El papel de los sindicatos para el bien común

««Sindicato» es una palabra hermosa. Viene del griego diké, justicia, y syn, juntos: syn-diké es «justicia juntos». No hay «justicia juntos» si no es junto con los excluidos de hoy.»

Francisco, Discurso a los delegados de la CISL (28-jun 2017)

Hablando de empresas, junto a los empresarios hay que tener en cuenta, obviamente, a los sindicatos, cuyo derecho de representar a los trabajadores reconoce plenamente la Iglesia (GS 68). En los últimos dos siglos, los sindicatos han tenido mucho mérito por hacer más humanos las oficinas, las fábricas, los servicios y el campo (CDSl 305-307).

Hay dos retos propios «epocales» que ha de afrontar y superar hoy el movimiento sindical, especialmente en el mundo capitalista occidental, si quiere seguir desempeñando su función esencial para el bien común. El primero se refiere a la naturaleza misma del sindicato, su vocación más verdadera, que es la profecía. Quizá a alguien le resulte extraño, pero el sindicato es, en cierto modo, una expresión del perfil profético de la sociedad, al que ya nos hemos referido, el cual nace y renace cada vez que, análogamente a lo que hacían los profetas bíblicos, da voz a quien no la tiene, denuncia al pobre «vendido por un par de sandalias» (Am 2, 6), desenmascara a los poderosos y especuladores que pisotean los derechos de los trabajadores, sobre todo de los más débiles, defiende la causa del extranjero, de los últimos, de los descartados de la sociedad. El movimiento sindical ha conocido y conoce hoy sus momentos más apasionantes precisamente cuando sabe ser profético.

Desgraciadamente, en las sociedades capitalistas avanzadas, el sindicato corre el peligro de perder esta vocación y de parecerse demasiado a las instituciones y a los poderes que debería cuestionar y, en caso necesario, criticar o denunciar. En numerosos países, con el paso inexorable del tiempo y con tantas batallas épicas que se desvanecen en el recuerdo de sus militantes, el sindicato ha terminado por asemejarse demasiado a la política, o mejor, a los partidos políticos y a su lenguaje, imitando incluso su estilo y sus instrumentos de acción. Pero si falta la dimensión de atención y crítica propia de los sindicatos, sus iniciativas dentro de las empresas -por ejemplo, por la salud o la escuela- pierden fuerza y eficacia.

Hay además otro reto que se presenta hoy a los sindicatos: la innovación. Los profetas se parecen a los centinelas que vigilan desde su puesto de guardia. El sindicato también ha de vigilar en el trabajo, en las murallas de la ciudad del trabajo, como un centinela que escruta el horizonte y protege a quienes están dentro de esa ciudad. Pero también tiene que encargarse de los derechos de quienes son abandonados fuera de esas murallas. El sindicato no desempeña su función esencial de innovación social si se limita a defender a los que están dentro de las murallas, es decir, si solo protege los derechos de quienes están en activo o jubilados. Esto, ciertamente, se ha de hacer, pero es solo la mitad del trabajo sindical, porque la vocación de las organizaciones de defensa de los trabajadores consiste en proteger a quienes aún no han adquirido los derechos del trabajo, en defender y sostener los derechos de los desempleados, de los excluidos del trabajo, de los jóvenes en busca de su primer empleo, que parece una quimera, de quienes se mantienen al margen de la misma democracia.

Lamentablemente, el capitalismo productivo y sobre todo financiero de nuestro tiempo no es ya capaz de comprender el valor del sindicato, porque simplemente ha olvidado la naturaleza social de la economía y de la empresa. Este es no solo uno de los defectos sino también uno de los pecados sociales más graves del sistema actual. No se puede hablar siempre y solo de economía de mercado, sino que habría que usar más bien la expresión «economía social de mercado», como enseñó Juan Pablo II (Juan Pablo II, Centesimus annus, 52). En efecto, la economía capitalista actual ha olvidado la naturaleza social ínsita en su vocación, ha dejado de lado la naturaleza social de la empresa, de la vida, de los vínculos y de los pactos.

Pero quizá nuestra sociedad no comprende plenamente la función del sindicato porque en este momento no lo ve luchar suficientemente en las periferias existenciales, entre los descartados del trabajo, en medio de los migrantes o donde se lleva a cabo la marginación juvenil. El sindicato debería luchar más en estos lugares situados fuera de las murallas de la ciudad.

Por desgracia, hay otra razón para la incomprensión de las acciones de los sindicatos: como sucede en todo grupo humano, la corrupción ha entrado en el corazón de cierto número de sus activistas, de modo que el compromiso por la defensa de los derechos de los trabajadores, en lugar de ser una misión, se ha convertido para algunos en un modo de gestionar e incrementar sus negocios personales.

Una tercera razón se puede identificar en la escasa defensa de los derechos de las trabajadoras por parte de los sindicatos. Es cierto que, respecto a hace unas décadas, al menos en los países más ricos, la mujer ha adquirido un lugar indiscutible en la economía; pero no ha conseguido todos los derechos, como lo atestigua el que habitualmente la mujer gane menos que el hombre por el mismo trabajo, y es más fácilmente explotada o incluso rechazada, sobre todo cuando decide tener hijos y ha de ausentarse del trabajo.

Vivir en las periferias y actuar en su entorno puede ser la nueva estrategia de acción del sindicato, su prioridad. No hay una buena sociedad sin buenos sindicatos, y no hay sindicato bueno que no renazca cada día en las periferias, que no transforme las piedras descartadas por la economía en piedras angulares. «Sindicato» es, efectivamente, una palabra hermosa. Viene del griego diké, justicia, y syn, juntos: syn-diké es «justicia juntos». No hay «justicia juntos» si no es junto con los excluidos de hoy.