Los pobres y el imperialismo del dinero

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» Una gran parte de los hombres se encuentra injustamente en una situación mísera y calamitosa… Las circunstancias han entregado (a los obreros) solos e indefensos a la inhumanidad y a la desenfrenada avidez de la competencia». Papa León XIII, Rerum novarum – 1891

Por más que fuera elegido «del fin del mundo», Jorge Mario Bergoglio tenía, en el momento de su elección, a sus espaldas, veinte años de ministerio episcopal en una gran ciudad. Lejana, lejanísima de Europa, pero caracterizada por fenómenos, procesos, desafíos y problemas que la hacían estar al «final», pero al mismo tiempo en el «corazón» del mundo. Incluso desde el punto de vista de los grandes desafíos y contradicciones económico-sociales. Aquel gran país suramericano conoció, a comienzos del nuevo milenio, la decadencia de su economía y sus finanzas. Argentina, en diciembre de 2001, sufrió graves desórdenes sociales: fueron numerosísimas las familias que se quedaron con lo puesto.

Un día, desde una ventana de la casa arzobispal, Bergoglio, cardenal desde hacía poco, vio cómo la policía cargaba en la Plaza de Mayo contra una mujer. Cogió el teléfono y llamó al ministro del Interior. No le pasaron con él, le hicieron hablar con el secretario de Seguridad. El arzobispo del preguntó si conocía la diferencia entre los agitpropy la gente que simplemente pedía que le devolvieran su dinero retenido en los bancos.

De la experiencia de aquellos meses habló precisamente Bergoglio en una larga entrevista con Gianni Valente, publicada en la revista Giornien enero de 2002. «La imagen de la crisis que el cardenal Jorge Mario Bergoglio tiene siempre ante sus ojos», escribía el periodista en la entradilla de la entrevista, «no es esa imagen ruidosa y enrabietada de la cacerolada en la plaza, sino la imagen íntima y llena de dignidad humillada de las madres y los padres que lloran de noche mientras sus hijos duermen y nadie los ve. “Lloran como cuando eran niños y su madre les consolaba. Solo los pueden consolar ellos: Dios Nuestro Señor y su Madre”. […] Ante un pueblo estrangulado por los perversos y anónimos mecanismos de la economía especulativa -observaba Valente- también él, que pasa por ser una persona mansa y reservada, llega a utilizar palabras cortantes».

Bergoglio citaba la «Carta al pueblo de Dios» que la Conferencia Episcopal Argentina publicó el 17 de noviembre de 2001 y en la que quedaban descritos muchos aspectos de esta crisis inédita: «la concepción mágica del Estado, la dilapidación del dinero del pueblo, el liberalismo extremo mediante la tiranía del mercado, la evasión fiscal, la falta de respeto a la Ley, tanto en su observancia como en el modo de dictarla y aplicarla, la pérdida del sentido del trabajo. En una palabra, una corrupción generalizada que mina la cohesión de la nación y nos quita prestigio a los ojos del mundo. Este es el diagnóstico. Y, en el fondo, la raíz de la crisis argentina es de orden moral».

La situación argentina, lejos de ser un incidente, aunque de enormes proporciones, se presentaba sobre todo como una crisis sistemática, la crisis del modelo económico que se había impuesto a lo largo de los dos decenios precedentes. Las palabras del entonces cardenal de Buenos Aires eran explícitas: «Ha habido a lo largo de este tiempo un verdadero terrorismo económico-financiero que ha producido efectos fácilmente constatables, como el aumento de los ricos, el aumento de los pobres y la drástica reducción de la clase media. Y otros menos coyunturales, como el desastre en el campo de la educación. En este momento, en las ciudades y en las áreas residenciales del entorno de Buenos Aires hay dos millones de jóvenes que ni estudian ni trabajan. Ante el bárbaro modo en que se ha llevado a cabo en Argentina la globalización económica, la Iglesia de este país se ha remitido siempre a las indicaciones del magisterio. Nuestros puntos de referencia son, por ejemplo, los criterios expuestos con toda claridad en la alocución de Juan Pablo II Ecclesiain America».

Miles, millones de individuos trabajan, producen y ahorran no obstante todo lo que podemos inventar para molestarlos, ponerles trabas y desanimarlos.«Hace setenta años, en la encíclica Quadragesimo anno, escrita poco después de la crisis de la Bolsa del 29, Pío XI había definido como “imperialismo internacional del dinero” el modelo de economía especulativa capaz de empobrecer en un instante a millones de familias».

