Este artículo versa sobre una etapa de la vida poco conocida de Henri de Lubac, uno de los mayores teólogos del siglo XX: su participación en la resistencia cristiana al nazismo durante la invasión alemana a Francia en la Segunda Guerra Mundial. Se trató de una resistencia que promovió diversos análisis y denuncias de las causas que llevaron a la gestación y desarrollo de un neopaganismo que buscaba la apostasía de Europa.
P. Osmin Serrano Grillet
Durante los años de la ocupación nazi en Francia, la actividad del P. de Lubac se acrecentó superlativamente mediante conferencias, publicaciones y su participación en la preparación de proclamas oficiales como la famosa Déclaration Chaine, que recordaba el compromiso de la Iglesia contra el antisemitismo, así como su colaboración directa en la publicación y difusión clandestina de los Cahiers du Témoignage chrétien. Serán años de una intensa actividad de análisis crítico y denuncia del antisemitismo nazi y del neopaganismo anticristiano que se estaba propagando. También, el jesuita hará una llamada a romper la inercia que se estaba instalando entre los cristianos, mediante una promoción de la conciencia que llevará a plantear una resistencia espiritual al nazismo, emergiendo de la actividad lubaciana la puesta en práctica de diversos elementos ya planteado, a la vez que surgirán otros más.
Contexto
El contexto de los temas de este apartado se desarrolla durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), especialmente en los años de ocupación de Francia por parte de la Alemania nazi (1940-1944). Así, el 10 de mayo de 1940 el ejército alemán invadió Francia, confirmando los temores que años atrás se presentía en diversos ambientes, según Lubac: «tras la llegada de Hitler al poder, se percibía cada vez más angustioso, el “incremento de los peligros”. Sobre la atmosfera social, nacional e internacional, gravitaba una pesadumbre, que iba en creciente hasta resultar intolerable»[i]. Tras la ocupación de París el 14 de junio de 1940, Francia estaba oficialmente conquistada por los alemanes.
El mariscal H. Pétain, hombre de renombrada reputación durante la Primera Guerra Mundial y que ocuparía diversos cargos políticos desde entonces, fue elegido primer ministro del Parlamento, negoció el armisticio con Hitler en Compiègne el 22 de junio de 1940. Con ello, Francia quedaba divida en una zona norte ocupada y una zona sur libre. El Gobierno de Vichy, en el sur, fue el régimen colaboracionista con las fuerzas del Tercer Reich establecido por Pétain, que promulgó leyes de corte nacionalsocialista para la persecución y el exterminio masivo de los judíos residentes en el país. Con todo, hasta la ocupación de la zona sur (1942), Lyon era el centro de la Francia libre y la capital de la resistencia intelectual y política contra el nazismo[ii]. Esta situación afectaba de lleno a la Iglesia católica, el P. de Lubac lo describe de la siguiente manera:
«Las ruinas son, en efecto, inmensas. Por todas partes se cierran o se transforman las escuelas religiosas, se disuelven las asociaciones católicas, se suprimen una tras otra las facultades de teología, se obstaculiza de mil maneras el apostolado de las órdenes religiosas y se reduce a la nada la prensa católica. Se toman medidas contra todas las personalidades cristianas que aún no han sido eliminadas o exiliadas. En la mayoría de los casos, basta con simples operaciones policiales, ya que el Estado nazi no se preocupa por la legalidad. Periódicamente se desatan grandes campañas: juicios por “divisas”, juicios por costumbres, juicios por “catolicismo político”… El objetivo no es tanto destruir completamente el cristianismo como degradarlo. Se denuncia como algo despreciable, al tiempo que se intenta arruinar todos sus focos de influencia, cultura y fuerte espiritualidad. En todas partes se impone una enseñanza pagana. La infancia y la juventud son sistemáticamente descristianizadas, y las apostasías se multiplican…»[iii].
La ocupación nazi, el drama de la guerra, el racismo antisemita, la deportación de judíos a campos de concentración, la inercia y en algunos casos la complicidad de varios católicos, la pretensión de instalar en el país galo la ideología nacionalsocialista, la persecución a los cristianos críticos con el régimen germano, el asesinato de amigos, entre otros factores, fue el contexto existencial donde Lubac desarrolló, junto con un grupo de amigos, la resistencia cristiana al antisemitismo nazi. Así, a pesar de las tribulaciones internas y externas, fue para el jesuita francés una lucha intelectual y espiritual constante contra el nazismo y el marxismo que dio como resultado escritos de gran importancia en que se evidencia la dimensión política de la fe cristiana en cuanto encarnación en el drama de la humanidad.
En una carta dirigida a sus superiores el 15 de abril de 1941, el P. de Lubac describía su preocupación por la propagación del antisemitismo nazi en Francia y el resto de Europa, la cual era hecha a través de una campaña de prensa, imágenes y cine, junto con la promulgación de leyes arbitrarias. Además, el jesuita les hacía un llamamiento a romper el silencio, promoviendo una condena y advirtiendo que este virus hitleriano también era anticristiano:
«¿Sería necesario, además, una condena expresa para que un católico repruebe una campaña que exalta las pasiones más bajas y se preocupe por una legislación que afecta indistintamente, con efecto retroactivo, a toda una categoría de franceses, sin tener en cuenta sus méritos o deméritos, únicamente por lo que se denomina su «raza»?[iv].
