Entre los elementos que propician el alejamiento de Dios se halla el yo, que consume el mundo y desarrolla una «obesidad del alma». Padece una perspectiva distorsionada de las cosas, examinando de manera constante el mundo en busca de ventajas, estímulos e información.

Manuel Arrebola

«Cuando nos asalta la tentación de navegar por la superficie, de vivir corriendo sin saber finalmente para qué, de convertirnos en consumistas insaciables y esclavizados por los engranajes de un mercado al cual no le interesa el sentido de nuestra existencia, necesitamos recuperar la importancia del corazón». Estas palabras del Papa Francisco se encuentran al principio de su encíclica Dilexit nos (2024). En todo este escrito, que nos invita a regresar al corazón, hay un detalle que puede pasar inadvertido: menciona tres veces a un enigmático «pensador actual». ¿Quién puede ser? ¿Por qué no dice su nombre? La encíclica cita las fuentes clásicas del canon pontificio: sus predecesores en Roma, homilías, catequesis, concilios, otras encíclicas, los santos… Pero, ¿y ese «pensador actual»? Es el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, la superestrella de la divulgación filosófica de estos años, que ha encontrado la manera perfecta de hacer llegar su pensamiento a todos los públicos.

¿Por qué lo citó? Pues en primer lugar porque la referencia era pertinente debido al objeto de la encíclica: el Papa Francisco nos conmina a «volver al corazón» y en palabras de Han «El corazón oye de una manera no metafórica la silenciosa voz del ser».  En efecto, vivimos en un mundo virtual, consumista, banal, superficial… que podemos denunciar junto con Heidegger −autor que es objeto de la tesis doctoral de Han− como el mundo del «olvido del ser». El pensador coreano considera que el mundo actual es un mundo sin corazón, racionalista y utilitarista, que ha desterrado la otredad, lo insondable, la hondura y lo trascendente. Los ensayos de Han están imbuidos por la preocupación de las consecuencias de ese destierro: La expulsión de lo distinto (2016), Psicopolítica (2014), En el enjambre (2013), La agonía del Eros (2012), La sociedad del cansancio (2010), Hiperculturalidad (2005), etc… Una preocupación compartida también por el Papa Francisco.

Byung Chul-Han, el filósofo más leído del momento (por encima incluso de Slavoj Žižek, Judith Butler, Peter Sloterdijk o Giorgio Agamben), nació en Seúl en 1959. Tras estudiar Metalurgia en su país, llegó a Alemania en 1985 y se formó en el pensamiento filosófico contemporáneo. Estudió en Friburgo, Múnich y Basilea y desde 2012 es profesor de filosofía y estudios culturales en la Universität der Künste Berlin (UdK), donde dirige el Studium Generale. Han ha desarrollado a lo largo de los últimos años una oportuna crítica del neoliberalismo (en términos de sumisión voluntaria), pero no desde el marxismo. Han mezcla el análisis filosófico sobre el ser contemporáneo con la reflexión sobre el sistema económico. Es decir, analiza las complicidades entre ciertos discursos filosóficos actuales y los intereses del sistema productivo capitalista. Y lo hace sin que su postura llegue a parecer nunca ideológica. Lo que sorprende en los escritos de Han es su habilidad para combinar una especie de sobriedad asiática y una economía de palabras asombrosa junto con un cierto rigor germánico, basado en numerosas fuentes. Se ha expresado diciendo de sí mismo: «Si alguien me pidiera que resumiese mi pensamiento filosófico en una sola frase, le propondría la siguiente: el otro desaparece». Y, por supuesto, las consecuencias de tal declaración son incalculables. «El otro es constitutivo de la formación de un yo estable. Si el otro desaparece, el yo cae en un vacío». De ahí se deduce que la inestabilidad del yo crea una gran inquietud existencial. El yo se distorsiona y se vuelve irreconocible en el espejo, y en ese momento tenemos el entorno ideal para que surjan y se multipliquen graves problemas de salud mental.

