«…sin conciencia y sin lucha asociada, ¿qué puede cambiar? La respuesta está implícita en la misma pregunta. ¡Conciencia y lucha asociada son imprescindibles!»
Autor Israel Gajete
Mi nombre es Israel, y soy profesional precario. Mi padre fue un anarquista converso, como a él le gustaba definirse, que estuvo en la cárcel por defender los derechos laborales de sus compañeros en los astilleros de Cádiz. Escribió un artículo en plena dictadura titulado “¿Quién es ladrón de quién?” defendiendo a un compañero que fue despedido por llevarse virutas de metal en un calcetín. Mi madre tuvo un hijo con una severa discapacidad dos años después de nacer yo, otros dos años después nació mi hermana, también discapacitada. Desde entonces su trabajo fue cuidar de ellos junto a mi padre, del que me cuenta que tenía dos trabajos y apenas dormía, para poder mantenernos. Mis orígenes fueron humildes, como humildes son los orígenes de mis dos hijos, sanos, gracias a Dios, a los que nunca les ha faltado un plato caliente en la mesa y un techo, aun con goteras, y de alquiler.
Estudié formación profesional agropecuaria, más adelante bachillerato, aprobé selectividad en mi etapa como postulante franciscano y estudié filosofía sin terminar la carrera. Para pagar mis estudios, trabajé como camarero incontables horas, de lunes a domingo, sin librar.
Desde entonces y mucho antes, cuando me preguntan respecto a mi profesión, no sé qué decir, aunque en mi cabeza lo tengo muy claro: soy profesional de la precariedad.
Mi primera ocupación laboral fue en un taller, como troquelador y aprendiz de mecánico, a los 18 años recién cumplidos, aunque ya con 16 trabajé en el campo ordeñando vacas, limpiando cochiqueras y almacenando silo de maíz, en la granja-escuela “Lorenzo Milani”, en Cabrerizos, Salamanca, donde me enseñaron con la pedagogía de Barbiana. A punto de cumplir 45, desde hace apenas un mes, fui contratado por una empresa de telecomunicaciones para desarrollar funciones de comercial en un Stand.
En ese recorrido, he sido camarero, estibador, carretillero, mozo de almacén, comercial de seguros, inmobiliario, de productos alimentarios, de alarmas, vendedor de coches usados, chófer privado en VTC, operario de producción, mago, monitor de ajedrez federado, he trabajado en una fábrica de croquetas, en una empresa textil, en supermercados, he sido ayudante de topógrafo, y cada una de las veces, cuando me preguntan cuál es mi profesión, mentalmente me respondo a mí mismo, con extremo convencimiento, desde hace ya más de dos décadas: “soy profesional de la precariedad”.
Para ser honesto, no en todos mis trabajos he tenido malas experiencias. Guardo un buen recuerdo, por ejemplo, de mi primer empleo, o del que desarrollé en Valencia, como ayudante de topógrafo, cuando vivía en Catarroja. Allí, en Valencia, mi esposa alumbró a nuestro primer hijo (me gusta utilizar esa palabra: “alumbrar”, pues la vida es luz que rompe la oscuridad de la muerte). La obra, un conjunto de depósitos de agua fluvial y mejoras en las acequias de Favara, culminó y regresamos a Madrid, donde pensé que tendría mejores perspectivas de encontrar un nuevo empleo. Eso sí, allí, en Valencia, durante los dos años en los que trabajé en la obra, realicé multitud de cursos de formación mediante la Fundación Tripartita, una entidad público-privada que fue condenada por robar fondos públicos europeos, beneficiando a empresas que también robaban (me gusta usar esa palabra, robar, sin usar en su lugar eufemismos) dinero de subvenciones. De los escándalos de cursos y subvenciones de formación, ya hablamos otro día, porque si no, no termino. Seguro que recuerdan el caso de los ERE. ¿Clientelismo y corrupción? Nada nuevo bajo el sol.
El mismo día que falleció mi hermano, en abril de 2024, me despidieron de la empresa donde vendía alarmas. No pude recurrir mi despido, a pesar de llevar unos cinco meses, y ni siquiera me abonaron los días de luto. Uno de los responsables acudió respetuosamente al tanatorio, junto con mis compañeros, para expresarme su pésame. El día después confesó que no pudo cumplir con la comunicación del despido, que me llegó con un burofax. ¡Sus propios jefes le pidieron que me lo comunicara allí mismo! Conocían mi situación y ya había avisado un día antes. Después de consultar con varios abogados, su respuesta fue que la empresa actuaba dentro del marco legal porque mi contrato se encontraba dentro del período de prueba.
