TRABAJADORES (Y EMPRESARIOS)

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HOMILÍA EN EL JUBILEO DE LOS TRABAJADORES

Tor Vergata (Roma)  1 de mayo de 2000

  1. “Haz prósperas, Señor, las obras de nuestras manos” (Salmo responsorial). Estas palabras, que hemos repetido en el Salmo responsorial, expresan bien el sentido de esta jornada jubilar. Del vasto y multiforme mundo del trabajo se eleva hoy, 1 de mayo, una invocación coral:  ¡Señor, haz prósperas y consolida las obras de nuestras manos!

Nuestra tarea, en los hogares, en los campos, en las industrias y en las oficinas, podría convertirse en una actividad afanosa, en definitiva, vacía de significado (cf. Qo 1, 3). Pedimos al Señor que sea más bien la realización de su designio, de modo que nuestro trabajo recupere su significado originario.

¿Y cuál es el significado originario del trabajo? Lo hemos escuchado en la primera lectura, tomada del libro del Génesis. Al hombre, creado a su imagen y semejanza, Dios le da este mandato:  “Llenad la tierra y sometedla…” (Gn 1, 28). San Pablo, en su carta a los cristianos de Tesalónica, se hace eco de estas palabras:  “Cuando estábamos entre vosotros, os  mandábamos  esto:  si alguno no quiere  trabajar, que tampoco coma”, y  los  exhorta “a  que  trabajen con sosiego para comer su propio pan” (2 Ts 3, 10. 12).

Por tanto, en el proyecto de Dios el trabajo aparece como un derecho-deber. Necesario para que los bienes de la tierra sean útiles a la vida de los hombres y de la sociedad, contribuye a orientar la actividad humana hacia Dios en el cumplimiento de su mandato de “someter la tierra”. A este propósito, resuena en nuestro corazón otra exhortación del Apóstol:  “Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Co 10, 31).

  1. El Año jubilar nos impulsa a dirigir nuestra mirada al misterio de la Encarnación y, al mismo tiempo, nos invita a reflexionar con particular intensidad en la vida oculta de Jesús en Nazaret. Fue allí donde pasó la mayor parte de su existencia terrena. Con su laboriosidad silenciosa en el taller de san José, Jesús dio la  más alta demostración de la dignidad del trabajo. El evangelio de hoy narra cómo lo acogieron con admiración los habitantes de Nazaret, sus paisanos, preguntándose unos a otros:  “¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero?” (Mt 13, 54-55).

El Hijo de Dios no desdeñó la calificación de carpintero, y no quiso eximirse de la condición normal de todo hombre. “La elocuencia de la vida de Cristo es inequívoca:  pertenece  al mundo del trabajo; tiene  reconocimiento  y  respeto por el trabajo humano; se puede decir incluso más:  mira con amor el trabajo, sus diversas manifestaciones, viendo en cada una de ellas un aspecto particular de la semejanza del hombre con Dios, Creador y Padre” (Laborem exercens, 26).

Del Evangelio  de  Cristo  deriva  la enseñanza de los Apóstoles y de la Iglesia; deriva una verdadera y característica espiritualidad cristiana del trabajo, que ha encontrado una expresión eminente en la constitución Gaudium et spes del concilio ecuménico Vaticano II (cf. nn. 33-39 y 63-72). Después de siglos de graves tensiones sociales e ideológicas, el mundo contemporáneo, cada vez más interdependiente, tiene necesidad de este “evangelio del trabajo”, para que la actividad humana promueva el auténtico desarrollo de las personas y de toda la humanidad.

  1. Amadísimos hermanos y hermanas, a vosotros, que hoy representáis a todo el mundo del trabajo reunido para la celebración jubilar, ¿qué os dice el jubileo? ¿Qué dice el jubileo a la sociedad, para la que el trabajo, además de ser una estructura basilar, constituye un terreno de verificación de sus opciones de valor y de civilización?