Byung-Chul Han ha proporcionado numerosos indicios en sus obras de su vinculación progresiva con la fe y lo trascendente. No obstante, hace un par de años, para desconcierto de los más despistados, realizó una profesión pública de fe en una conferencia en Lisboa: «mis libros se leen sobre todo en los países católicos (…). En esas zonas, mis libros se leen porque se trata de libros católicos. Yo soy católico». Esto no ha sorprendido a aquellos que le llevamos siguiendo la pista durante años. El hecho de haber realizado estudios en Teología por la Universidad de Munich y haber contemplado incluso la posibilidad de convertirse en sacerdote durante su temprana juventud podría ser un indicativo. O el hecho de que confesara en su obra Loa a la tierra (2019): «En Corea me bautizaron en la iglesia con el nombre de Alberto. La iglesia católica estaba justo al lado de mi casa. Yo nací en el seno de la fe, y en él fui resguardado. Rezaba a diario el rosario». Pero lo que dijo nuestro autor en la Universidad Católica Portuguesa de Lisboa en 2023 es una confirmación definitiva: «Soy un jardinero. Desde hace tres años practico la jardinería (…) a medida que creaba mi jardín, al que bauticé como el ‘jardín secreto’, me fui volviendo muy religioso, es decir, me fui volviendo devoto. Me he vuelto muy devoto. Me he vuelto muy religioso (…). Como yo mismo soy católico y además de filosofía he estudiado teología católica, me siento especialmente a gusto en este lugar. Aquí tienen el monasterio, el Mosteiro dos Jerónimos. Yo podría haber sido también un monje en este Mosteiro dos Jerónimos, ¿verdad? (…). Discúlpenme, aunque no sea cura, siempre estoy predicando. Hoy ustedes no están en una conferencia sobre filosofía, sino en una predicación (…). Aunque al final no me convertí en monje, sino en filósofo, en general llevo una vida monástica (…). Creo que, en último término, tengo más de cura que de filósofo». No sabremos si el Papa Francisco estaba al corriente de este auto de fe, pero lo cierto es que la obra de Byung-Chul Han está preñada de intuiciones que podemos denominar católicas.

La primera de esas intuiciones ya la hemos adelantado antes: la desaparición del otro, que introduce en La sociedad del cansancio, hace ya 15 años, y se convierte en el tema recurrente del resto de su obra: «La desaparición de la otredad significa que vivimos en un tiempo pobre de negatividad». La sociedad digital, que nos ha persuadido de los principios de la inmediatez, la ausencia de conflicto, las gratificaciones exprés como la comida basura, el porno y la cultura del like, entre otros, es, en esencia, una sociedad ausente de negatividad. No obstante, el dolor, el fracaso, la muerte y, en última instancia, el otro, implican negatividad. El hiperhedonismo contemporáneo evita completamente los conceptos de límite, confrontación, consistencia y duración. Hemos cometido el deicidio más severo al descargar nuestra ira colectiva contra Eros, esa fuerza que expulsa al individuo de su propia esencia y lo dirige hacia el encuentro con el otro, sostiene Han. La aniquilación del amor en su forma de donación (ágape) conduce inevitablemente a un universo psicopático. La desaparición del otro constituye el resultado amargo que el ser humano obtiene tras la crucifixión de Dios, o peor aún, el abandono de Dios. Este mundo definido por un exceso comunicativo se caracteriza siempre por su naturaleza horizontal e inmanente. El ruido y el bullicio, la transparencia y el ethos hedónico nos libran del padecimiento ajeno, confinándonos en burbujas autónomas. «Aislados, singularizados, los individuos se sientan solitarios ante el display (monitor) (…). El medio digital nos aleja cada vez más del otro». La desaparición del otro conduce, finalmente, a situar al otro como un objeto de placer, a la exaltación del puro y descarado deseo, al anhelo desaforado y al consumismo de la Creación.

