Las Bienaventuranzas explicadas por Francisco

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El papa Francisco ha iniciado un ciclo de catequesis, en las audiencias de los miércoles, dedicado a las Bienaventuranzas. El miércoles 29 de enero de 2019, hizo una introducción a estas sugerentes enseñanzas de Cristo que el Papa ha calificado en numerosas ocasiones como el carnet de identidad del cristiano.

Reproducimos la Introducción y la catequesis de las dos primeras bienaventuranzas.

Catequesis sobre las Bienaventuranzas

(29 de enero de 2020)

Introducción

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy comenzamos una serie de catequesis sobre las bienaventuranzas en el evangelio de Mateo (5,1-11). Este texto abre el “Sermón de la Montaña” que ha iluminado la vida de los creyentes y también de muchos no creyentes. Es difícil no ser tocado por estas palabras de Jesús, y es justo el deseo de entenderlas y de acogerlas cada vez más plenamente. Las bienaventuranzas contienen la “carta de identidad” del cristiano ―es nuestro carnet de identidad―, porque dibujan el rostro de Jesús, su forma de vida.

Esta vez enmarcamos en conjunto estas palabras de Jesús; en la próxima catequesis comentaremos las bienaventuranzas individuales, una a una.

En primer lugar, es importante cómo se produjo la proclamación de este mensaje: Jesús, viendo a la multitud que le seguía, sube al suave monte que rodea el lago de Galilea, se sienta y, dirigiéndose a sus discípulos, anuncia las bienaventuranzas. El mensaje, pues, se dirige a los discípulos, pero en el horizonte están las multitudes, es decir, toda la humanidad. Es un mensaje para toda la humanidad.

Además, “el monte” recuerda al Sinaí, donde Dios le dio a Moisés los mandamientos. Jesús empieza a enseñar una nueva ley: ser pobre, ser manso, ser misericordioso… Estos “nuevos mandamientos” son mucho más que normas. De hecho, Jesús no impone nada, pero revela el camino a la felicidad ―su camino― repitiendo ocho veces la palabra “bienaventurados”.

Cada bienaventuranza está compuesta de tres partes. Primero está siempre la palabra “bienaventurados”; luego viene la situación en la que se encuentran los bienaventurados: la pobreza de espíritu, la aflicción, el hambre y la sed de justicia, y así sucesivamente; finalmente está el motivo de la bienaventuranza, introducido por la conjunción “porque”: “Bienaventurados sean estos porque, bienaventurados sean aquellos porque…”. Así son las ocho bienaventuranzas y estaría bien aprenderlas de memoria para repetirlas, para tener en la mente y en el corazón esta ley que Jesús nos dio.

Prestemos atención a este hecho: la razón de la dicha no es la situación actual, sino la nueva condición que los bienaventurados reciben como regalo de Dios: “porque de ellos es el reino de los cielos”, “porque serán consolados”, “porque heredarán la tierra”, y así sucesivamente.

En el tercer elemento, que es precisamente la razón de la felicidad, Jesús utiliza a menudo un futuro pasivo: “serán consolados”, “heredarán la tierra”, “serán saciados”, “serán perdonados”, “serán llamados hijos de Dios”.

¿Pero qué significa la palabra “bienaventurado”? ¿Por qué cada una de las ocho bienaventuranzas comienza con la palabra bienaventurado? La palabra original no indica a alguien que tiene el estómago lleno o que se divierte, sino una persona que está en una condición de gracia, que progresa en la gracia de Dios y que progresa por el camino de Dios: la paciencia, la pobreza, el servicio a los demás, el consuelo… Los que progresan en estas cosas son felices y serán bienaventurados.

Dios, para entregarse a nosotros, elige a menudo caminos impensables, tal vez los de nuestros límites, los de nuestras lágrimas, los de nuestras derrotas. Es la alegría pascual, de la que hablan nuestros hermanos orientales, la que tiene los estigmas pero está viva, ha atravesado la muerte y ha experimentado la potencia de Dios. Las bienaventuranzas te llevan a la alegría, siempre; son el camino para alcanzar la alegría. Nos hará bien tomar hoy el Evangelio de Mateo, capítulo cinco, versículos de 1 a 11, y leer las bienaventuranzas ―quizás más de una vez, durante la semana― para entender este camino tan hermoso, tan seguro de la felicidad que el Señor nos propone.

Francisco, Audiencia general, Aula Pablo VI

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Catequesis sobre las bienaventuranzas

(5 de febrero de 2020)

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy nos enfrentamos a la primera de las ocho Bienaventuranzas del Evangelio de Mateo. Jesús comienza a proclamar su camino hacia la felicidad con un anuncio paradójico: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (5,3). Un camino sorprendente, y un extraño objeto de felicidad, la pobreza.

Debemos preguntarnos: ¿qué se entiende por “pobre” aquí? Si Mateo usara solo esta palabra, el significado sería simplemente económico, es decir, indicaría a las personas que tienen pocos o ningún medio de subsistencia y necesitan la ayuda de otros.