Era una fórmula olvidada, aquella que fue utilizada por el papa Ratti, la que Bergoglio consideraba actual para describir también la situación de una Argentina hundida en la crisis: «Es una fórmula que jamás pierde actualidad, y contiene una raíz bíblica. Cuando Moisés sube al monte para recibir la Ley de Dios, el pueblo peca de idolatría, fabricando el becerro de oro. También el actual imperialismo del dinero muestra un inequívoco rostro idolátrico. Es curioso comprobar cómo la idolatría camina siempre junto al oro, y donde hay idolatría se borra a Dios y la dignidad del hombre, creado a imagen de Dios. Así, el nuevo imperialismo del dinero se carga incluso el trabajo, que es el medio en el que se expresa la dignidad del hombre, su creatividad, que es la imagen de la creatividad de Dios. La economía especulativa ni siquiera necesita ya del trabajo, no sabe qué hacer con él. Persigue al ídolo del dinero que se produce por sí mismo. Por eso, no se tienen reparos a la hora de convertir en parados a millones de trabajadores».

Es la descripción de una realidad, de procesos en marcha, vividos y experimentados por quien, en aquel momento, era el pastor de la diócesis de Buenos Aires. Bergoglio explicaba cómo la Iglesia miraba a este fenómeno sin caer en el riesgo de la ideología, pero al mismo tiempo sin acabar por justificar -en nombre de la lucha contra la ideología- modelos profundamente injustos.

«Son importantes, a este propósito -explicaba el futuro papa- ios documentos de Puebla. La Conferencia de Obispos Hispanoamericanos celebrada en Puebla marcó un antes y un después. Se logró mirar a Hispanoamérica a través del diálogo con su propia tradición cultural. Y, respecto a los sistemas políticos y económicos, el bien que se deseaba era también el conjunto de los recursos religiosos y espirituales de nuestros pueblos, que se expresan, por ejemplo, en la religiosidad popular, que ya Pablo VI había exaltado en el número 48 de su Carta apostólica Evangelii nuntiandi. La experiencia cristiana no es ideológica. Está marcada por una originalidad no negociable, que nace del estupor del encuentro con Jesucristo, de quedarse maravillado ante la persona de Jesucristo. Y esto lo mantiene nuestro pueblo y lo manifiesta a través de la piedad popular. Tanto las ideologías de izquierdas como este imperialismo económico del dinero ahora dominante borran la originalidad cristiana del encuentro con Jesucristo que tantos, en nuestro pueblo, viven todavía desde la sencillez de su fe».

En aquella entrevista, el cardenal Bergoglio afirmaba a propósito del papel desarrollado en la crisis argentina por la comunidad internacional y por los organismos financieros centrales: «No me parece que pongan en el centro de su reflexión al hombre, a pesar de las bonitas palabras. Señalan siempre a los Gobiernos sus rígidas directrices, hablan siempre de ética, de transparencia, pero se me presentan como eticistas sin bondad».

Y, a propósito de la hoja de ruta seguida por la Iglesia ante la crisis económica-financiera, añadía: «Al implicarse en este intento común de salir de la crisis en Argentina se tiene bien presente todo lo que enseña la tradición de la Iglesia, que reconoce la opresión al pobre y el fraude en el salario a los obreros como dos pecados que gritan venganza ante la presencia de Dios. Estas dos fórmulas tradicionales tienen una actualidad total y absoluta en el magisterio del episcopado argentino. Estamos hartos de sistemas que producen pobres para que luego la Iglesia los mantenga».

«A los sectores más necesitados -explicaba Bergoglio- llega únicamente un 40 por ciento de los recursos que el Estado les destina. El resto se pierde por el camino. Hay comisiones. La Iglesia ha abierto ya en las parroquias una red capilar de comedores para niños y para la gente cada vez más numerosa que vive en la calle».

El futuro papa, frente al descrédito en que había caído la clase dirigente de su país, reivindicaba la importancia de la política y del compromiso político. «Hay que reclamar la importancia de la política por más que los políticos la hayan desacreditado porque, como decía Pablo VI, puede ser una de las más altas formas de caridad. En nuestro país, por ejemplo, la mentalidad funcional aneja al modelo económico imperante ha hecho sus experimentos sobre los dos extremos de la vida: los niños y los ancianos, las dos franjas de edad más afectadas por la crisis, provocando efectos devastadores en el campo de la educación, de la sanidad y de la asistencia social. Y un pueblo que no cuida a sus niños y a sus ancianos no tiene esperanza».