Otra intuición católica de sus escritos la desarrolla en la obra «La desaparición de los rituales» (2019), donde escribe: «Los ritos son acciones simbólicas. Transmiten y representan aquellos valores y órdenes que mantienen cohesionada una comunidad. Generan una comunidad sin comunicación, mientras que lo que predomina hoy es una comunicación sin comunidad». La comunidad, que en la actualidad es inexistente en la sociedad del aislamiento digital, constituye un requisito indispensable para la existencia y persistencia de los rituales. Simultáneamente, estos rituales son esenciales para establecer una comunidad y conservarla en el tiempo. Además, los rituales reclaman elementos corpóreos. En cada misa, el pan se transforma en el Cuerpo de Cristo. Para el fiel católico, no se trata simplemente de una representación simbólica, sino del milagro eucarístico de la transubstanciación. Los rituales «quedan consignados en el cuerpo, se incorporan, es decir, se asimilan corporalmente. De este modo, los rituales generan un saber corporizado y una memoria corpórea (…). A la comunidad en cuanto tal le es inherente una dimensión corporal. La digitalización debilita el vínculo comunitario por cuanto tiene un efecto descorporizante».  ¿Cuál sería la estructura de la Iglesia sin los rituales y sacramentos? ¿Qué es la Iglesia sino Corpus Mysticum? Adicionalmente, los rituales demandan ritmos, una latencia y, en última instancia, una forma. La liturgia mantiene viva mediante formas inmemoriales la Palabra: «En eso consiste la fuerza de los rituales.» Pero según Han: «La cultura de la autenticidad acarrea una desconfianza hacia formas ritualizadas de interacción». En la sociedad de consumo turbocapitalista contemporánea, la agónica disyuntiva bíblica se manifiesta imponente ante nosotros. O servimos a Dios o a Mammon, no existe un término medio. «La presión para trabajar y para rendir radicaliza la profanación de la vida (…). El capitalismo se basa en la economía del deseo. Por eso es incompatible con la sociedad ritual». El desencantamiento del mundo nos ha abocado al «desamparo e intemperie trascendentales», dice Han. La velocidad acelerada del capital permea cada aspecto de la existencia humana, mercantilizándolo y mecanizándolo. «En nuestra sociedad de consumo y rendimiento hemos perdido toda trascendencia (…). La trascendencia no es compatible con la inmanencia del consumo, el rendimiento ni la producción. Dios no consume. Dios tampoco produce. La creación divina no es rendimiento, sino un acto de amor (…). La vida sin trascendencia se reduce a una mera satisfacción de las necesidades». Este acto de amor supera cualquier cálculo, utilidad, beneficio o interés, otorgando significado a la existencia completa del ser humano.

Otro elemento que evidencia de manera clara la transformación antropológica experimentada por el ser humano en el siglo XXI, y que podemos destacar del pensador surcoreano sobre el tema que nos ocupa, es la alteración de la relación del individuo con el tiempo. En su obra titulada El aroma del tiempo del año 2009, Han declara: «Está claro que Nietzsche no es consciente del alcance que tiene la muerte de Dios (…). Dios funciona como un estabilizador del tiempo (…). El tiempo se precipita como una avalancha porque ya no cuenta con ningún sostén en su interior». Efectivamente, el término «Tiempo» en mayúscula queda frustrado, desorientado, pierde su significado interno y su esencia. Esta angustia por un tiempo desbocado y sin propósito constituye hoy la experiencia posthistórica del ser humano. «La promesa, el compromiso o la lealtad, por ejemplo, son prácticas temporales genuinas». La rapidez del tiempo y la aceleración de nuestra vida provocan que todo se agote, que el grosor del tiempo se diluya, que todo sea efímero.