Ya desde sus orígenes judíos, el jubileo se refería directamente a la realidad del trabajo, al ser el pueblo de Dios un pueblo de hombres libres, que el Señor había rescatado de su condición de esclavitud (cf. Lv 25). En el misterio pascual, Cristo perfecciona también esta institución de la ley antigua, confiriéndole pleno sentido espiritual, pero integrando su valor social en el gran designio del Reino, que como “levadura” hace desarrollar a toda la sociedad en la línea del verdadero progreso.

Así pues, el Año jubilar impulsa a un redescubrimiento del sentido y del valor del trabajo. Invita, asimismo, a afrontar los desequilibrios económicos y sociales existentes en el mundo laboral, restableciendo la justa jerarquía de los valores y, en primer lugar, la dignidad del hombre y de la mujer que trabajan, su libertad, su responsabilidad y su participación. Lleva, además, a remediar las situaciones de injusticia, salvaguardando las culturas propias de cada pueblo y los diversos modelos de desarrollo.

En este momento, no puedo por menos de expresar mi solidaridad a todos los que sufren por falta de empleo, por salario insuficiente, por indigencia de medios materiales. Tengo muy presentes en mi corazón a las poblaciones sometidas a una pobreza que ofende su dignidad, impidiéndoles compartir los bienes de la tierra y obligándolas a alimentarse con lo que cae de la mesa de los ricos (cf. Incarnationis mysterium, 12). Comprometerse a remediar estas situaciones es obra de justicia y paz.

Las nuevas realidades, que se manifiestan con fuerza en el proceso productivo, como la globalización de las finanzas, de la economía, del comercio y del trabajo, jamás deben violar la dignidad y la centralidad de la persona humana, ni la libertad y la democracia de los pueblos. La solidaridad, la participación y la posibilidad de gestionar estos cambios radicales constituyen, si no la solución, ciertamente la necesaria garantía ética para que las personas y los pueblos no se conviertan en instrumentos, sino en protagonistas de su futuro. Todo esto puede realizarse y, dado que es posible, constituye un deber.

Sobre estos temas está reflexionando el Consejo pontificio Justicia y paz, que sigue de cerca el desarrollo de la situación económica y social en el mundo, para estudiar sus repercusiones en el ser humano. Fruto de esta reflexión será un Compendio de la doctrina social de la Iglesia, actualmente en elaboración.

  1. Amadísimos trabajadores, la figura de José de Nazaret, cuya estatura espiritual y moral era tan elevada como humilde y discreta, ilumina nuestro encuentro. En él se realiza la promesa del Salmo:  “¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. (…) Así será bendito el hombre que teme al Señor” (Sal 127, 1-2). El Custodio del Redentor enseñó a Jesús el oficio de carpintero, pero, sobre todo, le dio el ejemplo valiosísimo de lo que la Escritura llama “el temor de Dios”, principio mismo de la sabiduría, que consiste en la religiosa sumisión a él y en el deseo íntimo de buscar y cumplir siempre su voluntad. Queridos hermanos, esta es la verdadera fuente de bendición para cada hombre, para cada familia y para cada nación.

A san José, trabajador y hombre justo, y a su santísima esposa María, les encomiendo vuestro jubileo, a todos vosotros y a vuestras familias.

“Bendice, Señor, las obras de nuestras manos”. Bendice, Señor de los siglos y los milenios, el trabajo diario con el que el hombre y la mujer se procuran el pan para sí y para sus seres queridos. En tus manos paternas depositamos también el cansancio y los sacrificios vinculados al trabajo, en unión con tu Hijo Jesucristo, que ha rescatado el trabajo humano del yugo del pecado y le ha devuelto su dignidad originaria. Honor y gloria a ti, hoy y siempre. Amén.

DISCURSO CON OCASIÓN DEL JUBILEO DE LOS TRABAJADORES

 Tor Vergata (Roma), 1 de mayo de 2000

  1. Al término de este encuentro jubilar, quisiera una vez más dirigiros a todos mi más cordial saludo. Gracias a cuantos han organizado esta importante manifestación en este lugar, en el que se celebrarán otros encuentros durante el jubileo, sobre todo con ocasión de la Jornada mundial de la juventud.