La cercanía del obispo Bergoglio a su gente, especialmente a los más necesitados, a los más débiles, a los pobres, a los enfermos ha sido una característica distintiva de su episcopado. Celebró muchas misas entre los cartoneros (los recogedores de cartón de la basura), en las villas miseria (los suburbios de barracones de Buenos Aires), entre los parados. Siempre se mostró cercano a la Iglesia que está en la «frontera», y envió a sacerdotes a las villas miseria preocupándose por su formación, apoyándolos y sosteniéndolos. Y, sobre todo, visitándolos.

El arzobispo usó palabras muy fuertes para definir algunos aspectos problemáticos de la megalopolis argentina: «En Buenos Aires no ha sido abolida la esclavitud. Aquí hay todavía quien trabaja como trabajaban los esclavos», dijo una vez ante los miembros de la ONG La Alameda, un grupo de activistas contra la trata de mujeres con fines sexuales y contra el trabajo y las condiciones de esclavitud en tantos talleres textiles clandestinos, y entre los trabajadores temporeros que llegaban de los países vecinos para la vendimia o la recogida de la fruta.

el sistema bancario es perversoDurante la reunión del episcopado iberoamericano en Aparecida, encuentro en el que Bergoglio tuvo un papel significativo, en particular por lo que se refiere a la redacción de su documento final, el entonces cardenal arzobispo de Buenos Aires habló de las desigualdades y de una distribución de la riqueza que produce «una escandalosa injusticia». Era el 16 de mayo de 2007. Tratando la cuestión de la dimensión social, Bergoglio había hablado de «una injusticia escandalosa que hiere la dignidad personal y atenta contra la justicia social». Refiriéndose a la experiencia argentina había observado: «Entre los años 2002 y 2006, en Argentina subieron un 8,7 por ciento los índices de pobreza; hay un 26,9 por ciento que vive en la pobreza, y nos encontramos en la región aparentemente más desigual del mundo, la que más ha crecido y menos ha reducido la miseria. Permanece la injusta distribución de los bienes, que configura una situación de pecado social que clama al cielo y que excluye de la posibilidad de una vida más plena a muchos hermanos. Poderes políticos y planes económicos de diverso signo no dan señales de crear modificaciones significativas para “eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial” (Benedicto XVI, Discurso al cuerpo diplomático,8 de enero de 2007). En Argentina es urgente impulsar una conducta justa, coherente con la fe que promueva la dignidad humana, el bien común, la inclusión integral, la ciudadanía plena y los derechos de los pobres».

Es relevante, en el pasaje que acabamos de citar, la contradicción a la teoría según la cual el crecimiento económico lleva siempre consigo ocasiones de enriquecimiento para todos. Cuando, en la exhortación Evangelii gaudium,el Papa Francisco ponga en discusión la teoría de la «recaída favorable», lo hará no sobre la base de teorías de signo contrario, sino a causa de una experiencia vivida, observando la situación del pueblo argentino, en un país donde altas tasas de crecimiento han ido acompañadas de un aumento de los índices de pobreza. No podemos olvidar, además, la alusión a la eliminación de las «causas estructurales» de esta situación que el entonces cardenal Bergoglio hacía apoyándose en un discurso del papa Ratzinger.

Estos argumentos fueron repetidos en el 2011 con ocasión del congreso sobre Doctrina Social celebrado en Argentina. En aquella ocasión el cardenal había criticado «una economía que ofrece posibilidades casi ilimitadas en todos los aspectos de la vida a quienes logran verse incluidos en el sistema».

En Bergoglio, durante los veinte años de su episcopado en Argentina, las tomas de posición públicas sobre cuestiones de justicia social y sobre la atención a los pobres se han remitido siempre a su raíz evangélica. Como bien se deduce de esta intervención en vídeo que el entonces arzobispo de Buenos Aires grabó para que fuese emitido durante el encuentro nacional de Cáritas Argentina de 2009.

Bergoglio había empezado con un ejemplo: «En un centro de Cáritas pasan muchas cosas que no tendrían que pasar… Perdonadme si ofendo a alguien, pero no quisiera que fuera así. Quiero haceros entender a todos los peligros de hoy al tratar de llevar adelante la acción caritativa en la Iglesia. En uno de los centros hicieron un homenaje a un colaborador. La fiesta se celebró en uno de los treinta y seis restaurantes de lujo de Puerto Madero en Buenos Aires donde la cena más barata cuesta doscientos cincuenta pesos. Son treinta y seis restaurantes que están a un kilómetro de cualquier tugurio de una de las villas miseria.Si tú te metes en el ámbito solidario de Cáritas, tu estilo de vida tiene que cambiar. No te puedes permitir ciertos lujos que antes de tu conversión te permitías. “¡Padre, usted es un comunista!”. ¡Quizá!, pero creo que no. Únicamente interpreto lo que pide la Iglesia. Trabajar en Cáritas exige renuncias, exige pobreza espiritual. La solidaridad te debe llevar al gesto visible de la pobreza espiritual. “La Iglesia latinoamericana está llamada a ser sacramento de solidaridad, de amor y de justicia entre los pueblos (Aparecida, 396)”».