En la actualidad, un nuevo imperativo categórico se impone sobre los individuos, exigiéndoles «tener éxito en la vida»: «¡Sé tú mismo! ¡Realiza tus sueños! ¡Aprovecha tus talentos!». El sujeto del rendimiento neoliberal se encuentra en una lucha constante contra el tiempo. Aspira a ganar tiempo al tiempo dejándose la piel, autoexplotándose y transformando la pausa y la calma en simple tiempo de descanso, sacrificando su extenuación mental en aras de la productividad. De esta manera, los días festivos se transforman en momentos de recuperación para retornar al trabajo. «Para muchos el tiempo libre no es más que un tiempo vacío, un horror vacui. Tratamos de matar el tiempo a base de entretenimientos cutres que aún nos entontecen más. El estrés, que cada vez es mayor, ni siquiera hace posible un descanso reparador. Por eso sucede que mucha gente se pone enferma justamente durante su tiempo libre. Esta enfermedad se llama leisure sickness, enfermedad del ocio. El ocio se ha convertido en un insufrible no hacer nada, en una insoportable forma vacía del trabajo.» Así que, «el tiempo se precipita, se agolpa para equilibrar una falta de Ser esencial, aunque no lo consigue, porque la aceleración por sí misma no proporciona ningún sostén. Solo hace que la falta de Ser resulte incluso más penetrante». Han comenta que «El sujeto que se ve forzado a aportar rendimientos y que termina quedando extenuado y siendo depresivo, por así decirlo, acaba desazonado de sí mismo. Se siente cansado, hastiado de sí y harto de pelear contra sí mismo. Totalmente incapaz de salir de sí mismo, de estar afuera, de confiar en el otro y en el mundo, se obceca consigo mismo, lo cual conduce, paradójicamente, a la horadación y al vaciamiento del yo». Han reivindica volver al silencio, a la pausa, a la espera, a la improductividad. «A quien está inactivo y contemplativo se le revela una realidad completamente distinta, a la que no tiene acceso ninguna actividad, ninguna acción». La cerrazón, el empeño y el voluntarismo suelen limitar las oportunidades, poseemos una perspectiva sumamente pobre, sumamente estrecha, obstruida por nuestra condición falible. Quien vive de manera contemplativa, amplía su mirada, percibe con todos los sentidos, se encuentra en vigilancia y está receptivo a la Gracia.

En otra obra reciente, El espíritu de la esperanza (2024), parece evocar sin citarlas las primeras palabras de Juan Pablo II: «¡No tengáis miedo!» Pues según él vivimos tiempos de temor, y el miedo —además de un «excelente instrumento de dominio»— imposibilita la libertad, seca todo «horizonte de sentido» y niega la empatía y la «tierna y bella audacia» con que Nietzsche definió la esperanza.  El autor desecha tanto el «optimismo» por estéril —no genera nada nuevo— como la pseudofilosofía del «pensamiento positivo», que lleva necesariamente a una felicidad ensimismada y egoísta.  Por el contrario, la «ternura de la receptividad» es esperanza.  Siguiendo el mandamiento fundamental del amor al prójimo, y ante el narcisismo cibernético «quien tiene esperanza no consume», «el sujeto de la esperanza es un nosotros».

Pero es en su último y trigésimo segundo libro, Sobre Dios. Pensar con Simone Weil, donde Byung-Chul Han resuelve finalmente las tensiones que subyacen entre sus primeros escritos sobre el pensamiento zen oriental y sus últimas obras, que revelan los anhelos y presentimientos cristianos. De la mano de Weil, Han aborda siete nociones clave de la obra de esta pensadora y mística francesa, la más importante del siglo XX en opinión del autor. Con ella va auscultando las heridas espirituales de nuestro tiempo y el modo de curarlas. El ensayo trata de Dios, de las maneras y los procesos sociales que nos acercan a Dios o nos alejan de Él. Al hacerlo, Han vuelve sobre muchos de los temas a los que ya ha consagrado sus libros y los reconsidera, junto con Simone Weil. «A través de su pensamiento se abre ante mí la posibilidad de hablar de algo que hoy parece olvidado, que existe una realidad más alta, una trascendencia que puede rescatarnos de la rutina vacía, de esa vida donde apenas sobrevivimos y ofrecernos en su lugar una plenitud que da alegría y sentido. La crisis de la religión en nuestro tiempo no es solo una cuestión de dogmas o de pérdida de fe. Tampoco se explica únicamente porque la iglesia haya dejado de inspirar confianza.» Han postula que existe un problema más profundo y estructural, una disminución en nuestra capacidad de atención, pues nos hemos transformado en consumidores visuales que no tienen la capacidad de percibir el mundo con una atención creativa. En este contexto, Han hace uso de la distinción que Weil establece entre ver y comer, entre el amor que vacila y contempla y el amor que persigue y consume.