Agradezco de modo especial al señor Juan Somavia, director general de la Organización internacional del trabajo, y a la doctora Paola Bignardi, presidenta nacional de la Acción católica italiana, las amables palabras que me han dirigido en nombre de todos. Saludo a todas las autoridades presentes, entre las cuales se encuentra el presidente del Gobierno italiano, profesor Giuliano Amato. Por medio de vosotros, aquí presentes, quisiera enviar mi cordial saludo a todo el mundo del trabajo.

  1. La fiesta del trabajo trae a la memoria la laboriosidad de los hombres que, cumpliendo el mandato del Señor de la vida, quieren ser constructores de un futuro de esperanza, justicia y solidaridad para la humanidad entera. En este camino de civilización, gracias a las nuevas tecnologías y a la telemática, se abren hoy posibilidades inéditas de progreso. Sin embargo, surgen nuevos problemas, que se añaden a los anteriores y suscitan una legítima preocupación. En efecto, perduran, y a veces se agravan en algunas partes de la tierra, fenómenos como el desempleo, la explotación de menores y la insuficiencia de los salarios. Es necesario reconocer que la organización del trabajo no siempre respeta la dignidad de la persona humana, y que no se tiene debidamente en cuenta el destino universal de los recursos.

El compromiso de resolver, en cada región del mundo, estos problemas, implica a todos:  a vosotros, empresarios y dirigentes; a vosotros, financieros; y a vosotros, artesanos, comerciantes y trabajadores dependientes. Todos debemos colaborar para que el sistema económico, en el que vivimos, no altere el orden fundamental de la prioridad del trabajo sobre el capital, del bien común sobre el privado. Como acaba de recordar el señor Juan Somavia, es muy necesario constituir en el mundo una coalición en favor del “trabajo digno”.

La globalización es hoy un fenómeno presente en todos los ámbitos de la vida humana, pero es un fenómeno que hay que gestionar con sabiduría. Es preciso globalizar la solidaridad.

  1. El jubileo ofrece una ocasión propicia para abrir los ojos a la pobreza y la marginación, no sólo de las personas individualmente sino también de los grupos y los pueblos. En la bula de convocación del jubileo recordé que “muchas naciones, especialmente las más pobres, se encuentran  oprimidas  por  una deuda que ha adquirido unas proporciones que hacen prácticamente imposible su pago” (Incarnationis mysterium, 12). Sería de desear que se realizara un gesto jubilar de reducir o incluso condonar esta deuda.

Este llamamiento se dirige a las naciones ricas y desarrolladas; se dirige, asimismo, a quienes poseen grandes capitales, y a cuantos tienen la capacidad de suscitar solidaridad entre los pueblos.

Que resuene en este histórico encuentro, en el que se hallan unidos en un mismo empeño  trabajadores creyentes y organizaciones laborales no confesionales.

Queridos trabajadores, empresarios, cooperadores, agentes financieros y comerciantes, unid vuestros brazos, vuestra mente y vuestro corazón para contribuir a construir una sociedad que respete al hombre y su trabajo. El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Cuanto se realiza al servicio de una justicia mayor, de una fraternidad más vasta y de un orden más humano en las relaciones sociales, cuenta más que cualquier tipo de progreso en el campo técnico.

Amadísimos hermanos y hermanas, el Papa tiene muy presentes vuestros problemas, vuestras preocupaciones, vuestras expectativas y esperanzas. Aprecia vuestro esfuerzo, vuestro apego a la familia y vuestra conciencia profesional. Está cercano a vosotros en vuestro compromiso en favor de una sociedad más justa y solidaria, os anima y os bendice de corazón.

Al concluir, quisiera saludar a los organizadores de esta celebración. Doy las gracias a la universidad de Tor Vergata, al Ayuntamiento de Roma, al Vicariato de Roma y al Gobierno italiano por la preparación de esta vastísima área, que ya desde ahora veo llena de jóvenes de todo el mundo en agosto. Sobre todo os doy las gracias a vosotros, aquí reunidos. Doy las gracias al señor presidente del Gobierno, al señor alcalde y a todas las autoridades. He sabido que muchos de vosotros habéis tenido que hacer un largo camino para llegar hasta este lugar. Lo siento, pero esperamos que en el futuro también se resuelvan estas dificultades para el bien de todos, especialmente de los peregrinos. Estoy seguro de que Roma seguirá siendo hospitalaria y acogedora para todos, en particular para los peregrinos del gran jubileo del año 2000.

