Tratar las estructuras de pecado desde una perspectiva teológica es tratar su realidad más íntima, pues esa es una de las principales funciones de la reflexión teológica: ayudarnos a percibir el entramado último de lo que existe. En este sentido, el presente artículo quiere acercarnos a una visión lo más correcta posible del pecado y de cómo este afecta a las instituciones que condicionan la vida sociopolítica y económica de nuestro mundo.
P. Carlos Ruiz
Presupuestos teológicos
Para entender correctamente el sentido teológico de las estructuras de pecado, hay que clarificar previamente, al menos, estos dos puntos:
¿Qué es el pecado?
Desde hace unos trescientos años predomina una teología -y en consecuencia una espiritualidad y una pastoral- eminentemente individualista y, por ello mismo, moralista. Esto es consecuencia directa del protestantismo, que absolutiza la visión subjetiva, pero también de la respuesta reactiva que hace la neoescolástica católica, que prescinde de importantes fuentes de la Revelación, priorizando una reflexión abstracta y alejada de la realidad.
Uno de los principales efectos del individualismo teológico es la desvirtuación de lo que supone el pecado. El sujeto burgués, ese que somos mayoritariamente nosotros, entiende el pecado como una infracción legal, moral o psicológica, como si fuese un fallo, una deficiencia en la realización de una obra. Esto explica el crecimiento exponencial de todo tipo de terapias que pretenden sanar los desequilibrios del sujeto; también explica la multiplicación de normativas y prohibiciones, ejemplo de moralismo social que censura de acuerdo a los consensos de las mayorías.
En la Tradición cristiana, el pecado es mucho más que un desajuste moral, legal o psicológico. En efecto, lo más importante del pecado es su ruptura metafísica y personal, en cuanto que es, realmente, una inversión de la realidad y una ofensa personal a Dios, un trastrueque que quiebra la naturaleza del hombre, dejándolo entregado a un poder que funciona luego por sí mismo y escapa a la libertad. El acto de pecar transfiere y entrega al hombre a ese poder que lo domina (el pecado como hamartía, según el NT). No hay una tierra intermedia entre el pecado y Dios. El hombre puede elegir soberanía, y de hecho la elige en cada una de sus decisiones; se engaña pensando que se queda solo para sí en su propia tierra.
Es obvio que el hombre, por sí mismo, no puede sobreponerse a ese desorden metafísico y personal. No hay terapias, reformas sociales ni medicinas que lo consigan. Solo puede aceptar, en el acto más libre posible, que otro restaure por él el orden metafísico y la relación personal rotos. Ese otro debe ser hombre como nosotros para que nos represente y debe ser Dios, con poder para realizar esos cambios que sobrepasan nuestras fuerzas.
La religación y la dimensión institucional
El segundo presupuesto para entender la cuestión que tratamos es retomar otro de los principios más importantes de la Tradición cristiana: la dimensión colectiva de la existencia humana; la solidaridad religa a cada hombre con el destino del grupo humano. El cuerpo social, la polis y –mucho más aún– la ekklesía no son realidades formadas a posteriori por las decisiones libres y autónomas de sus miembros, como proclama el liberalismo, sino que son previas a cada persona, ya que nosotros solo somos en la medida que formamos parte de un organismo corporativo y en cuanto colaboramos dentro de él.
Esta religación constitutiva y estructural tiene su principal paradigma en la Iglesia, que es la organización principal y la única que permanecerá para siempre. La eclesiología católica difiere absolutamente de la protestante: para estos, cada fiel tiene la potestad de con-gregarse en la denominación cristiana que más le atraiga; mientras que los católicos no nos con-gregamos, sino que somos con-vocados a una sola Iglesia. No elegimos nosotros, es la Iglesia la que -en nombre de Dios- nos acepta y, por sus sacramentos, establece entre sus miembros vínculos más fuertes que los naturales; de hecho, son tan fuertes que ni la muerte los puede socavar.
En lo anterior radica otra de las características esenciales del pecado: la ruptura metafísica y personal que supone el pecado no solo afecta al que lo comete, sino a todo el organismo al que pertenece: a la ekklesía, a la polis y al cuerpo social e incluso, como dice Rm 8, 22, al cuerpo cósmico.