necesidad del cese de las armasEl arzobispo Bergoglio insistía en el compromiso personal, en el cambio de vida personal de quien se compromete a ayudar a los pobres: «Cuando vives la caridad de esta manera, es tu propia vida la que está sometida al fuego y tu propia carne la que va cambiando. Eres tú quien se hace pobre, en cierto sentido, y quien enriquece a los demás en cierta manera. El servicio de Cáritas debe llevar a cambiar radicalmente el estilo de vida. Con auténtica vergüenza hemos participado, hace tantos años, en cenas de lujo para recoger dinero para Cáritas. Había subasta de joyas, de cosas caras. ¡Es una equivocación, eso no es Cáritas! Eso es una ONG. Aparecida nos pone frente a las opciones del corazón: o perteneces a una ONG o perteneces a Cáritas. Si formas parte de Cáritas, déjate cambiar la vida. Cambiarás a la fuerza tu estilo de vida, serás amigo de los pobres, y acabarás siendo pobre también tú, en la modesta austeridad de vida».

El futuro papa se refirió luego a una conocidísima tira de cómics, Mafalda,personaje creado por Quino (seudónimo del humorista argentino Joaquín Salvador Lavado Tejón). «En cambio, si quieres hacer el bien desde una ONG», añadió Bergoglio, «tal vez acabes como Susanita, la amiga de Mafalda: “Cuando yo sea mayor organizaré veladas de té con bizcochos y cosas finas para poder comprar polenta, pasta y demás porquerías que comen los pobres”. Una vez que entras en la dinámica de conversión, de cambio de vida, de solidaridad con la carne de tu hermano, cuando no te avergüenzas de él, entonces, se amplía el horizonte y se manifiesta el rostro de Jesús. Y la contemplación en la búsqueda de Dios en el rostro del pobre pasa a ser la contemplación del rostro mismo de Jesús. Pero para esto hace falta rezar mucho».

«Quien trabaja en Cáritas suscita esperanza -seguía explicando el cardenal Bergoglio- porque antes se ha dejado llenar de la esperanza de Cristo, cercano a los débiles y a los pobres. “La Iglesia está llamada a ser abogada de justicia para defender a los pobres frente a tantas desigualdades sociales y económicas que claman al cielo…” (Aparecida, 395). La Doctrina Social de la Iglesia es capaz de suscitar esperanza en medio de las situaciones más difíciles, ya que, si no hay esperanza para los pobres, no la habrá para nadie, tampoco para los ricos. Si no eres capaz de suscitar esperanza para los pobres, tampoco tú la tendrás. Vivirás al día, en la satisfacción cotidiana, llenándote de pequeñas satisfacciones… pero no tendrás horizonte. Serás un cristiano de coyuntura, a la búsqueda de que no te falte de nada».

El futuro papa seguía citando las «estructuras injustas» y el compromiso por cambiarlas; un empeño que no brota de posiciones ideológicas, sino que es el horizonte del cristiano cercano a los pobres. «La opción preferencial por los pobres nos llama a anunciar esta verdad a los responsables para cambiar las estructuras injustas. Llama al mismo tiempo a abrir para ellos un horizonte de esperanza. Tantos hombres y mujeres que trabajan en la sociedad ni conocen siquiera eso que la Iglesia llama justicia social. Con la doctrina social de la Iglesia se abre el horizonte a partir de aquel pobre concreto que has conocido, ayudado y acompañado. Luego empezaste a quererlo. Luego comenzaste a entrar en su vida y él en la tuya; empezaste a incluirlo y le has abierto un horizonte de esperanza. Tú se la das a él y él te la da a ti. La justicia te abre la misión de dar esperanza a los responsables, de cambiar la situación de las estructuras sociales. No hay que olvidar lo que dijo el papa Benedicto XVI: “El servicio de la caridad, como el anuncio de la Palabra y la celebración de los Sacramentos, es expresión irrenunciable de la esencia misma de la Iglesia” (Aparecida, 399). No creas que eres un buen católico porque vas a misa, te confiesas a menudo y haces alguna que otra obra de caridad, colaboras con Cáritas, pero luego vives según el espíritu del mundo. Aparecida nos exige renunciar a toda mundanidad; es decir, renunciar al espíritu del mundo que no ha querido acoger a Jesús. Es tu renuncia la que hace sitio a un Jesús que se revela maravilloso, un rostro maravilloso escondido en el rostro sucio y herido de tantos hombres y mujeres de este mundo».