Saludos (En inglés) Saludo a los peregrinos de lengua inglesa que han participado en la celebración del jubileo de los trabajadores. Por intercesión de san José, a través de cuyas palabras y ejemplo Jesús aprendió el valor del trabajo honrado, pido a Dios todopoderoso  que  bendiga  y fecunde el trabajo  de  vuestras  manos:  que todos contribuyáis a la promoción de la dignidad humana de los trabajadores y de sus familias. Sobre todos invoco la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo.

(En francés) Saludo cordialmente a los trabajadores de lengua francesa que han venido para celebrar la fiesta del trabajo. Que Dios bendiga vuestro trabajo y vuestros esfuerzos. En este día toda la Iglesia se une a vuestra oración, rindiendo homenaje a vuestro trabajo en lo que tiene de noble y meritorio. La Iglesia cree que la actividad humana, tanto individual como colectiva, se inscribe en el plan de Dios, prolongando la obra del Creador. En nombre de Cristo, trabajador divino, os imparto la bendición apostólica.

(En español) En el día de san José obrero os saludo a todos los peregrinos de lengua española que estáis participando en este encuentro jubilar. Que vuestro trabajo cotidiano, tantas veces duro y costoso, sea medio de realización personal, participación en el proyecto de Dios, que creó al hombre para que continuase su obra, y camino de santificación para vuestra vida. Muchas gracias.

(En alemán) Doy una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua alemana. Cada día cruzáis varias puertas en vuestros lugares de trabajo:  en las fábricas y en las oficinas, en las empresas y en los negocios. La Puerta santa, que este año permanece abierta, es una puerta particular:  representa a Cristo, que es la puerta de la vida. Os deseo la vida en abundancia, que Cristo nos ha traído.

(En polaco) Saludo cordialmente a los trabajadores que han venido de Polonia para este encuentro jubilar en Roma. Dirijo un saludo particular a los miembros y responsables de “Solidaridad” con el presidente dr. Marian Krzaklewski. Os agradezco vuestra participación en esta reunión, tan numerosa. Saludo, asimismo, a los diversos grupos de profesionales, trabajadores y empresarios. Me complace vuestra presencia y quisiera deciros que estáis cerca de mí de un modo particular. Deseo fervientemente que en nuestra patria todos tengan trabajo, que puedan ganarse el pan con el esfuerzo de sus manos y gocen de condiciones de empleo dignas. Que vuestro trabajo esté al servicio del bien común, del bien de la persona y de la sociedad; que una y no separe; que sea fuente de alegría y de bendición. Llevad mi saludo a todos los trabajadores que se encuentran en la patria.

DISCURSO A EMPRESARIOS Y SINDICATOS DE TRABAJADORES

 2 de mayo de 2000

 Amadísimos hermanos y hermanas: 

  1. Me alegra encontrarme nuevamente con vosotros al día siguiente del jubileo mundial de los trabajadores, que celebramos juntos ayer en Tor Vergata.

Gracias por vuestra presencia. Os saludo a todos cordialmente. En particular saludo a monseñor Fernando Charrier y le agradezco las amables palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. El jubileo de los trabajadores, con motivo del cual se reunieron en Roma representantes y agentes del vasto campo del trabajo procedentes de todo el mundo, nos brindó la oportunidad de repasar las complejas realidades relacionadas con el empleo, tanto en su dimensión mundial como en sus diversos sectores. Nos dimos cuenta de cuán grande es aún la necesidad de intervenir de modo eficaz para lograr que el trabajo humano ocupe en la cultura, en la economía y en la política, el lugar que le corresponde, respetando plenamente la persona del trabajador y su familia, sin perjudicar a ninguna de las dos.

