Guillermo Rovirosa Albet (1897-1964) sabía mucho –y de forma no solo teórica– de estructuras de pecado, pero también de estructuras de gracia. Su empeño en dar la buena noticia a los pobres, en evangelizar el mundo obrero, era inseparable de su voluntad de identificarse con la situación de opresión en que vivían y, por consiguiente, de reconocer, denunciar y combatir con ellos las estructuras que los oprimían. Esto lo llevó a postular estructuras que impulsaran su liberación, poniendo todo su ardor en la construcción de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) y en la animación de experiencias cooperatistas. Sus reflexiones, sin perjuicio de su impecable calidad teológica, cuentan con el valioso respaldo de su vida militante.
Autor: Miguel Ángel Ruiz
Fuente: Revista Id y Evangelizad 147
Estructuras de pecado y estructuras de gracia en el pensamiento de Guillermo Rovirosa
Estructuras de pecado
Ambientes, instituciones y sistemas pecaminosos
Como señala el padre Carlos Ruiz (La espiritualidad trinitaria de Guillermo Rovirosa, 2011), Rovirosa no usa el término estructuras de pecado, sino otro perteneciente al mismo campo semántico: pecado colectivo. Es, sin embargo, muy consciente de que el pecado solo puede ser personal («personal e intransferible», afirmará Rovirosa con su habitual gracejo en Gremio de Teología Social –GTS–, pues es «hijo de la libertad»). Por ello, aclara, el uso en esta expresión solo es una forma de hablar para referirse a la realidad objetiva (que también se puede llamar estado de pecado) creada por la multiplicación y reiteración de los pecados individuales. Es decir, a una realidad que es consecuencia de los pecados individuales (los únicos que existen), pero que (y esto es lo importante), puede ser causa inductora de nuevos pecados. Esa realidad objetiva puede ser, según Rovirosa, un ambiente pecaminoso, que induce al pecado (por ejemplo, un ambiente racista o xenófobo), una institución pecaminosa (como un Estado dictatorial) o todo un sistema jurídico –jurídico-político o jurídico-económico– inductor de pecado (como el capitalismo o el comunismo).
La naturaleza pecaminosa de estos sistemas no reside solo en su causa (la suma de pecados individuales), sino, sobre todo, en su efecto: inducir la comisión de nuevos pecados de manera permanente y sistemática, incluso más allá de la voluntad de quienes ayudaron a construir el sistema. De tal modo, afirma Rovirosa (GTS), que «El individuo puede cometer un pecado en un momento dado, pero no puede estar pecando veinticuatro horas al día y durante semanas y meses enteros. En cambio, el pecado colectivo es algo permanente en cada momento en la colectividad que lo sufre».
Así, junto al pecado original y las concupiscencias (tendencias desordenadas a tener, a dominar y a disfrutar), el pecado personal (el verdadero pecado) puede tener también su origen en los ambientes, las instituciones y los sistemas pecaminosos de los que formamos parte. Es más, para Rovirosa también el pecado original «es un caso de pecado colectivo en la colectividad de los no bautizados».
Normas, reglas y costumbres pecaminosas
El elemento pecaminoso presente en un ambiente, institución o sistema puede localizarse en sus reglas o normas, sea porque directamente inducen el pecado (por ejemplo, una ley que fomente el aborto), sea porque, sin ser pecaminosas per se, fomentan y facilitan el pecado (por ejemplo, una Compañía de Seguros que asume la defensa de sus asegurados aún en caso de estafa). También puede localizarse en costumbres o prácticas aceptadas por todos como cosa normal y decente, pese a no serlo (por ejemplo, la práctica aceptada en un gremio de comerciantes de desviar al mercado, para lucrarse con ello, productos destinados a un mercado protegido).
A estas reglas, normas y costumbres las denomina Rovirosa pecados jurídicos, usando, de nuevo, una analogía, pues no son propiamente pecados, sino, más bien, consecuencias del pecado personal y causa de nuevos pecados, también personales. Son un elemento de los ambientes, instituciones y sistemas pecaminosos.
Importancia de los ambientes pecaminosos.
