El dominio de la técnica

En la realidad actual se pone de manifiesto otro grave problema totalmente inédito: la conmixtión, propia del siglo XXI pero ya iniciada a finales del siglo xx, entre diversas expresiones del poder: económico, político, cultural, mediático, etc.

En el siglo pasado aún se podía reconocer el límite entre sus distintos ámbitos, porque había una frontera clara entre lo económico y lo político, entre lo político y lo cultural, entre lo cultural y lo religioso. Se podía entender con facilidad cuándo se pasaba de uno a otro: si, por ejemplo, un emprendedor sentía el impulso de entrar en política, fundaba un movimiento político y dejaba sus fábricas. O si un economista quería hacerse político, dejaba la universidad y se ponía a hacer política. Es decir, había pasos de tiempo y de espacio claros; había «esferas» bien distintas, y las zonas de superposición eran limitadas.

En cambio, en este siglo xxi recién comenzado ya no se sabe si un político se mueve como un mercader o si actúa como un profesor o un periodista, ni si un empresario actúa para entrar en política o para favorecer a sus empresas. El tuit de un mandatario puede hundir las bolsas, los dividendos decididos por un fondo soberano pueden apoyar la carrera de un candidato o destruirla, un académico puede convertirse en estrella mediática… La indiferenciación de los diversos poderes es exaltada por el lenguaje uniforme dominante: el de la eficiencia, de la meritocracia, del valor monetario de las cosas, expresión de una «mentalidad economicista» (GS 63).

Si uno visita una escuela de política, no oirá discutir de democracia sino de negocios, porque la cultura económica ha ocupado todo el espacio disponible. La dinámica y el lenguaje del mercado absolutizan y simplifican los valores de la eficacia y de la productividad, elevándolos a reguladores de todas las relaciones humanas (Cf. V CONFERENCIA GENERAL DEL CELAM, Documento final, cit., 61).

Si en el pasado milenio la relación entre los distintos poderes estaba regulada por el check and balance (es decir, un poder limitaba a otro mediante controles y sanciones adecuadas), ahora los distintos poderes en muchos aspectos se han fusionado en uno. Hasta finales del siglo pasado la política limitaba la economía y la economía controlaba la política, aunque no fuese más que por la posesión de los recursos. Y luego estaba la esfera familiar, que limitaba ambos poderes, mientras que las instituciones religiosas y las culturales limitaban la política, los medios y la economía. Hoy las distintas esferas se neutralizan con demasiada frecuencia en una sola entidad.

Pero hay otro paso necesario en el análisis del hoy de la economía y de las finanzas. Ya en 1970, hablando a la FAO, Pablo VI se había comprometido en poner de manifiesto la urgencia y la necesidad de un cambio radical en la conducta de la humanidad. Porque, como dijo en aquella ocasión, «los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técnicas más asombrosas, el crecimiento económico más prodigioso, si no van unidos a un auténtico progreso social y moral, se vuelven, en definitiva, contra el hombre» (Pablo VI, Discurso a la FAO en el XXV aniversario, Roma 16-11-1970,). El papa Montini había tenido espíritu profético, pues hoy no es tanto la economía la que ha prevalecido sobre las otras esferas de la vida civil, política y cultural, sino la técnica, que ha adquirido una especie de monopolio.

Un monopolio que invade incluso la esfera del lenguaje, como ya hemos dicho. Cuando hoy participamos en el mitin de un político, nos parece estar oyendo a un mánager que habla de objetivos, rapidez y eficiencia, de herramientas, procedimientos y plusvalías. Lo cual significa que la economía no actúa solamente en la financiación de las campañas electorales (siempre ha habido poderes económicos detrás de la política), sino que asistimos a la gran transformación de la política en empresa gracias a la técnica.

En el siglo XX el lugar donde vivíamos era una Tierra con sus límites bien visibles, mientras que hoy es un mar abierto, con un grave sincretismo de lenguajes, donde los dos elementos más poderosos son la técnica y la economía. Da miedo constatar que incluso en la dirección y gestión todo se reduzca a técnica: no paree haber diferencias entre gestionar una congregación religiosa o una gran empresa automovilística. Así, instrumentos y técnicas nos mandan. En Camerún, en Nairobi, en la India o en Milán, el modo de actuar es idéntico: un técnico, ya sea para encender una estufa o conceder un préstamo, tiene que hacer las mismas manipulaciones.

El triunfo de los potentísimos nuevos soportes tecnológicos en la vida de las personas y de la colectividad plantea nuevos interrogantes, impone una relectura del mismo principio del destino universal de los bienes de la Tierra. Bajo este aspecto, resulta necesario comprender los frutos del reciente e imponente progreso económico y tecnológico (CDSI 179).

*Extracto del libro “Poder y dinero. La justicia social según Bergoglio” (Michele Zanzucchi)