«Todos santos» – Guillermo Rovirosa (1897- 1964)

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Son muchos los sociólogos y tratadistas de nuestro país que, después de páginas y más páginas destinadas a comentar las normas pontificias en materias sociales, llegan a la conclusión de que la verdadera (por no decir la única) solución consiste en que los patronos sean buenos patronos y los obreros sean buenos obreros.

Conseguido esto, desaparecerán todos los problemas; el país será una balsa de aceite, y se habrá acabado por consunción la cuestión social…, sin necesidad de tocar ninguna de las actuales estructuras sociales y económicas…, que era lo que se trataba de demostrar.

O sea: que no hay que gastar energías en remover el régimen capitalista, sino que todos los esfuerzos han de encaminarse a conseguir una santificación colectiva. Todo lo demás, suponen, se nos dará por añadidura.

En abstracto, ¿quién se atreverá a negarles la razón? Pero el caso es que no nos movemos ni sufrimos la miseria social solamente en abstracto, sino demasiado en concreto, y es en ambos terrenos en los que hay que plantear los problemas y resolverlos.

Lo primero que cabe preguntar es si existe noticia de que en algún lugar o época se haya dado el fenómeno de la santidad colectiva, de tal manera que ha sido innecesario actuar sobre las estructuras sociales, ya que la santidad de TODOS los componentes del grupo humano lo hacía inútil.

El hecho histórico, desde luego, es negativo, aun para agrupaciones humanas de reducidas dimensiones.

Pero, aun éticamente considerado el asunto, no parece que aquella posición tenga consistencia alguna. Hay un principio que afirma que lo que es principal como objetivo, es lo último que se consigue. Por ejemplo: ganar una guerra. Este es el objetivo final; todos los demás son secundarios, pero anteriores al fin principal. Y no es menester poner más ejemplos, porque éstos nos rodean por todas partes.

Si se admite que el fin principal del hombre es su santidad, todo lo demás se ordenará a que este fin pueda alcanzarse. En la frase todo lo demás, entran, no solamente los valores individuales, sino los sociales, políticos, económicos, etc. Por eso la Iglesia viene afirmando machaconamente que la posesión de un mínimo de bienes es indispensable para la práctica de la virtud. Por eso el Papa insiste en que se reforme, se revise, se perfeccione, la actual injusta ordenación social.

En cambio, aquellos sociólogos plantean el problema al revés, y vienen a decir: Ganemos primero la guerra, y con ello quedarán ganadas todas las batallas. Seamos todos santos, y no habrá que tocar nada del capitalismo.