El modo en que estos pecados jurídicos dan paso a las estructuras de pecado lo aborda Rovirosa a través de su reflexión sobre los ambientes y las colectividades. Las normas, reglas o costumbres configuran una especie de «ley moral real de la colectividad», es decir, «una jerarquía de valores y contravalores que se aceptan como un dogma» y crean, de este modo, «un ambiente [moral o, más bien, amoral] del que bebe la colectividad». En varios escritos (¿De quién es la Empresa?, Coopin, Fenerismo…), Rovirosa denomina consentimiento universal a este ambiente. Por ejemplo, hay consentimiento universal sobre la bondad del préstamo con interés o sobre la bondad de la empresa capitalista por acciones; sobre la bondad del capitalismo o del comunismo e incluso sobre la bondad de la lucha por la existencia como motor de la vida social. Por causa del consentimiento universal, dirá Rovirosa en el Coopin, «Todos creemos que la cosa en sí es buena y que lo malo son los excesos. Con este criterio se establecen reglamentos, normas, leyes… tanto en el orden natural (que compete principalmente al Estado y sus organismos) como en la misma Iglesia».
Rovirosa (GTS) hace aportaciones interesantes, en las que no profundizaremos por falta de espacio, pero que apuntamos para reflexionar: el papel de la propaganda (incluido el cine) en la formación de los ambientes, afirmando que «Las human relations, las propagandas, los lavados de cerebro, etc. tienden a mantener el infantilismo de los pequeños trabajadores, para que se convenzan de que les conviene lo que precisamente conviene a otros»; la «simbiosis» entre la comunidad y ambiente: «la colectividad forma el ambiente, pero el ambiente forma la colectividad»; el surgimiento histórico de los ambientes como un proceso evolutivo generalmente imperceptible para quienes lo viven: «cuando se hace perceptible, es que ya se encuentra en un estado avanzado»; la victoria necesaria de los ambientes sobre el individuo aislado: «el individuo aislado, sumergido en un ambiente, sucumbe siempre»; el fariseísmo de quienes ostentan el poder de crear normas con capacidad de influir en los ambientes: «Todo ser humano, incluso el más depravado, desearía rodearse de personas decentes, y si el mismo se hallara fuera y por encima de la ley, seguramente promulgaría leyes justas. Pero la tragedia aparece cuando uno quiere cohonestar la ley que uno querría para los demás con la ley que se ha hecho para sí mismo… Entonces busca una especie de compromiso inestable: una ley que prohíba a los demás lo que yo me permito a mí mismo… leyes… que obliguen a la multitud de los minus habentes [los que menos tienen] a ser justos, abnegados y cumplidores… y que permitan a los situados hacer lo que les venga en gana».
Institucionalización de los ambientes pecaminosos
Cuando los ambientes son configurados, reforzados o impulsados de forma sistemática mediante normas o reglas jurídicas, forman instituciones (fenómeno de la institucionalización de la realidad social). Es entonces cuando pueden inducir el pecado de forma permanente y sistemática, creando un estado de pecado permanente. En estos casos, ya podemos hablar con plena propiedad del pecado social (estructuras de pecado). Una masa no institucionalizada, una colectividad inorgánica, una turba, no tiene esa capacidad, aunque, ocasionalmente, puede generarse en ella un ambiente efímero que la lleve a una suerte de pecado social, como ocurre en las explosiones de violencia callejera, por ejemplo.
¿Pecados o errores?
Una interesante reflexión rovirosiana plantea la posibilidad de que los ambientes sean antes fuente de error que de pecado. En la medida en que transmiten como verdaderos (por consentimiento universal), juicios de hecho y juicios morales que, realmente, son falsos (como aquel que sostiene que el arrendamiento es beneficioso para la sociedad), inducen acciones dañinas (como la ruina de un comerciante que no puede pagar el alquiler o el préstamo recibido o la imposibilidad de una pareja joven de formar su familia) que están basadas en dicho error. Podría hablarse entonces, dice Rovirosa, de «errores sociales» antes que de «pecados sociales».
Reflexiona así Rovirosa: «En la vida, lo que se llama “consentimiento universal” acostumbra a tener una fuerza muy superior a la que se le atribuye… Gran parte de los principios que aceptamos como normas de la propia vida los hemos aceptado como verdades, principalmente por la autoridad de quienes los han formulado y de los que los han transmitido. Frecuentemente, se produce una especie de inhibición del juicio individual frente a lo que nos “parece” un juicio colectivo»
Algunas estructuras de pecado.
Rovirosa analizó con detenimiento varios de estos ambientes, estructuras y sistemas de pecado, en particular el sistema capitalista (y más en concreto, la empresa capitalista por acciones), así como el sistema comunista (al que considera una modalidad de capitalismo, un capitalismo de Estado).