Esto explica el sentido del pecado original y de la Redención de Cristo. Veamos: el cuerpo al que pertenecemos es orgánico y tiene miembros que ejercen función capital (cabeza), lo que supone que ellos representan, actualizan y emplazan a Dios ante los hombres y a los hombres ante Dios. Adán y Cristo son las principales cabezas de la humanidad y ellos implican y explican el destino de todos.
El significado teológico de las estructuras de pecado
a) La Iglesia y las estructuras de pecado
En las últimas décadas, la Iglesia ha dado un paso más en la comprensión de las consecuencias de la realidad metafísica y corporativa del pecado de la que venimos hablando. Ese paso tiene que ver directamente con la creciente institucionalización. Hace no muchas generaciones, la vida de la mayoría de las personas se desenvolvía en torno a unas pocas instituciones: familia, iglesia, escuela, ayuntamiento, Estado y poco más. En nuestros días estamos involucrados en un enjambre institucional: ¿cuántas tarjetas llevo en mi billetera?, ¿cuántas suscripciones tengo en internet?, ¿cuántas instituciones están implicadas en mi trabajo, en mi centro de salud, en mi barrio…?
Este denso mundo institucional hay que juzgarlo a la luz de lo que hemos visto hasta ahora; pero, a la vez, nos exige una clarificación suplementaria por la relativa novedad que implica. Nuestra aportación a esta reflexión es la siguiente:
– La creciente institucionalización no es mala en sí misma; más bien es reflejo del desarrollo humano, ya que una institución implica mayor interrelación y especialización humanas.
– Lo realmente grave es que la inmensa mayoría de las instituciones que conocemos dependen, en diversa medida, del sistema que impera en casi todo el mundo y ese sistema es materialista desde que se impuso a nivel mundial. Podríamos decir que el sistema es tal porque las estructuras o instituciones trabajan conectadas en red para él, de manera que aquella que se salga de esa organización sistémica es combatida porque es un peligro real. Es el caso, en parte, de la Iglesia católica.
– Esta dependencia respecto a un sistema antinatural y antihumano implica que las instituciones que sigan dicha inercia están llamadas a colapsar, como -de hecho- se observa en la mayoría de los países. Pero, lo más grave es que provocan el sacrificio diario de miles de inocentes en el ara del lucro, el placer y el poder: los niños hambrientos, abortados, los esclavos, los desempleados, las víctimas de las más de 50 guerras actuales, los jóvenes solitarios, drogados, suicidados… la negación de Dios. Cada una de esas víctimas tiene grabada en su alma el nombre de varias instituciones que son responsables directos de su ejecución: los medios de comunicación que crean una matriz de opinión y silencian el crimen; las estructuras económicas que financian y se benefician del crimen; los partidos políticos, los sindicatos, las organizaciones sociales y religiosas… que sacan votos, fondos, subvenciones y adeptos por ser una pieza más del engranaje. Todas estas instituciones se excusan diciendo que ellas no aprietan el gatillo, que es el mismo argumento que utilizaron en Nüremberg los criminales nazis: es la pretendida responsabilidad anónima.
A esta institucionalización criminal, la Iglesia le ha dado un nombre: pecado social y -precisando más- estructuras de pecado. Esta clarificación la empiezan los pobres, primero los del Movimiento Obrero, después los de Iberoamérica en las Conferencias de sus obispos (CELAM): Medellín (1968) y Puebla (1979), que son precisas en la denuncia de las organizaciones responsables del mal; pero, será el primer papa obrero, S. Juan Pablo II, el que aportará más luz terminológica y teológica, principalmente en la Exhortación Apostólica Postsinodal Reconciliatio et Paenitentia (Reconciliación y penitentencia) promulgada el 2 de diciembre de 1984 y que recoge las discusiones del Sínodo de los Obispos de 1983 sobre el tema de la reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia moderna. Después de S. Juan Pablo II, han hecho mención a este término los demás pontífices, el último León XIV en Dilexit Te (nn. 90-98).
