Hay que defender el trabajo (Francisco)

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El trabajo no es algo opcional en la vida de la persona, sino un derecho y una necesidad (CDSI287), y su remuneración justa es el modo fundamental para realizar la justicia en los puestos de trabajo

Hay que defender el trabajo

Francisco, Laudato si’, 125-128.

El trabajo no es algo opcional en la vida de la persona, sino un derecho y una necesidad (CDSI287), y su remuneración justa es el modo fundamental para realizar la justicia en los puestos de trabajo (CDSI302). Así, si tratamos de imaginar las relaciones del ser humano con el mundo que lo rodea, emerge la necesidad de una correcta concepción del trabajo, que es una actividad que lleva a una transformación de lo que existe. Por eso, la espiritualidad cristiana ha desarrollado una rica y sana comprensión del trabajo, como podemos ver, por ejemplo, en el pensamiento y la vida de Francisco de Asís o Ignacio de Loyola, hasta Carlos de Foucauld, Josemaría Escrivá de Balaguer, Don Giussani, Dorothy Day, Chiara Lubich y tantos cristianos renombrados del siglo xx.

No hay que olvidar la tradición monástica, que, a decir verdad, al principio favoreció cierta huida del mundo queriendo alejarse de la decadencia urbana. Los monjes buscaban el desierto y el retiro, convencidos de que era el lugar adecuado para encontrar la presencia de Dios. Por su parte, San Benito de Nursia quiso que sus monjes vivieran en comunidad, uniendo la oración y el estudio al trabajo manual (ora et labora), una opción que resultó revolucionaria y que sigue diciendo algo fundamental al hombre del siglo XXI. En los monasterios benedictinos se aprendió y se aprende aún a buscar la madurez y la santificación del individuo y de la comunidad uniendo el recogimiento con el trabajo. Esa manera de vivir el trabajo impregna de un sano realismo y de una humilde sobriedad nuestra relación con el mundo.

Así, la Iglesia afirma que «el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social» (GS63). Pero cuando el ser humano pierde la capacidad de rezar, de interiorizar su compromiso, el sentido del trabajo puede tergiversarse. Al mismo tiempo el ser humano es «capaz de convertirse en actor responsable de su prosperidad material, de su progreso moral, del desarrollo pleno de su destino espiritual» (PP34), como escribía el papa Pablo VI. El trabajo debería ser justamente el ámbito del desarrollo personal multiforme, que significa creatividad, proyección hacia el futuro, desarrollo de las capacidades personales, ejercicio de los valores, comunicación social… Por eso, el mundo de hoy, más allá de los intereses limitados de las empresas y de una discutible racionalidad económica, exige, como escribía Benedicto XVI, que «se siga persiguiendo como prioridad el objetivo del acceso al trabajo» (CV32) para todos y cada uno. Hay que defender el trabajo porque, al defenderlo, defendemos a toda la persona humana en su integridad y en su dignidad.

Así pues, no es justo sustituir automática y sistemáticamente el trabajo humano por las máquinas inventadas gracias a los avances tecnológicos, porque el trabajo es una necesidad, es parte del sentido de la vida en esta tierra, vía de maduración, de desarrollo humano y de realización personal. En este sentido, ayudar a quienes pasan necesidad y no tienen trabajo simplemente con dinero debe ser y debe seguir siendo un remedio provisional para hacer frente a las emergencias, pero sin que el subsidio se convierta en permanente. El verdadero objetivo debería ser siempre permitirles una vida digna mediante el trabajo.

Sin embargo, la orientación de la economía en las últimas décadas ha favorecido un tipo de progreso tecnológico encaminado a reducir los costes de producción proporcional a la supresión de puestos de trabajo. Esa reducción tiene un impacto negativo en el plano económico, porque corroe progresivamente ese «capital social» que es el conjunto de las relaciones de confianza, fiabilidad y respeto de las reglas que son indispensables en toda convivencia civil (CV32). En definitiva, «los costes humanos siempre son también costes económicos, y las disfunciones económicas comportan siempre costes humanos» (ibid.). Renunciar a invertir en las personas para obtener un mayor beneficio inmediato es un pésimo negocio para toda la sociedad.

Pero el trabajo no lo es todo

Francisco, Discurso a los delegados de la CISL

Naturalmente, a la persona no se la puede identificar solo con el trabajo que realiza; la persona no es solo trabajo. No hay que idolatrar el trabajo, pues este no indica el sentido último de las cosas (CDSI257). El exceso de trabajo perjudica, lo mismo que la escasez de este. Por eso se debería pensar también en una sana «cultura del ocio», para saber vivir el descanso -que no equivale a pereza-, pues es una necesidad humana, más que humana. El descanso del sábado, de memoria bíblica, es un baluarte contra la servidumbre al trabajo -voluntario o impuesto- y contra toda forma de explotación, evidente o soterrada. Si un padre se va a trabajar mientras sus hijos duermen y cuando vuelve a casa ellos están ya acostados, el trabajo puede convertirse en inhumano. Por eso, junto con la cultura del trabajo ha de estar presente también la cultura del descanso.

Además, el trabajo debe tener límites ligados a la edad: no está bien trabajar de niños, no hay que hacerlo cuando estamos enfermo ni tampoco cuando somos viejo. Hay personas que no deben trabajar todavía y otras que deben dejar de trabajar. Todo esto se hay que recordarlo, porque a día de hoy sigue habiendo demasiados niños y adolescentes que trabajan y no estudian, cuando el estudio debería ser el único trabajo bueno para los niños y adolescentes. Todo esto hay que recordarlo también para los ancianos, porque no siempre ni a todos se les reconoce el derecho a una pensión justa: ni demasiado pequeña ni desproporcionadamente elevada. En este sentido, las «pensiones de oro», las excesivas, son una ofensa a la persona humana y al trabajo mismo, no menos grave que las pensiones demasiado exiguas, porque hace que las desigualdades acumuladas en el tiempo del trabajo se perpetúen en el tiempo. Hay que recordar todo esto porque, aún hoy, a muchos trabajadores que caen enfermos y a muchas mujeres que quedan embarazadas se los margina en la empresa en nombre de la eficiencia; en realidad, si una persona enferma o encinta -con sus limitaciones- puede seguir trabajando, el trabajo tiene además una función terapéutica. A veces uno se cura trabajando con los demás, junto a los demás, para los demás.

Por otro lado, es necia y miope la sociedad que obliga a sus ancianos a trabajar demasiados años, condenando así a generaciones enteras de jóvenes a no encontrar un empleo decente, cuando deberían trabajar para realizarse como personas y para el desarrollo armónico de toda la sociedad. Cuando los jóvenes se quedan al margen del mundo del trabajo, a las empresas les faltan las energías necesarias, el entusiasmo, la innovación y, en cierto modo, la misma alegría de vivir, todos bienes comunes preciosos que mejoran la vida económica y la felicidad pública.

Por eso es urgente un nuevo «pacto social humano», un nuevo «pacto social por el trabajo» que reduzca las horas laborales de quienes han llegado a la última fase como empleados u obreros, para dar un empleo a los jóvenes que, a su edad, tienen el derecho-deber de trabajar. El don del trabajo es el primero que los padres pueden ofrecer a sus hijos, es el primer patrimonio civil de una sociedad, es la primera dote con la que se ayuda a los jóvenes a levantar el vuelo hacia la vida adulta.