Como acabamos de decir, consideró pecaminosa o inductora de pecado («pecado jurídico») la normativa que autoriza y regula el arrendamiento (que él denomina fenerismo, título de uno de sus libros en el que estudia estas cuestiones). En el arrendamiento sitúa el elemento clave tanto para la explotación del trabajador (el contrato laboral como arrendamiento de servicios), como para la acumulación de capital mediante el arrendamiento de bienes, sea de inmuebles o de dinero, incluido el instrumentado mediante acciones y otros títulos valores (mecanismo especialmente estudiado en su libro ¿De quién es la empresa?).
Sobre estas normas (esenciales para el capitalismo actual) y sus correspondientes prácticas mercantiles se ha construido un sólido consentimiento universal, inserto, a su vez, en mentalidades que hacen invisible, incluso para los cristianos, el enorme abuso que conllevan. ¿No ocurre que nos indignamos al ver cómo muchos pequeños comercios cierran sus puertas porque el alquiler del local, propiedad de un rentista improductivo, no les permite tener beneficios o de cómo muchas jóvenes parejas no pueden iniciar su familia por el alto coste de los alquileres? ¿Y no ocurre que, al mismo tiempo, en cuanto heredamos un piso, pensamos de inmediato en ponerlo en alquiler porque «te dan más que en el banco» o, si no lo hacemos (porque no tenemos piso alguno en herencia), sentimos envidia de quienes sí lo tienen y pueden arrendarlo?
Estructuras de gracia
Afirma Rovirosa (GTS): «No hay duda de que las instituciones a que el hombre pertenece y que constituyen parte de su “ser”, pueden “contaminarlo” e inducirle al pecado, o pueden “purificarlo” e inducirle a la virtud, según sea la índole genérica y la especifica de cada institución a la que el hombre está adscrito en una parte de su “ser”»
Espiritualidad trinitaria
La espiritualidad de Rovirosa se puede calificar como espiritualidad trinitaria, pues en su centro está la realidad de la Trinidad divina, una comunidad de amor. Como explica C. Ruiz en la obra citada: «la imitación de Jesucristo ha de consistir principalmente en hacer nuestra su “esencia” que es pura unión substancial con el Padre, aspirando a ser perfectos como Él y caminando hacia Él con Cristo». En este sentido, añade, «el Nuevo Testamento, con la revelación trinitaria, nos aparece todo él destinado a la realización de esta unidad entre los hombres: “Que todos sean uno, ¡oh, Padre!”», y continúa: «el seguidor de Cristo es (como Dios) esencialmente comunitario, social, y es cristiano en cuanto participa de las relaciones divinas; como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son en tanto en cuanto participan de estas relaciones. La diferencia está en que en la Trinidad estas relaciones son substanciales, mientras que en el hombre son un accidente que se une a su persona; y que en Dios hay una participación por necesidad, mientras que en el hombre es por la libérrima voluntad de Dios. Por ello, el cristiano busca a “los otros” en cierto sentido como busca a Dios, sabiendo que en la medida que él y los otros estén concordes, en esa medida darán gloria a Dios.»
Encarnación de la Trinidad
Consecuencia natural del anterior razonamiento teológico son las estructuras de virtud o de gracia, que aparecen insertas, por tanto, en el plan de Dios y no como meros artilugios instrumentales (y, por tanto, opcionales) para una sociedad cristiana. Así lo explica C. Ruiz «todo lo anterior, si es verdadero amor cristiano –dice Rovirosa [Boletín HOAC, n.º 23]–, tiene que manifestarse en ciertas realidades que sean encarnación de la Trinidad en la Tierra; las principales son: la familia, la Iglesia y las asociaciones que existan dentro de ellas, por ejemplo, la HOAC, que debe ser una concreción de la vida divina de la Santísima Trinidad». La ligazón fundamental en estas estructuras es el amor (y no un amor cualquiera). Por ello, su esencia es ser verdaderas comunidades (donde se vive la comunión).
Es claro que estas estructuras, como son la Iglesia (la HOAC en cuanto parcela de la Iglesia) y la familia (como Iglesia doméstica), son algo más que estructuras en el sentido sociológico o jurídico y tienen una dimensión teológica, pues a través de ellas, como dice el autor, «se encarna la Trinidad en la tierra». Pero tampoco las estructuras de pecado son meras instituciones jurídicas (aunque también lo sean), sino que son, en el plano teológico, verdaderos ídolos, como, por ejemplo, el dinero (Mamón), que suplantan a Dios. Tras ellos está, riéndose de quienes los adoran, el Maligno.
