La moral del mercado

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“La gratuidad no pasa por los cauces del mercado” (Luis González –Carvajal Santabárbara). 

Entendemos por «mercado» el conjunto de acciones por las cuales unos sujetos -individuos o empresas- venden los bienes que han producido o los servicios que prestan, mientras otros los compran.

Durante la Edad media el mercado era una realidad físicamente visible de la que todos tenían experiencia consciente. El mercado tenía lugar en días y en lugares determinados: Medina del Campo, Brujas, Nantes, Colonia, etc. Prácticamente no había mercaderes profesionales; eran los mismos productores -agricultores y artesanos- quienes acudían al mercado a intercambiar sus productos. Naturalmente, cuando hablo de «intercambiar» no estoy pensando en los trueques directos; los intercambios se hacían utilizando el dinero como intermediario, lo que permitía separar el momento de la cesión de un bien y el de la adquisición de otro.

Hoy el mercado resulta menos visible que entonces, pero no por ser más raro sino precisamente por lo contrario. Lo que nos impide «verlo» es que, al estar presente siempre y en todas partes, no se destaca ya frente a una realidad ajena a él. Tan «invisible» se ha vuelto el mercado que ya ni siquiera es necesario un encuentro físico entre compradores y vendedores. El correo, el teléfono, el fax o internet son medios de comunicación habituales para realizar las transacciones comerciales.

Llama la atención que, siendo el mercado una realidad omnipresente, los clásicos del pensamiento económico le hayan prestado tan poca atención. Los tres volúmenes de El Capital, la obra maestra de Marx, sólo tiene un capítulo de 8 páginas sobre «El proceso del cambio», y en dicho capítulo la palabra «mercado» aparece únicamente dos veces de pasada. Lo mismo podríamos decir de Adam Smith: En su grueso volumen Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, sólo menciona el mercado en un capítulo titulado «La división del trabajo se halla limitada por la extensión del mercado»; cuyo centro además no es el mercado, sino la división del trabajo.

Sin embargo, una visión crítica de la economía no puede eludir la reflexión sobre él. Nos interesa particularmente estudiar la moral del mercado auto-regulado (laissez-faire).

Economía de mercado

Debemos distinguir entre mercado y economía de mercado, la cual exige que el mercado funcione en condiciones de libertad. Llamamos «economía de mercado» a un sistema de organización económica regido por la libre iniciativa de vendedores y compradores que coordinan sus decisiones a través del mercado, sin que ninguna autoridad recoja información de las necesidades existentes para después planificar los suministros. Es el mismo mercado quien regula tanto los precios como las cantidades de las mercancías, de acuerdo con las leyes de la oferta y la demanda. «Economía de mercado» se contrapone, por tanto, a la «economía planificada» propia de los países comunistas.

Igual que vimos en el capítulo anterior al hablar del ansia de lucro, el liberalismo económico pretende hacernos creer que el mercado libre no es una institución cultural, sino natural; de donde se deduce que cualquier regulación del mercado iría contra lo natural. Adam Smith, por ejemplo, afirma que existe en la naturaleza humana «la propensión a permutar, cambiar y negociar una cosa por otra», siendo esto lo que diferencia al hombre del animal. Y, de modo más bien enfático añade: «Nadie ha visto todavía que los perros cambien de una manera deliberada y equitativa un hueso por otro».

Estas afirmaciones, nuevamente, incurren en la «falacia naturalista»; en decir, identifican la naturaleza humana con lo que únicamente son rasgos de la propia cultura. De hecho, no siempre hubo mercado y, menos todavía, mercado libre.

En las tribus de cazadores y recolectores, o bien entregaban las piezas cobradas al jefe para que él las redistribuyera entre todos los miembros de la tribu, o bien intercambiaban espontáneamente los bienes y servicios de modo gratuito con los demás; esperando, desde luego, verlos reciprocados pero no necesariamente por el mismo individuo. Giddens escribe: «Los cazadores y recolectores son algo más que gentes “primitivas” cuya forma de vida carece por completo de interés para nosotros. Estudiar su cultura nos permite ver más claramente que algunas de nuestras instituciones están lejos de ser rasgos “naturales” de la vida humana».