La preocupación del jesuita no se limita solo al racismo contra los judíos ejercido por el nazismo, sino que se extiende a la influencia que este está teniendo entre los mismos cristianos, ya que «el antisemitismo actual —afirma Lubac— ya no es el que conocieron nuestros padres; además de lo degradante que resulta para quienes se abandonan a él, ya es anticristianismo»[v]. Por ello, advierte el jesuita: «es muy importante estar atentos, porque este antisemitismo ya está causando estragos incluso entre las elites católicas, incluso en nuestras casas religiosas. Se trata de un peligro muy real»[vi]. Es una auténtica «revolución anticristiana»[vii], tanto en su expresión formal (racismo) como en su expresión práctica (persecución, deportación y asesinatos). Todo ello, llevó al P. de Lubac, junto con varios sacerdotes y colaboradores, a la promoción de una resistencia espiritual ante el nazismo para la promoción de las conciencias entre los cristianos.
El patriotismo y el nacionalismo
En 1933, el mismo año que Hitler asume el poder, se publicaba en la revista La Vie intellectuelle un artículo del P. de Lubac titulado Patriotisme et nationalisme, basado en una conferencia pronunciada un año antes[viii]. Ciertamente, esta publicación fue hecha siete años antes de la ocupación alemana de Francia, pero ya en esos años el jesuita era plenamente consciente del peligro que suponía para los Estados la promoción de los nacionalismos. Lubac, por una parte, miraba con preocupación la situación internacional, temiendo por el auge del fascismo y el nacionalsocialismo, los cuales promovían un nacionalismo acérrimo; por otra parte, temía que este error se instalara en la conciencia cristiana. Por ello, el jesuita denunciaba la perversión del nacionalismo, a la vez que promocionaba el patriotismo y su vinculación a la fe cristiana.
El jesuita francés enseña que el patriotismo es una virtud y un deber de todo cristiano: «la Iglesia —afirma Lubac—, que ratifica con su autoridad sobrenatural todos los deberes humanos basados en nuestra naturaleza, enseña que el patriotismo es una virtud, que la devoción a la patria es un deber, un deber tan imperioso que puede llegar a exigir el sacrificio de la vida»[ix]. Por lo tanto, el derecho al disfrute de todo el patrimonio material y espiritual de cada país implica a su vez el deber de asumir la labor de su conservación, su incremento, su transmisión y su defensa.
Por otra parte, para Lubac el nacionalismo es algo que se encuentra en los antípodas del patriotismo, «se podría resumir en una palabra: se trata de un patriotismo no solo excesivo, sino perverso»[x], tratándose de un amor desordenado a la patria. Este desorden del nacionalismo posee un doble carácter: es excluyente e ignora los intereses superiores del Reino de Dios.
En cuanto excluyente, rechaza la diversidad y adversidad de las otras patrias, planteándose la propia como exclusiva y absoluta. Por ello, el patriotismo condena e invita a superar un internacionalismo amorfo como el nacionalismo. Ciertamente, el patriotismo es una invitación a amar con amor de predilección a la propia patria por lo que para el ciudadano representa del plan divino (riquezas, historia, cultura, tradiciones, fe, etc.), pero esto no está en contradicción con amar a otros países en vistas a un internacionalismo integral que, respetando las diferencias de cada patria, permita que afloren los tesoros secretos de la humanidad en cada una.
En cuanto ignora los intereses superiores del Reino de Dios, el nacionalismo «no comprende que, siendo el destino del hombre supraterrenal y sobrenatural, todas las realidades de este mundo, sin excepción, deben estar finalmente ordenadas a él, y que sería amar mal a su patria, como sería amar mal a su familia, doblegar a su favor, de cualquier manera, el rigor de la ley divina»[xi].
El P. de Lubac advierte acerca de un nacionalismo integral que es una forma de egoísmo tribal e idolatría de grupo. Aunque algunos lo rechazan, sin embargo, se encuentra más o menos inconsciente y diluido en el sentimiento de muchos, manifestándose en una serie de reacciones cotidianas que podríamos resumir en dos. Por una parte, una manía de grandeza, haciendo creer a los individuos que su patria tiene una misión providencial dominante sobre las demás. Lubac la describe satíricamente diciendo: «en su forma más inocente, el “narcisismo nacional” hace creer a algunos de nuestros compatriotas que el universo entero tiene los ojos fijos en nosotros como en el pueblo ideal del que proviene toda la luz y todo el progreso»[xii]. Por otra parte, una manía de persecución, cuando los pueblos atraviesan tiempos difíciles o calamidades tienden a achacar a los países vecinos la responsabilidad de las desgracias. Esto ocurría con los alemanes que veían a Francia como una de los responsables de sus males[xiii]. El resultado es que el nacionalismo va contra la idea de una sociedad internacional, se opone a cualquier intento de organizar la paz, prefiriendo un régimen de paz armada y se opone a la pacificación de las conciencias[xiv].
En resumen, el nacionalismo es desordenado porque considera a la propia patria como un absoluto, colocándola por encima de todo, haciendo de su interés la norma suprema y universal[xv]. Así, ya sea por su doctrina o por su reacción instintiva, los diversos nacionalismos tienden a enfrentarse entre sí y la amenaza de la guerra se cierne perpetuamente en el panorama mundial. El análisis lubaciano constituye un adelanto de lo que será uno de los fundamentos del nazismo: el nacionalismo absoluto. Al mismo tiempo, nacionalismo y patriotismo serán las actitudes que se tomarán durante la invasión a Francia por muchos cristianos. Por último, el patriotismo será uno de los pilares de la resistencia espiritual al nazismo[xvi].