Entre los elementos que propician el alejamiento de Dios se halla el yo, que consume el mundo y desarrolla una «obesidad del alma». Padece una perspectiva distorsionada de las cosas, examinando de manera constante el mundo en busca de ventajas, estímulos e información. Esta vinculación con el mundo es consumista no únicamente debido al deseo de posesión y uso (como cuando arrancamos una flor hermosa o anhelamos estar con una persona bella), sino también porque la percepción misma posee un carácter devorador, distante e intranquilo (como al navegar sin descanso por las noticias y las aplicaciones de citas). Otros elementos que contribuyen al apartamiento de Dios incluyen la «imaginación», que impone al mundo conceptos moldeados por las necesidades y temores personales, así como la «inteligencia», que se restringe al pensamiento calculador y en todas las circunstancias únicamente reconoce cantidades en lugar de cualidades. Según Han, los motivos sociales de estos agravios se encuentran en la digitalización y la meritocracia neoliberal.

En un momento posterior, se refiere a la formulación de Weil que asocia la atención con la presencia silenciosa de Dios: «Dios es atención sin distracción». En vez de aguardar o esperar a Dios en una presencia inaccesible, buscamos a Dios de manera activa en lugar de esperar como su futura esposa. Residimos en un estado perpetuo de distracción, saltando de un estímulo a otro. La atención, esa mirada sostenida y contemplativa que es imprescindible en la existencia del espíritu, ha sido reemplazada por una voracidad que consume sin pausa. La atención religiosa, en cambio, no persigue, no busca. Se asemeja más a las manos unidas que presiden la oración y que no se aferran a ninguna estructura. En nuestra sociedad, existe una dependencia grosera de la dopamina. La atención y la adicción constituyen polaridades contrarias. Por lo tanto, para Weil, el bien se define como aquello que no perturba la atención, mientras que el mal se manifiesta, nos seduce y nos fragmenta. Aquí se presenta una cita de Kafka que se torna reveladora: «En un cuento de los hermanos Grimm, un gigante y un pequeño sastre compiten entre sí para ver quién es el más fuerte. El gigante lanza una piedra tan alto que tarda bastante tiempo en volver a caer a la tierra. El sastrecillo hace volar a un pájaro que no vuelve a caer. Quien no tiene alas, al final siempre volverá a caer». Quien únicamente puede hacer esfuerzos con la voluntad o los músculos, está sometido a la gravedad. Se agota.

El desgaste de la atención no solo nos distancia de Dios, sino también de los demás. Sin interés por el otro, no hay respeto ni empatía, y la violencia se intensifica. La perspectiva que salva, sostiene Weil, es aquella que despoja al individuo de su alma, la vacía de egos, para aceptar al otro plenamente sin juzgarlo ni dominarlo. Se trata de una perspectiva sobrenatural, diferente a la perspectiva de poder que prevalece en la lógica del mercado y del mundo. Han alerta también que la espiritualidad se enfrenta al peligro de ser absorbida por el mercado. Por ejemplo, el mindfulness transformado en una técnica de productividad, se torna en una técnica de optimización. Lo más elevado que podemos recibir no se alcanza, sino que se espera. La fe, el amor, la belleza no son objeto de búsqueda, sino de acogida. Únicamente un espíritu capaz de detenerse, que ha renunciado a consumirlo todo, puede sostener dicha expectativa. En un mundo carente de atención, lo divino no perece, simplemente dejamos de poder verlo.

 

Fuente: Revista Id y Evangelizad n 146.