Por tanto, elegir la verdad de la Trinidad presente en una estructura o el engaño y la falsedad de los ídolos es una decisión de trasfondo teológico y espiritual y no una mera decisión de orden técnico-económico o técnico-jurídico.
Persona y masa en estructuras de pecado y de gracia
Si las estructuras de virtud o de gracia establecen vínculos de unión y fraternidad, las estructuras de pecado conllevan la disolución y el aislamiento. Su principio no es el amor (manifestado en el ejercicio de virtudes de pobreza, la humildad y sacrificio), sino el egoísmo, aunque este egoísmo pueda adoptar formas organizativas en cuanto suma de egoísmos o egoísmo colectivo. Por ello, si la estructura de gracia es una comunidad viva, una estructura de pecado es siempre una realidad «muerta», un ensamblaje de egoísmos estériles. Afirma Rovirosa (GTM) «Todo lo colectivo es pecado, ya que lo colectivo tiende a despersonalizar al hombre y lo reduce a simple categoría animal, y eso es siempre pecado (más o menos grave, más o menos consciente). Todo animal es colectivo, ya que, en este caso, los comportamientos individuales nunca son peculiares del individuo, sino de la especie (la colectividad) que impone inexorablemente su acción».
En cambio, las estructuras de gracia no sumergen al individuo en el anonimato colectivista. Rovirosa (GTS), considera que una institución «solo se justifica» (moral y teológicamente para el seguidor de Cristo) «como medio para que cada cual pueda llegar a ser él mismo, diferente de todos cuantos han existido y existirán. El Cristianismo […] tiene la cualidad fundamental de hacer que cada hombre tienda a “su” perfección, diferente de la de los demás. El desarrollo de estas perfecciones individuales, diferentes y complementarias, ha de dar como resultado un verdadero perfeccionamiento social, siempre que las instituciones conspiren a un perfeccionamiento individual». Concluye Rovirosa: «Lo colectivo excluye el Amor. Y como el hombre no puede estar vacío, donde no hay amor cristiano aparece inmediatamente el germen del pecado más o menos desenmascarado».
La misma idea reitera Rovirosa cuando distingue el hombre como individuo y el hombre como persona. Afirma (GTS): «Si el acento se sitúa en el hombre como individuo, vamos de cabeza a la animalidad y a la ferocidad, a la “ley de la selva” […] En cambio, si el acento se sitúa en el hombre como persona, conduce a la imagen y semejanza del Dios trinitario, cuya ley de vida es el Amor. En este caso, la pieza fundamental, junto al Uno, es el Tres, que en este mundo es la familia. El Todo (en lo humano) no es el individuo, sino la familia. El individuo es parte y su plenitud (individual) solo puede buscarse en una fusión amorosa con los demás individuos incompletos y complementarios que constituyen la familia»
De nuevo damos la palabra a C. Ruiz: «La idea Trinitaria nos hace percibir el egoísmo en su raíz más profunda, así: si Dios es “una relación de Personas”, lo más contrario a este Ser será el “ser-no-relación”, el ser cerrado en sí mismo, el ser egoísta. De facto y de iuro, afirma Rovirosa, ninguna persona humana puede aspirar por sí sola a la perfección, ya que “la plenitud del ser sólo está en la comunión de varias personas”. La unicidad personal no sólo no ayuda a la perfección, sino que la hace imposible. Cabía el peligro de que cuando Cristo nos reveló las posibilidades infinitas del hombre, éste quisiera desentenderse de todo lo finito, y esto se evitó al manifestar que solamente nos podemos acercar al Infinito en la medida que nos unamos (comunión) con otros seres finitos. Si el egoísmo individual es la caricatura del Dios-Uno, el egoísmo colectivo es mucho más trágico al ser la caricatura del Dios-Trino; este es el caso del comunismo o del capitalismo».
Construcción de estructuras de gracia
La construcción de las estructuras de gracia pasa, como la de estructuras de pecado, por la construcción de los ambientes. Si el individuo aislado, como decíamos cuando queda sumergido en un ambiente, sucumbe siempre, la única solución será «formar un contra-ambiente», lo que solo ocurre cuando «un individuo se une a otro» y, añade, «todo dependerá de la firmeza de su convicción enfrente de la fuerza de convicción de los que viven el ambiente general». Por lo que respecta a la omnipresente propaganda, Rovirosa afirma, con su característica llaneza: «no hay otra defensa que hacernos conscientes de esa tomadura de pelo por tontos, y defendernos. Ahí está la raíz del cooperatismo».