El combate espiritual
No es casualidad que la resistencia en la que participó H. de Lubac y diversos compañeros recibiera el adjetivo de «espiritual». Porque expresaba la identidad y el fin de los esfuerzos contra la ideología que se pretendía instalar en el país galo y la consecuencia más profunda a la que podía llevar: la apostasía general en Europa.
Por lo tanto, no se trata de un mero cambio de régimen o del cambio de un sistema político por otros que crearía nuevas condiciones sociales; se trata de un ataque a la cuestión fundamental de la existencia humana, es decir, la fe cristiana, la concepción del hombre y la vida, la espiritualidad y el mundo interior. Se intentaba instalar una inversión de los valores de la cultura occidental que durante siglos había sido estructurada por el cristianismo, ahora se pretendía promover un neopaganismo estableciendo una religión de reemplazo con nuevos dioses, siendo el principal el Estado[xvii]. Todo ello, con las trágicas consecuencias para la vida temporal expresada en persecución, campos de concentración, dictadura, explotación y guerra entre las naciones. En este sentido, cuando Lubac plantea lo espiritual no lo hace en desconexión a lo temporal o externo, sino que, fiel a la intrínseca relación entre lo sobrenatural y lo natural, lo espiritual y lo temporal se conectan de tal modo que el ataque nazi a la primera pervertiría decididamente a la segunda.
Ante tales pretensiones, Lubac junto a un conjunto de compañeros y colaboradores denunciarán al nazismo su antisemitismo y sus pretensiones totalitarias como ataque directo a la fe cristiana. Al mismo tiempo, la resistencia espiritual contra el régimen alemán se desarrollará mediante una promoción de la conciencia cristiana, para recordar y reafirmar la verdad de la doctrina de la Iglesia, las denuncias del magisterio y procurando sacar a muchos cristianos del letargo en que se encontraban por la campaña de radio, imagen, prensa y cine nazi[xviii].
Objeción al racismo
En enero de 1941, el P. de Lubac pronunció dos conferencias sobre Le fondement théologique des missions[xix]. En la segunda de ellas, titulada Réponse aux objetions[xx], criticó y denunció el racismo. Así, lo hará en la última objeción: la objeción racista[xxi], «objeción brutal», que promueve la existencia de una raza pura y superior a las demás, en especial el racismo hitleriano que plantea la superioridad nórdica o aria desde la pureza de la sangre.
Contra el racismo, el jesuita, por una parte, critica sus presupuestos desde la condena que había hecho la Santa Sede y el Magisterio[xxii], juntos con diversos argumentos de antropólogos y científicos, en especial los del P. Teilhard de Chardin. Además, critica los argumentos del entonces principal teórico del racismo Alfred Rosenber y deja en evidencia el antisemitismo nazi citando audazmente Mein Kampf, el libro autobiográfico y programático de Hitler. Por otra parte, Lubac recordará el vínculo que une al cristianismo con el pueblo judío, junto con una profesión del universalismo de la fe cristiana, llegando a firmes conclusiones como la siguiente: «no existe ningún criterio, ni paleontológico, ni biológico, ni psíquico, que permita suponer que existen razas humanas esencialmente diferentes entre sí»[xxiii]. Por ello, afirmará la importancia de la dignidad humana, el valor de toda alma y la fraternidad universal, frente a lo que considera un nuevo paganismo proveniente de la vieja Europa cristiana que se extiende por todo el mundo[xxiv].
Crítica al antisemitismo bíblico
La crítica y denuncia lubaciana contra el antisemitismo no es planteada como una cuestión accesoria de la fe cristiana vista externamente; por el contrario, se trata de una cuestión que afecta de lleno al cristianismo. Esto, era expuesto en 1942 en una obra colectiva llamada Israël y la foi chrétienne, donde Lubac aportó un estudio titulado Un nouveau “ front ” religieux[xxv].En este escrito, el jesuita describe la pretensión antisemita de querer desvincular el cristianismo y el pueblo judío, despreciando a este pueblo y contraponiéndolo a Cristo, haciendo un ataque directo a la Escritura, puesto que encerraba en el fondo una concepción marcionita de la misma al promover la existencia de dos dioses: uno del AT (Dios judío) y otro del NT (Dios ario). Así, Lubac expone los errores y la respuesta al antisemitismo que se intenta promover desde las Sagradas Escrituras:
«Ningún cristiano debe dejarse llevar por la idea de que un retroceso con respecto al Antiguo Testamento dejaría intacta su fe. En las condiciones actuales, menos que nunca. La Biblia de los judíos se nos dice aún para alejarnos de ella, solo fue aceptada en el nuevo culto como consecuencia de un “accidente”: el hecho de que Jesús de Nazaret naciera en Palestina; pero su uso debería prohibirse en las iglesias cristianas, ya que es realmente una “monstruosidad” cantar a un “dios ario” con salmos judíos. Sabemos hasta dónde nos llevarían tales invitaciones, y ¿no está ya todo perdido de golpe, si lo que se nos permite conservar del cristianismo no es más que el culto a un “dios ario”? Rechazaremos como una locura y una blasfemia esa contradicción que se intenta establecer entre un “Antiguo Testamento semita” y un “Nuevo Testamento ario”. Entre nuestros dos Testamentos mantendremos un vínculo indisoluble, interpretando siempre, en última instancia, el Antiguo a través del Nuevo, pero también basando siempre el Nuevo en el Antiguo. A la luz de Jesús sabremos contemplar su “armonía” […]. Para nosotros solo hay una Escritura —christianas litteras utriusque Testamenti— que en su totalidad nos es sagrada»[xxvi].
