Desde la Rerum Novarum de León XIII (1891) hasta la fecha la doctrina social de la Iglesia compone un cuerpo sistemático atento a los problemas sociales que inquietan al hombre de nuestro tiempo. En conjunto consta de unos fundamentos teológicos, unos principios generales y unas directrices o guías de actuación. El fundamento teológico está en el hombre como imagen y semejanza de Dios, ya que a su luz pueden enfocarse las cuestiones del humanismo cristiano (el compromiso por la paz, la justicia social, las relaciones internacionales, la atención a los países en vías de desarrollo, etc.). Los principios generales vienen formulados en conceptos tomados de la vida social y política, sin los cuales no es posible dar soluciones acordes con el Evangelio. Se resumen en 1) el principio de subsidiariedad, por el que el Estado está al servicio de la dignidad de las personas y de su iniciativa privada, cubriendo aquellos espacios donde tal iniciativa no llega y solo en casos extraordinarios le es lícito suplir a los particulares; 2) el principio de solidaridad, por el que se debe atender a las necesidades de los que están en condiciones inferiores, ya sea de pobreza material, de discriminación, de falta de libertad, etc.

Estos principios son invariables en su formulación, pero se han ido enfrentando con los tiempos a nuevos desafíos, como son la situación de los países en vías de desarrollo después de la descolonización, el problema ecológico, las cuestiones de bioética o los nacionalismos. Se advierte una atención cada vez mayor a estos y otros interrogantes que en otras épocas apenas se presentaban. Por ejemplo, las relaciones entre capital y trabajo ha dejado de ser la prioritaria, como lo era en la primera mitad del siglo XX, o la cuestión de la guerra justa se plantea hoy en términos distintos que cuando se trataba solo de conflictos localizados y con armas convencionales. Sin embargo, a medida que se desciende a asuntos cada vez más particulares proponer una solución desde el magisterio se hace más difícil por la abundancia de variables que entran en juego y porque se pone en peligro el pluralismo de los creyentes en el modo de abordar los problemas y de proponerles una u otra salida. Por ello, la Iglesia suele empezar sus declaraciones haciendo la salvedad de que no entra en cuestión técnicas de tipo específico, aunque sí tiene competencia para pronunciarse sobre sus implicaciones morales.

Se podrían añadir otros principios, como la primacía del bien común, la defensa de la autoridad legítima, estar a favor de los derechos fundamentales de los hombres y los pueblos o naciones o el principio de la libertad religiosa.

En tercer lugar, se encuentran las recomendaciones sobre problemas concretos que se plantean a los fieles y a todos los hombres de buena voluntad. No se trata de cuestiones de conciencia propias de la dirección espiritual, sino de aspectos generales que tienen una base en la vida social, como pueda ser una huelga prolongada y muy lesiva, injerencias del poder político en la libertad legítima, formas de violencia hoy extendidas, abusos de unos u otros grupos y otros muchos más, ligados al día al día de los pueblos y de los sectores sociales.

Por los mismos motivos por los que la Iglesia está a favor del uso de la razón y en contra de los voluntarismos y los emotivismos irracionales, le corresponde con derecho también alertar sobre todo aquello que en el orden moral atenta contra la dignidad de los hombres y mujeres singulares, que llevan en su interior la imagen del Creador.

 

Autor: Urbano Ferrer (Catedrático de Filosofía Moral, Universidad de Murcia)