Tecnología y poder

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Hemos entrado en una nueva era caracterizada por un crecimiento tecnológico impetuoso, que se ha acelerado después de siglos de grandes descubrimientos, de la máquina de vapor al tren, de la electricidad al automóvil y a los aviones; y la biología, la química y la medicina, cuyos descubrimientos se han trasladado al plano industrial, han dado pasos de gigante.

Pero la enorme explosión tecnológica -a decir verdad, aún no plenamente comprensible y cuantificable- debida a la informática y a la consiguiente revolución digital, con la robótica, las biotecnologías, la inteligencia artificial y las nanotecnologías, tiene otras dimensiones. Nos espanta incluso llegar a un ser humano totalmente biónico. Se trata de un enorme avance técnico y tecnológico que, indudablemente, despierta entusiasmo por las amplias posibilidades que abre. «La ciencia y la tecnología son un producto maravilloso de la creatividad humana, que es un don de Dios», decía Juan Pablo II ya en 1981, en Hiroshima, lugar-símbolo del uso perverso de la ciencia y la tecnología.

El uso y la transformación de la naturaleza para crear cosas útiles para el género humano han caracterizado a la humanidad desde sus albores, casi sin cesar. En efecto, la técnica expresa la tensión del alma humana por superar gradualmente la pesadez de la materia y sus condicionamientos (CV69). Como todos pueden ver, la tecnología ha creado soluciones antes inimaginables para responder a los innumerables males que afligían y limitaban al ser humano. ¿Cómo no apreciar los progresos conseguidos en medicina, biología, ingeniería, comunicaciones e informática? Y ¿cómo no aplaudir los esfuerzos de innumerables científicos y técnicos que han buscado alternativas para el desarrollo sostenible?

La ciencia y la técnica, si se orientan bien y se utilizan con prudencia ética, son capaces de crear objetos y procesos realmente preciosos para mejorar la calidad de la vida cotidiana de los seres humanos, como los utensilios de uso doméstico, los grandes medios de transporte, las comunicaciones, las infraestructuras o los espacios públicos tecnologizados. La ciencia y la técnica son también capaces de acercar a lo bello y de hacer que el ser humano, inmerso en una sociedad cada vez más materialista, se convierta a la belleza. No solo porque no se puede negar el esplendor de un avión futurista o la esbeltez de ciertos rascacielos que desafían el horizonte, o incluso la estética perfecta de la fórmula química de un polímero, y también porque preciosas obras figurativas o musicales se obtienen ya mediante el recurso a instrumentos técnicos futuristas de naturaleza digital. Así, de un modo u otro, se acentúa la sensibilidad de los usuarios hacia lo bello y se da un salto humanista que puede ser decisivo hacia una plenitud de sensibilidad propiamente humana.

Pero, al mismo tiempo, nadie puede negar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática, las neurociencias y otras viejas y nuevas ciencias tienen un potencial como para crear un tremendo poder que hoy está en manos no de los investigadores, sino de los propietarios de las patentes de invención o de procesos técnicos innovadores. Quienes poseen los conocimientos técnico-científicos para explotarlas, adquieren un dominio impresionante sobre el conjunto del género humano y de todo el planeta, incluso para una posible destrucción de toda la humanidad.

Nunca el ser humano ha tenido tanto poder, constructivo y destructivo a la vez, sobre sí mismo y sobre la naturaleza, y no hay garantías de que utilizará bien ese poder, sobre todo si se considera el modo en el que hoy, a menudo, se está sirviendo de él sin ninguna visión de futuro. Baste recordar las bombas atómicas explosionadas en pleno siglo xx; baste recordar también el gran despliegue de tecnología ostentado por el nazismo, por el comunismo y por otros regímenes totalitarios al servicio del exterminio de millones de personas; sin olvidar que hoy la guerra dispone de instrumentos cada vez más mortíferos, capaces de actuar milimétricamente a miles de kilómetros de distan-

¿Qué manos gobiernan este poder? Es terriblemente arriesgado que sea prerrogativa de una pequeñísima parte de la humanidad, a menudo oscura y desconocida.

Extracto de libro «Poder y dinero. La justicia social según Bergoglio» (Michele Zanzucchi)