Para Lubac, en el fondo lo que se le reprocha al pueblo judío es haber preparado la venida de Cristo[xxvii]. Sin embargo, cuando se les dice a los cristianos que elijan entre Europa y Judea, entiende el jesuita que la elección implica entre el cristianismo y el paganismo. Así, cuando se invita a Europa a rechazar el llamado «veneno judío», lo que se exige en el fondo es «la apostasía definitiva de Europa»[xxviii]. Por ello, el jesuita francés expone los orígenes judíos del cristianismo y la vinculación que se tiene con este pueblo, sosteniendo que este forma parte integral de la historia del cristianismo: «no permitiremos que nos lo arrebaten. Y si se atreven a tocarlo con el pretexto del “antisemitismo”, repetiremos el grito, tan acertado, del gran Pío XI: “¡Espiritualmente, somos semitas!”»[xxix]. Basándose, en una homilía del entonces cardenal Pacelli, Lubac sostendrá que lo que está en juego es la esencia del cristianismo, la esencia de la misma religión[xxx].
Causas de la crisis antisemita
El 1 de octubre de 1941, el P. de Lubac pronunciaba una conferencia en la École des cadres d’Uriage, titulada Explication chrétienne de notre temps[xxxi]. En ella, realiza un agudo y portentoso análisis del proceso de degradación antropológica, moral y religiosa que experimentaba la cultura cristiana en la Europa y Francia de aquellos años. Al mismo tiempo, describe en un admirable resumen las causas históricas y espirituales que llevaron a la proliferación de los totalitarismos, entre ellos el nazismo. Advierte del antisemitismo y propone una reconstrucción de la vocación cristiana de Francia y un renacimiento del catolicismo.
El sacerdote jesuita no describe la crisis que atraviesa Francia desde un particularismo nacional, que llevaría a la ilusión de creer que solo se trata de un cambio de régimen temporal en el país galo: «no solo nos enfrentamos a una crisis del liberalismo, o de la democracia, o al fracaso de un cierto intelectualismo que, con sus excesos, habría distorsionado la vida»[xxxii]. Por el contrario, Lubac plantea la situación desde la complejidad global, la cual implica una crisis interna de la civilización europea en la que se intenta socavar los cimientos cristianos sobre los que fue edificada la cultura occidental y que está generando un caos[xxxiii].
Sin embargo, este proceso de degradación no es una cuestión esporádica en la historia, por el contrario, se trata de una situación de vieja data con características espirituales, ideológicas y filosóficas bien definidas. Por ello, el jesuita considera que existen cuatro causas estrechamente interrelacionadas que constituyen cuatro etapas de un proceso que ha generado dicha situación.
La primera versa sobre la vivencia de la fe. Lubac, empieza haciendo una dura afirmación: «en la raíz de todo, hay que decirlo, hay un fallo de los cristianos»[xxxiv]. Porque en el pasado Europa era cristiana y eso le confería una fe, una moral y unos principios rectores que crearon una conciencia y una unidad. No obstante, en los últimos siglos esa fe viva y activa se debilitó en dos puntos fundamentales: a) la fe se convirtió para muchos en algo habitual, una simple tradición carente de eficacia real, puesto que ya no era un principio de vida e invención; b) se redujo la fe al ámbito privado, como si el cristianismo careciera de principios rectores para la vida de los Estados o los diversos asuntos sociales, fue la era del maquiavelismo en política (tiranía) y del liberalismo en economía (interés individual). Así, «a través de una verdadera “traición de los clérigos”, lo mejor de la vida religiosa tendía con demasiada frecuencia a refugiarse en una especie de misticismo desencarnado, dejando el “siglo” en su camino de perdición»[xxxv]. Con ello, la justicia y la caridad se entendían como obligaciones individuales, perdiéndose el sentido profundo de Iglesia en cuanto comunidad fraterna.
La segunda la conforma la proliferación de ideologías de inspiración cristiana. Comenzó a imponerse en la conciencia de las masas un conjunto de nuevos ideales nacidos, en parte, del cristianismo: libertad, igualdad, fraternidad, la independencia estadounidense y la Revolución francesa, nacionalismo, progreso, justicia social y sociedad internacional. A pesar de ello, aunque «de origen cristiano, estas ideas fueron difundidas y profesadas por hombres que, en su mayoría, ya no eran creyentes. Eran ideas secularizadas y, por tanto, a menudo esterilizadas y distorsionadas, volviéndose ineficaces, incluso peligrosas. Ideas que habían caído en el rango de las ideologías y utopías»[xxxvi]. Ante ellas, no había unidad de criterios entre los cristianos, para algunos despertaban admiración por tener inspiración cristiana, mientras para otros levantaban sospecha por el peligro de las ideologías. Para Lubac, estas vacilaciones y falta de unidad explican en gran medida la historia del catolicismo francés del último siglo, tanto en el pueblo de Dios como en las directrices de la jerarquía de la Iglesia.
