La biopolítica de los cuerpos

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El creciente acceso al cuerpo en cada fase de la vida que hace posible la biotecnología, condiciona en todas partes el ejercicio del derecho a la vida de los individuos y la calidad de la convivencia política.

En una democracia, la biopolítica tiene como objeto una relación de cuidado y tutela de la vida y, eventualmente, de mejo­ramiento. La intervención médico-biopolítica no se limita a responder a las necesidades del enfermo, sino que incluye a la socie­dad en su complejidad como objeto de una planificación global en orden a la salud, donde la convivencia política puede convertirse en un sistema de meros cuerpos.

El cuidado de los cuerpos es un aspecto del cuidado de la persona, pero no puede convertirse en el todo de la política, so pena de caer en una somatocracia, entendida en un doble sentido: uno, como dominio del valor del cuerpo sobre todo lo demás, incluido el honor, el bien y la verdad; y otro, en sentido derivado, como dominio de la política sobre los cuerpos y sobre la vida (biocracia). Si los totalitaris­mos hacían prevalecer el segundo aspecto, hoy predomina el primero. Esto puede manifestarse en forma de derecho efectivo a la tutela de la salud, o bien como un centramiento exclusivo en la vida corporal que pretendería dominar con su carácter físico todos los demás aspectos.

Cuando la biopolítica se entiende como política de los cuerpos, el verdadero objeto de la biopolítica sería el cuerpo, lo cual presupone reducir la persona a un cuerpo con el fin de proteger su existencia y sanar sus patologías. En sus for­mas radicales, la política de los cuerpos y el Estado de los cuerpos se convierten en la política y el Estado del ghenos y de la raza.

Incluso sin llegar a esta tesis extrema, es evidente que la cuestión del cuerpo (humano), de su fisiología y su patología, acaba por fundarse como disciplina política central.

 La ausencia de la persona.

La fuerte presión biologicista que ha tenido lugar en parte del siglo XX ha sostenido que el cuerpo es el único objeto de la política y que su tarea se resume en gestionar los cuerpos. Es una idea basada en la supuesta identidad entre ser humano y cuerpo, a la que nada escaparía. Al reducir todo el hombre a su existencia corpórea, se confir­ma su completa biologización. De este modo, se verifica una somatocracia o dominio sobre el cuerpo, con el que la biopolítica se apodera de la vida humana, afirmando su carácter exclusivamente físico: la persona no es más que cuerpo orgánico. Esta es la tesis materialista y biologicista que, ciega para ver a la persona, asume que quien tiene poder sobre su cuerpo, tiene poder sobre el hombre.

Con la somatocracia la salud se convierte en una obligación política y económica. Desde finales del siglo XIX los gobiernos se hacen cargo de la salud de la población. Inicialmente la cuestión se plantea en términos físicos, cuya preocupación central es la degeneración de la raza. A partir del siglo XX la preocupación es la de la salud mental. Se trata de gestionar la salud mental en todos los ámbitos cotidianos: familia, trabajo, educación, ocio. Se inicia el dominio de las disciplinas psi (psicología, psiquiatría, psicoanálisis…). Los seres humanos se convierten en sujetos psicológicos, cuyos estados pueden ser regulados.

Derecho al cuidado de la salud y derecho a la vida.

La biopolítica aborda hoy directamente la relación entre el de­recho a la vida y el derecho al cuidado de la salud. La cre­ciente y ansiosa demanda de salud por parte de la sociedad, que implica de lleno a la profesión médica, genera un con­trato implícito y plantea serias dudas.

En primera instancia, el sistema sanitario y el aparato bio-médico-político pro­meten a los ciudadanos salud a manos llenas, pero a la vez piden, hasta imperiosamente, que los mismos ciudadanos se amolden a seguir reglas de prudencia higiénico-sanitarias y prácticas saludables para tener éxito. A la demanda acu­ciante de salud, la política trata de responder reavivando el deber de cuidar la propia salud, cosa que a menudo se ha tachado de paternalismo ético o de imposición ética por parte del Estado.

Pero este no es el tema que más escuece: el problema más delicado viene de encontrar el equilibrio adecuado entre el derecho al cuidado de la salud y el derecho a la vida. Hablo de derecho al cuidado de la salud en lugar de derecho a la salud, en tanto que la salud es un hecho, no un derecho: el único derecho existente en este sentido es justamente el derecho a cuidarla.

El objetivo primordial de multitud de biopolíticas del siglo XX ha sido el derecho al cuidado de la salud, que parece gozar de un estatuto más elevado que el derecho a la vida.

Mientras que el primero no encuentra obstáculos, si acaso los económicos, para realizarse de la forma creciente que experimentamos a diario, el derecho a la vida ha sufrido más presiones y limitaciones que refren­dos.

Es como si, a los ojos de muchos, el derecho a la salud y a la calidad de vida fuese más importante y decisivo que el derecho a la vida. Esto implica que nos vamos dirigiendo hacia numerosos callejones sin salida, como la selección de embriones, la eugenesia, la petición de eutanasia cuando el nivel de salud está fuertemente limitado, etc. Una serie de prácticas que, de diversa manera, son negaciones del dere­cho a la vida.