El Papa Francisco ha publicado la exhortación apostólica Gaudete et exsultate (Alegraos y regocijaos) para recordamos que Dios nos llama a la santidad. Él nos quiere santos, y no debemos conformamos con «una existencia mediocre, aguada, licuada». «El Señor lo pide todo, y nos ofrece la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados» (1). La santidad que propone el Papa está al alcance de todos, por eso dice: «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios: en los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en los hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo […]. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios» (7). Para alcanzar la santidad tenemos que seguir nuestro camino que es «único y diferente para cada uno». En la vida encontramos «testimonios que son útiles para estimulamos y motivamos, pero no para que tratemos de copiarlos […]. Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí mismo, es decir, aquellos dones que Dios ha puesto en él (cf. 1 Cor 12,7), y no que se desgaste intentando imitar algo que no ha sido pensado para él» (11).

Muchas veces, el que aspira a la santidad tiene que ir a contracorriente, pues «el mundo no quiere llorar: prefiere ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas, esconderlas. Se gastan muchas energías para escapar de las circunstancias donde se hace presente el sufrimiento, creyendo que es posible disimular la realidad, donde nunca puede faltar la cruz» (75). El Papa nos invita a ver las cosas como son y a compartir el sufrimiento aliviando a los demás.

También habla de la dificultad que supone ayudar a los demás «si no cultivamos una cierta austeridad, si no luchamos contra esa fiebre que nos impone la sociedad de consumo para vendemos cosas, y que termina convirtiéndonos en pobres insatisfechos que quieren tenerlo todo y probarlo todo […]. En medio de esta vorágine actual, el Evangelio vuelve a resonar para ofrecemos una vida diferente, más sana y más feliz» (108).

El Papa, con la exhortación nos presenta en 177 puntos «la llamada universal a la santidad en el mundo actual». El punto de partida es la realidad cotidiana con sus riesgos, desafíos y oportunidades.

Todos estamos llamados a ser santos

«Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales» (14).

El camino de las bienaventuranzas

«Si alguno de nosotros se plantea la pregunta: ¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano? La respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas» (63).

Estar atento a los pequeños detalles

«La santidad a la que el Señor te llama irá creciendo con pequeños gestos. Por ejemplo: una señora va al mercado a hacer las compras, encuentra a una vecina y comienza a hablar, y vienen las críticas. Pero esta mujer dice en su interior: “No, no hablaré mal de nadie”. Este es un paso en la santidad. Luego, en casa, su hijo le pide conversar acerca de sus fantasías, y aunque esté cansada se sienta a su lado y le escucha con paciencia y afecto. Esa es otra ofrenda que santifica. Luego vive un momento de angustia, pero recuerda el amor de la Virgen María, toma el rosario y reza con fe. Ese es otro avance en el camino de la santidad. Luego va por la calle, encuentra a un pobre y se detiene a conversar con él con cariño. Ese es otro paso» (16).

La alegría y el sentido del humor

«El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado […]. San Pablo decía a los filipenses: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos» (Flp 4,4) (122).

«Hay momentos duros, tiempos de cruz, pero nada puede destruir la alegría sobrenatural, que […] nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo» (125). «Ordinariamente la alegría cristiana está acompañada del sentido del humor, tan destacado, por ejemplo, en santo Tomás Moro, en san Vicente de Paúl o en san Felipe Neri. El mal humor no es un signo de santidad: «Aparta de tu corazón la tristeza» (Qo 11,10)» (126).

«El amor fraterno multiplica nuestra capacidad de gozo, ya que nos vuelve capaces de gozar con el bien de los otros […]. En cambio, si nos concentramos en nuestras propias necesidades, nos condenamos a vivir con poca alegría» (128).

La oración constante

«Finalmente, aunque parezca obvio, la santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia, que se expresa en la oración […]. El santo es una persona orante, que necesita comunicarse con Dios. No creo en la santidad sin oración» (147). «San Juan de la Cruz recomendaba “procurar andar siempre en la presencia de Dios, sea real, imaginaria o unitiva, de acuerdo con lo que le permitan las obras que esté haciendo”» (148). «Para todo discípulo es indispensable estar con el Maestro, escucharle, aprender de él, siempre aprender» (150).

«Pero ruego que no entendamos el silencio orante como una evasión que niega el mundo que nos rodea. El peregrino ruso que caminaba en oración continua, cuenta que esa oración no lo separaba de la realidad externa: “Cuando me encontraba con la gente, me parecía que eran todos tan amables como si fueran mi propia familia […]. Y la felicidad no solamente iluminaba el interior de mi alma, sino que el mundo exterior me aparecía bajo un aspecto maravilloso”» (152).

Y para terminar, el Papa Francisco desea «que toda la Iglesia se dedique a promover el deseo de la santidad», y pide «que el Espíritu Santo infunda en nosotros un intenso anhelo de ser santos para la mayor gloria de Dios» (177).