La Iglesia sigue con gran atención estos problemas, sobre todo a través de la labor del Consejo pontificio Justicia y paz, que se mantiene en contacto con las organizaciones internacionales de los trabajadores, de los empresarios y del mundo de las finanzas. Espero que esta fecunda colaboración prosiga para que favorezca una presencia cada vez más eficaz de la Iglesia en el mundo del trabajo.

  1. Hablando con vosotros, queridos hermanos y hermanas, quisiera poner de relieve un aspecto característico del trabajo, que de ordinario se indica con el término “calidad total”. Fundamentalmente, se trata de la condición del hombre en el proceso productivo:  sólo su participación efectiva en ese proceso puede  hacer que la empresa sea una auténtica “comunidad de personas” (cf.Centesimus annus, 35). Es un desafío que acompaña el gran progreso de las nuevas tecnologías, a las que se ha de reconocer el mérito de haber aliviado, al menos en parte, el elemento de fatiga humana en el trabajo. Ese desafío se ha de afrontar de modo que el “dador de trabajo indirecto”, es decir, todas las “fuerzas” que determinan el entero sistema socio-económico o que resultan de él (cf. ib., 17), estén al servicio del hombre y de la sociedad.

Queridos empresarios, agentes de finanzas, sindicatos de trabajadores y todos los que con la cooperación y el comercio os ponéis al servicio de un desarrollo digno del hombre, os compete realizar una tarea sumamente ardua, pero de gran trascendencia. Sin duda, el rescate del hombre frente al trabajo depende, en gran medida, de las orientaciones de las finanzas y de la economía, las cuales deben captar cada vez más su elemento distintivo, es decir, el peculiar “servicio” que están llamadas a dar al desarrollo. Ciertamente, el grave fenómeno del desempleo, que afecta a hombres, mujeres y jóvenes, y al que de muchas maneras se trata de encontrar solución, tendría éxito si la economía, las finanzas y la misma organización nacional y mundial del trabajo no perdieran nunca de vista el bien del hombre como su meta última.

  1. La así llamada “globalización” contribuye hoy a hacer aún más complejo el mundo del trabajo. Se trata de un fenómeno nuevo, que es preciso conocer y valorar con un análisis atento y puntual, pues se presenta con una marcada nota de “ambivalencia”. Puede ser un bien para el hombre y para la sociedad, pero podría constituir también un daño de notables consecuencias. Todo depende de algunas opciones de fondo, es decir:  si la “globalización” se pone al servicio del hombre, y de todo hombre, o si exclusivamente contribuye a un desarrollo desvinculado de los principios de solidaridad y participación, y fuera de una subsidiariedad responsable.

Al respecto, es importante tener presente que cuanto más global sea el mercado, tanto más debe ser equilibrado por una cultura global de la solidaridad, atenta a las necesidades de los más débiles. Además, es preciso salvaguardar la democracia, incluso económica, y a la vez una recta concepción de la persona y de la sociedad.

El hombre tiene derecho a un desarrollo que abarque todas las dimensiones de su vida. La economía, incluso cuando está globalizada, se debe integrar en el entramado de las relaciones sociales, de las que constituye un elemento importante, pero no exclusivo.

También para la globalización es necesaria una nueva cultura, nuevas reglas y nuevas instituciones a nivel mundial. En este campo, la política y la economía deben colaborar para determinar proyectos, a corto, medio o largo plazo, que tengan como objetivo la condonación, o al menos la disminución, de la deuda externa de los países pobres del mundo. En este sentido, ya se ha emprendido un loable camino de corresponsabilidad, que es necesario reforzar y, este sí, globalizar para que todos los países se sientan implicados. Se trata de un camino arduo que, precisamente por eso, exalta la responsabilidad de cada uno y de todos.

  1. He aquí, amadísimos hermanos y hermanas, el vasto campo que se abre ante vosotros; he aquí la contribución que debe dar cada uno de vosotros y, junto con vosotros, las instituciones que representáis. La Iglesia aprecia vuestra labor y os acompaña en vuestro esfuerzo por crear, en un mundo marcado por complejas relaciones de interdependencia, relaciones de colaboración solidaria y efectiva. A cada uno de vosotros aseguro mi recuerdo en la oración y encomiendo todos vuestros propósitos a María y a José, cooperadores fieles de la obra de la salvación, mientras de corazón os bendigo a vosotros, así como a vuestros colaboradores y a vuestras familias.