La tercera la constituye la influencia de la filosofía moderna. La cual, expulsaba el Misterio divino de la vida de los hombres y del mundo. Lubac no subestima sus esfuerzos filosóficos, pero crítica su metodología que opera mediante la crítica positivista, cientificista, racionalista e idealista, constituyendo una acción corrosiva en la vida y la cultura. Las consecuencias de este planteamiento filosófico son descritas por el jesuita en los siguientes términos:
«Todo este trabajo de pensamiento, cuya grandeza no debe subestimarse, se traduce en la práctica en la pérdida del Dios vivo. El mundo se convierte entonces en un mundo de abstracciones, cuando no se reduce absurdamente a un mundo de fenómenos. Al perder su trasfondo misterioso, ha perdido su alma. El hombre se encuentra aislado, desarraigado, “desorientado”. Se asfixia: es como si una máquina neumática le hubiera vaciado por dentro… La consecuencia no es solo un desequilibrio social. El mundo mismo parece “roto”. En lo más profundo de la conciencia, una desesperación metafísica. Es esa hambre y esa sed de las que hablaba antaño el profeta Amós: hambre y sed absolutas, porque son hambre y sed impotentes del Absoluto»[xxxvii].
En consecuencia, este tipo de filosofía generaba una triple negación: de Dios, del mundo y del hombre, quedando reducido todo a mera fenomenología y desesperación humana ante la falta de aquello que lo conforma y sustenta: el Dios vivo[xxxviii].
Por último, la cuarta causa es el reemplazo, como consecuencia de las tres precedentes, puesto que una fe degradada a la costumbre y la desencarnación, una cultura colonizada por las ideologías y un mundo vaciado de contenido religioso, generaba un vacío existencial en el hombre, el cual requería ser llenado. Aquí, surge lo que el jesuita llama el «reemplazo», para llenar el vacío del hombre al estar separado de la vida superior. Con lo cual, «a la fe le sigue una credulidad turbia. El racionalismo ha expulsado el misterio: el mito ocupa su lugar»[xxxix]. Con ello, lo que empezaron siendo fórmulas para la vida social, terminaron siendo mitos que fomentan un paganismo con nuevos ídolos que pretenden resolver todo problema humano, rompiendo absolutamente con la fe cristiana.
De Lubac remonta el inicio de estas causas al s. xvi, asociándolas a dos grandes factores casi simultáneos: el Renacimiento y la Reforma. Sin denostar los elementos positivos que aportaron a la humanidad, para el jesuita no es menos cierto que el primero terminó negando el ideal del cristianismo, desgarrando la vida de los hombres en sociedades alejadas del Evangelio y de la Iglesia, mientras que el segundo, terminó en cisma y en el triunfalismo de los particularismos religiosos[xl]. Con ello, «lo que al principio era una simple receta empírica, una colección de máximas para el uso de un príncipe sin escrúpulos, se convirtió poco a poco en un sistema, en una doctrina totalitaria»[xli].
Con todo, nuestro jesuita no es pesimista respecto a la historia, como si la situación que vivía Francia se tratase de un abismo sin salida. Por el contrario, plantea que «este proceso de descomposición está lleno de gérmenes de progreso»[xlii]. Por ello, advierte del error de una ilusión retrospectiva que añore y desee instaurar el pasado como forma de vida. Al igual que el trigo y la cizaña, piensa el jesuita que en los últimos siglos la ciencia, la filosofía y las convulsiones y movimientos sociales han aportado elementos valiosos para el enriquecimiento espiritual del hombre, no ser conscientes de ellos supone «una miopía intelectual». En consecuencia, a pesar de todo, Occidente está avanzando.
Ante tal panorama, el P. de Lubac plantea un redescubrimiento de la vocación cristiana de Francia y un resurgimiento del catolicismo, recordando los orígenes de la cultura occidental: Grecia (razón lógica), Roma (derecho y gobierno) y el Evangelio (idea del hombre) que han logrado desarrollar la centralidad de la persona y la comunidad. Al mismo tiempo, advierte del peligro del antisemitismo como anticristianismo. El jesuita propone una obra de reconstrucción en Francia desde el espíritu cristiano y la tradición francesa, caracterizada por tres puntos: respeto a la persona, apertura a una comunidad espiritual y fe en Dios. Para Lubac, esto constituye la esencia del programa de la revolución humana, condición necesaria para una buena orientación y éxito duradero de las revoluciones nacionales. Si se apega a dicho programa, Francia se encontrará a sí misma, lo mejor de su pasado y su vocación cristiana perenne[xliii].
El fundamento religioso del comunismo y el nazismo
La proliferación de sistemas totalitarios por Europa, junto con la invasión alemana a Francia y la expansión del nazismo, no es vista por el P. de Lubac como una cuestión meramente política y bélica. El jesuita entiende que detrás de ello se encierra un fundamento teológico con trágicas consecuencias para el cristianismo. Esto le llevó a realizar un estudio que deja al descubierto el fundamento religioso de dos grandes sistemas totalitarios; el comunismo o marxismo bolchevique y el nazismo alemán[xliv]. Para ello, procede metodológicamente analizando los postulados principales de los que él considera son los padres espirituales de ambos sistemas: Feuerbach y Nietzsche, y subsidiariamente Hegel y Heidegger. Para luego demostrar las convergencias y divergencias entre ambos sistemas, así como su actitud teórica y práctica frente al cristianismo.
El argumento de fondo y que va a estructurar todo este estudio es que tanto el comunismo como el nazismo rechazan a Dios, por tanto, también el cristianismo. Sin embargo, el comunismo rechaza todas las religiones por el ideal de ateísmo, mientras que el nazismo rechaza sobre todo el cristianismo para remplazarlo por una nueva religión basada en mitos y símbolos tomados del antiguo paganismo nórdico con la pretensión de dominación universal. En ambos casos, el fundamento religioso es que se trata de una religión de reemplazo:
«Es a esa opción a la que nos provocan hoy el bolchevismo y el nazismo. Ambos son sistemas completos, “totalitarios” […] en el sentido de que se presentan como una concepción completa del mundo y de la existencia y como una forma completa de salvación […] Por lo tanto, son verdaderas “religiones”, aunque sean “religiones de remplazo”. Esto se ha señalado a menudo. “El comunismo actual encierra una idea de falsa redención” […]. En el caso del nazismo, la cosa es aún más clara, y el nombre de neopaganismo que se le ha dado lo subraya. En la base de ambas construcciones hay una crítica religiosa. Esta es previa a todas las críticas económicas, sociales y políticas instituidas por ambas partes»[xlv].