También en 2009 Bergoglio pronunció una conferencia sobre el tema de la deuda social, para inaugurar un seminario sobre esta cuestión que se celebró en octubre de aquel año: «El fundamento ético a partir del cual se debe juzgar la deuda social como inmoral, injusta e ilegítima está en el reconocimiento social sobre el grave daño que sus consecuencias generan sobre la vida, sobre el valor de la vida y, por tanto, sobre la dignidad humana.

Su mayor inmoralidad -continuaba Bergoglio, refiriéndose a un pronunciamiento de los obispos argentinos- está en el hecho de que esto sucede en una nación que tiene las condiciones objetivas para evitar o corregir estos daños, pero que desgraciadamente parece optar por agravar ulteriormente las desigualdades. Esta deuda compromete a todos los que tienen la responsabilidad moral o política de tutelar y promover la dignidad de las personas y sus derechos, y a aquellos sectores de la sociedad cuyos derechos son violados.

Los derechos humanos -concluía Bergoglio, citando el documento de Santo Domingo del episcopado iberoamericano- son violados no solo por el terrorismo, por la represión, por los homicidios, sino también por la existencia de condiciones extremas de pobreza y por estructuras económicas injustas que causan grandes desigualdades». Cómo no recordar, finalmente, el contenido de la Carta para la Cuaresma,la última de Bergoglio como arzobispo de Buenos Aires; un texto en el que el cardenal exhortaba a generar un «un cambio» en la sociedad argentina, advirtiendo a sus conciudadanos del riesgo de la rutina de vivir bajo los efectos «demoníacos del imperio del dinero» que tiene como consecuencias «la droga, la corrupción y el tráfico de personas, incluidos los niños», y la «violencia que mata y destruye las familias».

«Poco a poco nos acostumbramos a oír y ver, a través de los medios de comunicación, la crónica negra de la sociedad contemporánea, presentada casi como una perversa exultación, y sin embargo nos acostumbramos y convivimos con la violencia que mata, destruye las familias y crea guerras y conflictos».

«El sufrimiento de los inocentes y de los no violentos no deja de golpearnos; el desprecio a los derechos de las personas y de los pueblos más vulnerables no están tan lejos: el imperio del dinero, con sus demoníacos efectos como la droga, la corrupción, el tráfico de personas, niños incluidos, junto con pobreza material y moral, están a la orden del día». Tras haber asegurado que «la destrucción del trabajo digno, las migraciones dolorosas y la falta de futuro se unen a esta sinfonía», Bergoglio reconoce que «tampoco nuestros errores y pecados como Iglesia se quedan fuera de este cuadro general».

«Hoy estamos invitados de nuevo a emprender un camino pascual hacia la vida, camino que incluye la cruz y la renuncia; que será incómodo, pero no estéril. Estamos invitados a reconocer que algo no va bien en nosotros mismos, en la sociedad y en la Iglesia, a cambiar de dirección, a convertirnos».

Todavía añadía Bergoglio que «los más personales egoísmos justificados, la falta de valores éticos en la sociedad que crea metástasis en las familias, en la convivencia en los barrios, en los pueblos y en la ciudad, nos hablan de nuestras limitaciones, de nuestra debilidad y de nuestra incapacidad de poder cambiar esta larga lista de realidades destructivas».

Reconocía, por último, frente a esta situación, «la trampa de la impotencia que nos lleva a preguntarnos si merece la pena intentar un cambio cuando el mundo sigue su danza carnavalesca, disimulando todo esto aunque sea por un poco más de tiempo». Pero el futuro papa recordaba que, «cuando cae la máscara, aparece la verdad» de las cosas. En una palabra, el arzobispo Bergoglio invitaba a la esperanza, recordando que, más allá de las sonrisas y de las superficiales operaciones de maquillaje, la Cuaresma representa la posibilidad de un cambio real. Y este tiempo litúrgico «no es solo para nosotros, sino también para la transformación de nuestra familia, de nuestra comunidad, de nuestra Iglesia, de nuestra patria y del mundo entero»; una oportunidad «que Dios nos regala para crecer y madurar en el encuentro con el Señor que se nos hace visible en el rostro sufriente de tantos niños sin futuro, en las manos temblorosas de los ancianos olvidados y en las rodillas vacilantes de tantas familias» que afrontan la vida «sin encontrar quién nos sostenga».

 

Extracto del libro: “Papa Francisco: Esta economía mata.» (Andrea Tornielli y Giacomo Galeazzi) – 2015