Pero el Evangelio de Mateo, a diferencia de Lucas, habla de “pobres de espíritu”. ¿Qué significa esta expresión? El espíritu, según la Biblia, es el aliento de vida que Dios comunicó a Adán; es nuestra dimensión más íntima, la dimensión espiritual, la más íntima, aquella que nos hace personas humanas, el núcleo profundo de nuestro ser. Entonces los “pobres de espíritu” son aquellos que son y se sienten pobres, mendigos, en lo más profundo de su ser. Jesús los proclama benditos, porque el Reino de los Cielos les pertenece.

¡Cuántas veces nos han dicho lo contrario! Tienes que ser algo en la vida, tienes que ser alguien… Tienes que hacerte un nombre… De aquí nacen la soledad y la infelicidad: si tengo que ser “alguien”, estoy en competencia con los demás y vivo en una preocupación obsesiva por mi ego. Si no acepto ser pobre, odio todo lo que me recuerda mi fragilidad. Porque esta fragilidad me impide convertirme en una persona importante, una rico no solo en dinero, sino en fama, en todo.

Cada uno, frente a sí mismo, sabe bien que por mucho que lo intente, siempre permanece radicalmente incompleto y vulnerable. No hay ningún truco para cubrir esta vulnerabilidad. Cada uno es vulnerable en su interior. Hay que ver dónde.

¡Qué mal se vive mal si rechazas tus límites! Se vive mal. Sin digerir el límite. Está ahí. Las personas orgullosas no piden ayuda, no pueden pedir ayuda, no se les ocurre pedir ayuda porque tienen que mostrarse autosuficientes. Y cuántos de ellos necesitan ayuda, pero el orgullo les impide pedirla. ¡Qué difícil es admitir un error y pedir perdón!

Cuando doy algún consejo a los recién casados, que me preguntan cómo llevar bien su matrimonio, les digo: “Hay tres palabras mágicas: Por favor, gracias, perdona”. Son palabras que provienen de la pobreza de espíritu. No tienes que ser entrometido, pero pide permiso: “¿Te parece bien hacer esto?”, así hay diálogo en la familia, el esposo y la esposa dialogan. “Hiciste esto por mí, gracias, lo necesitaba”. Después siempre se cometen errores, se tropieza: “Perdona”. Y normalmente, las parejas, los nuevos matrimonios, los que están aquí y muchos, me dicen: “El tercero es el más difícil”, pedir disculpas, pedir perdón. Porque el orgulloso no puede hacerlo. No puede disculparse: siempre tiene razón. No es pobre en espíritu. En cambio, el Señor no se cansa de perdonar; somos nosotros los que desgraciadamente nos cansamos de pedir perdón. El cansancio de pedir perdón: esta es una enfermedad fea.

¿Por qué es difícil pedir perdón? Porque humilla, humilla nuestra imagen hipócrita. Pero vivir tratando de ocultar los propios defectos es agotador y angustioso. Jesucristo nos dice: ser pobre es una ocasión de gracia; y nos muestra el camino para salir de esta fatiga. Nos da el derecho de ser pobres de espíritu, porque este es el camino del Reino de Dios.

Pero hay algo fundamental que recordar: no debemos transformarnos para hacernos pobres de espíritu, no debemos hacer ninguna transformación porque ¡ya somos pobres! Somos pobres… o más claramente: ¡somos “pobres” en espíritu! Necesitamos de todo. Todos somos pobres de espíritu, somos mendigos. Es la condición humana.

El Reino de Dios es de los pobres de espíritu. Están aquellos que tienen los reinos de este mundo: tienen bienes y tienen comodidades. Pero son reinos que terminan. El poder de los hombres, incluso los más grandes imperios, pasan y desaparecen. Tantas veces vemos en el telediario o en los periódicos que aquel gobernante fuerte, potente o aquel gobierno que ayer estaba y que hoy ya no, cayó. Las riquezas de este mundo se van y también el dinero. Los viejos nos enseñaban que el sudario no tenía bolsillos Y esto ¡es verdad! Yo nunca he visto detrás de un cortejo fúnebre un camión de mudanza: nadie se lleva nada. Las riquezas se quedan aquí.

El Reino de Dios es de los pobres de espíritu. Hay quienes tienen reinos de este mundo, tienen bienes y tienen comodidades. Pero sabemos cómo terminan. Realmente reinan aquellos que saben cómo amar el verdadero bien más que a sí mismos. Y ese es el poder de Dios.

¿En qué se ha mostrado Cristo poderoso? ha sabido hacer lo que los reyes de la tierra no hacen: dar la vida por los hombres. Ese es el verdadero poder. El poder de la fraternidad, de la caridad, del amor, de la humildad. Esto hizo Cristo.