Este análisis posee una importancia de primer orden, porque evidencia que detrás de todo planteamiento político hay un planteamiento teológico que implica una comprensión de Dios, el hombre y el mundo, bien sea para afirmarlo, negarlo o pervertirlo. Procedamos ahora a desarrollar los elementos convergentes y divergentes que extrae el jesuita del análisis del comunismo o marxismo bolchevique y del nazismo.
Las convergencias de ambos sistemas totalitarios consisten en una doble reducción antropológica: primero, a la vida social y su apego al Estado; segundo, a lo meramente socio-histórico, por lo que el hombre ya no se define en relación con Dios, la razón o una idea, ni con ningún punto fijo que promueva la esencia eterna, sino exclusivamente por el devenir histórico. En ambos casos, ya no se trata de una filosofía de la acción o un movimiento de pensamiento, sino de un movimiento de revolución que marca el fin de la filosofía clásica. Hasta el momento, los filósofos se habían dedicado a interpretar el mundo, ahora se trata de transformarlo, por ello la revolución implica la transformación de los valores existentes y una apología de la violencia; por último, impera el mito en pos de la disolución de la verdad, que también tiene como consecuencia una expulsión de la ley natural[xlvi].
Las divergencias son muy acentuadas entre ambos sistemas: el marxismo se ocupa principalmente de la economía y el nazismo de la biología; el marxismo plantea una lucha de clases, mientras que el nazismo promueve una lucha de razas; el marxismo cree en el progreso, teniendo un optimismo ante la historia por la búsqueda de una mejor condición social. El nazismo es pesimista ante la historia porque lo definitivo ya ha llegado con él; el marxismo busca establecer una dictadura temporal de una clase. El nazismo plantea la dominación, tan definitiva como sea posible, de una raza[xlvii].
Las convergencias y las divergencias permiten al jesuita comprender las actitudes del comunismo y el nazismo contra la religión en general y el cristianismo en particular, tanto en actitudes teóricas como prácticas.
En la actitud teórica, ambos rechazan a Dios y, en consecuencia, el cristianismo. Sin embargo, tienen dos diferencias esenciales. Por un lado, el comunismo rechaza toda religión, dentro de ellas al cristianismo, desde un punto de vista científico y práctico (juicio de verdad y utilidad) por ser una superstición del pasado y por ser un obstáculo de hecho para la emancipación social («opio del pueblo»). El nazismo, por el contrario, rechaza específicamente al cristianismo desde un punto de vista moral (juicio de valor), acusándolo de ser un falso ideal, ser vil y enemigo de la vida. Además, el comunismo piensa que la humanidad en cierta etapa se emancipará y prescindirá de la religión confluyendo en el ateísmo. Por su parte, el nazismo no desea la desaparición total de la religión, porque reconoce la existencia permanente de algo misterioso, sagrado en la vida del hombre[xlviii].
En la actitud práctica, el comunismo y el nazismo poseen unas estrategias radicales y otras más suavizadas para contrarrestar al cristianismo. En el comunismo, la forma más radical consistiría en un esfuerzo violento por extirpar todas las prácticas y toda fe religiosa, cristiana o no, mediante medidas persecutorias y violentas. La forma más suavizada consistiría en declarar la religión un asunto puramente privado y separarla por completo del Estado y la vida pública. Por su parte, el nazismo, en su forma más radical, consistirá en paganizar la religión mediante la persecución del cristianismo y sustituyéndolo por un culto neopagano, cambiando su Dios, su moral, sus sacramentos y su Corpus mysticum por una versión pagana de los mismos. Una forma menos radical implicaría la corrupción interna del cristianismo mediante la intervención de un cristianismo ario. Así se conservaría el vocabulario, las ceremonias, una apariencia de cristianismo, pero la doctrina ha cambiado, estando vaciado de su esencia, de su universalismo, su caridad y el significado de la cruz. Una última forma, aún más suavizada por parte del nazismo, consistiría en un cristianismo que aparentemente permanecería tal como es, pero domesticado, diluido, inofensivo y sin dinamismo, a las órdenes del Estado, un cristianismo de folklore en la vida pública, reducido a pura ceremonia y piedad[xlix].
En definitiva, el comunismo y el nazismo poseen un fundamento religioso, porque se estructuran desde una concepción de Dios, del hombre y del mundo con categorías soteriológicas planteando una religión que pretende reemplazar al cristianismo con una estrategia clara: la violencia y la paganización interna.
Los Cahiers du Témoignage chrétien
En noviembre de 1941, el P. Pierre Chaillet fundó los Cuadernos de testimonio cristiano, donde colaboraron intensamente el P. Gaston Fessard y el P. Henri de Lubac, todos ellos jesuitas, junto a un conjunto de laicos y algunos protestantes como el pastor Marc Boegner que otorgaban un espíritu ecuménico al proyecto[l]. Este grupo de trabajo tendrían un papel fundamental en la resistencia espiritual al nazismo durante la ocupación alemana de Francia. Los Cahiers fueron una serie de escritos clandestinos que se distribuyeron por Francia, incluida la zona ocupada, con el fin promocionar la conciencia cristiana y evitar que la difusión del odio racista ganara adeptos entre los cristianos, evidenciando las implicaciones que ello tenía para la Iglesia, rompiendo así la inercia de muchos católicos y aportando una voz de anuncio y denuncia ante el silencio de la mayoría de la jerarquía eclesiástica francesa.