Una de las grandes trampas que han precarizado el trabajo hoy día desde la criminal reforma laboral del PP, auspiciada y promovida posteriormente por el PSOE (nunca derogada, acaso maquillada) y sus socios de gobierno que, además les ha servido como excusa para abanderar falsas y halagüeñas estadísticas, es el contrato temporal encubierto al que se refieren con total deshonestidad como “contrato indefinido”. Nunca dicen que esos contratos, “indefinidos”, contemplan un período de prueba de nada menos que seis meses. Seis meses, durante los cuales, en cualquier momento, cualquier empresa puede decidir despedirte sin tener que alegar nada. Con el argumento legal de la “no superación del período de prueba”, te encuentras en el mismo día, sin ninguna indemnización, con una mano delante y otra detrás. Percibiendo únicamente lo trabajado y sin ganar un euro al día siguiente.
Ese mismo modelo de contrato, que tanto alaba y del que se jacta nuestro actual presidente y sus socios “progresistas” para presumir de empleo estable y de calidad, sirvió a los que me despidieron del supermercado, porque falté un día en que mi hijo estaba enfermo, mi mujer trabajaba en una residencia y no tenía con quién dejarlo. Tampoco pude acudir, por motivos de cuidado, el día que tuvieron inventario, a las seis de la mañana, habiendo sido advertido la noche antes.
Podría dedicar un capítulo completo a hablar de la conciliación laboral. Esa misma empresa presumía de alinearse con las necesidades de las familias en cuanto a los cuidados de los hijos, incluso permitía a sus trabajadores excedencias para que aquellos que tenían hijos pudieran asistir a las reuniones escolares. El mismo supermercado donde me avisan a las diez de la noche que a la mañana siguiente debía estar a las seis para hacer inventario (ejecutando además un diestro pase de pecho al artículo 34.3 del estatuto de los trabajadores, que recoge que deben existir doce horas mínimo entre jornadas). Cuando argumenté que los desayunos de infantil en el cole comenzaban a partir de las siete y no tenía donde dejar a mi hijo, mis propios compañeros me miraron mal. Yo mismo me sentí culpable. Seguramente nadie se sintió culpable cuando me despidieron, repito, sin indemnización ni explicación alguna, poco tiempo después.
Aquí coexisten diversos fenómenos: Por una parte, habiendo perdido totalmente la conciencia de clase, raras veces los propios compañeros, que padecen como un mal endémico la precariedad laboral, y que la han asumido y tolerado hasta el tuétano, se solidarizan con los trabajadores que son despedidos de forma tan aberrante (aunque legal). Ellos mismos sienten que forman parte de un estrato superior, como las castas indias. Ese estrato que diferencia al trabajador indefinido del temporal. Y no hablemos de ett,s, que es otro cantar y de las cuales también he sido carne de cañón.
Por otro lado, la precariedad laboral horada la propia estima del trabajador, de manera que éste mismo se siente culpable y en cierta medida responsable de la altísima rotación del mercado laboral, donde los despidos muchas veces son ejecutados a través de un SMS y ni los propios responsables directos tienen información alguna. Les aseguro que soy una persona muy trabajadora, que incluso se sobre-implica en sus quehaceres laborales. Tengo varices desde los veinte y he trabajado con un testículo inflamado por un tumor y tremendos dolores (en la misma empresa de alarmas, donde fui despedido el día que falleció mi hermano), así estuve casi un año mientras esperaba ser operado (por la sanidad pública, otro cantar), y luego terminé trabajando con fuertes dolores de recuperación en el supermercado del que ya hablé, donde me esforcé al máximo precisamente para evitar el despido, que finalmente llegó por las causas ya comentadas.
Me pregunto; sin conciencia y sin lucha asociada, ¿qué puede cambiar? La respuesta está implícita en la misma pregunta. ¡Conciencia y lucha asociada son imprescindibles!
Estos dos fenómenos, estrechamente vinculados, la quiebra de la autoestima y la ausencia total de conciencia de clase, a los que se añade a la inacción de los sindicatos, apesebrados privilegiados a la sombra del gobierno de turno (quien paga manda), culos agradecidos y bien alimentados, ha convertido el panorama laboral actual en una suerte de mercado de abastos, donde se compra y vende al mejor postor la fuerza de trabajo y, aún más, al mismo trabajador, cuya vida gira en muchas ocasiones, alrededor del propio trabajo precario, por necesidad, muchas veces extrema (no hablemos del enorme problema de la vivienda), al que le cede los derechos conquistados por mi padre, y tanta gente honrada como mi padre.
Nunca, jamás, podré hablar bien de los señores “sindicalistas” de hoy, a los que no puedo, ni quiero, estar agradecido, sino todo lo contrario; por ser cómplices y partícipes de la precariedad que me ahoga desde hace más de dos décadas.