Por su parte, el reinado de Hammurabi en Babilonia y el antiguo Egipto fueron economías centralizadas, con almacenes comunales. Podemos afirmar, por tanto, que «la práctica del almacenamiento y redistribución era de aplicación general desde la tribu cazadora hasta el mayor de los imperios».

Según decíamos más arriba, en la Edad media sí había mercado; unos vendían los bienes que habían producido o los servicios que prestaban y otros los compraban. Pero era un mercado regulado por los gremios, que establecían tanto el precio de las materias primas como de los productos elaborados. Los artesanos tenían que fabricar sus productos cumpliendo ciertas prescripciones técnicas, y no podían pedir por ellos más que el «precio justo», fijado por los gremialistas en función del coste del material y el tiempo medio de trabajo necesario. Los inspectores de cada gremio aseguraban el cumplimiento de las prescripciones.

Podemos decir, por tanto, que el mercado libre sólo tiene dos siglos de antigüedad. Vino de la mano del liberalismo económico y debemos llamar la atención sobre «la naturaleza totalmente sin precedentes de tal aventura en la historia de la especie». El paso de los mercados regulados al mercado auto-regulado a fines del siglo XVIII representó una transformación tan grande en la estructura económica de la sociedad que Polanyi lo ha llamado «la gran transformación». Y, como dice él mismo, «no hubo nada natural en el laissez faire; los mercados libres no hubieran podido surgir dejando simplemente que las cosas siguieran su curso. Así como las fábricas de algodón -la principal industria del libre cambio-, fueron creadas con la ayuda de tarifas protectoras, primas a la exportación y subsidios indirectos a los salarios, el propio laissez faire fue puesto en vigor por el Estado».

Desde el punto de vista ético es preferible la economía de mercado a la economía centralmente planificada. Juan Pablo II proclamó lo que llamó «derecho a la iniciativa económica» (SRS 15). En realidad, ese derecho estaba ya implícito en el principio de subsi-diariedad enunciado en 1931 por Pío XI: «No se puede quitar a los individuos y darlo a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo e industria».

Cabría citar, incluso, formulaciones explícitas muy próximas a la de Juan Pablo II. Por ejemplo esta de Juan XXIII: «Como tesis inicial, hay que establecer que la economía debe ser obra, ante todo, de la iniciativa privada de los individuos, ya actúen por sí solos, ya se asocien entre sí de múltiples maneras para procurar sus intereses comunes» (Mater et magistra 51).

La Sollicitudo rei socialis, además de dar nombre a ese derecho ya reconocido desde antiguo, desarrolla con clarividencia las consecuencias peligrosas que tiene su negación:

«Se trata de un derecho importante no sólo para el individuo en particular, sino además para el bien común. La experiencia nos demuestra que la negación de tal derecho o su limitación en nombre de una pretendida “igualdad” de todos en la sociedad reduce o, sin más, destruye de hecho el espíritu de iniciativa, es decir, la subjetividad creativa del ciudadano. En consecuencia, surge, de este modo, no sólo una verdadera igualdad, sino una “nivelación descendente”. En lugar de la iniciativa creadora nace la pasividad, la dependencia y la sumisión al aparato burocrático».

En efecto, al comienzo de la Perestroika Gorbachov se vio obligado a reconocer los «efectos perversos» que había producido la planificación central de la economía en la URSS: «El problema -escribió- es que la gente dejó de pensar por su cuenta y de actuar

de forma independiente y responsable». Por eso el antiguo líder soviético insistió en la necesidad de «”despertar” a aquellas personas que “se han dormido” y procurar que se vuelvan de verdad activas e interesadas».

 

Ámbito del mercado

Conviene empezar constatando que el mercado no es el principio ordenador de todas las actividades económicas que configuran nuestras vidas ni siquiera en las llamadas «economías de mercado». Muchas e importantes transacciones no pasan por él y son reguladas por otros principios. Por ejemplo:

– La prestación por las autoridades de diversos servicios públicos a los ciudadanos: seguridad, justicia, educación, atención sanitaria, infraestructuras, transporte público, etc. Eso no excluye que debamos pagar al recibir algunas de esas prestaciones, pero incluso cuando pagamos, sólo abonamos parte del coste real; el resto se paga mediante los impuestos, y no en base a las cantidades y calidades que se consumen, como sucede con los bienes privados.