AL MOVIMIENTO MUNDIAL DE TRABAJADORES CRISTIANOS REUNIDOS EN ASAMBLEA PLENARIA EN SÃO PAULO

Vaticano, 7 de mayo de 2000

Al señor Laurent Katame  presidente del Movimiento mundial de trabajadores cristianos 1. En este momento, en que el Movimiento mundial de trabajadores cristianos está reunido en São Paulo para su asamblea general, le envío a usted, señor presidente, así como a todas las personas presentes, mis saludos cordiales, asegurándoles mi oración ferviente. Quiero animar a los participantes en la asamblea, y por medio de ellos a todos los miembros del Movimiento, en sus compromisos y responsabilidades de trabajadores cristianos. Estas reuniones constituyen un momento importante para el conjunto del Movimiento, pues brindan a sus militantes la ocasión de obtener un nuevo dinamismo humano y cristiano, a fin de dar su contribución para afrontar los desafíos que se plantean hoy al mundo del trabajo.

En la actividad de vuestro movimiento se atribuye gran importancia a la revisión de vida, para dirigir una mirada evangélica a las personas y a las situaciones, a fin de permitir un compromiso cada vez más auténtico al servicio de la libertad y del respeto a todos los trabajadores, así como de su participación solidaria en la vida profesional. Esta pedagogía debe contribuir a estructurar la vida personal y colectiva. Su punto de partida es espiritual; en efecto, supone una relación profunda con Cristo, que llama a sus discípulos a defender al hombre y a enraizar toda acción en los principios morales y evangélicos fundamentales. Por tanto, para consolidar mejor su misión al servicio del Evangelio en la sociedad, es particularmente oportuno que en este Año jubilar todo trabajador cristiano se acerque cada vez más a Cristo, Redentor del hombre y Señor de la historia, recibiendo de él las gracias necesarias para su obra humana. Con este espíritu, la participación en la Eucaristía recuerda la misión específica del hombre en el seno de la creación redimida; la acción del hombre, unida al sacrificio de Cristo, alcanza su dimensión plena, puesto que todo cristiano está invitado a ofrecer a Dios, como dice la plegaria del ofertorio, el “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”, para recibir de su Salvador el pan de la vida eterna.

  1. Con su trabajo, los hombres tienen la misión de construir un mundo justo y fraterno, donde se reconozcan a los trabajadores el lugar y la dignidad a los que tienen derecho. Al preocuparse por la creación, conservan y desarrollan los bienes de la tierra. Por eso, el trabajo los lleva a Dios, cuya obra creadora prolongan (cf. Laborem exercens, 25), y contribuyen  a  la  realización del plan divino en la historia (cf. Gaudium et spes,34). El trabajo también impulsa al hombre hacia sus hermanos mediante la práctica del amor al prójimo y la posibilidad, para el conjunto de la sociedad, de beneficiarse de los productos del trabajo de cada uno.

Para permitir que los trabajadores participen cada vez en la vida profesional, es importante que vuestro movimiento se preocupe, en los diferentes niveles de sus estructuras, por la formación espiritual, moral e intelectual de sus miembros, proporcionándoles así los medios para redescubrir el sentido y el valor del trabajo para la persona y para la colectividad (cf. Centesimus annus, 6; Laborem exercens, 8), y suministrándoles también instrumentos de reflexión y análisis, y puntos de referencia para su acción personal y colectiva. Del mismo modo, conviene que cada uno encuentre su lugar específico en las redes de relaciones profesionales o extraprofesionales, para poder participar activamente en la vida de la ciudad. En efecto, cada persona es un elemento indispensable de la vida de la empresa y de la sociedad, y debe ser consciente de su papel al servicio de la colectividad.

Aunque ocupe un lugar importante en su vida, el trabajo no es todo para el hombre. Para un mejor equilibrio de las personas, conviene estar atentos al tiempo libre, a la vida personal y familiar, y al descanso dominical, que permite dedicarse a Dios para poder vivir más intensamente cada momento de la existencia. Esta atención evita situarse únicamente en el círculo de la adquisición y el consumo desenfrenado de bienes, considerados con mucha frecuencia como el motivo humano primordial del trabajo, y centrar diversamente su existencia.