Ellos y su Inacción disfrazada de acción, en formas totalmente estériles, que no abordan la problemática real de la mayoría de los trabajadores, son la respuesta de este país aborregado y adormecido, profunda y quirúrgicamente anestesiado, convenientemente alienado, y son los auténticos corresponsables de este desastre, donde ni los propios obreros saben que son obreros, y las nuevas generaciones son más pobres y más precarias que lo que fueron sus padres. O tal vez es la respuesta y propuesta del propio sistema corrupto, ante la ausencia de respuesta de un colectivo que ha olvidado que se pertenece. Sí, “se” pertenece. A sí mismo, como colectivo, y no a su patrón.
Desde aquí también apelo a la responsabilidad individual que no podemos eludir, de cada uno de los trabajadores que, bien por olvido, o por la razón que sea, hemos permitido la explotación laboral en cada una de sus formas, asistido a injusticias sin hacer nada, amparado y auspiciado con ello, la maquinaria bien engrasada por el gobierno de turno (de derecha y de “izquierda”) y sindicatos.
Sindicatos y ministra de trabajo que no viven ni entienden la precariedad laboral, no me canso de decirlo:
Por ejemplo, cuando hablan de la jornada de 38,5 horas semanales que reclaman UGT y Comisiones Obreras, cuando yo mismo he trabajado en jornadas interminables, a turno partido, de lunes a domingo, con libranzas semanales rotatorias, once días seguidos, más de cincuenta y siete horas efectivas a la semana, ¡ochenta y ocho horas seguidas trabajadas sin librar! (sin contar las trabajadas en el turno partido, de manera ilegal). O cuando he conducido un coche más de doce horas seguidas un mismo día, mientras que el propio sindicato nos animaba a hacerlo, “así ganáis más dinerito”, nos decían. Revisen el índice de siniestralidad de VTC’s y luego culpen a los inmigrantes, alentados por la extrema derecha, y no a las empresas españolas que explotan tanto a inmigrantes como a españoles de nacimiento.
Recuerdo trabajar en un restaurante cercano a mi casa, donde entraba a las diez de la mañana sin término de jornada, en aquellos negocios de antaño donde de toda la vida la jornada termina cuando lo decide el último cliente. En ese restaurante se quedaba parte de las propinas el mismo propietario. Allí trabajaba librando un día a la semana, todos los sábados y domingos. Una noche atendí una mesa de “sindicalistas” que se estaban poniendo morados a marisco y vino, a altas horas de la madrugada. En determinado momento, uno de ellos me agarró el brazo, me guiñó el ojo y me dijo, “yo soy de los tuyos”. Recuerdo que esa noche no pude dormir porque me dolían los pies, seguramente ese dolor de pies también le era desconocido al que me guiñó el ojo, a no ser que, de manera razonable, tuviera problemas con el ácido úrico.
No sé dónde se encontraba ese “sindicalista” cuando mi jefe me despidió de manera improcedente pocos días después para hacer sitio a un amigo o familiar. No lo he vuelto a ver.
Tampoco sé por qué había elegido ser liberada sindical la gerente que me despidió por abandono de trabajo de una conocida empresa de comida rápida, donde trabajaba como encargado y tuve que salir precipitadamente porque mi hijo menor se asfixiaba en una crisis alérgica, y avisé de que regresaría más tarde. Esa misma gerente, junto a su jefe, reconoció a las puertas del juzgado la improcedencia del despido.
Podría escribir multitud de experiencias de ese tipo, pero me extendería en exceso. El caso es que estoy seguro de que no soy el único. Que se trata de un fenómeno sistemático. La precariedad laboral existe, aunque las estadísticas, totalmente falsas y manipuladas, digan lo contrario. Y de qué manera. Existe y forma parte de un problema de dimensiones gigantescas, que afecta al individuo en su forma más íntima, no solo en cuanto a lo económico. Afecta a su autoestima, a su propio proyecto de familia, a sus hijos, padres, abuelos… Y transforma radicalmente a las personas, convirtiéndolas en instrumentos que sirven los intereses de un sistema corrupto, que forman parte de un mundo globalizado y una estructura de pecado a la que el propio papa Juan Pablo II se refirió como cultura de muerte.
Ya va siendo hora de entrar a trabajar y tengo que cerrar este artículo a modo de carta.
Si alguna vez se tropiezan conmigo y me preguntan acerca de mi nombre y profesión, ya saben lo que responderé:
Me llamo Israel, y soy profesional precario.
Aunque espero, algún día, dejar de serlo. Y, sobre todo, que mis hijos no hereden mi ocupación.

