La fuerza de los pobres

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El futuro de la humanidad está en gran parte en sus manos, porque para Jesús los pobres son el centro de la vida de la sociedad, no la periferia.

«El futuro de la humanidad está en gran parte en sus manos, porque para Jesús los pobres son el centro de la vida de la sociedad, no la periferia.»

Papa Francisco, Discurso en el II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares

En efecto, sufrimos un exceso de diagnóstico que lleva a un pesimismo insustancial y a deleitarse en reflexiones y fantasías negativas, si no funestas. La crónica negra de los periódicos, de la televisión o de Internet querría convencer de que ya no hay nada que hacer, salvo preocuparse de uno mismo y del pequeño círculo afectivo.

¿Qué puede hacer en concreto una insignificante milmillonésima parte de la humanidad frente a problemas tan globales, cuando apenas gana para comer, cuidar de su salud y enviar a los hijos a la escuela?

¿Qué puede hacer un artesano, un vendedor ambulante, un camionero, un parapléjico que se topa cada día con barreras arquitectónicas, un parado que ni siquiera goza de los mínimos derechos sindicales?

¿Qué puede hacer una campesina, un indígena, un pescador que resiste a duras penas ante las imposiciones de las grandes empresas?

¿Qué puede hacer un simple ciudadano desde su barrio, desde su infravivienda, desde su granja, cuando es discriminado y marginado diariamente?

¿Qué puede hacer un estudiante, un joven, un militante, un misionero que recorre las calles, campos o periferias con el corazón lleno de sueños pero sin medios para resolver los problemas?

Son precisamente los más humildes, los más explotados, los más pobres y excluidos los que pueden hacer mucho. El futuro de la humanidad está en gran parte en sus manos, porque para Jesús los pobres son el centro de la vida de la sociedad, no la periferia. 

Y ¿qué pasa con todos los que no son excluidos ni marginados, los que son válidos,todos los que tienen trabajo, casa o tierra? Deberían permanecer siempre atentos al grito de sus hermanos más pobres, deberían escuchar la voz del sufrimiento, deberían afinar el oído para no dejar caer ni una sola invocación de los olvidados, descartados, ofendidos o despreciados. Porque Jesús hizo eso: en medio de la multitud, se percataba incluso de la mujer hemorroísa, que no lograba tocarle el borde del manto (Mi9, 20-22).

«Nadie debería decir que se mantiene lejos de los pobres -dice la Evangelii gaudium– porque sus opciones de vida requieren prestar más atención a otras obligaciones. Esta es una excusa frecuente en los ambientes académicos, empresariales o profesionales, e incluso eclesiales. Si bien se puede decir en general que la vocación y la misión propia de los fieles laicos es transformar las diversas realidades terrenas para que toda actividad humana sea transformada por el Evangelio, nadie puede sentirse exonerado de preocuparse de los pobres y de la justicia social» (EG 201).