Catequesis de Francisco «Bienaventurados los mansos porque heredarán la tierra»

En a catequesis del miércoles 19 de febrero Francisco abordó la bienaventuranza que dice: «Felices los mansos, porque ellos heredarán la tierra» (Mt 5,4). Cuando decimos que una persona es “mansa” nos referimos a que es dócil, suave, afable, a que no es violenta ni colérica. La mansedumbre se manifiesta sobre todo en los momentos de conflicto, cuando estamos “bajo presión”, cuando somos atacados, ofendidos, agredidos. Nuestro modelo es Jesús, que vivió cada momento, especialmente su Pasión, con docilidad y mansedumbre.

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la catequesis de hoy abordaremos la bienaventuranza que dice: «Bienaventurados los mansos porque heredarán la tierra» (Mt 5, 5).

El término «manso» usado aquí significa literalmente dulce, afable, gentil, libre de violencia. La mansedumbre se manifiesta en momentos de conflicto, se puede ver cómo reaccionamos ante una situación hostil. Cualquiera puede parecer pacífico cuando todo está tranquilo, pero ¿cómo reaccionamos «bajo presión» si somos atacados, ofendidos, agredidos?

En un pasaje, San Pablo recuerda «la dulzura y la mansedumbre de Cristo» (2 Cor 10, 1). Y San Pedro a su vez recuerda la actitud de Jesús en la Pasión: no respondió y no amenazó, porque «se confió al que juzga con justicia» (1 Pt 2, 23). Y la mansedumbre de Jesús se manifiesta fuertemente en su Pasión.

En las Escrituras, la palabra «manso» también indica a alguien que no tiene propiedad de tierras; y, por lo tanto, nos sorprende que la esta bienaventuranza nos dice precisamente que los mansos «heredarán la tierra».

De hecho, esta bienaventuranza cita el Salmo 37, que escuchamos al comienzo de la catequesis. Allí, también, la mansedumbre y la posesión de la tierra están relacionadas. Estas dos cosas, si lo pensamos bien, parecen incompatibles. De hecho, la posesión de la tierra es un escenario típico de conflictos: a menudo se lucha por un territorio, para obtener hegemonía sobre un área determinada. En las guerras prevalece el más fuerte y conquista otras tierras.

Pero echemos un vistazo al verbo usado para indicar la posesión de los mansos: no conquistan la tierra; no dice «bienaventurados los mansos porque conquistarán la tierra». La «heredarán». Bienaventurados los mansos porque «heredarán» la tierra. En las escrituras, el verbo «heredar» tiene un sentido aún mayor. El pueblo de Dios llama “herencia” a la tierra de Israel, que es la tierra prometida.

Esa tierra es una promesa y un regalo para el pueblo de Dios, y se convierte en un signo de algo mucho más grande que un simple territorio. Hay una «tierra», –permitidme el juego de palabras–, que es el Cielo, es decir, la tierra a la que caminamos: los nuevos cielos y la nueva tierra a la que vamos (cf. Is 65, 17; 66, 22; 2 Pt 3, 13; Ap 21, 1).

Entonces el manso es el que «hereda» el más sublime de los territorios. No es un cobarde, un «débil» que encuentra una moralidad improvisada para evitar problemas. ¡Ni mucho menos! Es una persona que ha recibido una herencia y no quiere dispersarla. El manso no es una persona complaciente, es el discípulo de Cristo que ha aprendido a defender otra tierra. Defiende su paz, defiende su relación con Dios, defiende sus dones, los dones de Dios, preservando la misericordia, la fraternidad, la confianza, la esperanza. Porque las personas mansas son personas misericordiosas, fraternas, seguras y personas con esperanza.

Aquí debemos mencionar el pecado de la ira, un movimiento violento cuyo impulso todos conocemos. ¿Quién no se ha enojado a veces? Todos. Debemos hacernos una pregunta: ¿cuántas cosas hemos destruido con nuestra ira? ¿Cuántas cosas hemos perdido? Un momento de ira puede destruir muchas cosas; se pierde el control y no se valora lo que es realmente importante, y esto puede arruinar la relación con un hermano, a veces sin remedio. Enfadados, muchos hermanos ya no se hablan, se alejan unos de otros. Es lo opuesto a la suavidad. La mansedumbre une, la ira se separa.

La mansedumbre conquista los corazones. La mansedumbre es capaz de ganar el corazón, salvar amistades y mucho más, porque las personas se enfadan, pero luego se calman, meditan y vuelven sobre sus pasos, y así se puede reconstruir con suavidad.

La «tierra» para ser conquistada con suavidad es la salvación de ese hermano del que habla el Evangelio de Mateo: «Si te escucha, te habrás ganado a tu hermano» (Mt 18:15). No hay tierra más hermosa que el corazón de los demás, no hay territorio más hermoso para ganar que la paz recuperada con un hermano. ¡Esa es la tierra a heredar con mansedumbre!