tela, más allá del cual no hay traje. Pero tampoco hay traje posible con doscientos metros de paño.

Todo esto sólo tiene sentido si se considera a la propiedad como instrumento indispensable para la liberación del hombre.

Pero si miramos a nuestro alrededor, ¿vemos algo que se parezca -ni de lejos- a este ideal de propiedad personal querido por la Iglesia y que acabamos de esbozar?

¿Instrumento de libertad la propiedad? ¡Más bien de esclavitud! Esclavos con la servidumbre de la renta, los arrendatarios, y esclavos con la servidumbre de todos los vicios que pare la ociosidad, los arrendadores. Esclavos los proletarios y esclavos los accionistas de las sociedades anónimas. Esclavos los gobiernos a las fuerzas del dinero, y esclavas estas fuerzas de sus propias exigencias.

Escrutemos en toda su anchura el horizonte para ver si descubrimos alguna persona que sea LIBRE para determinarse según su voluntad. Y
únicamente nos podremos fijar en los escasos hogares que sobreviven como recuerdo y testimonio de aquel hogar de Nazaret.

¿Pues cómo la propiedad, con tantas excelencias y posibilidades, sólo sirve de instrumento de opresión y de perversión? ¿Cómo puede armonizarse todo esto?