En esto reside la verdadera libertad. Quien tiene este poder de la humildad, del servicio, de la fraternidad, ¡es libre! Al servicio de esta libertad está la pobreza alabada por las Bienaventuranzas.

Porque hay una pobreza que debemos aceptar, la de nuestro ser, y una pobreza que en cambio debemos buscar, la concreta, de las cosas de este mundo, para ser libres y poder amar. Siempre debemos buscar la libertad de corazón, la libertad que está enraizada en la pobreza de nosotros mismos.

Francisco, Audiencia general, Aula Pablo VI

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Catequesis sobre las bienaventuranzas

miércoles 12 de febrero de 2020

«Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados»

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Nos hemos embarcado en el viaje hacia las Bienaventuranzas y hoy nos centramos en la segunda: «Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados»(Mt 5,4).

En el idioma griego en el que se escribe el Evangelio, esta dicha se expresa con un verbo que no es pasivo, –los niños y los bienaventurados no sufren este grito– sino que es activo: «se afligen a sí mismos»; lloran, pero desde adentro. Es una actitud que se ha vuelto central en la espiritualidad cristiana y que los padres del desierto, los primeros monjes de la historia, llaman «pentos», es decir, un dolor interno que se abre a una relación con el Señor y con el prójimo; a una relación renovada con el Señor y con los demás.

Este llanto en las Escrituras puede tener dos aspectos: el primero se debe a la muerte o el sufrimiento de alguien. El otro aspecto se refiere a las lágrimas por el pecado, por el pecado personal, cuando el corazón sangra por el dolor de haber ofendido a Dios y al prójimo.

Por lo tanto, se trata de amar al otro de tal manera que nos obligue a compartir su dolor. Hay personas que permanecen distantes, un paso atrás; en cambio, es importante que otros rompan nuestro corazón.

A menudo he hablado del don de las lágrimas y de lo precioso que es. [1] ¿Puedes amar de una manera fría? ¿Podemos amar por obligación, por deber? Ciertamente no. Hay afligidos por consolar, pero a veces también hay consolados para afligir, para despertar a los que tienen un corazón de piedra y se han olvidado de llorar. También es necesario despertar a las personas que no pueden ser conmovidas por el dolor de los demás.

El duelo, por ejemplo, es un camino amargo, pero puede ser útil para abrir los ojos a la vida y al valor sagrado e irremplazable de cada persona, y en ese momento te das cuenta de lo corto que es el tiempo.

Hay un segundo significado para esta dicha paradójica: llorar por el pecado.

Aquí debemos distinguir: hay quienes se enojan porque cometieron un error. Pero esto es orgullo. En cambio, hay quienes lloran por el mal hecho, por el bien omitido, por la traición en su relación con Dios. Este es el grito por no haber amado, que surge de tener la vida de los demás en el corazón. Aquí lloramos porque no correspondemos al Señor que nos ama tanto, y nos entristece el pensamiento del bien que no hemos hecho. Este es el sentido del pecado. Dicen: «He herido a la persona que amo», y esto les duele hasta las lágrimas. ¡Que Dios sea bendecido si vienen estas lágrimas!

Hay que enfrentarse con los propios errores; es un tema difícil, pero vital. Pensemos en el llanto de San Pedro, que lo conduce a un amor nuevo y mucho más verdadero: es un llanto que purifica, que renueva. Pedro miró a Jesús y lloró: su corazón se renovó. A diferencia de Judas, quien no aceptó que había cometido un error y, pobre hombre, se suicidó. Comprender el pecado es un regalo de Dios, es una obra del Espíritu Santo. Nosotros solos no podemos entender el pecado. Es una gracia que debemos pedir. Señor, que entienda el mal que he hecho o que puedo hacer. Este es un gran regalo y después de entender esto, llega el grito de arrepentimiento.

Efrem el sirio, uno de los primeros monjes, dice que un rostro lavado con lágrimas es indescriptiblemente hermoso (ver Discurso ascético). ¡La belleza del arrepentimiento, la belleza de las lágrimas, la belleza de la contrición! Como siempre, la vida cristiana tiene su mejor expresión en la misericordia. Sabio y bendecido es el que acepta el dolor vinculado al amor, porque recibirá el consuelo del Espíritu Santo, que es la ternura de Dios que perdona y corrige. Dios siempre perdona: no lo olvidemos nunca. Dios siempre perdona, incluso los pecados más feos, ¡siempre! El problema está en nosotros, que nos cansamos de pedir perdón; nos encerramos en nosotros mismos y no pedimos perdón. Este es el problema; pero Él está allí para perdonar.

Si siempre tenemos en cuenta que Dios «no nos trata según nuestros pecados y no nos paga según nuestros pecados» (Sal 103.10), vivimos en misericordia y en compasión, y el amor aparece en nosotros. Que el Señor nos conceda amar con generosidad, amar con una sonrisa, con cercanía, con servicio y también con lágrimas.

Francisco, Audiencia general, Aula Pablo VI