La dignidad del trabajo (Francisco)

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Discurso del Papa Francisco al mundo del trabajo –

Génova 27-5-2017

En las sociedades globalizadas el trabajo se ha convertido en un problema, porque parece que en todas partes las finanzas se han de valorar en detrimento del trabajo. Y sin embargo, el trabajo es una prioridad humana y civil superior a cualquier otro factor de producción, incluido el capital (cf. CDSI 276). Por eso es una prioridad cristiana. ¿Por qué? Porque deriva del primer mandato que Dios dio a Adán: «Ve, haz crecer la tierra, trabájala, domínala» (cf. Gn1, 28). El trabajo forma parte de la condición originaria del hombre, precede a su caída, o sea que no es ni castigo ni maldición (cf. CDSI 256).

La cercanía, es más, la amistad entre la Iglesia y el trabajo ha existido siempre, a partir de Jesús trabajador, que dedicó la mayor parte de su vida terrena al trabajo manual, como carpintero (LE6) en el taller de José. Jesús mismo condenó al siervo holgazán que escondía bajo tierra el talento recibido (cf. Mt25, 14-30), mientras que alabó al siervo prudente que el amo halló cumpliendo correctamente los encargos que le había encomendado (cf. Mt24, 46). Jesús, además, llamaba «obra» a su misión terrena (cf.]n5, 17) y llamaba «obreros de la mies» a sus discípulos (cf. Mt9, 37-38). Así repetía que «el obrero es digno de su salario» (cf. Le 10, 7).

Donde hay un trabajador, allí está el interés y la mirada de amor de Dios y de la Iglesia, que considera el trabajo como participación no solo en la obra de la Creación, sino de la Redención misma (cf. CDSI263). Así, que los hombres y mujeres de Iglesia hablen de trabajo en los talleres y en las fábricas no es menos importante que hacerlo en las parroquias o en las solemnes salas de congresos. Los lugares de la Iglesia son los lugares de la vida, y, por tanto, con más razón también las plazas, oficinas y fábricas. El mundo del trabajo es el mundo de los cristianos, es el mundo del pueblo de Dios: también quien trabaja en una fábrica forma parte del pueblo de Dios, de pleno derecho.

Leyendo la Biblia y los Evangelios nos damos cuenta de que muchos de los encuentros entre Dios y los hombres sucedieron precisamente durante el trabajo. Por ejemplo, Moisés oyó la voz de Dios que lo llamaba y le revelaba su nombre mientras pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró (Ex3, 1); los primeros discípulos de Jesús eran simples pescadores, llamados por El mientras trabajaban a la orilla del lago (Mt4, 9). El trabajo es fundamental en la vida del hombre, de modo que, cuando lo perdemos, cuando estamos en paro, el daño es mucho más grave que la simple pérdida de un ingreso para vivir. El trabajo es la actividad que da de comer y de vestir, cierto, pero es también mucho, mucho más. En efecto, trabajando uno se hace «más persona», la humanidad florece, nos sentimos útiles a la comunidad. De hecho los jóvenes no se hacen adultos hasta que no se ponen a trabajar.

La doctrina social de la Iglesia ha considerado siempre el trabajo humano, en primer lugar, como una «participación en la obra de la creación». Una creación que continúa cada día, hoy también, gracias a las manos, la mente y el corazón de los trabajadores. En la tierra, pocas alegrías son tan grandes como las que se experimentan trabajando, sudando y cansándose para realizar nuestro trabajo, como, análogamente, pocos dolores son más hirientes que los que se padecen en los puestos de trabajo, cuando el trabajo se convierte en explotación, humillación, y hasta homicidio. El trabajo puede hacer mucho daño porque puede hacer mucho bien; el trabajo es amigo del hombre, y el hombre es amigo del trabajo. Los hombres y las mujeres se alimentan de trabajo: con el trabajo son «ungidos de dignidad». Por esta razón y porque el trabajo acerca la persona a otras personas y las lleva a trabajar unas por otras (CDSI273), en torno a este se edifica ese pacto social que mantiene unida una comunidad.

Persona y trabajo son, pues, dos términos que pueden y deben ir siempre juntos (Francisco, Discurso a los delegados de la Confederación Italiana de Sindicatos de Trabajadores (CISL),Aula Pablo VI, 28-6-2017).  Si, efectivamente, pensamos en el trabajo sin la persona, este acaba por volverse inhumano: olvidando a las personas concretas, el trabajo se olvida y se extravía a sí mismo. Pero, al contrario, si pensamos en la persona sin trabajo, pensamos del mismo modo en algo parcial e incompleto, porque la persona solo se realiza en plenitud cuando se convierte en trabajadora. El individuo se hace persona cuando se abre a los demás, cuando su vida social es rica, cuando florece en el trabajo, que es la forma más común de cooperación que la humanidad haya generado en toda su historia. Cada día millones de personas cooperan entre sí simplemente porque trabajan juntas educando a los niños, usando aparatos mecánicos, realizando tareas de oficina… El trabajo es una forma de «amor civil»: no es un amor romántico ni siempre intencional, pero es un amor verdadero, auténtico, que hace vivir y sostiene el mundo.