  1. Sois plenamente conscientes de las enormes transformaciones que afectan hoy a la economía y al mundo del trabajo, bajo el impacto del gran progreso tecnológico y de las nuevas situaciones políticas y culturales. Nadie, ni los dirigentes de empresas, ni los trabajadores, ni los responsables políticos o los protagonistas sociales, debe resignarse a una globalización fundada únicamente en criterios económicos ni puede aceptar la fatalidad de mecanismos ciegos. Con todos los interlocutores de la vida social, mediante el diálogo y la colaboración, los trabajadores están llamados a comprometerse para evitar los daños de la globalización y de una tecnología que aplastan al hombre. La nueva coyuntura económica implica poner a punto nuevos instrumentos de análisis y acción; sobre todo en este campo, las organizaciones de laicos deben contribuir a buscar respuestas inspiradas en los valores evangélicos.
  2. Hay que dedicar atención particular a los jóvenes que buscan empleo, a los desempleados, a los que tienen un salario insuficiente o carecen de medios materiales; es esencial que todos se movilicen en favor de la inserción y de la reinserción del conjunto de la población en edad de realizar una actividad profesional, y que con una solidaridad cada vez más activa se superen las situaciones de pobreza y miseria que ofenden la dignidad. Hoy, con razón, se presta mayor atención a la protección de los trabajadores, que no deben estar sometidos a presiones inhumanas, para que se respeten la dignidad inalienable de las personas y los derechos de cada uno, sobre todo el derecho a una vida decorosa (cf. León XIII, Rerum novarum,4 y 34), así como el justo desarrollo de un plan de carrera. De igual modo, conviene afrontar con seriedad la cuestión de la jubilación de todos los trabajadores. Después de una vida de trabajo, tienen derecho a una jubilación digna (cf. Pío XI, Quadragesimo anno, 81), que les permita vivir y mantener a quienes aún están a su cargo. Se trata de una expresión normal de la solidaridad, la equidad y la justicia entre las generaciones, que la Iglesia desea recordar a todos nuestros contemporáneos.
  3. El Año jubilar es particularmente oportuno para reflexionar en nuevas formas de solidaridad política, económica y social en todos los sectores de la sociedad. La cultura de los trabajadores, a pesar de los obstáculos, debe seguir siendo una cultura solidaria:  en la vida laboral de cada día, en los barrios y entre los jóvenes. Hoy más que nunca, gracias a vuestra caridad y a vuestro sentido de la justicia, esa solidaridad podrá instaurarse, consolidarse y dar frutos. El Año jubilar es también un tiempo favorable para analizar los desequilibrios económicos y sociales existentes en el mundo, en el seno de cada país y en las relaciones entre las naciones, restableciendo una justa jerarquía de valores, y poniendo en primer lugar la dignidad del hombre y de la mujer que trabajan, su libertad, su responsabilidad y su participación necesaria en la vida de la empresa. El jubileo es también una ocasión particularmente significativa para reflexionar en los medios de extender la solidaridad al mundo entero, sobre todo a los países pobres y, en particular, a los que están aplastados por el peso de su deuda. La globalización de la economía y el desarrollo de las nuevas tecnologías ofrecen posibilidades reales de progreso, pero al mismo tiempo multiplican las situaciones de desempleo, de marginación y de precariedad extrema en el trabajo, cuyas primeras y principales víctimas son las mujeres, que, en algunos países donde reina la economía de la subsistencia, constituyen uno de los fundamentos esenciales de dicha economía. La solidaridad y la participación son las garantías morales para que las personas y los pueblos no sean sólo instrumentos, sino que lleguen a ser protagonistas de su propio futuro. Por eso es necesario encaminarse hacia una “globalización de la solidaridad” y una mundialización sin marginación de personas y pueblos. Un signo concreto de esta solidaridad debe ser la anulación de la deuda de los países más pobres, o, por lo menos, una reducción significativa, asegurando, mediante la transparencia de la sociedad civil, que la reducción de las deudas, los préstamos o las inversiones autorizadas se utilicen para el bien común, y ofreciendo conjuntamente ayudas científicas y personal para acompañar los cambios en la economía local. Este tipo de ayuda permitirá formar humana y técnicamente al personal autóctono, con vistas a una verdadera promoción de los trabajadores y de los países en vías de desarrollo, y para que los habitantes de los países implicados gestionen su propia economía. En este campo, vuestro movimiento, presente  en  todos los continentes, da una contribución particularmente valiosa.