b) El orden de los factores sí es importante
San Juan Pablo II explica lo que son las estructuras de pecado primero en un documento magisterial doctrinal al que acabamos de hacer mención; unos años después, desarrolla su enseñanza en otro documento, esta vez de moral social: la Sollicitudo Rei Socialis (Preocupación por las cuestiones sociales) de 1987. El orden es interesante: primero se aclara el contenido teológico y luego se avanza en su aplicación práctica. De esta forma, la Iglesia supera el moralismo (sea personal o social), que siempre es una trampa porque sitúa los problemas en el plano de la acción en lugar de en el ser. Si las estructuras de pecado afectasen solo a la práctica, valdría con cambios legislativos y políticos; pero, ellas nos muestran algo mucho más profundo. Lo intentamos explicar a continuación:
– Las estructuras no pecan porque no son libres ni tienen conciencia propia. Sin embargo, debido a la interdependencia de todos los hombres, son el mecanismo perfecto para que los pecados de las personas (únicos sujetos que pueden pecar) se extiendan hasta lugares insospechados, agiganten sus consecuencias asesinas y perduren en sus efectos perniciosos. Efectivamente, las estructuras de pecado son el sistema linfático que conecta a todos los niveles a la actual humanidad; por eso, hacen que nuestras decisiones pecaminosas se extiendan, se multipliquen, se agranden -por la suma de otros pecados- y se consoliden.
– Y lo que es peor: nos van introduciendo en un fango vital que se nos va imponiendo hasta verlo como natural, ocultando nuestra responsabilidad en el anonimato y -en su etapa última- haciéndonos creer que nuestro pecado es algo bueno; por ejemplo, al considerar el aborto como derecho o el asistencialismo como solidaridad. Ignorar este aspecto de hipnosis colectiva o de ambiente condicionador de las estructuras de pecado es uno de los mayores errores de muchos grupos y movimientos católicos; esto se debe a que todavía arrastramos el individualismo que nos inocula el protestantismo y la respuesta reactiva.
– Las estructuras de pecado son el instrumento privilegiado para el cambio metafísico y antropológico que busca Satanás: gracias a ellas, la suma de nuestros pecados personales ha alterado la constitución misma del mundo, el orden querido por Dios para la comunidad internacional, para cada nación, sociedad y familia; gracias a ellas, se ha generado una nueva antropología, basada en la deconstrucción de la sexualidad. Y hasta una nueva religión.
– Las estructuras de pecado no son, en primer lugar, fallos o deficiencias en la organización social, lo cual se podría arreglar con simples reformas o con la aparición de otras estructuras e instituciones. Las estructuras de pecado hacen que la fuerza destructiva de cada uno de nuestros pecados se multiplique casi ad infinitum al interactuar con los pecados de otros, encarnándose en mecanismos, leyes, formas de vida permanentes, que generan víctimas en serie. El hecho de calificarlas como estructuras de pecado las confiere esa significación teológica de especial gravedad, de mal integral y también es la manera de interpelarnos a todos nosotros: si colaboramos, activa o pasivamente, en esas estructuras de pecado, entonces estamos pecando. No sirve la defensa de los asesinos en Núremberg.
– No se las debe combatir solo -ni principalmente- por razones políticas, humanitarias o sociales. Se las debe eliminar, ante todo, por razones teológicas: porque está en juego el plan querido por Dios, su Amor por los últimos, la extensión de su Reino y nuestra salvación. Por eso, el Magisterio de las últimas décadas considera la lucha por la Justicia como esencial en la evangelización, ya que no podrá haber conversión personal ni familias o sociedades según el plan de Dios si no hay voluntad firme de salirse del sistema linfático infectado en el que vivimos.
El combate contra las estructuras de pecado debe basarse en un planteamiento apostólico y eclesial: la mejor manera de hacer sociedad es hacer Iglesia, decía D. Tomás Malagón. Y la Iglesia nace de la Eucaristía, que actualiza la Pascua de Cristo y Pentecostés.
Fuente : Revista Id y Evangelizad