Para tal tarea, los Cahiers denunciaron, entre otras cosas, el neopaganismo que suponía el virus hitleriano, el falso culto al Estado promovido por el nazismo, la religión de sustitución que se pretendía imponer para expulsar al cristianismo de occidente[li]. Todo ello desde la promoción de la doctrina cristiana, las diversas condenas que había hecho el Magisterio universal y los obispos en otros países a los sistemas totalitarios y antisemitas, junto con la advertencia entre los cristianos sobre el combate espiritual que se estaba librando ante un sistema que buscaba la apostasía definitiva de Europa. La labor específica de H. de Lubac en los Cahiers es descrita por él mismo: «mi tarea consistía en revisar minuciosamente los manuscritos para organizar cada Cahier, y después de entregárselo a uno de nuestros jóvenes emisarios, corregir las pruebas cuando me lo devolvían impreso»[lii]. Así, su rol fue esencial para garantizar la alta calidad intelectual y espiritual de las diferentes publicaciones.
Los Cahiers se publicaron entre 1941 y 1944, ya en 1943 se les añadió el Courrier français du Témoignage chrétien, no como sustituto sino para acompañarlos y encontrar un mayor eco en el pueblo francés, dado que eran más populares, aunque su inspiración pretendía ser exactamente la misma que los Cahiers. El P. de Lubac cita en su Memoria, la declaración de Mons. von Preysin, obispo de Berlín, publicada en los Cahiers, donde describe la batalla que estaba librando el cristianismo ante el nazismo y que demuestra el tenor de las publicaciones que se hacían:
«No podemos dudar lo más mínimo: somos cristianos, comprometidos en una dura batalla. Contra nosotros se ha levantado la religión de la sangre. Tras el rechazo despectivo de la doctrina de Cristo hasta el odio apasionado y abierto, estallan por doquier las señales de luchas. Un fuego graneado de afirmaciones, arrancadas a la historia o al presente, cae sobre nosotros. El objetivo de la batalla es claro: el rechazo y la expulsión del cristianismo»[liii].
Un número de los Cahiers, titulado Colaboración y fidelidad, buscaba negar la acusación que le habían hecho a estos escritos de promover una campaña política, al tiempo que se pretendía evidenciar el espíritu cristiano que impregnaba sus letras. Ciertamente no era una campaña política en cuanto proselitismo partidista e ideológico, pero sí que tenía consecuencias políticas como respuesta a un sistema totalitario y pagano, mediante la llamada explícita a una resistencia no violenta. Con todo, en dicho número, se explica el espíritu de la resistencia cristiana al nazismo: su cometido es hacer plenamente consciente a los franceses acerca de las responsabilidades y peligros que implica el régimen nazi para el cristianismo. Por ello, plantea que el patriotismo es una virtud que está íntimamente vinculado con la fidelidad cristiana. Así, toda posible colaboración en lo económico o en lo político con los nazis implicaba una sumisión de la cultura que hasta ahora había conformado Europa[liv].
«La “cultura” nazi es fundamentalmente anticristiana. […] Así pues, queremos hacer ver a todos los cristianos y asimismo a aquellos que, sin ser creyentes, están vinculados más de lo que piensan a los principios de una civilización cristiana, que, en este plano del espíritu, el deber consiste en resistir y organizar la resistencia al nazismo. Cuanto más intensamente haga el nazismo recaer el peso de su dominio sobre nuestra Francia, más importa que esa resistencia espiritual llegue a ser lúcida y firme»[lv].
La declaración deja constancia de que sus escritos no hablan en nombre de la autoridad de la Iglesia, aunque son transmisores de sus directrices doctrinales: «al hacerlo, cumplimos con el deber que tiene todo creyente, implicado en la vida temporal, de dar testimonio de su fe, de preservarla de la corrupción, de defenderla cuando está amenazada»[lvi]. Con ello, se buscaba librar de la censura establecida por el régimen alemán en Francia, al tiempo que procuraban no comprometer a la jerarquía de la Iglesia. Para el conjunto de colaborades su compromiso en la resistencia al nazismo no es ajeno a su fe, sino que tiene su fundamento en ella, por eso «se comprometen a fondo como cristianos».
La resistencia que se propone es la aplicación práctica de los planteamientos que una década antes había sostenido H. de Lubac sobre la autoridad de la Iglesia en materia temporal, la cual hemos tratado en apartados precedentes: la Iglesia actúa ordinariamente formando y promocionando la conciencia y extraordinariamente ante la existencia de ratio peccati (el nazismo y su pretensión) respondía con el non licet (resistencia espiritual). En este sentido, sorprende la clara y dura advertencia que el entonces cardenal de Lubac hacía en 1988 para las futuras generaciones y con la que hemos querido terminar este artículo.
Así, recordando su visita en 1947 a un Berlín que se asemejaba a un inmenso campo de ruinas una vez finalizada la guerra, afirma: «ahora, el adversario parecía aniquilado. Pero siempre renace, bajo otras formas. La lucha siempre hay que retomarla, con las mismas armas, fuera de nosotros y dentro de nosotros»[lvii].