Implorando a san José que os acompañe en vuestros trabajos, os imparto de todo corazón la bendición apostólica, que extiendo a todos los participantes en vuestra asamblea general, al conjunto de los miembros del Movimiento mundial de trabajadores cristianos y a sus familias.

PALABRAS A UN GRUPO DE DIRIGENTES DE LA EMPRESA AGIP

Jueves 4 de mayo de 2000

  1. Me alegra dirigiros un saludo particular a vosotros, gestores de las instalaciones de distribución de carburantes de la Empresa general italiana de petróleo (AGIP), que habéis venido a Roma, junto con vuestros familiares, con ocasión del gran jubileo.

Doy las gracias al señor cardenal Virgilio Noè, que se ha hecho intérprete de vuestros sentimientos y ha introducido nuestro encuentro. La Empresa nacional de hidrocarburos (ENI), de la que forma parte la AGIP, ha realizado la gran obra de restauración de la fachada de la basílica de San Pedro, y en esta circunstancia me agrada renovar mi gratitud a quienes dirigieron ese minucioso trabajo, cuyo resultado es objeto de unánime admiración por parte de peregrinos y visitantes.

  1. Habéis venido para realizar vuestra peregrinación jubilar y visitar al Sucesor de Pedro. Al mismo tiempo que os acojo con alegría, deseo recordar brevemente el sentido de la peregrinación jubilar, que expresa y favorece el camino de conversión, auténtico objetivo del Año santo. Convertirse significa realizar un cambio de mentalidad:  de la “del mundo” a la de Dios, que Cristo nos ha revelado y comunicado. Cruzar la Puerta santa expresa precisamente nuestra fe en Cristo y nuestra voluntad de seguirlo a él, que, con su muerte y su resurrección, nos ha hecho pasar del pecado a la gracia, de un modo de vivir dominado por intereses egoístas a otro fundado en el Evangelio, o sea, inspirado en el amor a Dios y al prójimo.

Vuestra visita tiene lugar, por una feliz coincidencia, inmediatamente después del jubileo de los trabajadores. Por tanto, es natural expresaros también a vosotros el deseo que formulé el pasado 1 de mayo a todo el mundo del trabajo, es decir, que vuestra actividad profesional, con la parte de fatiga que comporta inevitablemente, se armonice bien con vuestra vida espiritual y familiar, para corresponder al designio del Creador.

  1. El creyente debe vivir todas las actividades humanas, y también el trabajo, como acción de gracias a Dios. Esta acción de gracias, con una antigua palabra griega que se ha convertido en sagrada para los cristianos, se llama “eucaristía”. Al altar de la santa misa llevamos también las alegrías y la fatiga del trabajo diario, para que el sacerdote las ofrezca junto con el pan y el vino. Con este gesto la persona humana expresa su vocación de imagen de Dios y la actúa plenamente en el día del Señor, cuando participa en la celebración dominical y se dedica con más libertad a la familia, al descanso y a las relaciones fraternas. Ojalá que las legítimas exigencias de vuestra profesión no os impidan vivir de este modo el domingo como el día del Señor.

Poner en práctica el espíritu del jubileo significa dar justa cabida a estos valores fundamentales, que no quitan nada a la actividad laboral, sino que la sitúan en la dimensión que le corresponde, confiriéndole su significado más auténtico.

Os deseo de corazón que esta peregrinación refuerce vuestro compromiso cristiano y, a la vez que os aseguro un constante recuerdo ante el Señor, os imparto a todos una especial bendición apostólica.