Reflexiones de la DSI – Sobre la situación actual

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Es enseñanza general de los primeros Padres de la Iglesia que los seres humanos no somos propietarios de los bienes, en el sentido que le daba a esta palabra el derecho romano –derecho de uso y abuso de los mismos-, sino que somos administradores en favor del bien común. El Creador ha hecho el mundo no para unos pocos, sino para todos. La democracia debe  regular, controlar, sancionar y valorar estas situaciones, estableciendo leyes que promuevan la igualdad entre los ciudadanos y potencie los bienes elementales para la sociedad.

En el año 1931 el Papa Pío XI, en una encíclica social titulada Quadragesimo anno, decía lo siguiente:

“Salta a los ojos de todos, en primer lugar, que en nuestros tiempos no solo se acumulan riquezas, sino que también se acumula una descomunal y tiránica potencia económica en manos de unos pocos, que la mayor parte de las veces no son dueños, sino solo custodios y administradores de una riqueza en depósito, que ellos manejan a su voluntad y arbitrio. Dominio ejercido de la manera más tiránica por aquellos que teniendo en sus manos el dinero y dominando sobre él, se apoderan también de las finanzas y señorean sobre el crédito, y por esta razón administran, diríase, la sangre de la que vive toda la economía y tienen en sus manos el alma de la misma, de modo que nada ni nadie puede respirar contra su voluntad. Últimas consecuencias del espíritu individualista en economía, son esas que vosotros mismos no solo estáis viendo, sino también padeciendo: la libre concurrencia se ha destruido a sí misma; la dictadura económica se ha adueñado del mercado libre; por consiguiente, al deseo de lucro ha sucedido la desenfrenada ambición de poderío; la economía toda se ha hecho horrendamente dura, cruel, atroz”.

“Son de alabar los avances que contribuyen al bienestar de la gente, como, por ejemplo, en el ámbito de la salud, de la educación y de la comunicación. Sin embargo, no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive precariamente el día a día, con consecuencias funestas. Algunas patologías van en aumento. El miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas, incluso en los llamados países ricos. La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente. Hay que luchar para vivir y, a menudo, para vivir con poca dignidad”. (Evangelii Gaudium 52).

“Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata”. (EG. 53).