[i] Lubac. Memoria en torno a mis escritos. 3ª ed. Madrid: Encuentro, 2025. 116-117.
[ii] Cf. Rudolf Voderholzer. Meet Henri de Lubac. San Francisco: Ignatius, 2008, 13.
[iii] Henri de Lubac. “Lettre à mes supérieurs”. Résistance chrétienne au nazisme. Œuvres complètes XXXIV. Paris: Cerf, 2006, 111.
[iv] Ibid., 114.
[v] Ibid., 120.
[vi] Ibid.
[vii] Ibid., 110.
[viii] CF. Henri de Lubac. “Patriotisme et nationalisme”. En, Résistance chrétienne au nazisme, 9-25.
[ix] Ibid., 11-12.
[x] Ibid., 12.
[xi] Ibid., 14.
[xii] Ibid., 15.
[xiii] Ibid., 16.
[xiv] Ibid., 18.
[xv] Cf. Ibid., 14;
[xvi] Cf. David Grumett. De Lubac: A Guide for the Perplexed. New-York: T&T Clark, 2007, 26-28.
[xvii] Cf. Henri de Lubac. “Le combat spirituel”. En, Résistance chrétienne au nazisme, 331-350 (esp. 336).
[xviii] Cf. Grumett, 37-43.
[xix] Cf. Íd. “Le fondement théologique des missions”. En Résistance chrétienne au nazisme, 27-102.
[xx] Ibid., 63-97.
[xxi] Ibid., 79
[xxii] Cf. Ibid., 80; Pío XI. Encíclica Mit brennender sorge (1937) n. 12.
[xxiii] Lubac. “Le fondement théologique des missions”, 80.
[xxiv] Ibid., 96.
[xxv] Cf. Henri de Lubac. “Un nouveau ‘ front ’ religieux”. En, Résistance chrétienne au nazisme,166-193; se trataba, como reconoce el jesuita, de una protesta contra el antisemitismo hitleriano, Cf. Memoria en torno a mis escritos, 129.
[xxvi] Lubac. “Un nouveau ‘ front ’ religieux”, 189.
[xxvii] Cf. Ibid., 188.
[xxviii] Ibid., 175.
[xxix] Ibid., 191.
[xxx] Cf. Ibid., 174.
[xxxi] Cf. Henri de Lubac. “Explication chrétienne de notre temps”. En RCN 123-149.
[xxxii] Ibid., 128.
[xxxiii] Cf. Ibid.
[xxxiv] Ibid., 126.
[xxxv] Ibid.
[xxxvi] Ibid., 130.
[xxxvii] Ibid., 131.
[xxxviii] Tengamos en cuenta que, en 1936, el jesuita francés publicaba un texto filosófico. Una versión en español del mismo, cf. Henri de Lubac. Sobre la filosofía cristiana. Granada: Nuevo Inicio, 2017. En este escrito, Lubac plantea la existencia de una auténtica filosofía cristiana, explicando qué es y cómo se usa la razón iluminada por la fe y cuáles son las relaciones con la Revelación. Con ello, llega a conclusiones como las siguientes: «Hay que afirmar que sólo la filosofía cristiana es auténticamente, plenamente, filosofía» (29); «la filosofía, por su propia dinámica y sin presión exterior, tiende hacia la revelación» (30).
[xxxix] Lubac. “Explication chrétienne de notre temps”, 132.
[xl] Cf. Ibid., 132-133.
[xli] Ibid., 133.
[xlii] Ibid.
[xliii] Cf. Ibid., 144.
[xliv] Henri de Lubac. “Les fondements religieux du nazisme et du communisme”. En, Résistance chrétienne au nazisme,195-309.
[xlv] Ibid., 202.
[xlvi] Cf. Ibid., 204-208; Antonio Sabetta. Teologia della modernità. Milano: San Paolo, 2002, 587: «Dunque il marxismo vuole l’uomo nuovo, perfetto e vero, e con esso un’umanità liberata e ricondotta al possesso della propria essenza. Per de Lubac non si tratta altro che della “secolarizzazione” (senza però mai usare questa parola) dell’idea cristiana del compimento della storia come piena realizzazione dell’umanità nell’unità perfetta. Ma con una differenza: Marx chiude l’orizzonte di riferimento del processo per cui il compimento accade nella storia e non in virtù dell’intervento o dell’opera della trascendenza ma come termine naturale di un processo completamente immanente».
[xlvii] Cf. Ibid., 210-219.
[xlviii] Cf. Ibid., 220-222.
[xlix] Cf. Ibid., 222-234.
[l] Cf. Antonio Russo. “Henri de Lubac e l’antisemitismo: un esempio di dialogo interreligioso”. En Scritti in Onore di Donato Valentini, Antonio ruso (ed.), 277-288. Roma: LAS, 1999.
[li] Cf. Elio Guerriero. “Henri de Lubac: su vida y su obra”. Communio 14 (1992) 372-386 (esp. 375-377).
[lii] Henri de Lubac. Résistance chrétienne à l’antisémitisme. Souvenirs 1940-1944. En RCN, aquí, 610.
[liii]MTE 121.
[liv] Cf. Ibid., 122; también en Lubac. Résistance chrétienne à l’antisémitisme, 623-624.
[lv] MTE 122-123.
[lvi] Ibid.
[lvii] Lubac. Résistance chrétienne à l’antisémitisme, 630: «Maintenant, l’adversaire paraissait anéanti. Mais il renaît toujours, sous d’autres formes. La lutte est toujours à reprendre, avec les mêmes armes, hors de nous, et en nous».