– En el interior de las familias o entre amigos hay también muchas prestaciones y transacciones que no pasan por el mercado.

– Las donaciones a instituciones privadas sin ánimo de lucro (religiosas, benéficas, culturales, etc.), así como las prestaciones de éstas tampoco pasan por el mercado.

En todo caso, la evolución de los últimos años pone de manifiesto que en algunos ámbitos está avanzando el mercado, mientras en otros se repliega.

Avanza, por ejemplo, en el área de los servicios públicos, muchos de los cuales se van convirtiendo en privados debido a que la mala calidad de las prestaciones ha provocado la aparición de empresas privadas para llenar el vacío: seguridad, correo, medicina, transporte…

En otros ámbitos el mercado se repliega. Un caso de especial interés es el llamado comercio intrafirma, que tiene lugar en el seno de las grandes empresas. Puede ser un comercio internacional y, sin embargo, no salir del interior de la empresa. Es obvio que, en tales casos, el comercio no responde a las leyes del mercado, sino a un sistema de planificación.

Así, pues, la realidad del mercado avanza en algunos sectores y se repliega en otros, pero la ideología del mercado libre, es decir, la exaltación teórica del mismo avanza por doquier.

El mercado y los valores

Muchas transacciones y prestaciones, como las que tienen lugar entre los miembros de una familia o las donaciones altruistas, no pasan por los cauces del mercado. Cabría plantear, incluso, si determinados bienes y servicios, por su propia naturaleza, no deberían quizás estar excluidos del mercado. Pensemos, por ejemplo, en la donación de órganos o, simplemente, de sangre.

Según los neoliberales, si alguien libremente quiere vender uno de sus riñones y otro está dispuesto a pagar la cantidad pedida es porque ambos consideran beneficioso el trueque. Si los poderes públicos lo prohibieran, estarían imponiendo restricciones inaceptables a la libertad de las personas que administran. Pero se trata de situaciones bastante irreales. Nadie se desprende «libremente» de uno de sus riñones. En tales casos la parte más débil de una transacción podría decir, como el boticario que vendió a Romeo el veneno que éste demandaba: «Mi pobreza consiente, pero no mi voluntad».

Además, allá donde todo se compra y se vende, la vida se deshumaniza. Ya lo dijo Marx: «Si el dinero es el vínculo que me liga a la vida humana, con la sociedad, con la naturaleza y los hombres, ¿no será entonces el vínculo de todos los vínculos} ¿No podrá atar y desatarlos todos? (…) Él cambia la fidelidad en infidelidad, el amor en odio, el odio en amor, la virtud en vicio, el vicio en virtud, al señor en esclavo, al esclavo en señor, la estupidez en inteligencia, la inteligencia en estupidez». Ya lo dijo, muchos siglos antes, nuestro Arcipreste de Hita:

«Hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar; / al torpe hace discreto y hombre de respetar; /

hace correr al cojo y al mudo le hace hablar; (…)

También al hombre necio y rudo labrador / los dineros le hacen hidalgo y doctor / (…)

En resumen te lo digo, entiéndelo mejor: / el dinero es del mundo el gran agitador, /

señor hace del siervo, y del siervo señor, / toda cosa del siglo se hace por su amor».

Consideramos que, no sólo por razones de justicia sino también para evitar que se atrofie definitivamente la cultura de la gratuidad, éticamente es preferible el sistema de aquellos países en los cuales la sangre «no se compra ni se vende, sino que los ciudadanos corrientes la dan voluntariamente y sin otra recompensa que una taza de té y una galleta. Está a disposición de todo el que la necesita, sin gastos ni obligaciones. Los donantes no tienen preferencia sobre los no donantes si necesitan sangre. (…) Ni esperan los donantes recibir a cambio de los receptores algún favor, ni siquiera una sonrisa de gratitud. Aunque el don es, en cierto modo, muy íntimo -la sangre que ahora fluye por las venas del donante correrá pronto por las del receptor-, el donante no sabrá nunca a quién ha ayudado».

Del libro “El hombre roto por los demonios de la económica “(extracto)